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Comentarios

  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    Un saludo a un viejo amigo, que no amigo viejo...

    La Divina Comedia: El Infierno: Canto XXXIII

    Alzó la boca del fiero pasto
    aquel pecador, limpiándola en el pelo
    de la testa que por detrás devastaba.

    Luego empezó: Tú quieres que renueve
    el atroz dolor que el corazón me aprieta
    de solo pensar, aún antes que hable.

    Mas si podrán ser mis palabras semilla
    de rendir infamia al traidor que carcomo,
    hablar y llorar me verás juntamente.

    No se quién eres tú ni de qué modo
    has venido aquí abajo; mas florentino
    pareces en verdad cuando te oigo.

    Has de saber que yo fui el conde Ugolino
    y que éste es el arzobispo Ruggieri;
    ahora te diré porqué le soy tal vecino.

    Que por efecto de sus malos pensamientos,
    fiándome de él, caí preso
    y fui muerto, no hace falta decirlo;

    pero de aquello que no pudo ser visto,
    es decir cómo mi muerte fue cruda,
    oirás, y sabrás si me ha ofendido.

    Un breve hueco dentro de la Muda,
    la cual, por mí, se titula hoy del hambre,
    y que aún será de otros lugar de encierro,

    me había mostrado ya por su abertura
    muchas lunas, cuando tuve el mal sueño
    que del futuro me descorrió el velo.

    A éste veíalo yo como señor y dueño,
    cazando lobos y lobeznos en aquel monte,
    que a los de Pisa la visión de Lucca estorba.

    Con perras flacas, astutas y amaestradas,
    a los Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi,
    había puesto adelante de la hueste.

    Tras breve huída, me parecieron cansados
    el padre y los hijos, y con agudos colmillos
    parecíame que les herían los flancos.

    Despertando antes de la aurora,
    llorar oí entre sueños a mis hijos
    que conmigo estaban, y me pedían pan.

    Serías bien cruel, si tú ya no te dueles
    pensando en lo que mi corazón presentía;
    y si no lloras ¿de qué llorar sueles?

    Ya estaban despiertos, y la hora se acercaba
    de la comida que soler nos traían,
    y por su sueño cada uno dudaba;

    oí entonces que de abajo clavaban
    la puerta de la horrible torre; y me volví
    al rostro de mis hijos sin decir nada.

    Yo no lloraba, mas por dentro era de piedra;
    lloraban ellos; y mi Anselmito
    dijo: ‘¿Mírate, padre, que tienes?’

    Mas no lloré ni respondí
    en todo el día y en la siguiente noche,
    hasta que un nuevo Sol salió en el mundo.

    Como un rayo de luz se infiltrara
    en la dolorosa celda, y percibí
    en sus cuatro rostros mi mismo aspecto,

    ambas manos por el dolor me mordí;
    y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado
    por el hambre, súbitamente se alzaron

    y dijeron: ‘Padre, menor será nuestro dolor
    si tú nos comes: tú nos vestiste
    estas míseras carnes, tú tómalas ahora’

    Aquietéme entonces por más no acongojarlos;
    un día y otro permanecimos todos mudos,
    ¡Ay, dura tierra! ¿Porqué no te abriste?

    Cuando al cuarto día llegamos
    Gaddo se arrojó tendido a mis pies
    diciendo: ‘Padre mío, ¿porqué no me ayudas?.

    Y allí murió; y así como tú me ves,
    vi yo caer los tres uno por uno
    en el quinto y el sexto día; y yo, ya ciego,

    me puse a buscar tanteando a cada uno
    y dos días los llamé, luego de muertos.
    Después, más que el dolor, pudo el ayuno.

    Cuando dejó de hablar, con ojos torvos,
    retomó el mísero cráneo con los dientes,
    que llegaron al hueso, como de un perro, fuertes.

    ¡Ah Pisa, vituperio de las gentes
    de aquel bello país donde el sí suena,
    pues tus vecinos son a castigarte lentos,

    muévase la Capraja y la Gorgona,
    y hagan un dique al Arno en su salida,
    y que sus aguas aneguen a todas las personas!

    Porque si el conde Ugolino tenía fama
    de haberte traicionado en tus castillos,
    no deberías haber en esa cruz puesto a los hijos.

    Inocentes los hacía la edad nueva
    ¡oh nueva Tebas! a Uguiccione y al Brigata
    y a los otros dos que en este canto se nombran.

    Seguimos adelante, allá donde la helada
    rudamente a otras gentes encierra,
    el rostro no hacia abajo, sino hacia arriba volteado.

    Allí el mismo llanto llorar no los deja,
    y el dolor que en los ojos halla impedimento,
    vuélvese adentro para aumentar la angustia,

    porque las primeras lágrimas forman un nudo
    y tal como una visera de cristal,
    llenan bajo los párpados todo el hueco.

    Y aun cuando, como encallecido,
    por el frío todo sentimiento
    había abandonado mi rostro,

    me parecía sin embargo sentir un viento;
    por lo que yo: Maestro mío, ¿quién lo mueve?
    ¿no está aquí abajo todo vapor extinto?

    Y él a mí: Pronto estarás donde
    de ello te dará el ojo respuesta,
    al ver la causa que al soplo mueve.

    Y uno de los tristes de la fría costra
    nos gritó: ¡Oh almas tan crueles
    que os han dado el último puesto,

    alzadme del rostro el duro velo,
    para aliviar el dolor que el corazón me impregna,
    un algo, antes que el llanto de nuevo se congele.

    Por lo que le dije: Si quieres que te auxilie,
    dime quien eres, y si yo no te libero,
    que al fondo del la escarcha ir se me obligue.

    Respondió pues: Yo soy fray Alberigo;
    soy aquel de la fruta del mal huerto,
    que aquí retomo dátil por higo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    ¡Oh!, le dije yo, entonces ¿ya estás muerto?
    Y él a mí: Cómo esté mi cuerpo
    en el mundo arriba, lo ignoro.

    Tal es la cualidad de esta Tolomea
    que muchas veces cae aquí el alma
    antes que Átropo le dé la vuelta.

    Y para que tú de buena gana me raigas
    las vidriosas lágrimas del rostro,
    sabe que así que una alma traiciona,

    como lo hice yo, de su cuerpo se apodera
    un demonio, que luego lo gobierna
    hasta que su tiempo todo esté cumplido.

    El alma se derrumba en esta cisterna;
    y tal vez aún se muestre el cuerpo arriba
    de la sombra que aquí detrás mío inverna.

    Tu debes conocerlo, si acabas de llegar abajo,
    él es Branca Doria, y son muchos los años
    cumplidos desde que fue aquí encerrado.

    Creo, le dije, que me engañas,
    porque Branca Doria no murió todavía,
    y come y bebe y duerme y viste paños.

