Dejo mi sombra,
una afilada aguja que hiere la calle
y con tristes ojos examina los muros,
las ventanas de reja donde hubo incapaces amores,
el cielo sin cielo de mi ciudad.
Dejo mis dedos espectrales
que recorrieron teclas, vientres,
aguas, párpados de miel
y por los que descendió la escritura
como una virgen de alma dehilachada.
Dejo mi ovoide cabeza, mis patas de araña,
mi traje quemado por la ceniza de los presagios,
descolorido por el fuego del libro nocturno.
Dejo mis alas a medio batir, mi máquina
que como un pequeño caballo galopó año tras año
en busca de la fuente del orgullo
donde la muerte muere.
Dejo varias libretas agusanadas por la pereza,
unas cuantas díscolas imágenes del mundo
y entre grandes relámpagos algún llanto
que tuve como un poco de sucio polvo en los dientes.
Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,
da de comer al olvido con tan frágil manjar.
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]EL SUEÑO DE LOS PECES[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]No puedo admitir que los sueños[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]sean privilegio de las criaturas humanas.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Los peces también sueñan[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]En el lago pantanoso, entre pestilencias[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]que aspiran a la densa dignidad de la vida,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]sueñan con los ojos abiertos siempre.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Los peces sueñan inmóviles, la bienaventuranza[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del agua fétida. No son como los hombres, que se agitan[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]en sus lechos estropeados. En verdad,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los peces difieren de nosotros, que todavía no aprendemos a soñar.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Y nos debatimos como ahogados en el agua turbia[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]entre imágenes hediondas y espinas de peces muertos.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Junto al lago que yo mandé cavar,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]volviendo la realidad a un incómodo sueño de infancia[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]pregunto al agua oscura. Las tilapias se ocultan[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]de mi sospechoso mirar de propietario[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y se resisten a enseñarme cómo debo soñar.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]EL SOL DE LOS AMANTES[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]El oficio de quien ama es ver[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]un sol oscuro sobre el lecho,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y en el frío, nacer al fuego[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]de un verano que no dice su nombre.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Es ver, constelación de pétalos,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]la nieve caer sobre la tierra[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular],[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]algodón del cielo, aire del silencio[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]q[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]ue nace entre dos espaldas[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular].[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Es morir claro y secreto[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]cerca de tierras absolutas,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del amor que mueve las estrellas[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y encierra a los amantes en un cuarto[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular].[/FONT]
Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezas tienen la carne encallecida de oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo.
Pasan obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido, casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas: Las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría nunca. El no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho. Cuando no lo está abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo vacío...
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las orejas demasiadas grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a donde iría yo?.
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no pudo desmenuzarlo en pequeñas satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más...
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Las yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas de cigarrillos. Pero está no es la escena final. Pero ello es por lo que el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección, satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?.
La tarde ya se habrá acabado en la ciudad. Y yo todavía me siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa...
Tengo que darles una noticia negra y definitiva Todos ustedes se están muriendo Los muertos la muerte de ojos blancos las muchachas de ojos rojos Volviéndose jóvenes las muchachas las madres todos mis amorcitos Yo escribía Dije amorcitos Digo que escribía una carta Una carta una carta infame Pero dije amorcitos Estoy escribiendo una carta Otra será escrita mañana Mañana estarán ustedes muertos La carta intacta la carta infame también está muerta Escribo siempre y no olvidaré tus ojos rojos Es todo lo que puedo prometer Tus ojos inmóviles tus ojos rojos Es todo lo que puedo prometer Cuando fui a verte tenía un lápiz y escribí sobre tu puerta Esta es la casa de las mujeres que se están muriendo Las mujeres de ojos inmóviles las muchachas de ojos rojos Mi lápiz era enano y escribía lo que yo quería Mi lápiz enano mi querido lápiz de ojos blancos Pero una vez lo llamé el peor lápiz que nunca tuve No oyó lo que dije no se enteró Sólo tenía ojos blancos Luego besé sus ojos blancos y él se convirtió en ella Y la desposé por sus ojos blancos y tuvimos muchos hijos Mis hijos o sus hijos Cada uno tiene un periódico para leer Los periódicos de la muerte que están muertos Sólo que ellos no saben leer No tienen ojos ni rojos ni inmóviles ni blancos Siempre estoy escribiendo y digo que todos ustedes se están muriendo Pero ella es el desasosiego y no tiene ojos rojos Ojos rojos ojos inmóviles Bah no la quiero
¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío? ¿Por qué ese velo de cerrada noche de tu abundosa cabellera negra de nazareno cae sobre tu frente? Miras dentro de Ti, donde está el reino de Dios; dentro de Ti, donde alborea el sol eterno de las almas vivas. Blanco tu cuerpo está como el espejo del padre de la luz, del sol vivífico; blanco tu cuerpo, al modo de la luna, que, muerta, ronda en torno de su madre, nuestra cansada vagabunda Tierra; blanco tu cuerpo está como la hostia del cielo de la noche soberana, de ese cielo tan negro como el velo de tu abundosa cabellera negra de nazareno. Que eres, Cristo, único hombre que sucumbió de pleno grado, triunfador de la muerte, que a la vida por Ti quedó encumbrada. Desde entonces por Ti nos vivifica esa tu muerte, por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre, por Ti la muerte es el amparo dulce que azucara amargores de la vida; por Ti, el Hombre muerto que no muere, blanco cual luna de noche. Es dueño, Cristo, la vida, y es la muerte vela. Mientras la tierra sueña solitaria, vela la blanca luna; vela el Hombre desde su cruz, mientras los hombres sueñan; vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco como la luna de la noche negra; vela el Hombre que dio toda su sangre porque las gentes sepan que son hombres. Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos a la noche, que es negra y muy hermosa, porque el sol de la vida la ha mirado con sus ojos de fuego; que a la noche morena la hizo el sol y tan hermosa. Y es hermosa la luna solitaria, la blanca luna en la estrellada noche, negra cual la abundosa cabellera negra del nazareno. Blanca luna como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo del sol de vida, del que nunca muere. Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre nos guían en la noche de este mundo, ungiéndonos con la esperanza recia de un día eterno. Noche cariñosa, ¡oh noche, madre de los blancos sueños, madre de la esperanza, dulce noche, noche oscura del alma, eres nodriza de la esperanza en Cristo salvador!
[El Cristo de Velázquez, 1920; I Parte, fragmento IV]
1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.
La experiencia del Predicador
1:12 Yo el Predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén.
1:13 Y di mi corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo; este penoso trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en él.
1:14 Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.
1:15 Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse.
1:16 Hablé yo en mi corazón, diciendo: He aquí yo me he engrandecido, y he crecido en sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; y mi corazón ha percibido mucha sabiduría y ciencia.
1:17 Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos; conocí que aun esto era aflicción de espíritu.
1:18 Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.
Saliste de la noche y había flores en tus manos, ahora saldrás de una muchedumbre, de un tumulto de dichos sobre vos.
Yo que te ví entre las cosas primordiales me enojé cuando pronunciaron tu nombre en lugares comunes. Yo quisiera que las olas frías fluyeran en mi mente, y que el mundo se secara como una hoja muerta, o una semilla de diente de león y así fuese barrido, para volver a encontrarte, a solas.
Siempre borracho entraba y siempre altivo,
y el ebrio, sin motivo,
Puñetazos le daba a su querida.
Dura cadena ató sus corazones;
Unió los eslabones
La Miseria en el fango de la vida.
Por no dormir, en noches tenebrosas,
Sobre las frías losas,
De ese hombre vil buscó la compañía.
Ella malhumorada, él displicente,
La riña era frecuente,
y al fin a puñetazos la rendía.
El vecindario despertaba todo
Al llegar el beodo
A su tabuco, de bebidas harto.
La vieja puerta abríala a empellones...
Se oían maldiciones...
Después quedaba silencioso el cuarto.
El invierno arreciaba. Un triste día.
En que lenta caía
A los techos la nieve como un manto.
Un hijo les nació... Y esa inocente
Inmaculada frente
No tuvo más bautismo que el del llanto.
A la siguiente noche, el rostro duro.
Y a tientas por el muro,
Llegó a la puerta de su hogar el padre.
De pronto se detuvo el inhumano...
No levantó la mano;
La respetó el borracho... Ya era madre.
Al mirarle extraviada la pupila,
Y al verlo que vacila
Y a darle puntapiés no se decide,
Meciendo al niño que dormía: <<i lnfame! >>
Le dijo: << Muerte dame.
¿No me pegas? ¿Por qué? ¿Quién te lo impide?
Te aguardé todo el día. Estoy dispuesta;
¿Más barato te cuesta
Hoy el pan? ¿El invierno es menos triste?
¿Licor en la taberna no encontraste?
¿Acaso te enmendaste?
¿Borracho, como siempre, no viniste?>>
Fingió el turbado padre no oír nada;
Dió al hijo una mirada.
Mezcla de estupidez y de cariño,
y dijo a la mujer: << ¿Por qué me ofendes?
¿No sabes, no comprendes,
Que si te pego se despierta el niño?>>
Tus ojos erraban, alterados por luz,
del color divino al contorno inmortal
y de carne viva al esplendor del cielo,
duerme en paz en la noche que sella tu párpado.
¿Ver, entender, oler? Viento, humo y polvo.
¿Gustar? La copa de oro contiene sólo la hiel.
Así como un Dios lleno de aburrimiento que deja el altar,
vuelve y dispérsate en la materia inmensa.