    En el foso superior, dijo, de Malebranche,
    allí donde hierve la tenaz pega,
    no había aún llegado Miguel Zanche,

    que Doria dejó al diablo en su lugar
    en su cuerpo, y lo mismo el pariente
    que la traición junto con él compuso.

    Mas extiende ya tus manos
    y ábreme los ojos. Y no se los abrí;
    y cortesía fue con él ser villano.

    ¡Ay Genoveses! Hombres extraños
    a todo orden y llenos de toda lacra,
    ¿Porqué no sois del mundo dispersos?

    Que junto al peor espíritu de la Romania
    hallé uno de vosotros, que por sus obras
    su alma en el Cocito ya se baña,

    y en cuerpo arriba como vivo aún anda.


    Dante Alighieri
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    TESTAMENTO OLOGRAFO

    Dejo mi sombra,
    una afilada aguja que hiere la calle
    y con tristes ojos examina los muros,
    las ventanas de reja donde hubo incapaces amores,
    el cielo sin cielo de mi ciudad.
    Dejo mis dedos espectrales
    que recorrieron teclas, vientres,
    aguas, párpados de miel
    y por los que descendió la escritura
    como una virgen de alma dehilachada.
    Dejo mi ovoide cabeza, mis patas de araña,
    mi traje quemado por la ceniza de los presagios,
    descolorido por el fuego del libro nocturno.
    Dejo mis alas a medio batir, mi máquina
    que como un pequeño caballo galopó año tras año
    en busca de la fuente del orgullo
    donde la muerte muere.
    Dejo varias libretas agusanadas por la pereza,
    unas cuantas díscolas imágenes del mundo
    y entre grandes relámpagos algún llanto
    que tuve como un poco de sucio polvo en los dientes.
    Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,
    da de comer al olvido con tan frágil manjar.

    SEBASTIAN SALAZAR BONDY
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]EL SUEÑO DE LOS PECES[/FONT]

    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]No puedo admitir que los sueños[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]sean privilegio de las criaturas humanas.[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Los peces también sueñan[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]En el lago pantanoso, entre pestilencias[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]que aspiran a la densa dignidad de la vida,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]sueñan con los ojos abiertos siempre.[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Los peces sueñan inmóviles, la bienaventuranza[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del agua fétida. No son como los hombres, que se agitan[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]en sus lechos estropeados. En verdad,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los peces difieren de nosotros, que todavía no aprendemos a soñar.[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Y nos debatimos como ahogados en el agua turbia[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]entre imágenes hediondas y espinas de peces muertos.[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Junto al lago que yo mandé cavar,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]volviendo la realidad a un incómodo sueño de infancia[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]pregunto al agua oscura. Las tilapias se ocultan[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]de mi sospechoso mirar de propietario[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y se resisten a enseñarme cómo debo soñar.[/FONT]

    Lêdo Ivo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]EL SOL DE LOS AMANTES[/FONT]

    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]El oficio de quien ama es ver[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]un sol oscuro sobre el lecho,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y en el frío, nacer al fuego[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]de un verano que no dice su nombre.[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Es ver, constelación de pétalos,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]la nieve caer sobre la tierra[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular],[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]algodón del cielo, aire del silencio[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]q[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]ue nace entre dos espaldas[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular].[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Es morir claro y secreto[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]cerca de tierras absolutas,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del amor que mueve las estrellas[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y encierra a los amantes en un cuarto[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular].[/FONT]

    Lêdo Ivo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    HUMILDAD
    Traducción de Patricia Tejeda

    !Tanto que hacer!
    libros que no se leen, cartas que no se escriben,
    lenguas que no se aprenden,
    amor que no se da,
    todo cuanto se olvida.

    Amigos entre adioses,
    niños llorando en la tempestad,
    ciudadanos firmando papeles, papeles, papeles...

    Y los pájaros detrás de rejas y lluvias,
    y los muertos em redomas de alcanfor.

    (!Y una canción tan bella!)

    !Tanto que hacer!
    E hicimos apenas esto.
    Y nunca supimos quiénes éramos
    ni para qué.

    Cecilia Meireles
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    POEMAS UNDERWOOD

    Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas.
    Por ellas se va con la policía a la felicidad.
    La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
    No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
    Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico.
    Las casas rumian sus paces de buey.
    Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
    Límpiate de entusiasmos los ojos.
    Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
    Los hombres que tropiezas tienen la carne encallecida de oficina.
    El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo.
    Pasan obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres.
    ¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma.
    La ciudad lame la noche como una gata famélica.
    Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
    Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna clase.
    Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
    Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido, casi un personaje suyo.
    Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
    Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas: Las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
    Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
    Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
    Porque no quieren creer que todo es irremediable.
    La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que ir con revólver.
    Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
    Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
    Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría nunca. El no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta apoya a los moderados.
    El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho. Cuando no lo está abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
    Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
    Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
    Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
    He aquí mis prójimos.
    La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
    Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
    Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
    En punto a honradez, no soy de los peores.
    Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
    Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
    Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
    En cambio deseo el cielo.
    Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
    Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son tintes alemanes.
    Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada hombre.
    No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
    Ahora en las calles hay un poco de sol.
    No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando manchas en el suelo como un animal degollado.
    Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única caridad, el único amor de que soy capaz.
    Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana pero verdadera.
    Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos un poco perros)-.
    Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con serenidad.
    Pero los hombres tienen posvida.
    Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
    El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo vacío...
    Diógenes es un mito -la humanización del perro.
    El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
    Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de oírme a mí mismo.
    Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que ensaya las grandes felicidades.
    Pero la felicidad no basta a ser feliz.
    El mundo está demasiado feo, y no hay manera de embellecerlo.
    Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
    Yo me siento las manos delicadas.
    ¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
    O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
    Tú no tienes las orejas demasiadas grandes.
    Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección.
    Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando durante la travesía aventuras como peces.
    Pero ¿a donde iría yo?.
    El mundo me es insuficiente.
    Es demasiado grande, y no pudo desmenuzarlo en pequeñas satisfacciones como yo quiero.
    La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más...
    Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
    El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
    Citeres es un balneario norteamericano.
    Las yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi muerta.
    El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.
    El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas de cigarrillos. Pero está no es la escena final. Pero ello es por lo que el beso suena.
    Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección, satisfacción, deleite.
    ¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?.
    La tarde ya se habrá acabado en la ciudad. Y yo todavía me siento la tarde.
    Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre que no ha pecado nunca.
    Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
    A casa...

    Martín Adán
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    SIN DIOS Y SIN VOS Y MÍ


    Yo soy quien libre me vi,

    Yo, quien pudiera olvidaros;

    Yo soy el que por amaros

    Estoy, desque os conocí.

    Sin Dios y sin vos a mí.

    Sin Dios, porque en vos adoro;

    Sin vos, pues no me queréis;

    Pues sin mí ya está de coro

    Que vos sois quien me tenéis

    Así que triste nací,

    Pues que pudiera olvidaros;

    Yo soy el que por amaros

    Estoy, desque os conocí,

    sin Dios y sin vos y mí.
    Jorge Manrique
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2012
    Mundo mágico

    Tengo que darles una noticia negra y definitiva
    Todos ustedes se están muriendo
    Los muertos la muerte de ojos blancos las muchachas de ojos rojos
    Volviéndose jóvenes las muchachas las madres todos mis amorcitos
    Yo escribía
    Dije amorcitos
    Digo que escribía una carta
    Una carta una carta infame
    Pero dije amorcitos
    Estoy escribiendo una carta
    Otra será escrita mañana
    Mañana estarán ustedes muertos
    La carta intacta la carta infame también está muerta
    Escribo siempre y no olvidaré tus ojos rojos
    Es todo lo que puedo prometer
    Tus ojos inmóviles tus ojos rojos
    Es todo lo que puedo prometer
    Cuando fui a verte tenía un lápiz y escribí sobre tu puerta
    Esta es la casa de las mujeres que se están muriendo
    Las mujeres de ojos inmóviles las muchachas de ojos rojos
    Mi lápiz era enano y escribía lo que yo quería
    Mi lápiz enano mi querido lápiz de ojos blancos
    Pero una vez lo llamé el peor lápiz que nunca tuve
    No oyó lo que dije no se enteró
    Sólo tenía ojos blancos
    Luego besé sus ojos blancos y él se convirtió en ella
    Y la desposé por sus ojos blancos y tuvimos muchos hijos
    Mis hijos o sus hijos
    Cada uno tiene un periódico para leer
    Los periódicos de la muerte que están muertos
    Sólo que ellos no saben leer
    No tienen ojos ni rojos ni inmóviles ni blancos
    Siempre estoy escribiendo y digo que todos ustedes se están muriendo
    Pero ella es el desasosiego y no tiene ojos rojos
    Ojos rojos ojos inmóviles
    Bah no la quiero

    Emilio Adolfo Westphalen
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2012
    Al Cristo de Velázquez
    ¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
    ¿Por qué ese velo de cerrada noche
    de tu abundosa cabellera negra
    de nazareno cae sobre tu frente?
    Miras dentro de Ti, donde está el reino
    de Dios; dentro de Ti, donde alborea
    el sol eterno de las almas vivas.
    Blanco tu cuerpo está como el espejo
    del padre de la luz, del sol vivífico;
    blanco tu cuerpo, al modo de la luna,
    que, muerta, ronda en torno de su madre,
    nuestra cansada vagabunda Tierra;
    blanco tu cuerpo está como la hostia
    del cielo de la noche soberana,
    de ese cielo tan negro como el velo
    de tu abundosa cabellera negra
    de nazareno.
    Que eres, Cristo, único
    hombre que sucumbió de pleno grado,
    triunfador de la muerte, que a la vida
    por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
    por Ti nos vivifica esa tu muerte,
    por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
    por Ti la muerte es el amparo dulce
    que azucara amargores de la vida;
    por Ti, el Hombre muerto que no muere,
    blanco cual luna de noche. Es dueño,
    Cristo, la vida, y es la muerte vela.
    Mientras la tierra sueña solitaria,
    vela la blanca luna; vela el Hombre
    desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
    vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
    como la luna de la noche negra;
    vela el Hombre que dio toda su sangre
    porque las gentes sepan que son hombres.
    Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
    a la noche, que es negra y muy hermosa,
    porque el sol de la vida la ha mirado
    con sus ojos de fuego; que a la noche
    morena la hizo el sol y tan hermosa.
    Y es hermosa la luna solitaria,
    la blanca luna en la estrellada noche,
    negra cual la abundosa cabellera
    negra del nazareno. Blanca luna
    como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
    del sol de vida, del que nunca muere.
    Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
    nos guían en la noche de este mundo,
    ungiéndonos con la esperanza recia
    de un día eterno. Noche cariñosa,
    ¡oh noche, madre de los blancos sueños,
    madre de la esperanza, dulce noche,
    noche oscura del alma, eres nodriza
    de la esperanza en Cristo salvador!
    [El Cristo de Velázquez, 1920; I Parte, fragmento IV]
    Miguel de Unamuno
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2012
    Todo es vanidad

    1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
    1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
    1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
    1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
    1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.
    1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.
    1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
    1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
    1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
    1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
    1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.

    La experiencia del Predicador

    1:12 Yo el Predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén.
    1:13 Y di mi corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo; este penoso trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en él.
    1:14 Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.
    1:15 Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse.
    1:16 Hablé yo en mi corazón, diciendo: He aquí yo me he engrandecido, y he crecido en sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; y mi corazón ha percibido mucha sabiduría y ciencia.
    1:17 Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos; conocí que aun esto era aflicción de espíritu.
    1:18 Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.

    Eclesiastés
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2012
    Francesca


    Saliste de la noche
    y había flores en tus manos,
    ahora saldrás de una muchedumbre,
    de un tumulto de dichos sobre vos.


    Yo que te ví entre las cosas primordiales
    me enojé cuando pronunciaron tu nombre
    en lugares comunes.
    Yo quisiera que las olas frías fluyeran en mi mente,
    y que el mundo se secara como una hoja muerta,
    o una semilla de diente de león y así fuese barrido,
    para volver a encontrarte,
    a solas.

    Ezra Pound
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2012
    EL PADRE

    Siempre borracho entraba y siempre altivo,
    y el ebrio, sin motivo,
    Puñetazos le daba a su querida.
    Dura cadena ató sus corazones;
    Unió los eslabones
    La Miseria en el fango de la vida.

    Por no dormir, en noches tenebrosas,
    Sobre las frías losas,
    De ese hombre vil buscó la compañía.
    Ella malhumorada, él displicente,
    La riña era frecuente,
    y al fin a puñetazos la rendía.

    El vecindario despertaba todo
    Al llegar el beodo
    A su tabuco, de bebidas harto.
    La vieja puerta abríala a empellones...
    Se oían maldiciones...
    Después quedaba silencioso el cuarto.

    El invierno arreciaba. Un triste día.
    En que lenta caía
    A los techos la nieve como un manto.
    Un hijo les nació... Y esa inocente
    Inmaculada frente
    No tuvo más bautismo que el del llanto.

    A la siguiente noche, el rostro duro.
    Y a tientas por el muro,
    Llegó a la puerta de su hogar el padre.
    De pronto se detuvo el inhumano...
    No levantó la mano;
    La respetó el borracho... Ya era madre.