Sobre tu mudo sepulcro y tus huesos consumidos
qué otro vuelque o no las lágrimas acostumbradas,
qué tu siglo común te olvide o te renombre;
Te envidio, en el fondo de la tumba tranquila y negra,
de ser liberado de vivir y no saber más,
de la vergüenza de pensar y el horror de ser un hombre.
Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomado de tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.
Dios mío, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.
Es terrible
el leve ruido del huevo duro al ser cascado contra el
estaño de un mostrador
es terrible ese ruido
cuando resuena en la memoria de un hombre que
pasa hambre
es terrible también la cabeza del hombre
la cabeza del hombre que pasa hambre
cuando a las seis de la mañana ve
en el cristal de una gran tienda
una cabeza del color del polvo
sin embargo no es su cabeza lo que ve
en la vidriera de Potin
su cabeza de hombre le importa un bledo
ni se acuerda de ella
sueña
imagina otra cabeza
por ejemplo una cabeza de ternera
con salsa vinagreta
o una cabeza de lo que sea con tal de que sea comestible
y mueve suavemente las mandíbulas
suavemente
y hace rechinar los dientes suavemente
pues el mundo ni lo tiene en cuenta
y él nada puede contra ese mundo
y cuenta con los dedos uno dos tres
es decir tres días sin comer
y por más que se repita desde hace tres días
Esto no puede durar
esto dura
tres días
tres noches
sin comer
y detrás de esos vidrios
esos embutidos esas botellas esas conservas
pescados protegidos por latas
latas protegidas por vidrios
vidrios protegidos por esbirros
esbirros protegidos por el miedo
cuántas barreras por unas sardinas de mala suerte…
Algo más allá el cafetín
café-crema y bollos calientes
el hombre titubea
y en su cabeza
una niebla de palabras
una niebla de palabras
sardinas para comer
huevo duro café-crema
café con gotas de ron
café-crema
café-crema
¡café-crimen con gotas de sangre!
Un hombre muy estimado en su barrio
ha sido degollado en pleno día
el asesino el vagabundo le robó
dos francos
es decir un café con gotas de ron
cero franco setenta
dos rebanadas de pan con manteca
y veinticinco céntimos de propina para el mozo.
Es terrible
el leve ruido del huevo duro
cascado contra el estaño de un mostrador
es terrible ese ruido
cuando resuena en la memoria
de un hombre que pasa hambre.
Pasa el tiempo y veo que usted sigue aún en las aguas amigo mio.
Un abrazo.
Pd. Que buena selección tiene usted por aquí.
Hola amigo r08ma
Al comienzo de este hilo, hice la aclaración. Admiro a Negu, si lees la poesía que hay en ese hilo es muy hermosa. Y siempre la leo.
Esta selección es diversa y no tiene un enfoque definido, a veces recuerdo algún texto que leí antes o busco en internet y encuentro poesía de todo tipo. Luego copio y pego.
Me ha servido de mucho este ejercicio he retomado un habito que perdí cuando me convertí en burócrata.
Un gran abrazo.
Son los versos más bellos los que jamás se escriben.
Flores de ensueño, flores de mágica dulzura
Que perfuman el alma. y que en el alma viven,
Cadencias de la tierra que se oyen en la altura.
Hay un Edén ignoto, de misterioso encanto,
Bañado por la luna. do el alma va de hinojos;
Jardín en donde flota como un celeste canto.
Jardín. que si me amas, habrán de ver tus ojos.
Entonces. del crepúsculo en la serena calma,
Que como luz de ensueño baja del Infinito.
Ven, y en silencio inclina tu alma sobre mí alma.
Para que en ella leas los versos que no he escrito
Partir es morir un poco,
es morir a lo que se ama.
Se deja un poco de uno mismo
en cada hora y en cada lugar
Es siempre la añoranza de un deseo,
El último verso de un poema.
Partir es morir un poco,
es morir a lo que se ama.
Y se parte, y es un juego
y hasta el adiós supremo,
es el alma que se siembra,
que se siembra en cada adiós.
Partir es morir un poco.
¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…
1. De noche junto al río en el oscuro corazón de los arbustos
a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi
mujer, que murió.
2. Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la
que antes lo fue todo, pero todo se marchita.
3. Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de
Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran tristeza.
4. Vivíamos en una cabaña negra junto al río, Los mosquitos
solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico
siete veces o decía: tu pelo tiene un color sucio. O: no tienes corazón.
5. Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la
cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.
6. Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: ángel mío.
7. Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y
riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.
8. Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba
desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.
9. Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella sólo quedó
el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta que
ya estaba cerrada.
10. Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de
papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en
el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.
11. El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita sin
fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor amargo.
Mírame
busco en el fondo del pozo la cantárida dorada
y para salvar a la noche asesino a los noctámbulos
mírame hasta el agotamiento de las fuentes
donde el temblor se deshace
en la inmovilidad de tus ojos
¿desde qué día señalado por la ausencia de horas
has dejado de creer en la noche?
el amor es una forma de la maduración de los ríos
es un pasatiempo vertiginoso al borde del abismo
y tú has comenzado a caminar por la cuerda de mis sueños
a embellecer la muerte de los pasos.
Para que sólo tu luz me ilumine
ordena que hoy sea el último día
ordena que se derrumben las alturas
arranca la blanca mancha del sol
de otros ojos extraños que pasan.
Mírame
mírame en la luz de un universo sin mundos
en la luz de esa aurora feroz
mírame con tus dientes
y a través de la espuma
de océanos interminables que nos acechan.
A RAQUEL, Que me dijo
un día: «Cuando tú te
alejas un solo instante,
el tiempo y yo lloramos»
Yo soy ese que salió hace un año de su tierra
Buscando lejanías de vida y muerte
Su propio corazón y el corazón del mundo
Cuando el viento silbaba entrañas
En un crepúsculo gigante y sin recuerdos
Guiado por mi estrella
Con el pecho vacío
Y los ojos clavados en la altura
Salí hacia mi destino
Oh mis buenos amigos
¿Me habéis reconocido?
He vivido una vida que no puede vivirse
Pero tú Poesía no me has abandonado un solo instante
Oh mis amigos aquí estoy
Vosotros sabéis acaso lo que yo era
Pero nadie sabe lo que soy
El viento me hizo viento
La sombra me hizo sombra
El horizonte me hizo horizonte preparado a todo
La tarde me hizo tarde
Y el alba me hizo alba para cantar de nuevo
Oh poeta esos tremendos ojos
Ese andar de alma de acero y de bondad de mármol
Este es aquel que llegó al final del último camino
Y que vuelve quizás con otro paso
Hago al andar el ruido de la muerte
Y si mis ojos os dicen
Cuánta vida he vivido y cuánta muerte he muerto
Ellos podrían también deciros
Cuánta vida he muerto y cuánta muerte he vivido
¡Oh mis fantasmas! ¡Oh mis queridos espectros!
La noche ha dejado noche en mis cabellos
¿En dónde estuve? ¿Por dónde he andado?
¿Pero era ausencia aquélla o era mayor presencia?
Cuando las piedras oyen mi paso
Sienten una ternura que les ensancha el alma
Se hacen señas furtivas y hablan bajo:
Allí se acerca el buen amigo
El hombre de las distancias
Que viene fatigado de tanta muerte al hombro
De tanta vida en el pecho
Y busca donde pasar la noche
Heme aquí ante vuestros limpios ojos
Heme aquí vestido de lejanías
Atrás quedaron los negros nubarrones
Los años de tinieblas en el antro olvidado
Traigo un alma lavada por el fuego
Vosotros me llamáis sin saber a quién llamáis
Traigo un cristal sin sombra un corazón que no decae
La imagen de la nada y un rostro que sonríe
Traigo un amor muy parecido al universo
La Poesía me despejó el camino
Ya no hay banalidades en mi vida
¿Quién guió mis pasos de modo tan certero?
Mis ojos dicen a aquellos que cayeron
Disparad contra mí vuestros dardos
Vengad en mí vuestras angustias
Vengad en mí vuestros fracasos
Yo soy invulnerable
He tomado mi sitio en el cielo como el silencio
Los siglos de la tierra me caen en los brazos
Yo soy amigos el viajero sin fin
Las alas de la enorme aventura
Batían entre inviernos y veranos
Mirad cómo suben estrellas en mi alma
Desde que he expulsado las serpientes del tiempo oscurecido
¿Cómo podremos entendernos?
Heme aquí de regreso de donde no se vuelve
Compasión de las olas y piedad de los astros
¡Cuánto tiempo perdido! Este es el hombre de las lejanías
El que daba vuelta las páginas de los muertos
Sin tiempo sin espacio sin corazón sin sangre
El que andaba de un lado para otro
Desesperado y solo en las tinieblas
Solo en el vacío
Como un perro que ladra hacia el fondo de un abismo
¡Oh vosotros! ¡Oh mis buenos amigos!
Los que habéis tocado mis manos
¿Qué habéis tocado?
Y vosotros que habéis escuchado mi voz
¿Qué habéis escuchado?
Y los que habéis contemplado mis ojos
¿Qué habéis contemplado?
Lo he perdido todo y todo lo he ganado
Y ni siquiera pido
La parte de la vida que me corresponde
Ni montañas de fuego ni mares cultivados
Es tanto más lo que he ganado que lo que he perdido
Así es el viaje al fin del mundo
Y ésta es la corona de sangre de la gran experiencia
La corona regalo de mi estrella
¿En dónde estuve en dónde estoy?