    Al mirarle extraviada la pupila,
    Y al verlo que vacila
    Y a darle puntapiés no se decide,
    Meciendo al niño que dormía: <<i lnfame! >>
    Le dijo: << Muerte dame.
    ¿No me pegas? ¿Por qué? ¿Quién te lo impide?

    Te aguardé todo el día. Estoy dispuesta;
    ¿Más barato te cuesta
    Hoy el pan? ¿El invierno es menos triste?
    ¿Licor en la taberna no encontraste?
    ¿Acaso te enmendaste?
    ¿Borracho, como siempre, no viniste?>>

    Fingió el turbado padre no oír nada;
    Dió al hijo una mirada.
    Mezcla de estupidez y de cariño,
    y dijo a la mujer: << ¿Por qué me ofendes?
    ¿No sabes, no comprendes,
    Que si te pego se despierta el niño?>>

    FRANÇOIS COPPÉE
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2012
    A un poeta muerto



    Tus ojos erraban, alterados por luz,
    del color divino al contorno inmortal
    y de carne viva al esplendor del cielo,
    duerme en paz en la noche que sella tu párpado.



    ¿Ver, entender, oler? Viento, humo y polvo.
    ¿Gustar? La copa de oro contiene sólo la hiel.
    Así como un Dios lleno de aburrimiento que deja el altar,
    vuelve y dispérsate en la materia inmensa.



    Sobre tu mudo sepulcro y tus huesos consumidos
    qué otro vuelque o no las lágrimas acostumbradas,
    qué tu siglo común te olvide o te renombre;



    Te envidio, en el fondo de la tumba tranquila y negra,
    de ser liberado de vivir y no saber más,
    de la vergüenza de pensar y el horror de ser un hombre.

    Charles-Marie Leconte de Lisle
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2012
    Los dados eternos

    Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
    me pesa haber tomado de tu pan;
    pero este pobre barro pensativo
    no es costra fermentada en tu costado:
    ¡tú no tienes Marías que se van!

    Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
    hoy supieras ser Dios;
    pero tú, que estuviste siempre bien,
    no sientes nada de tu creación.
    ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

    Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
    como en un condenado,
    Dios mío, prenderás todas tus velas,
    y jugaremos con el viejo dado.
    Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
    del universo todo,
    surgirán las ojeras de la Muerte,
    como dos ases fúnebres de lodo.

    Dios mío, y esta noche sorda, obscura,
    ya no podrás jugar, porque la Tierra
    es un dado roído y ya redondo
    a fuerza de rodar a la aventura,
    que no puede parar sino en un hueco,
    en el hueco de inmensa sepultura.

    César Vallejo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    Antes de mediodía

    Es terrible
    el leve ruido del huevo duro al ser cascado contra el
    estaño de un mostrador
    es terrible ese ruido
    cuando resuena en la memoria de un hombre que
    pasa hambre
    es terrible también la cabeza del hombre
    la cabeza del hombre que pasa hambre
    cuando a las seis de la mañana ve
    en el cristal de una gran tienda
    una cabeza del color del polvo
    sin embargo no es su cabeza lo que ve
    en la vidriera de Potin
    su cabeza de hombre le importa un bledo
    ni se acuerda de ella
    sueña
    imagina otra cabeza
    por ejemplo una cabeza de ternera
    con salsa vinagreta
    o una cabeza de lo que sea con tal de que sea comestible
    y mueve suavemente las mandíbulas
    suavemente
    y hace rechinar los dientes suavemente
    pues el mundo ni lo tiene en cuenta
    y él nada puede contra ese mundo
    y cuenta con los dedos uno dos tres
    es decir tres días sin comer
    y por más que se repita desde hace tres días
    Esto no puede durar
    esto dura
    tres días
    tres noches
    sin comer
    y detrás de esos vidrios
    esos embutidos esas botellas esas conservas
    pescados protegidos por latas
    latas protegidas por vidrios
    vidrios protegidos por esbirros
    esbirros protegidos por el miedo
    cuántas barreras por unas sardinas de mala suerte…
    Algo más allá el cafetín
    café-crema y bollos calientes
    el hombre titubea
    y en su cabeza
    una niebla de palabras
    una niebla de palabras
    sardinas para comer
    huevo duro café-crema
    café con gotas de ron
    café-crema
    café-crema
    ¡café-crimen con gotas de sangre!
    Un hombre muy estimado en su barrio
    ha sido degollado en pleno día
    el asesino el vagabundo le robó
    dos francos
    es decir un café con gotas de ron
    cero franco setenta
    dos rebanadas de pan con manteca
    y veinticinco céntimos de propina para el mozo.

    Es terrible
    el leve ruido del huevo duro
    cascado contra el estaño de un mostrador
    es terrible ese ruido
    cuando resuena en la memoria
    de un hombre que pasa hambre.

    Jacques Prévert
  • ro08maro08ma Garcilaso de la Vega XVI
    editado noviembre 2012
    Pasa el tiempo y veo que usted sigue aún en las aguas amigo mio. :D

    Un abrazo.

    Pd. Que buena selección tiene usted por aquí.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    ro08ma escribió : »
    Pasa el tiempo y veo que usted sigue aún en las aguas amigo mio. :D

    Un abrazo.

    Pd. Que buena selección tiene usted por aquí.

    Hola amigo r08ma
    Al comienzo de este hilo, hice la aclaración. Admiro a Negu, si lees la poesía que hay en ese hilo es muy hermosa. Y siempre la leo.
    Esta selección es diversa y no tiene un enfoque definido, a veces recuerdo algún texto que leí antes o busco en internet y encuentro poesía de todo tipo. Luego copio y pego.
    Me ha servido de mucho este ejercicio he retomado un habito que perdí cuando me convertí en burócrata.
    Un gran abrazo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    JARDIN OCULTO

    Son los versos más bellos los que jamás se escriben.
    Flores de ensueño, flores de mágica dulzura
    Que perfuman el alma. y que en el alma viven,
    Cadencias de la tierra que se oyen en la altura.

    Hay un Edén ignoto, de misterioso encanto,
    Bañado por la luna. do el alma va de hinojos;
    Jardín en donde flota como un celeste canto.
    Jardín. que si me amas, habrán de ver tus ojos.

    Entonces. del crepúsculo en la serena calma,
    Que como luz de ensueño baja del Infinito.
    Ven, y en silencio inclina tu alma sobre mí alma.
    Para que en ella leas los versos que no he escrito

    EDMOND HARAUCOURT
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    Canción del adiós

    Partir es morir un poco,
    es morir a lo que se ama.
    Se deja un poco de uno mismo
    en cada hora y en cada lugar
    Es siempre la añoranza de un deseo,
    El último verso de un poema.
    Partir es morir un poco,
    es morir a lo que se ama.
    Y se parte, y es un juego
    y hasta el adiós supremo,
    es el alma que se siembra,
    que se siembra en cada adiós.
    Partir es morir un poco.