Los árboles lloran un pájaro canta inconsolable
Decid ¿quién es el muerto?
El viento me solloza
¡Qué inquietudes me has dado!
Algunas flores exclaman
¿Estás vivo aún?
¿Quién es el muerto entonces?
Las aguas gimen tristemente
¿Quién ha muerto en estas tierras?
Ahora sé lo que soy y lo que era
Conozco la distancia que va del hombre a la verdad
Conozco la palabra que aman los muertos
Este es el que ha llorado el mundo el que ha llorado resplandores
Las lágrimas se hinchan se dilatan
Y empiezan a girar sobre su eje.
Heme aquí ante vosotros
Cómo podremos entendernos Cómo saber lo que decimos
Hay tantos muertos que me llaman
Allí donde la tierra pierde su ruido
Allí donde me esperan mis queridos fantasmas
Mis queridos espectros
Miradme os amo tanto pero soy extranjero
¿Quién salió de su tierra
Sin saber el hondor de su aventura?
Al desplegar las alas
Él mismo no sabía qué vuelo era su vuelo
Vuestro tiempo y vuestro espacio
No son mi espacio ni mí tiempo
¿Quién es el extranjero? ¿Reconocéis su andar?
Es el que vuelve con un sabor de eternidad en la garganta
Con un olor de olvido en los cabellos
Con un sonar de venas misteriosas
Es este que está llorando el universo
Que sobrepasó la muerte y el rumor de la selva secreta
Soy impalpable ahora como ciertas semillas
Que el viento mismo que las lleva no las siente
Oh Poesía nuestro reino empieza
Este es aquel que durmió muchas veces
Allí donde hay que estar alerta
Donde las rocas prohíben la palabra
Allí donde se confunde la muerte con el canto del mar
Ahora vengo a saber que fui a buscar las llaves
He aquí las llaves
¿Quién las había perdido?
¿Cuánto tiempo ha que se perdieron?
Nadie encontró las llaves perdidas en el tiempo y en las brumas
¡Cuántos siglos perdidas!
Al fondo de las tumbas
Al fondo de los mares
Al fondo del murmullo de los vientos
Al fondo del silencio
He aquí los signos
¡Cuánto tiempo olvidados!
Pero entonces amigo ¿qué vas a decirnos?
¿Quién ha de comprenderte? ¿De dónde vienes?
¿En dónde estabas? ¿En qué alturas en qué profundidades?
Andaba por la Historia del brazo con la muerte
Oh hermano, nada voy a decirte
Cuando hayas tocado lo que nadie puede tocar
Más que el árbol te gustará callar.
Mi hermana mayor pica perejil
con habilidad que se diría congénita,
y el olor viaja instantáneo a fundirse
con su otro.
Su otro está en una lejana canasta de hierbas de sazón
que bajaba del techo, una canasta
ahora piedra fósil
suspendida
en el aire de nuestra cocina que se acabó.
El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi,
esperando su sopa frugal.
Gracias de este país:
un japonés que no perdonaba
la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina!
Creo que usted adentraba ese secreto en otro más grande
para componer la belleza de su orden casero
que ligaba
familia y usos y trucos de esta tierra.
Los hijos de su antiguo alrededor
hoy somos comensales solos
y diezmados
y comemos la cena del Día de los Difuntos
esparciendo
perejil en la sopa. Ya la yerba sólo es sazón, aroma
sin poder.
Nuestras casas, Don Harumi, están caídas.
Es trágico porque es... si no fuera, sería
Una puerta de casa que nunca fue golpeada,
Hecha de dios humano por deseo o patada.
Todo es trágico. Amor, todo hasta una alegría.
Nietzsche lo supo... el único de la Filosofía
Que miró el frontón griego con primera mirada,
Con sífilis, ignota, con su ciencia asentada.
Con dada eternidad como si fuera mía...
Quise morir la vez sobre los espaldares
De los asientos, y era otra vez otra vida,
Quise morir mi vida, ¡y es tantas, y se olvida!...
Porque yo soy el Otro cada vez, y me mato
Como a eterno enemigo y me huyo por los mares
Y las tierras y los cielos, sí, de mi arrebato...
La vida no se elige: la vida se padece.
¡Ay, cuánto sé que creo!... ¡y el saber se me olvida!
¡Y cada mañana es como a su fin la Vida!
¡Y me estoy esperando al principio que empiece!
Y así voy todo tiempo porque la uña crece,
Porque aún soy la sombra de cada escena sida...
Y vivo, porque soy eterno entre la ida
Cosa y la por venir como entre zeta y ese...
Dios es tenaz, tenaz como su creatura.
Y la mujer que lava la ropa del esposo
Y el agua que se está contenida e impura...
Y la vida es eterna, aunque yo no lo diga.
Y la vida es lo que soy, en el llanto o el gozo.
Y la vida es cualquier instante que se siga.
Dios es uno y no más. Y el uno hace el hijo
Y la mujer, así perfecta la corbata...
Y el Poeta está haciéndose de lo que desbarata.
Y todo fue creado antes de lo prolijo.
Y el artista se está con su lente y su alijo
Y alguna florecilla ya se entreabre en la mata.
Dios es uno no más, como es una rata
O una puerta o una muerte, como dicen que dijo...
¡Unidad, alma mía, que no toca siquiera!...
¡Que no alcanzo ni pienso con mis filosofías!...
¡Unidad, unidad, para una primavera!...
¡Y yo quiero creer, y no creo, Almas mías,
Sujeto a mi camisa, real y verdadera,
Leyendo en calendarios los tiempos y los días!...
Y con toda conciencia, rezo mis oraciones.
Y con toda conciencia soy un hombre vestido.
¡Porque mi muerte tarda, porque es poco mi olvido,
porque mi duda no es entre tantas razones!...
Y yo he de serme vivo... opinionen, botones,
Una calle sin nombre y otra con él, leído...
E irme con la mujer de ánimo distraído,
Y ser mañana aquél de sus obligaciones...
¡Yo nunca fui Unamuno! ¡Huyo ante lo perfecto
Como huye la liebre del cazador previsto...
El pequeño animal, tan seguro y tan recto!
Vivo como Unamuno, que Dios nos hizo a todos:
Mas el sabio no sabe cómo estaba previsto,
Que uno es una miseria de ciudades y codos.
Yo pienso como pide el mendigo: la cosa
Que se da la bendice, con el ceño arrugado;
Que somos carne y hueso de algún yo no arreglado
Según su propio ser y como no es la rosa.
Poesía no basta. Nada basta o reposa.
Contra mí, están todos los míos conjugados;
Estos cinco sentidos, estos íntimos lados,
Esta ave que se vuela sobre mí y no se posa...
Mi temor de haber sido, y esta mano cualquiera
Que es una mía y yerra como no yerra el tacto...
Y este día y el otro, como si todo fuera...
Sin curar de impulsión y sin curar de impacto...
¡Y a cada instante ser sin ser divino el Acto!...
¡Yo, carne que se suda, haciéndome lo exacto!...
Esas gitanas, todas, tan hediondas, tan bellas...
En donde está mi vida... la lengua sepultada...
¡No sé qué de lascivo de micarne cansada!...
¡Y no sé ningún nombre de gitanas aquellas!...
¡Porque de real que pasa, nunca quedan ni huellas,
Y los naturalistas redoblan su mirada,
¡Ay, porque lo real jamás duró tan nada,
Y yo yazgo en gitana como en todas las Ellas!...
¡Sí, por mi oreja absurda, de oído de poeta!...
¡Sí, porque yo no soy sino dedo que escribo!...
¡Sí, porque me enseñaron desde la a a la zeta!
¡Y mi gitana hiede, tremendamente pura,
Yaciendo, no conmigo, sino con el que se vive,
metiéndole su lengua y su buenaventura!
¡Déjame, Tiempo, ser con mi soy y mi gana!
¡Callando... tan veraz como el niño al dedito!...
¡Déjame ser así como el silencio al grito
Y esperar como el todos que ya sea el mañana!
¡Contra toda gramática, como toda flor sana
Que nació de la espora, con saber infinito!...
¡Yo nazco cada vez, y cada vez me agito
Con la torpeza propia de cada dios que emana!
¡Déjame, Tiempo, ser, porque tiempo no bastas!...
¡Yo, hacedor de dioses, entre seres iguales!
¡Yo, todo de dios írrito entre las putas... castas!
¡Y yo llamado a ser como es mi vecino,
Con su ventana, limpia, de esmerados cristales!...
¡Y yo, llamado a estar como el dios que no vino!...
Desvestido, furioso, ya como cuerpo humano,
Como dios con la lágrima gorda, yo repetía.
¡Es tan sin fin vivir un día y otro día
Y aprender la lección y lavarse la mano!...
Y no vale el vagar, porque encuentro a Fulano,
Su corbata correcta, que me dice el buendía.
¿Adónde está, Dios Mío, verdadera agonía,
por la que me muera de verdad y no en vano?
¡Con este tacto inútil del poeta en el trance!...
¡El párpado vencido y los hijos hediondos,
Todo el prójimo que es hasta donde me alcance!...
¡Madre Furia, tú, que eres todo saber de mío!...
¡Tú, río desbordado que haces súbitos fondos!...
¡Tú, Madre, tú no sabes cuánto es el tacto mío!...
Yo no sé, porque soy. Si no fuera, sabría
El mi amor con su tacto, el por qué cae pelo
Todo sobre mi frente... el ajeno, el del cielo...
Todo porque no soy, que no soy mi alegría.
Y no sé qué soy. Cada filosofía
Me da una duda más de mi persona y celo.
Piensa con gruesos lentes y ningún recelo,
Y soy como cactus en una roca impía.
Y yo no sé decir todo lo que me digo.
Yo temo de mi voz, mi constante testigo,
El que me hizo la letra y rehace a cada instante
¡Cuánto vivir apenas, con la mano colgada,
Con dios que ya no se oye, como la carcajada,
Y con dios que ya asfixia como humo bastante!...
Y está como está Amor, por el último beso.
Somos de carne y hueso, sin fin y sin teoría
Que enseñe a ningún tacto a ser una alegría
Y está como está Amor, con su cuerpo y su peso.
Amor es el que está... el beodo en su exceso
O el mendigo, que está con la mano nadía,
O el que hiede a colonia con la mirada mía
O el que estuvo y no está como yo me estoy preso.
El instante es eterno. Uno no es otro: es uno.
Yo no soy mi vecino, yo no soy mi ninguno.
De arrabio personal, de acero latente.
Acero del vivir el día todavía...
La tierna sinrazón en la que yo me acuno;
¡Temo el hacer que impone la lenta poesía!
Es como el Río, que es y que pasa y que toca
Y que se está siempre el mismo, como otra vida mía.
Yo amo al Río, mi padre, el que hizo mi alegría
Y mi desesperanza y a la mía otra boca.
Así es mi vida, así es, que corre por la roca
Blanda o dura, como flora de acaso o todavía,
O espejismo tal vez de la carne nadía,
Y todo es, tan todo, a distancia tan poca...
El río es como soy, no sé más. Si supiera
Yo me sabría adónde y por qué soy mi sino,
Con mi fondo de real y lampo de quimera.
Quien no vivió tragedia, no nació. Y ando quieto,
Contando con los pies mensuras del camino,
Y Callando ‒¡ay. Mi Muerte!‒ de feto de secreto.
Y yo soy como soy... sobre el peligro estante.
No hay otro dios que el mío, porque nunca varío.
Porque nada que lo es, lo es sino es lo mío,
Y yo me soy, doquiera, con el ojo distante.
Uno me echa el sombrero; otro me hurta el guante
Y yo sigo mi curso como lo sigue el río.
¡Es tan tarde morir entre gana y desvío!...
¡Y yo soy el que soy... mi peligro bastante!
Dios existe, sin duda. ¿Por qué soy si yo dudo?
¡Si dudo de existir, con la mano colgada!...
¡Llamar a golondrina, conversar con el mudo!...
La poesía es diurna y es clara: es que no sé.
Sólo que es un algo lo que llamamos nada.
Dios existe, sin duda; ay, ¿pero para qué?...
A veces,
mi egoísmo
me llena de maldad,
y te odio casi
hasta hacerme daño
a mí mismo:
son los celos, la envidia,
el asco
al hombre, mi semejante
aborrecible, como yo
corrompido y sin
remedio,
mi querido
hermano y parigual en la
desgracia.
A veces -o mejor dicho:
casi nunca-,
te odio tanto que te veo
distinta.
Ni en corazón ni en alma
te pareces
a la que amaba sólo
hace un instante,
y hasta tu cuerpo cambia
y es más bello
-quizá por imposible
y por lejano-.
Pero el odio también me
modifica
a mí mismo,
y cuando quiero darme
cuenta
soy otro
que no odia, que ama
a esa desconocida cuyo
nombre es el tuyo,
que lleva tu apellido,
y tiene,
igual que tú,
el cabello largo.
Cuando sonríes,
yo te reconozco,
identifico tu perfil
primero,
y vuelvo a verte,
al fin,
tal como eras, como
sigues
siendo,
como serás ya siempre,
mientras te ame.
El amor consagra al amor
Los días sin lluvia
Y como conviene los días bellos
Para el amor y sus preferencias
Al prestigio del más viejo amor
A la lluvia de la palabra amor
Al único amor sin pena sin dicha sin retorno
Al porvenir de los dementes
A los sepultureros a los alegres compañeros de presidio
Al punzante al ardiente recuerdo del tatuaje
A mi amada muerte
A quienes dudan todavía
A los tesoros de los ciegos
A las lágrimas
Al agua al viento al fuego al amor
A la esperanza de quien destroza su amor
Al tormento del fuego y del hielo
A los primeros sucesos que han de señalar la rebelión y la
sangre
A las sábanas de los crímenes pasionales
A las bellas sábanas de los suicidas
A la más tierna culata razón del revólver
A las partidas que hasta el aire soplan
Al plomo de las balas
Para que hasta los no alcanzados
Mueren como perros envenenados
A la congoja de quienes despiertan
A las noches vacías
A mi vida perdida
A la pérdida sin dolor sin retorno sin dicha de la vida
Para que quienes aman y se envilecen en su dicha
Se levanten y lancen las primeras maldiciones
Al huracán
A las mañanas más tristes que todo
Para mejor borrar mi nombre
Para sacudir el polvo y volver al polvo
Para maldecir los instantes al parecer felices
Para el despertador cargado de pólvora
A las estatuas desnudas de la noche
Al mármol perdido
Para carecer de sepulcro
A las señales ígneas del puñal
A los solos a los únicos recuerdos sexuales
A la boca de piedra del amor
Al frío del agua la noche
Para ya nunca volver a comenzar
Al más tierno amor
Quizá fue una hecatombe de esperanzas
un derrumbe de algún modo previsto
ah pero mi tristeza solo tuvo un sentido
todas mis intuiciones se asomaron
para verme sufrir
y por cierto me vieron
hasta aquí había hecho y rehecho
mis trayectos contigo
hasta aquí había apostado
a inventar la verdad
pero vos encontraste la manera
una manera tierna
y a la vez implacable
de desahuciar mi amor
con un solo pronostico lo quitaste
de los suburbios de tu vida posible
lo envolviste en nostalgias
lo cargaste por cuadras y cuadras
y despacito
sin que el aire nocturno lo advirtiera
ahí nomás lo dejaste
a solas con su suerte
que no es mucha
creo que tenés razón
la culpa es de uno cuando no enamora
y no de los pretextos
ni del tiempo
hace mucho muchísimo
que yo no me enfrentaba
como anoche al espejo
y fue implacable como vos
mas no fue tierno
ahora estoy solo
francamente
solo
siempre cuesta un poquito
empezar a sentirse desgraciado
antes de regresar
a mis lóbregos cuarteles de invierno
con los ojos bien secos
por si acaso
miro como te vas adentrando en la niebla
y empiezo a recordarte.La culpa es de uno
Comentarios
La Divina Comedia: El Infierno: Canto XXXIII
Alzó la boca del fiero pasto
aquel pecador, limpiándola en el pelo
de la testa que por detrás devastaba.
Luego empezó: Tú quieres que renueve
el atroz dolor que el corazón me aprieta
de solo pensar, aún antes que hable.
Mas si podrán ser mis palabras semilla
de rendir infamia al traidor que carcomo,
hablar y llorar me verás juntamente.
No se quién eres tú ni de qué modo
has venido aquí abajo; mas florentino
pareces en verdad cuando te oigo.
Has de saber que yo fui el conde Ugolino
y que éste es el arzobispo Ruggieri;
ahora te diré porqué le soy tal vecino.
Que por efecto de sus malos pensamientos,
fiándome de él, caí preso
y fui muerto, no hace falta decirlo;
pero de aquello que no pudo ser visto,
es decir cómo mi muerte fue cruda,
oirás, y sabrás si me ha ofendido.
Un breve hueco dentro de la Muda,
la cual, por mí, se titula hoy del hambre,
y que aún será de otros lugar de encierro,
me había mostrado ya por su abertura
muchas lunas, cuando tuve el mal sueño
que del futuro me descorrió el velo.
A éste veíalo yo como señor y dueño,
cazando lobos y lobeznos en aquel monte,
que a los de Pisa la visión de Lucca estorba.
Con perras flacas, astutas y amaestradas,
a los Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi,
había puesto adelante de la hueste.
Tras breve huída, me parecieron cansados
el padre y los hijos, y con agudos colmillos
parecíame que les herían los flancos.
Despertando antes de la aurora,
llorar oí entre sueños a mis hijos
que conmigo estaban, y me pedían pan.
Serías bien cruel, si tú ya no te dueles
pensando en lo que mi corazón presentía;
y si no lloras ¿de qué llorar sueles?
Ya estaban despiertos, y la hora se acercaba
de la comida que soler nos traían,
y por su sueño cada uno dudaba;
oí entonces que de abajo clavaban
la puerta de la horrible torre; y me volví
al rostro de mis hijos sin decir nada.
Yo no lloraba, mas por dentro era de piedra;
lloraban ellos; y mi Anselmito
dijo: ‘¿Mírate, padre, que tienes?’
Mas no lloré ni respondí
en todo el día y en la siguiente noche,
hasta que un nuevo Sol salió en el mundo.
Como un rayo de luz se infiltrara
en la dolorosa celda, y percibí
en sus cuatro rostros mi mismo aspecto,
ambas manos por el dolor me mordí;
y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado
por el hambre, súbitamente se alzaron
y dijeron: ‘Padre, menor será nuestro dolor
si tú nos comes: tú nos vestiste
estas míseras carnes, tú tómalas ahora’
Aquietéme entonces por más no acongojarlos;
un día y otro permanecimos todos mudos,
¡Ay, dura tierra! ¿Porqué no te abriste?