    Edmond Haraucourt
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    ¡CUÍDATE, ESPAÑA...!
    ¡Cuídate, España, de tu propia España!
    ¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
    cuídate del martillo sin la hoz!
    ¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
    del verdugo a pesar suyo
    y del indiferente a pesar suyo!
    ¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
    negárate tres veces,
    y del que te negó, después, tres veces!
    ¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
    y de las tibias sin las calaveras!
    ¡Cuídate de los nuevos poderosos!
    ¡Cuídate del que come tus cadáveres,
    del que devora muertos a tus vivos!
    ¡Cuídate del leal ciento por ciento!
    ¡Cuídate del cielo más acá del aire
    y cuídate del aire más allá del cielo!
    ¡Cuídate de los que te aman!
    ¡Cuídate de tus héroes!
    ¡Cuídate de tus muertos!
    ¡Cuídate de la República!
    ¡Cuídate del futuro!…

    César Vallejo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    Verdades Amargas



    Yo no quiero mirar lo que he mirado
    a través del cristal de la experiencia,

    el mundo es un mercado en que se compra


    amor, voluntad y conciencia.

    Amigos…es mentira…no hay amigos,
    la verdadera amistad es ilusión,

    ella cambia, se aleja y desaparece,


    con los giros que da la situación.

    Amigos complacientes sólo tienen
    los que disfrutan de ventura y calma,

    pero aquellos que abate el infortunio,

    sólo llevan tristezas en el alma.

    En éste laberinto de la vida,
    donde tanto domina la maldad,

    todo tiene su precio estipulado,


    amores, parentesco, y amistad.

    El que nada atesora, nada vale,
    en toda reunión pasa por necio;

    y por nobles que sus hechos sean,


    lo que alcanza es la burla y el desprecio.

    Lo que brille nomás tiene cabida,
    aunque brille por oro lo que es cobre,

    lo que no perdonamos en la vida


    es el cruel delito de haber nacido pobre.

    La estupidez, el vicio y hasta el crimen
    pueden tener su puesto señalado,

    las llagas del defecto no se miran


    si las cubre un diamante bien tallado.
    La sociedad que adora su deshonra,
    persigue con saña al criminal,

    más, si el puñal es de oro,


    enmudece el juez…y besa el puñal.

    Nada hermano es perfecto, nada afable,
    todo está con lo impuro entremezclado,

    el mismo corazón con ser tan noble,


    cuántas veces se encuentra enmascarado.

    Que existe la virtud…yo no lo niego
    pero siempre en conjunto defectuoso,

    hay rasgos de virtud en el malvado


    y hay rasgos de maldad en el virtuoso.

    Cuándo veo a mi paso tanta infamia
    y que mancha mi planta tanto lodo,

    ganas me dan de maldecir la vida,


    ganas me dan de maldecirlo todo.

    Porque ceñido a la verdad estoy,
    me dieron a libar hiel y veneno,
    hiel y veneno en recompensa doy.
    Y si tengo la palabra tosca,
    en estas lineas oscuras y sin nombres

    doblando las rodillas en el polvo,


    pido perdón a Dios, pero no al hombre.

    Ramón Ortega
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    Canción de la mujer

    1. De noche junto al río en el oscuro corazón de los arbustos
    a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi
    mujer, que murió.

    2. Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la
    que antes lo fue todo, pero todo se marchita.

    3. Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de
    Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran tristeza.

    4. Vivíamos en una cabaña negra junto al río, Los mosquitos
    solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico
    siete veces o decía: tu pelo tiene un color sucio. O: no tienes corazón.

    5. Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la
    cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.

    6. Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: ángel mío.

    7. Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y
    riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.

    8. Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba
    desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.

    9. Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella sólo quedó
    el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta que
    ya estaba cerrada.

    10. Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de
    papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en
    el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.

    11. El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita sin
    fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor amargo.

    Bertolt Brecht
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2012
    He encontrado el secreto de tus ojos

    Mírame
    busco en el fondo del pozo la cantárida dorada
    y para salvar a la noche asesino a los noctámbulos
    mírame hasta el agotamiento de las fuentes
    donde el temblor se deshace
    en la inmovilidad de tus ojos
    ¿desde qué día señalado por la ausencia de horas
    has dejado de creer en la noche?
    el amor es una forma de la maduración de los ríos
    es un pasatiempo vertiginoso al borde del abismo
    y tú has comenzado a caminar por la cuerda de mis sueños
    a embellecer la muerte de los pasos.

    Para que sólo tu luz me ilumine
    ordena que hoy sea el último día
    ordena que se derrumben las alturas
    arranca la blanca mancha del sol
    de otros ojos extraños que pasan.

    Mírame
    mírame en la luz de un universo sin mundos
    en la luz de esa aurora feroz
    mírame con tus dientes
    y a través de la espuma
    de océanos interminables que nos acechan.