Cuando al cuarto día llegamos
Gaddo se arrojó tendido a mis pies
diciendo: ‘Padre mío, ¿porqué no me ayudas?.
Y allí murió; y así como tú me ves,
vi yo caer los tres uno por uno
en el quinto y el sexto día; y yo, ya ciego,
me puse a buscar tanteando a cada uno
y dos días los llamé, luego de muertos.
Después, más que el dolor, pudo el ayuno.
Cuando dejó de hablar, con ojos torvos,
retomó el mísero cráneo con los dientes,
que llegaron al hueso, como de un perro, fuertes.
¡Ah Pisa, vituperio de las gentes
de aquel bello país donde el sí suena,
pues tus vecinos son a castigarte lentos,
muévase la Capraja y la Gorgona,
y hagan un dique al Arno en su salida,
y que sus aguas aneguen a todas las personas!
Porque si el conde Ugolino tenía fama
de haberte traicionado en tus castillos,
no deberías haber en esa cruz puesto a los hijos.
Inocentes los hacía la edad nueva
¡oh nueva Tebas! a Uguiccione y al Brigata
y a los otros dos que en este canto se nombran.
Seguimos adelante, allá donde la helada
rudamente a otras gentes encierra,
el rostro no hacia abajo, sino hacia arriba volteado.
Allí el mismo llanto llorar no los deja,
y el dolor que en los ojos halla impedimento,
vuélvese adentro para aumentar la angustia,
porque las primeras lágrimas forman un nudo
y tal como una visera de cristal,
llenan bajo los párpados todo el hueco.
Y aun cuando, como encallecido,
por el frío todo sentimiento
había abandonado mi rostro,
me parecía sin embargo sentir un viento;
por lo que yo: Maestro mío, ¿quién lo mueve?
¿no está aquí abajo todo vapor extinto?
Y él a mí: Pronto estarás donde
de ello te dará el ojo respuesta,
al ver la causa que al soplo mueve.
Y uno de los tristes de la fría costra
nos gritó: ¡Oh almas tan crueles
que os han dado el último puesto,
alzadme del rostro el duro velo,
para aliviar el dolor que el corazón me impregna,
un algo, antes que el llanto de nuevo se congele.
Por lo que le dije: Si quieres que te auxilie,
dime quien eres, y si yo no te libero,
que al fondo del la escarcha ir se me obligue.
Respondió pues: Yo soy fray Alberigo;
soy aquel de la fruta del mal huerto,
que aquí retomo dátil por higo.
Y él a mí: Cómo esté mi cuerpo
en el mundo arriba, lo ignoro.
Tal es la cualidad de esta Tolomea
que muchas veces cae aquí el alma
antes que Átropo le dé la vuelta.
Y para que tú de buena gana me raigas
las vidriosas lágrimas del rostro,
sabe que así que una alma traiciona,
como lo hice yo, de su cuerpo se apodera
un demonio, que luego lo gobierna
hasta que su tiempo todo esté cumplido.
El alma se derrumba en esta cisterna;
y tal vez aún se muestre el cuerpo arriba
de la sombra que aquí detrás mío inverna.
Tu debes conocerlo, si acabas de llegar abajo,
él es Branca Doria, y son muchos los años
cumplidos desde que fue aquí encerrado.
Creo, le dije, que me engañas,
porque Branca Doria no murió todavía,
y come y bebe y duerme y viste paños.
En el foso superior, dijo, de Malebranche,
allí donde hierve la tenaz pega,
no había aún llegado Miguel Zanche,
que Doria dejó al diablo en su lugar
en su cuerpo, y lo mismo el pariente
que la traición junto con él compuso.
Mas extiende ya tus manos
y ábreme los ojos. Y no se los abrí;
y cortesía fue con él ser villano.
¡Ay Genoveses! Hombres extraños
a todo orden y llenos de toda lacra,
¿Porqué no sois del mundo dispersos?
Que junto al peor espíritu de la Romania
hallé uno de vosotros, que por sus obras
su alma en el Cocito ya se baña,
y en cuerpo arriba como vivo aún anda.
Dante Alighieri
Dejo mi sombra,
una afilada aguja que hiere la calle
y con tristes ojos examina los muros,
las ventanas de reja donde hubo incapaces amores,
el cielo sin cielo de mi ciudad.
Dejo mis dedos espectrales
que recorrieron teclas, vientres,
aguas, párpados de miel
y por los que descendió la escritura
como una virgen de alma dehilachada.
Dejo mi ovoide cabeza, mis patas de araña,
mi traje quemado por la ceniza de los presagios,
descolorido por el fuego del libro nocturno.
Dejo mis alas a medio batir, mi máquina
que como un pequeño caballo galopó año tras año
en busca de la fuente del orgullo
donde la muerte muere.
Dejo varias libretas agusanadas por la pereza,
unas cuantas díscolas imágenes del mundo
y entre grandes relámpagos algún llanto
que tuve como un poco de sucio polvo en los dientes.
Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,
da de comer al olvido con tan frágil manjar.
SEBASTIAN SALAZAR BONDY
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]No puedo admitir que los sueños[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]sean privilegio de las criaturas humanas.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Los peces también sueñan[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]En el lago pantanoso, entre pestilencias[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]que aspiran a la densa dignidad de la vida,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]sueñan con los ojos abiertos siempre.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Los peces sueñan inmóviles, la bienaventuranza[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del agua fétida. No son como los hombres, que se agitan[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]en sus lechos estropeados. En verdad,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los peces difieren de nosotros, que todavía no aprendemos a soñar.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Y nos debatimos como ahogados en el agua turbia[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]entre imágenes hediondas y espinas de peces muertos.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Junto al lago que yo mandé cavar,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]volviendo la realidad a un incómodo sueño de infancia[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]pregunto al agua oscura. Las tilapias se ocultan[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]de mi sospechoso mirar de propietario[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y se resisten a enseñarme cómo debo soñar.[/FONT]
Lêdo Ivo
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]El oficio de quien ama es ver[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]un sol oscuro sobre el lecho,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y en el frío, nacer al fuego[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]de un verano que no dice su nombre.[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Es ver, constelación de pétalos,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]la nieve caer sobre la tierra[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular],[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]algodón del cielo, aire del silencio[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]q[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]ue nace entre dos espaldas[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular].[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Es morir claro y secreto[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]cerca de tierras absolutas,[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del amor que mueve las estrellas[/FONT]
[FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y encierra a los amantes en un cuarto[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular].[/FONT]
Lêdo Ivo
Traducción de Patricia Tejeda
!Tanto que hacer!
libros que no se leen, cartas que no se escriben,
lenguas que no se aprenden,
amor que no se da,
todo cuanto se olvida.
Amigos entre adioses,
niños llorando en la tempestad,
ciudadanos firmando papeles, papeles, papeles...
Y los pájaros detrás de rejas y lluvias,
y los muertos em redomas de alcanfor.
(!Y una canción tan bella!)
!Tanto que hacer!
E hicimos apenas esto.
Y nunca supimos quiénes éramos
ni para qué.
Cecilia Meireles
Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezas tienen la carne encallecida de oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo.
Pasan obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido, casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas: Las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría nunca. El no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho. Cuando no lo está abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo vacío...
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las orejas demasiadas grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a donde iría yo?.
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no pudo desmenuzarlo en pequeñas satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más...
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Las yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas de cigarrillos. Pero está no es la escena final. Pero ello es por lo que el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección, satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?.
La tarde ya se habrá acabado en la ciudad. Y yo todavía me siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa...
Martín Adán
Tengo que darles una noticia negra y definitiva
Todos ustedes se están muriendo
Los muertos la muerte de ojos blancos las muchachas de ojos rojos
Volviéndose jóvenes las muchachas las madres todos mis amorcitos
Yo escribía
Dije amorcitos
Digo que escribía una carta
Una carta una carta infame
Pero dije amorcitos
Estoy escribiendo una carta
Otra será escrita mañana
Mañana estarán ustedes muertos
La carta intacta la carta infame también está muerta
Escribo siempre y no olvidaré tus ojos rojos
Es todo lo que puedo prometer
Tus ojos inmóviles tus ojos rojos
Es todo lo que puedo prometer
Cuando fui a verte tenía un lápiz y escribí sobre tu puerta
Esta es la casa de las mujeres que se están muriendo
Las mujeres de ojos inmóviles las muchachas de ojos rojos
Mi lápiz era enano y escribía lo que yo quería
Mi lápiz enano mi querido lápiz de ojos blancos
Pero una vez lo llamé el peor lápiz que nunca tuve
No oyó lo que dije no se enteró
Sólo tenía ojos blancos
Luego besé sus ojos blancos y él se convirtió en ella
Y la desposé por sus ojos blancos y tuvimos muchos hijos
Mis hijos o sus hijos
Cada uno tiene un periódico para leer
Los periódicos de la muerte que están muertos
Sólo que ellos no saben leer
No tienen ojos ni rojos ni inmóviles ni blancos
Siempre estoy escribiendo y digo que todos ustedes se están muriendo
Pero ella es el desasosiego y no tiene ojos rojos
Ojos rojos ojos inmóviles
Bah no la quiero
Emilio Adolfo Westphalen
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo, al modo de la luna,
que, muerta, ronda en torno de su madre,
nuestra cansada vagabunda Tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.
Que eres, Cristo, único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere,
blanco cual luna de noche. Es dueño,
Cristo, la vida, y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
porque las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego; que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche,
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo,
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blancos sueños,
madre de la esperanza, dulce noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador!