    Aldo Pellegrini
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado diciembre 2012
    EL PASO DEL RETORNO
    A RAQUEL, Que me dijo
    un día: «Cuando tú te
    alejas un solo instante,
    el tiempo y yo lloramos»
    Yo soy ese que salió hace un año de su tierra
    Buscando lejanías de vida y muerte
    Su propio corazón y el corazón del mundo
    Cuando el viento silbaba entrañas
    En un crepúsculo gigante y sin recuerdos
    Guiado por mi estrella
    Con el pecho vacío
    Y los ojos clavados en la altura
    Salí hacia mi destino
    Oh mis buenos amigos
    ¿Me habéis reconocido?
    He vivido una vida que no puede vivirse
    Pero tú Poesía no me has abandonado un solo instante
    Oh mis amigos aquí estoy
    Vosotros sabéis acaso lo que yo era
    Pero nadie sabe lo que soy
    El viento me hizo viento
    La sombra me hizo sombra
    El horizonte me hizo horizonte preparado a todo
    La tarde me hizo tarde
    Y el alba me hizo alba para cantar de nuevo
    Oh poeta esos tremendos ojos
    Ese andar de alma de acero y de bondad de mármol
    Este es aquel que llegó al final del último camino
    Y que vuelve quizás con otro paso
    Hago al andar el ruido de la muerte
    Y si mis ojos os dicen
    Cuánta vida he vivido y cuánta muerte he muerto
    Ellos podrían también deciros
    Cuánta vida he muerto y cuánta muerte he vivido
    ¡Oh mis fantasmas! ¡Oh mis queridos espectros!
    La noche ha dejado noche en mis cabellos
    ¿En dónde estuve? ¿Por dónde he andado?
    ¿Pero era ausencia aquélla o era mayor presencia?
    Cuando las piedras oyen mi paso
    Sienten una ternura que les ensancha el alma
    Se hacen señas furtivas y hablan bajo:
    Allí se acerca el buen amigo
    El hombre de las distancias
    Que viene fatigado de tanta muerte al hombro
    De tanta vida en el pecho
    Y busca donde pasar la noche
    Heme aquí ante vuestros limpios ojos
    Heme aquí vestido de lejanías
    Atrás quedaron los negros nubarrones
    Los años de tinieblas en el antro olvidado
    Traigo un alma lavada por el fuego
    Vosotros me llamáis sin saber a quién llamáis
    Traigo un cristal sin sombra un corazón que no decae
    La imagen de la nada y un rostro que sonríe
    Traigo un amor muy parecido al universo
    La Poesía me despejó el camino
    Ya no hay banalidades en mi vida
    ¿Quién guió mis pasos de modo tan certero?
    Mis ojos dicen a aquellos que cayeron
    Disparad contra mí vuestros dardos
    Vengad en mí vuestras angustias
    Vengad en mí vuestros fracasos
    Yo soy invulnerable
    He tomado mi sitio en el cielo como el silencio
    Los siglos de la tierra me caen en los brazos
    Yo soy amigos el viajero sin fin
    Las alas de la enorme aventura
    Batían entre inviernos y veranos
    Mirad cómo suben estrellas en mi alma
    Desde que he expulsado las serpientes del tiempo oscurecido
    ¿Cómo podremos entendernos?
    Heme aquí de regreso de donde no se vuelve
    Compasión de las olas y piedad de los astros
    ¡Cuánto tiempo perdido! Este es el hombre de las lejanías
    El que daba vuelta las páginas de los muertos
    Sin tiempo sin espacio sin corazón sin sangre
    El que andaba de un lado para otro
    Desesperado y solo en las tinieblas
    Solo en el vacío
    Como un perro que ladra hacia el fondo de un abismo
    ¡Oh vosotros! ¡Oh mis buenos amigos!
    Los que habéis tocado mis manos
    ¿Qué habéis tocado?
    Y vosotros que habéis escuchado mi voz
    ¿Qué habéis escuchado?
    Y los que habéis contemplado mis ojos
    ¿Qué habéis contemplado?
    Lo he perdido todo y todo lo he ganado
    Y ni siquiera pido
    La parte de la vida que me corresponde
    Ni montañas de fuego ni mares cultivados
    Es tanto más lo que he ganado que lo que he perdido
    Así es el viaje al fin del mundo
    Y ésta es la corona de sangre de la gran experiencia
    La corona regalo de mi estrella
    ¿En dónde estuve en dónde estoy?
    Los árboles lloran un pájaro canta inconsolable
    Decid ¿quién es el muerto?
    El viento me solloza
    ¡Qué inquietudes me has dado!
    Algunas flores exclaman
    ¿Estás vivo aún?
    ¿Quién es el muerto entonces?
    Las aguas gimen tristemente
    ¿Quién ha muerto en estas tierras?
    Ahora sé lo que soy y lo que era
    Conozco la distancia que va del hombre a la verdad
    Conozco la palabra que aman los muertos
    Este es el que ha llorado el mundo el que ha llorado resplandores
    Las lágrimas se hinchan se dilatan
    Y empiezan a girar sobre su eje.
    Heme aquí ante vosotros
    Cómo podremos entendernos Cómo saber lo que decimos
    Hay tantos muertos que me llaman
    Allí donde la tierra pierde su ruido
    Allí donde me esperan mis queridos fantasmas
    Mis queridos espectros
    Miradme os amo tanto pero soy extranjero
    ¿Quién salió de su tierra
    Sin saber el hondor de su aventura?
    Al desplegar las alas
    Él mismo no sabía qué vuelo era su vuelo
    Vuestro tiempo y vuestro espacio
    No son mi espacio ni mí tiempo
    ¿Quién es el extranjero? ¿Reconocéis su andar?
    Es el que vuelve con un sabor de eternidad en la garganta
    Con un olor de olvido en los cabellos
    Con un sonar de venas misteriosas
    Es este que está llorando el universo
    Que sobrepasó la muerte y el rumor de la selva secreta
    Soy impalpable ahora como ciertas semillas
    Que el viento mismo que las lleva no las siente
    Oh Poesía nuestro reino empieza
    Este es aquel que durmió muchas veces
    Allí donde hay que estar alerta
    Donde las rocas prohíben la palabra
    Allí donde se confunde la muerte con el canto del mar
    Ahora vengo a saber que fui a buscar las llaves
    He aquí las llaves
    ¿Quién las había perdido?
    ¿Cuánto tiempo ha que se perdieron?
    Nadie encontró las llaves perdidas en el tiempo y en las brumas
    ¡Cuántos siglos perdidas!
    Al fondo de las tumbas
    Al fondo de los mares
    Al fondo del murmullo de los vientos
    Al fondo del silencio
    He aquí los signos
    ¡Cuánto tiempo olvidados!
    Pero entonces amigo ¿qué vas a decirnos?
    ¿Quién ha de comprenderte? ¿De dónde vienes?
    ¿En dónde estabas? ¿En qué alturas en qué profundidades?
    Andaba por la Historia del brazo con la muerte
    Oh hermano, nada voy a decirte
    Cuando hayas tocado lo que nadie puede tocar
    Más que el árbol te gustará callar.

    Vicente Huidobro
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado diciembre 2012
    Este olor, su otro
    Mi hermana mayor pica perejil
    con habilidad que se diría congénita,
    y el olor viaja instantáneo a fundirse
    con su otro.
    Su otro está en una lejana canasta de hierbas de sazón
    que bajaba del techo, una canasta
    ahora piedra fósil
    suspendida
    en el aire de nuestra cocina que se acabó.
    El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi,
    esperando su sopa frugal.
    Gracias de este país:
    un japonés que no perdonaba
    la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina!
    Creo que usted adentraba ese secreto en otro más grande
    para componer la belleza de su orden casero
    que ligaba
    familia y usos y trucos de esta tierra.
    Los hijos de su antiguo alrededor
    hoy somos comensales solos
    y diezmados
    y comemos la cena del Día de los Difuntos
    esparciendo
    perejil en la sopa. Ya la yerba sólo es sazón, aroma
    sin poder.
    Nuestras casas, Don Harumi, están caídas.
    José Watanabe
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado diciembre 2012
    Diario de poeta

    Es trágico porque es... si no fuera, sería
    Una puerta de casa que nunca fue golpeada,
    Hecha de dios humano por deseo o patada.
    Todo es trágico. Amor, todo hasta una alegría.

    Nietzsche lo supo... el único de la Filosofía
    Que miró el frontón griego con primera mirada,
    Con sífilis, ignota, con su ciencia asentada.
    Con dada eternidad como si fuera mía...