1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.
La experiencia del Predicador
1:12 Yo el Predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén.
1:13 Y di mi corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo; este penoso trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en él.
1:14 Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.
1:15 Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse.
1:16 Hablé yo en mi corazón, diciendo: He aquí yo me he engrandecido, y he crecido en sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; y mi corazón ha percibido mucha sabiduría y ciencia.
1:17 Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos; conocí que aun esto era aflicción de espíritu.
1:18 Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.
Eclesiastés
Saliste de la noche
y había flores en tus manos,
ahora saldrás de una muchedumbre,
de un tumulto de dichos sobre vos.
Yo que te ví entre las cosas primordiales
me enojé cuando pronunciaron tu nombre
en lugares comunes.
Yo quisiera que las olas frías fluyeran en mi mente,
y que el mundo se secara como una hoja muerta,
o una semilla de diente de león y así fuese barrido,
para volver a encontrarte,
a solas.
Ezra Pound
Siempre borracho entraba y siempre altivo,
y el ebrio, sin motivo,
Puñetazos le daba a su querida.
Dura cadena ató sus corazones;
Unió los eslabones
La Miseria en el fango de la vida.
Por no dormir, en noches tenebrosas,
Sobre las frías losas,
De ese hombre vil buscó la compañía.
Ella malhumorada, él displicente,
La riña era frecuente,
y al fin a puñetazos la rendía.
El vecindario despertaba todo
Al llegar el beodo
A su tabuco, de bebidas harto.
La vieja puerta abríala a empellones...
Se oían maldiciones...
Después quedaba silencioso el cuarto.
El invierno arreciaba. Un triste día.
En que lenta caía
A los techos la nieve como un manto.
Un hijo les nació... Y esa inocente
Inmaculada frente
No tuvo más bautismo que el del llanto.
A la siguiente noche, el rostro duro.
Y a tientas por el muro,
Llegó a la puerta de su hogar el padre.
De pronto se detuvo el inhumano...
No levantó la mano;
La respetó el borracho... Ya era madre.
Al mirarle extraviada la pupila,
Y al verlo que vacila
Y a darle puntapiés no se decide,
Meciendo al niño que dormía: <<i lnfame! >>
Le dijo: << Muerte dame.
¿No me pegas? ¿Por qué? ¿Quién te lo impide?
Te aguardé todo el día. Estoy dispuesta;
¿Más barato te cuesta
Hoy el pan? ¿El invierno es menos triste?
¿Licor en la taberna no encontraste?
¿Acaso te enmendaste?
¿Borracho, como siempre, no viniste?>>
Fingió el turbado padre no oír nada;
Dió al hijo una mirada.
Mezcla de estupidez y de cariño,
y dijo a la mujer: << ¿Por qué me ofendes?
¿No sabes, no comprendes,
Que si te pego se despierta el niño?>>
FRANÇOIS COPPÉE
Tus ojos erraban, alterados por luz,
del color divino al contorno inmortal
y de carne viva al esplendor del cielo,
duerme en paz en la noche que sella tu párpado.
¿Ver, entender, oler? Viento, humo y polvo.
¿Gustar? La copa de oro contiene sólo la hiel.
Así como un Dios lleno de aburrimiento que deja el altar,
vuelve y dispérsate en la materia inmensa.
Sobre tu mudo sepulcro y tus huesos consumidos
qué otro vuelque o no las lágrimas acostumbradas,
qué tu siglo común te olvide o te renombre;
Te envidio, en el fondo de la tumba tranquila y negra,
de ser liberado de vivir y no saber más,
de la vergüenza de pensar y el horror de ser un hombre.
Charles-Marie Leconte de Lisle
Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomado de tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.
Dios mío, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.
César Vallejo
Es terrible
el leve ruido del huevo duro al ser cascado contra el
estaño de un mostrador
es terrible ese ruido
cuando resuena en la memoria de un hombre que
pasa hambre
es terrible también la cabeza del hombre
la cabeza del hombre que pasa hambre
cuando a las seis de la mañana ve
en el cristal de una gran tienda
una cabeza del color del polvo
sin embargo no es su cabeza lo que ve
en la vidriera de Potin
su cabeza de hombre le importa un bledo
ni se acuerda de ella
sueña
imagina otra cabeza
por ejemplo una cabeza de ternera
con salsa vinagreta
o una cabeza de lo que sea con tal de que sea comestible
y mueve suavemente las mandíbulas
suavemente
y hace rechinar los dientes suavemente
pues el mundo ni lo tiene en cuenta
y él nada puede contra ese mundo
y cuenta con los dedos uno dos tres
es decir tres días sin comer
y por más que se repita desde hace tres días
Esto no puede durar
esto dura
tres días
tres noches
sin comer
y detrás de esos vidrios
esos embutidos esas botellas esas conservas
pescados protegidos por latas
latas protegidas por vidrios
vidrios protegidos por esbirros
esbirros protegidos por el miedo
cuántas barreras por unas sardinas de mala suerte…
Algo más allá el cafetín
café-crema y bollos calientes
el hombre titubea
y en su cabeza
una niebla de palabras
una niebla de palabras
sardinas para comer
huevo duro café-crema
café con gotas de ron
café-crema
café-crema
¡café-crimen con gotas de sangre!
Un hombre muy estimado en su barrio
ha sido degollado en pleno día
el asesino el vagabundo le robó
dos francos
es decir un café con gotas de ron
cero franco setenta
dos rebanadas de pan con manteca
y veinticinco céntimos de propina para el mozo.
Es terrible
el leve ruido del huevo duro
cascado contra el estaño de un mostrador
es terrible ese ruido
cuando resuena en la memoria
de un hombre que pasa hambre.
Jacques Prévert
Un abrazo.
Pd. Que buena selección tiene usted por aquí.
Hola amigo r08ma
Al comienzo de este hilo, hice la aclaración. Admiro a Negu, si lees la poesía que hay en ese hilo es muy hermosa. Y siempre la leo.
Esta selección es diversa y no tiene un enfoque definido, a veces recuerdo algún texto que leí antes o busco en internet y encuentro poesía de todo tipo. Luego copio y pego.
Me ha servido de mucho este ejercicio he retomado un habito que perdí cuando me convertí en burócrata.
Un gran abrazo.
Son los versos más bellos los que jamás se escriben.
Flores de ensueño, flores de mágica dulzura
Que perfuman el alma. y que en el alma viven,
Cadencias de la tierra que se oyen en la altura.
Hay un Edén ignoto, de misterioso encanto,
Bañado por la luna. do el alma va de hinojos;
Jardín en donde flota como un celeste canto.
Jardín. que si me amas, habrán de ver tus ojos.
Entonces. del crepúsculo en la serena calma,
Que como luz de ensueño baja del Infinito.
Ven, y en silencio inclina tu alma sobre mí alma.
Para que en ella leas los versos que no he escrito
EDMOND HARAUCOURT
Partir es morir un poco,
es morir a lo que se ama.
Se deja un poco de uno mismo
en cada hora y en cada lugar
Es siempre la añoranza de un deseo,
El último verso de un poema.
Partir es morir un poco,
es morir a lo que se ama.
Y se parte, y es un juego
y hasta el adiós supremo,
es el alma que se siembra,
que se siembra en cada adiós.
Partir es morir un poco.
Edmond Haraucourt
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…
el mundo es un mercado en que se compra
ella cambia, se aleja y desaparece,
pero aquellos que abate el infortunio,
todo tiene su precio estipulado,
y por nobles que sus hechos sean,
lo que no perdonamos en la vida
las llagas del defecto no se miran
más, si el puñal es de oro,
el mismo corazón con ser tan noble,
hay rasgos de virtud en el malvado
ganas me dan de maldecir la vida,
doblando las rodillas en el polvo,
1. De noche junto al río en el oscuro corazón de los arbustos
a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi
mujer, que murió.
2. Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la
que antes lo fue todo, pero todo se marchita.
3. Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de
Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran tristeza.
4. Vivíamos en una cabaña negra junto al río, Los mosquitos
solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico
siete veces o decía: tu pelo tiene un color sucio. O: no tienes corazón.
5. Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la
cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.
6. Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: ángel mío.
7. Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y
riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.
8. Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba
desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.
9. Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella sólo quedó
el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta que
ya estaba cerrada.
10. Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de
papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en
el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.
11. El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita sin
fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor amargo.
Bertolt Brecht
Mírame
busco en el fondo del pozo la cantárida dorada
y para salvar a la noche asesino a los noctámbulos
mírame hasta el agotamiento de las fuentes
donde el temblor se deshace
en la inmovilidad de tus ojos
¿desde qué día señalado por la ausencia de horas
has dejado de creer en la noche?
el amor es una forma de la maduración de los ríos
es un pasatiempo vertiginoso al borde del abismo
y tú has comenzado a caminar por la cuerda de mis sueños
a embellecer la muerte de los pasos.
Para que sólo tu luz me ilumine
ordena que hoy sea el último día
ordena que se derrumben las alturas
arranca la blanca mancha del sol
de otros ojos extraños que pasan.
Mírame
mírame en la luz de un universo sin mundos
en la luz de esa aurora feroz
mírame con tus dientes
y a través de la espuma
de océanos interminables que nos acechan.
Aldo Pellegrini
un día: «Cuando tú te
alejas un solo instante,
el tiempo y yo lloramos»
Buscando lejanías de vida y muerte
Su propio corazón y el corazón del mundo
Cuando el viento silbaba entrañas
En un crepúsculo gigante y sin recuerdos
Con el pecho vacío
Y los ojos clavados en la altura
Salí hacia mi destino
¿Me habéis reconocido?
He vivido una vida que no puede vivirse
Pero tú Poesía no me has abandonado un solo instante
Vosotros sabéis acaso lo que yo era
Pero nadie sabe lo que soy
El viento me hizo viento
La sombra me hizo sombra
El horizonte me hizo horizonte preparado a todo
Y el alba me hizo alba para cantar de nuevo
Ese andar de alma de acero y de bondad de mármol
Este es aquel que llegó al final del último camino
Y que vuelve quizás con otro paso
Hago al andar el ruido de la muerte
Y si mis ojos os dicen
Cuánta vida he vivido y cuánta muerte he muerto
Ellos podrían también deciros
Cuánta vida he muerto y cuánta muerte he vivido
La noche ha dejado noche en mis cabellos
¿En dónde estuve? ¿Por dónde he andado?
¿Pero era ausencia aquélla o era mayor presencia?
Sienten una ternura que les ensancha el alma
Se hacen señas furtivas y hablan bajo:
Allí se acerca el buen amigo
El hombre de las distancias
Que viene fatigado de tanta muerte al hombro
De tanta vida en el pecho
Y busca donde pasar la noche
Heme aquí vestido de lejanías
Atrás quedaron los negros nubarrones
Los años de tinieblas en el antro olvidado
Traigo un alma lavada por el fuego
Vosotros me llamáis sin saber a quién llamáis
Traigo un cristal sin sombra un corazón que no decae
La imagen de la nada y un rostro que sonríe
Traigo un amor muy parecido al universo
La Poesía me despejó el camino
Ya no hay banalidades en mi vida
¿Quién guió mis pasos de modo tan certero?
Disparad contra mí vuestros dardos
Vengad en mí vuestras angustias
Vengad en mí vuestros fracasos
Yo soy invulnerable
He tomado mi sitio en el cielo como el silencio
Yo soy amigos el viajero sin fin
Las alas de la enorme aventura
Batían entre inviernos y veranos
Mirad cómo suben estrellas en mi alma
Desde que he expulsado las serpientes del tiempo oscurecido
Heme aquí de regreso de donde no se vuelve
Compasión de las olas y piedad de los astros
¡Cuánto tiempo perdido! Este es el hombre de las lejanías
El que daba vuelta las páginas de los muertos
Sin tiempo sin espacio sin corazón sin sangre
El que andaba de un lado para otro
Desesperado y solo en las tinieblas
Solo en el vacío
Como un perro que ladra hacia el fondo de un abismo
Los que habéis tocado mis manos
¿Qué habéis tocado?
Y vosotros que habéis escuchado mi voz
¿Qué habéis escuchado?
Y los que habéis contemplado mis ojos
¿Qué habéis contemplado?
Y ni siquiera pido
La parte de la vida que me corresponde
Ni montañas de fuego ni mares cultivados
Es tanto más lo que he ganado que lo que he perdido
Así es el viaje al fin del mundo
Y ésta es la corona de sangre de la gran experiencia
La corona regalo de mi estrella
¿En dónde estuve en dónde estoy?
Decid ¿quién es el muerto?
El viento me solloza
¡Qué inquietudes me has dado!
Algunas flores exclaman
¿Estás vivo aún?
¿Quién es el muerto entonces?
Las aguas gimen tristemente
¿Quién ha muerto en estas tierras?
Ahora sé lo que soy y lo que era
Conozco la distancia que va del hombre a la verdad
Conozco la palabra que aman los muertos
Este es el que ha llorado el mundo el que ha llorado resplandores
Y empiezan a girar sobre su eje.
Heme aquí ante vosotros
Cómo podremos entendernos Cómo saber lo que decimos
Hay tantos muertos que me llaman
Allí donde la tierra pierde su ruido
Allí donde me esperan mis queridos fantasmas
Mis queridos espectros
Miradme os amo tanto pero soy extranjero
¿Quién salió de su tierra
Sin saber el hondor de su aventura?
Al desplegar las alas
Él mismo no sabía qué vuelo era su vuelo
No son mi espacio ni mí tiempo
¿Quién es el extranjero? ¿Reconocéis su andar?
Es el que vuelve con un sabor de eternidad en la garganta
Con un olor de olvido en los cabellos
Con un sonar de venas misteriosas
Es este que está llorando el universo
Que sobrepasó la muerte y el rumor de la selva secreta
Soy impalpable ahora como ciertas semillas
Que el viento mismo que las lleva no las siente
Oh Poesía nuestro reino empieza
Allí donde hay que estar alerta
Donde las rocas prohíben la palabra
Allí donde se confunde la muerte con el canto del mar
Ahora vengo a saber que fui a buscar las llaves
He aquí las llaves
¿Quién las había perdido?
¿Cuánto tiempo ha que se perdieron?
Nadie encontró las llaves perdidas en el tiempo y en las brumas
¡Cuántos siglos perdidas!
Al fondo de los mares
Al fondo del murmullo de los vientos
Al fondo del silencio
He aquí los signos
¡Cuánto tiempo olvidados!
Pero entonces amigo ¿qué vas a decirnos?
¿Quién ha de comprenderte? ¿De dónde vienes?
¿En dónde estabas? ¿En qué alturas en qué profundidades?
Andaba por la Historia del brazo con la muerte
Cuando hayas tocado lo que nadie puede tocar
Más que el árbol te gustará callar.
Vicente Huidobro
con habilidad que se diría congénita,
y el olor viaja instantáneo a fundirse
con su otro.
Su otro está en una lejana canasta de hierbas de sazón
que bajaba del techo, una canasta
ahora piedra fósil
suspendida
en el aire de nuestra cocina que se acabó.
El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi,
esperando su sopa frugal.
Gracias de este país:
un japonés que no perdonaba
la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina!
Creo que usted adentraba ese secreto en otro más grande
para componer la belleza de su orden casero
que ligaba
familia y usos y trucos de esta tierra.
Los hijos de su antiguo alrededor
hoy somos comensales solos
y diezmados
y comemos la cena del Día de los Difuntos
esparciendo
perejil en la sopa. Ya la yerba sólo es sazón, aroma
sin poder.
Nuestras casas, Don Harumi, están caídas.
Es trágico porque es... si no fuera, sería
Una puerta de casa que nunca fue golpeada,
Hecha de dios humano por deseo o patada.
Todo es trágico. Amor, todo hasta una alegría.
Nietzsche lo supo... el único de la Filosofía
Que miró el frontón griego con primera mirada,
Con sífilis, ignota, con su ciencia asentada.
Con dada eternidad como si fuera mía...
Quise morir la vez sobre los espaldares
De los asientos, y era otra vez otra vida,
Quise morir mi vida, ¡y es tantas, y se olvida!...
Porque yo soy el Otro cada vez, y me mato
Como a eterno enemigo y me huyo por los mares
Y las tierras y los cielos, sí, de mi arrebato...
La vida no se elige: la vida se padece.
¡Ay, cuánto sé que creo!... ¡y el saber se me olvida!
¡Y cada mañana es como a su fin la Vida!
¡Y me estoy esperando al principio que empiece!
Y así voy todo tiempo porque la uña crece,
Porque aún soy la sombra de cada escena sida...
Y vivo, porque soy eterno entre la ida
Cosa y la por venir como entre zeta y ese...
Dios es tenaz, tenaz como su creatura.
Y la mujer que lava la ropa del esposo
Y el agua que se está contenida e impura...
Y la vida es eterna, aunque yo no lo diga.
Y la vida es lo que soy, en el llanto o el gozo.
Y la vida es cualquier instante que se siga.
Dios es uno y no más. Y el uno hace el hijo
Y la mujer, así perfecta la corbata...
Y el Poeta está haciéndose de lo que desbarata.
Y todo fue creado antes de lo prolijo.
Y el artista se está con su lente y su alijo
Y alguna florecilla ya se entreabre en la mata.
Dios es uno no más, como es una rata
O una puerta o una muerte, como dicen que dijo...
¡Unidad, alma mía, que no toca siquiera!...
¡Que no alcanzo ni pienso con mis filosofías!...
¡Unidad, unidad, para una primavera!...
¡Y yo quiero creer, y no creo, Almas mías,
Sujeto a mi camisa, real y verdadera,
Leyendo en calendarios los tiempos y los días!...
Y con toda conciencia, rezo mis oraciones.
Y con toda conciencia soy un hombre vestido.
¡Porque mi muerte tarda, porque es poco mi olvido,
porque mi duda no es entre tantas razones!...
Y yo he de serme vivo... opinionen, botones,
Una calle sin nombre y otra con él, leído...
E irme con la mujer de ánimo distraído,
Y ser mañana aquél de sus obligaciones...
¡Yo nunca fui Unamuno! ¡Huyo ante lo perfecto
Como huye la liebre del cazador previsto...
El pequeño animal, tan seguro y tan recto!
Vivo como Unamuno, que Dios nos hizo a todos:
Mas el sabio no sabe cómo estaba previsto,
Que uno es una miseria de ciudades y codos.
Yo pienso como pide el mendigo: la cosa
Que se da la bendice, con el ceño arrugado;
Que somos carne y hueso de algún yo no arreglado
Según su propio ser y como no es la rosa.
Poesía no basta. Nada basta o reposa.
Contra mí, están todos los míos conjugados;
Estos cinco sentidos, estos íntimos lados,
Esta ave que se vuela sobre mí y no se posa...