    Quise morir la vez sobre los espaldares
    De los asientos, y era otra vez otra vida,
    Quise morir mi vida, ¡y es tantas, y se olvida!...

    Porque yo soy el Otro cada vez, y me mato
    Como a eterno enemigo y me huyo por los mares
    Y las tierras y los cielos, sí, de mi arrebato...

    La vida no se elige: la vida se padece.
    ¡Ay, cuánto sé que creo!... ¡y el saber se me olvida!
    ¡Y cada mañana es como a su fin la Vida!
    ¡Y me estoy esperando al principio que empiece!

    Y así voy todo tiempo porque la uña crece,
    Porque aún soy la sombra de cada escena sida...
    Y vivo, porque soy eterno entre la ida
    Cosa y la por venir como entre zeta y ese...

    Dios es tenaz, tenaz como su creatura.
    Y la mujer que lava la ropa del esposo
    Y el agua que se está contenida e impura...
    Y la vida es eterna, aunque yo no lo diga.
    Y la vida es lo que soy, en el llanto o el gozo.
    Y la vida es cualquier instante que se siga.

    Dios es uno y no más. Y el uno hace el hijo
    Y la mujer, así perfecta la corbata...
    Y el Poeta está haciéndose de lo que desbarata.
    Y todo fue creado antes de lo prolijo.

    Y el artista se está con su lente y su alijo
    Y alguna florecilla ya se entreabre en la mata.
    Dios es uno no más, como es una rata
    O una puerta o una muerte, como dicen que dijo...

    ¡Unidad, alma mía, que no toca siquiera!...
    ¡Que no alcanzo ni pienso con mis filosofías!...
    ¡Unidad, unidad, para una primavera!...

    ¡Y yo quiero creer, y no creo, Almas mías,
    Sujeto a mi camisa, real y verdadera,
    Leyendo en calendarios los tiempos y los días!...

    Y con toda conciencia, rezo mis oraciones.
    Y con toda conciencia soy un hombre vestido.
    ¡Porque mi muerte tarda, porque es poco mi olvido,
    porque mi duda no es entre tantas razones!...

    Y yo he de serme vivo... opinionen, botones,
    Una calle sin nombre y otra con él, leído...
    E irme con la mujer de ánimo distraído,
    Y ser mañana aquél de sus obligaciones...

    ¡Yo nunca fui Unamuno! ¡Huyo ante lo perfecto
    Como huye la liebre del cazador previsto...
    El pequeño animal, tan seguro y tan recto!

    Vivo como Unamuno, que Dios nos hizo a todos:
    Mas el sabio no sabe cómo estaba previsto,
    Que uno es una miseria de ciudades y codos.
    Yo pienso como pide el mendigo: la cosa
    Que se da la bendice, con el ceño arrugado;
    Que somos carne y hueso de algún yo no arreglado
    Según su propio ser y como no es la rosa.

    Poesía no basta. Nada basta o reposa.
    Contra mí, están todos los míos conjugados;
    Estos cinco sentidos, estos íntimos lados,
    Esta ave que se vuela sobre mí y no se posa...

    Mi temor de haber sido, y esta mano cualquiera
    Que es una mía y yerra como no yerra el tacto...
    Y este día y el otro, como si todo fuera...

    Sin curar de impulsión y sin curar de impacto...
    ¡Y a cada instante ser sin ser divino el Acto!...
    ¡Yo, carne que se suda, haciéndome lo exacto!...

    Esas gitanas, todas, tan hediondas, tan bellas...
    En donde está mi vida... la lengua sepultada...
    ¡No sé qué de lascivo de micarne cansada!...
    ¡Y no sé ningún nombre de gitanas aquellas!...

    ¡Porque de real que pasa, nunca quedan ni huellas,
    Y los naturalistas redoblan su mirada,
    ¡Ay, porque lo real jamás duró tan nada,
    Y yo yazgo en gitana como en todas las Ellas!...

    ¡Sí, por mi oreja absurda, de oído de poeta!...
    ¡Sí, porque yo no soy sino dedo que escribo!...
    ¡Sí, porque me enseñaron desde la a a la zeta!

    ¡Y mi gitana hiede, tremendamente pura,
    Yaciendo, no conmigo, sino con el que se vive,
    metiéndole su lengua y su buenaventura!

    ¡Déjame, Tiempo, ser con mi soy y mi gana!
    ¡Callando... tan veraz como el niño al dedito!...
    ¡Déjame ser así como el silencio al grito
    Y esperar como el todos que ya sea el mañana!

    ¡Contra toda gramática, como toda flor sana
    Que nació de la espora, con saber infinito!...
    ¡Yo nazco cada vez, y cada vez me agito
    Con la torpeza propia de cada dios que emana!

    ¡Déjame, Tiempo, ser, porque tiempo no bastas!...
    ¡Yo, hacedor de dioses, entre seres iguales!
    ¡Yo, todo de dios írrito entre las putas... castas!

    ¡Y yo llamado a ser como es mi vecino,
    Con su ventana, limpia, de esmerados cristales!...
    ¡Y yo, llamado a estar como el dios que no vino!...

    Desvestido, furioso, ya como cuerpo humano,
    Como dios con la lágrima gorda, yo repetía.
    ¡Es tan sin fin vivir un día y otro día
    Y aprender la lección y lavarse la mano!...

    Y no vale el vagar, porque encuentro a Fulano,
    Su corbata correcta, que me dice el buendía.
    ¿Adónde está, Dios Mío, verdadera agonía,
    por la que me muera de verdad y no en vano?

    ¡Con este tacto inútil del poeta en el trance!...
    ¡El párpado vencido y los hijos hediondos,
    Todo el prójimo que es hasta donde me alcance!...

    ¡Madre Furia, tú, que eres todo saber de mío!...
    ¡Tú, río desbordado que haces súbitos fondos!...
    ¡Tú, Madre, tú no sabes cuánto es el tacto mío!...

    Yo no sé, porque soy. Si no fuera, sabría
    El mi amor con su tacto, el por qué cae pelo
    Todo sobre mi frente... el ajeno, el del cielo...
    Todo porque no soy, que no soy mi alegría.

    Y no sé qué soy. Cada filosofía
    Me da una duda más de mi persona y celo.
    Piensa con gruesos lentes y ningún recelo,
    Y soy como cactus en una roca impía.

    Y yo no sé decir todo lo que me digo.
    Yo temo de mi voz, mi constante testigo,
    El que me hizo la letra y rehace a cada instante

    ¡Cuánto vivir apenas, con la mano colgada,
    Con dios que ya no se oye, como la carcajada,
    Y con dios que ya asfixia como humo bastante!...