Mi temor de haber sido, y esta mano cualquiera
Que es una mía y yerra como no yerra el tacto...
Y este día y el otro, como si todo fuera...
Sin curar de impulsión y sin curar de impacto...
¡Y a cada instante ser sin ser divino el Acto!...
¡Yo, carne que se suda, haciéndome lo exacto!...
Esas gitanas, todas, tan hediondas, tan bellas...
En donde está mi vida... la lengua sepultada...
¡No sé qué de lascivo de micarne cansada!...
¡Y no sé ningún nombre de gitanas aquellas!...
¡Porque de real que pasa, nunca quedan ni huellas,
Y los naturalistas redoblan su mirada,
¡Ay, porque lo real jamás duró tan nada,
Y yo yazgo en gitana como en todas las Ellas!...
¡Sí, por mi oreja absurda, de oído de poeta!...
¡Sí, porque yo no soy sino dedo que escribo!...
¡Sí, porque me enseñaron desde la a a la zeta!
¡Y mi gitana hiede, tremendamente pura,
Yaciendo, no conmigo, sino con el que se vive,
metiéndole su lengua y su buenaventura!
¡Déjame, Tiempo, ser con mi soy y mi gana!
¡Callando... tan veraz como el niño al dedito!...
¡Déjame ser así como el silencio al grito
Y esperar como el todos que ya sea el mañana!
¡Contra toda gramática, como toda flor sana
Que nació de la espora, con saber infinito!...
¡Yo nazco cada vez, y cada vez me agito
Con la torpeza propia de cada dios que emana!
¡Déjame, Tiempo, ser, porque tiempo no bastas!...
¡Yo, hacedor de dioses, entre seres iguales!
¡Yo, todo de dios írrito entre las putas... castas!
¡Y yo llamado a ser como es mi vecino,
Con su ventana, limpia, de esmerados cristales!...
¡Y yo, llamado a estar como el dios que no vino!...
Desvestido, furioso, ya como cuerpo humano,
Como dios con la lágrima gorda, yo repetía.
¡Es tan sin fin vivir un día y otro día
Y aprender la lección y lavarse la mano!...
Y no vale el vagar, porque encuentro a Fulano,
Su corbata correcta, que me dice el buendía.
¿Adónde está, Dios Mío, verdadera agonía,
por la que me muera de verdad y no en vano?
¡Con este tacto inútil del poeta en el trance!...
¡El párpado vencido y los hijos hediondos,
Todo el prójimo que es hasta donde me alcance!...
¡Madre Furia, tú, que eres todo saber de mío!...
¡Tú, río desbordado que haces súbitos fondos!...
¡Tú, Madre, tú no sabes cuánto es el tacto mío!...
Yo no sé, porque soy. Si no fuera, sabría
El mi amor con su tacto, el por qué cae pelo
Todo sobre mi frente... el ajeno, el del cielo...
Todo porque no soy, que no soy mi alegría.
Y no sé qué soy. Cada filosofía
Me da una duda más de mi persona y celo.
Piensa con gruesos lentes y ningún recelo,
Y soy como cactus en una roca impía.
Y yo no sé decir todo lo que me digo.
Yo temo de mi voz, mi constante testigo,
El que me hizo la letra y rehace a cada instante
¡Cuánto vivir apenas, con la mano colgada,
Con dios que ya no se oye, como la carcajada,
Y con dios que ya asfixia como humo bastante!...
Y está como está Amor, por el último beso.
Somos de carne y hueso, sin fin y sin teoría
Que enseñe a ningún tacto a ser una alegría
Y está como está Amor, con su cuerpo y su peso.
Amor es el que está... el beodo en su exceso
O el mendigo, que está con la mano nadía,
O el que hiede a colonia con la mirada mía
O el que estuvo y no está como yo me estoy preso.
El instante es eterno. Uno no es otro: es uno.
Yo no soy mi vecino, yo no soy mi ninguno.
De arrabio personal, de acero latente.
Acero del vivir el día todavía...
La tierna sinrazón en la que yo me acuno;
¡Temo el hacer que impone la lenta poesía!
Es como el Río, que es y que pasa y que toca
Y que se está siempre el mismo, como otra vida mía.
Yo amo al Río, mi padre, el que hizo mi alegría
Y mi desesperanza y a la mía otra boca.
Así es mi vida, así es, que corre por la roca
Blanda o dura, como flora de acaso o todavía,
O espejismo tal vez de la carne nadía,
Y todo es, tan todo, a distancia tan poca...
El río es como soy, no sé más. Si supiera
Yo me sabría adónde y por qué soy mi sino,
Con mi fondo de real y lampo de quimera.
Quien no vivió tragedia, no nació. Y ando quieto,
Contando con los pies mensuras del camino,
Y Callando ‒¡ay. Mi Muerte!‒ de feto de secreto.
Y yo soy como soy... sobre el peligro estante.
No hay otro dios que el mío, porque nunca varío.
Porque nada que lo es, lo es sino es lo mío,
Y yo me soy, doquiera, con el ojo distante.
Uno me echa el sombrero; otro me hurta el guante
Y yo sigo mi curso como lo sigue el río.
¡Es tan tarde morir entre gana y desvío!...
¡Y yo soy el que soy... mi peligro bastante!
Dios existe, sin duda. ¿Por qué soy si yo dudo?
¡Si dudo de existir, con la mano colgada!...
¡Llamar a golondrina, conversar con el mudo!...
La poesía es diurna y es clara: es que no sé.
Sólo que es un algo lo que llamamos nada.
Dios existe, sin duda; ay, ¿pero para qué?...
Martín Adán
A veces,
mi egoísmo
me llena de maldad,
y te odio casi
hasta hacerme daño
a mí mismo:
son los celos, la envidia,
el asco
al hombre, mi semejante
aborrecible, como yo
corrompido y sin
remedio,
mi querido
hermano y parigual en la
desgracia.
A veces -o mejor dicho:
casi nunca-,
te odio tanto que te veo
distinta.
Ni en corazón ni en alma
te pareces
a la que amaba sólo
hace un instante,
y hasta tu cuerpo cambia
y es más bello
-quizá por imposible
y por lejano-.
Pero el odio también me
modifica
a mí mismo,
y cuando quiero darme
cuenta
soy otro
que no odia, que ama
a esa desconocida cuyo
nombre es el tuyo,
que lleva tu apellido,
y tiene,
igual que tú,
el cabello largo.
Cuando sonríes,
yo te reconozco,
identifico tu perfil
primero,
y vuelvo a verte,
al fin,
tal como eras, como
sigues
siendo,
como serás ya siempre,
mientras te ame.
Ángel González
El amor consagra al amor
Los días sin lluvia
Y como conviene los días bellos
Para el amor y sus preferencias
Al prestigio del más viejo amor
A la lluvia de la palabra amor
Al único amor sin pena sin dicha sin retorno
Al porvenir de los dementes
A los sepultureros a los alegres compañeros de presidio
Al punzante al ardiente recuerdo del tatuaje
A mi amada muerte
A quienes dudan todavía
A los tesoros de los ciegos
A las lágrimas
Al agua al viento al fuego al amor
A la esperanza de quien destroza su amor
Al tormento del fuego y del hielo
A los primeros sucesos que han de señalar la rebelión y la
sangre
A las sábanas de los crímenes pasionales
A las bellas sábanas de los suicidas
A la más tierna culata razón del revólver
A las partidas que hasta el aire soplan
Al plomo de las balas
Para que hasta los no alcanzados
Mueren como perros envenenados
A la congoja de quienes despiertan
A las noches vacías
A mi vida perdida
A la pérdida sin dolor sin retorno sin dicha de la vida
Para que quienes aman y se envilecen en su dicha
Se levanten y lancen las primeras maldiciones
Al huracán
A las mañanas más tristes que todo
Para mejor borrar mi nombre
Para sacudir el polvo y volver al polvo
Para maldecir los instantes al parecer felices
Para el despertador cargado de pólvora
A las estatuas desnudas de la noche
Al mármol perdido
Para carecer de sepulcro
A las señales ígneas del puñal
A los solos a los únicos recuerdos sexuales
A la boca de piedra del amor
Al frío del agua la noche
Para ya nunca volver a comenzar
Al más tierno amor
César Moro
un derrumbe de algún modo previsto
ah pero mi tristeza solo tuvo un sentido
todas mis intuiciones se asomaron
para verme sufrir
y por cierto me vieron
hasta aquí había hecho y rehecho
mis trayectos contigo
hasta aquí había apostado
a inventar la verdad
pero vos encontraste la manera
una manera tierna
y a la vez implacable
de desahuciar mi amor
con un solo pronostico lo quitaste
de los suburbios de tu vida posible
lo envolviste en nostalgias
lo cargaste por cuadras y cuadras
y despacito
sin que el aire nocturno lo advirtiera
ahí nomás lo dejaste
a solas con su suerte
que no es mucha
creo que tenés razón
la culpa es de uno cuando no enamora
y no de los pretextos
ni del tiempo
hace mucho muchísimo
que yo no me enfrentaba
como anoche al espejo
y fue implacable como vos
mas no fue tierno
ahora estoy solo
francamente
solo
siempre cuesta un poquito
empezar a sentirse desgraciado
antes de regresar
a mis lóbregos cuarteles de invierno
con los ojos bien secos
por si acaso
miro como te vas adentrando en la niebla
y empiezo a recordarte.La culpa es de uno
Mario Benedetti