    Y está como está Amor, por el último beso.
    Somos de carne y hueso, sin fin y sin teoría
    Que enseñe a ningún tacto a ser una alegría
    Y está como está Amor, con su cuerpo y su peso.

    Amor es el que está... el beodo en su exceso
    O el mendigo, que está con la mano nadía,
    O el que hiede a colonia con la mirada mía
    O el que estuvo y no está como yo me estoy preso.

    El instante es eterno. Uno no es otro: es uno.
    Yo no soy mi vecino, yo no soy mi ninguno.
    De arrabio personal, de acero latente.

    Acero del vivir el día todavía...
    La tierna sinrazón en la que yo me acuno;
    ¡Temo el hacer que impone la lenta poesía!

    Es como el Río, que es y que pasa y que toca
    Y que se está siempre el mismo, como otra vida mía.
    Yo amo al Río, mi padre, el que hizo mi alegría
    Y mi desesperanza y a la mía otra boca.

    Así es mi vida, así es, que corre por la roca
    Blanda o dura, como flora de acaso o todavía,
    O espejismo tal vez de la carne nadía,
    Y todo es, tan todo, a distancia tan poca...

    El río es como soy, no sé más. Si supiera
    Yo me sabría adónde y por qué soy mi sino,
    Con mi fondo de real y lampo de quimera.

    Quien no vivió tragedia, no nació. Y ando quieto,
    Contando con los pies mensuras del camino,
    Y Callando ‒¡ay. Mi Muerte!‒ de feto de secreto.

    Y yo soy como soy... sobre el peligro estante.
    No hay otro dios que el mío, porque nunca varío.
    Porque nada que lo es, lo es sino es lo mío,
    Y yo me soy, doquiera, con el ojo distante.

    Uno me echa el sombrero; otro me hurta el guante
    Y yo sigo mi curso como lo sigue el río.
    ¡Es tan tarde morir entre gana y desvío!...
    ¡Y yo soy el que soy... mi peligro bastante!

    Dios existe, sin duda. ¿Por qué soy si yo dudo?
    ¡Si dudo de existir, con la mano colgada!...
    ¡Llamar a golondrina, conversar con el mudo!...

    La poesía es diurna y es clara: es que no sé.
    Sólo que es un algo lo que llamamos nada.
    Dios existe, sin duda; ay, ¿pero para qué?...

    Martín Adán
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado diciembre 2012
    Carta sin despedida

    A veces,
    mi egoísmo
    me llena de maldad,
    y te odio casi
    hasta hacerme daño
    a mí mismo:
    son los celos, la envidia,
    el asco
    al hombre, mi semejante
    aborrecible, como yo
    corrompido y sin
    remedio,
    mi querido
    hermano y parigual en la
    desgracia.
    A veces -o mejor dicho:
    casi nunca-,
    te odio tanto que te veo
    distinta.
    Ni en corazón ni en alma
    te pareces
    a la que amaba sólo
    hace un instante,
    y hasta tu cuerpo cambia
    y es más bello
    -quizá por imposible
    y por lejano-.
    Pero el odio también me
    modifica
    a mí mismo,
    y cuando quiero darme
    cuenta
    soy otro
    que no odia, que ama
    a esa desconocida cuyo
    nombre es el tuyo,
    que lleva tu apellido,
    y tiene,
    igual que tú,
    el cabello largo.
    Cuando sonríes,
    yo te reconozco,
    identifico tu perfil
    primero,
    y vuelvo a verte,
    al fin,
    tal como eras, como
    sigues
    siendo,
    como serás ya siempre,
    mientras te ame.

    Ángel González
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado diciembre 2012
    Prestigio del amor

    El amor consagra al amor
    Los días sin lluvia
    Y como conviene los días bellos
    Para el amor y sus preferencias
    Al prestigio del más viejo amor
    A la lluvia de la palabra amor
    Al único amor sin pena sin dicha sin retorno
    Al porvenir de los dementes
    A los sepultureros a los alegres compañeros de presidio
    Al punzante al ardiente recuerdo del tatuaje
    A mi amada muerte
    A quienes dudan todavía
    A los tesoros de los ciegos
    A las lágrimas
    Al agua al viento al fuego al amor
    A la esperanza de quien destroza su amor
    Al tormento del fuego y del hielo
    A los primeros sucesos que han de señalar la rebelión y la
    sangre
    A las sábanas de los crímenes pasionales
    A las bellas sábanas de los suicidas
    A la más tierna culata razón del revólver
    A las partidas que hasta el aire soplan
    Al plomo de las balas
    Para que hasta los no alcanzados
    Mueren como perros envenenados
    A la congoja de quienes despiertan
    A las noches vacías
    A mi vida perdida
    A la pérdida sin dolor sin retorno sin dicha de la vida
    Para que quienes aman y se envilecen en su dicha
    Se levanten y lancen las primeras maldiciones
    Al huracán
    A las mañanas más tristes que todo
    Para mejor borrar mi nombre
    Para sacudir el polvo y volver al polvo
    Para maldecir los instantes al parecer felices
    Para el despertador cargado de pólvora
    A las estatuas desnudas de la noche
    Al mármol perdido
    Para carecer de sepulcro
    A las señales ígneas del puñal
    A los solos a los únicos recuerdos sexuales
    A la boca de piedra del amor
    Al frío del agua la noche
    Para ya nunca volver a comenzar
    Al más tierno amor

    César Moro
  • darmian36darmian36 Anónimo s.XI
    editado diciembre 2012
    Quizá fue una hecatombe de esperanzas
    un derrumbe de algún modo previsto
    ah pero mi tristeza solo tuvo un sentido

    todas mis intuiciones se asomaron
    para verme sufrir
    y por cierto me vieron

    hasta aquí había hecho y rehecho
    mis trayectos contigo
    hasta aquí había apostado
    a inventar la verdad
    pero vos encontraste la manera
    una manera tierna
    y a la vez implacable
    de desahuciar mi amor

    con un solo pronostico lo quitaste
    de los suburbios de tu vida posible
    lo envolviste en nostalgias
    lo cargaste por cuadras y cuadras
    y despacito
    sin que el aire nocturno lo advirtiera
    ahí nomás lo dejaste
    a solas con su suerte
    que no es mucha

    creo que tenés razón
    la culpa es de uno cuando no enamora
    y no de los pretextos
    ni del tiempo

    hace mucho muchísimo
    que yo no me enfrentaba
    como anoche al espejo
    y fue implacable como vos
    mas no fue tierno

    ahora estoy solo
    francamente
    solo

    siempre cuesta un poquito
    empezar a sentirse desgraciado

    antes de regresar
    a mis lóbregos cuarteles de invierno

    con los ojos bien secos
    por si acaso

    miro como te vas adentrando en la niebla
    y empiezo a recordarte.La culpa es de uno


    Mario Benedetti
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