¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Actividad Reciente

Activity List

  • Vila_Isabel y Andreina ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    16 de octubre
  • MBC y Odette ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    14 de octubre
  • Besa mis pies dia azul

    lava , 

    lava con tu lluvia mi alma

    Yo mientras comeré la manzana

    Años luz de la locura ,

     rie , llora ...son espasmos existenciales

    Algo siento esta cambiando

    Desde siempre y desde nunca

    Antes que nada por favor

    Cruzare las líneas del destino

    Ahí va ….

    Quiero decir tantas idioteces que me dan ganas de vomitar

    Es hasta el final …

    15 de octubre
  • CUADERNO SEGUNDO

    Mors certa, sed hora incerta.

    La muerta es segura, pero la hora incierta.

     

    Tuve que releer la anterior libreta y para darme cuenta de que no estoy escribiendo para ti, hipotético lector, sino para mí mismo. Hay cosas que, para lo que en realidad te interesa, no tienen ninguna relevancia, mezcladas con otras que sí la tienen. Dejo en tus manos el saltarte páginas o armarte de paciencia, por que debes saber de mi incapacidad para eludir algunos episodios de mi vida que para ti nada van a significar, y que tampoco te van a ayudar a entender lo que de verdad te importa, ni a encontrar lo que has venido a buscar a estos cuadernos. Estaré de acuerdo contigo si calificas estos escritos como tediosos (un coñazo, como decís ahora), ya que ¿a quién le importa la vida de un viejo y anónimo orfebre? Pero sigo insistiendo que la perspectiva que te va a proporcionar el conocimiento de mi vida, hará que tomes o no la decisión correcta. De ello puede depender tu felicidad y tu propia vida.

    He tardado meses en volver a coger la pluma, y es que lo que voy a escribir ahora no es fácil para mí. Incluso ahora, antes de empezar, ya tengo los ojos anegados en lágrimas, y mi visión, ya deficiente por mi edad, es borrosa.

    El malestar comenzó suave, taimado, y mi madre no hizo caso de él, aunque de poco hubiera servido que acudiera al médico el primer día en que aparecieron los síntomas. Se acostó un rato, hasta que se le pasó. Era como un mareo, que le provocaba náuseas. Incluso llegó a sospechar que se había quedado embarazada, con gran regocijo por parte de mi padre ante tal posibilidad. Los síntomas siguieron repitiéndose, espaciados al principio y leves; luego más frecuentes y cada vez más fuertes, provocándole vómitos incluso cuando nada tenía en el estómago, dolores abdominales, fuertes jaquecas,…. Su piel se volvió amarillenta y seca. El médico de cabecera le diagnosticó ictericia, le recomendó que guardara reposo y le dio un tratamiento. Al ver que mi madre empeoraba llamamos a un prestigioso especialista del aparato digestivo que diagnosticó cáncer hepático, ingresándola en el Sanatorio de San Lorenzo para una operación de urgencia.

    Si el cáncer es una enfermedad terrible hoy en día, en 1943 era casi mortal. Las posibilidades de éxito pasaban por que el tumor estuviera tan concentrado que se pudiera extirpar hasta la última célula cancerosa con el bisturí, algo altamente improbable, dada la inexistencia de síntomas claros en estos tempranos estadios de la enfermedad y la falta de los conocimientos y los medios diagnósticos que hay hoy en día. No existían la quimioterapia ni la radioterapia; las técnicas quirúrgicas eran primitivas y muchos pacientes morían en la mesa de operaciones. Por ello cuando mi madre superó la operación y el doctor nos dijo que no habían encontrado rastro del cáncer nos animamos extraordinariamente, creyendo que todo se debía a un error de diagnóstico, que la enfermedad era leve y se curaría por si sola, o que nuestras plegarias habían sido escuchadas y Dios obró un milagro. Era tanto lo que la necesitábamos que no nos extrañaba mucho esta posibilidad, y encontrábamos razonable que Dios nos liberara de una prueba que se nos antojaba insoportable. Mi madre también se animó, y durante su convalecencia paseábamos por los jardines del sanatorio, rodeando un gran estanque con pequeños patos a los que se les denomina por esta tierra “parrulos”, y que le gustaban mucho por su vistoso plumaje. Nos sentábamos en los bancos del parque, a la sombra de algún gran árbol, disfrutando del buen tiempo y permanecíamos allí callados los tres, o bromeábamos, o hacíamos planes para el futuro. No hicimos caso de las recomendaciones del doctor, que no quería alimentar nuestra esperanza, y nos repetía una y otra vez que el mal seguía ahí y no había sido zanjado y que muchas de estas patologías eran indetectables, pero igual de graves.

    Una semana después de la operación, casi recuperada de las heridas de la misma, mi madre regresó a casa y, durante unos pocos días no le veíamos sino mejorar. Ganó un poco de peso y se ocupaba de alguna pequeña cosa de la casa, riéndose de nuestras protestas. Un día tuvo una recaída, con vómitos y dolores abdominales y de cabeza, pero todos quisimos ver que era normal que pasara eso, que era algo habitual en la evolución de todas las enfermedades, hasta en las más leves.

    Una vez abandonado el irracional optimismo inicial que le daba fuerzas, empeoró rápidamente. Sufría terribles dolores que el médico intentaba aplacar con dosis cada vez mayores de morfina y había adelgazado tanto que parecía no tuviese nada entre la piel y los huesos. Sus momentos de consciencia eran cada vez menores, y en uno de ellos, cogiéndome la mano, me dijo un escueto “cuida de papá”. Creo que fue su forma de despedirse de mí. Atiborrada de narcóticos y sufriendo tanto, supongo que no se puede pedir otra cosa a una madre, que es difícil encontrar las palabras adecuadas para decirle adiós a un hijo. El “cuida de papá” quizás encerrara su deseo de que mantuviéramos nuestra pequeña familia unida. Le di muchas vueltas a estas tres palabras. Yo, a mis catorce años, estaba acostumbrado a que cuidaran de mí, y apenas tenía otras responsabilidades que las derivadas de la urbanidad y las buenas costumbres, como las de devolver en fecha los libros a la biblioteca, estar convenientemente aseado o ser educado y cortés con los adultos.

    Tenía catorce años cuando falleció mi madre y la desolación se instaló en nuestra casa de la Rúa Nova.

    El período de rebeldía ante la fatalidad, de culpar a Dios por haberse llevado lo que más quieres, y que es especialmente fuerte entre los adolescentes, solo me pudo durar unos pocos días, ante el derrumbe emocional que sufrió mi padre. Y mis cuentas con Dios (que Él me perdone) quedaron sin saldar, arrinconadas en algún lugar de mi corazón.

    Una vez regresamos del entierro, un día gris y lluvioso, tan oscuro como nuestro ánimo, se metió en la cama, y allí permaneció días, sin comer, sin asearse, apenas sin hablar. Tuve que dejar mi propio dolor de lado para rescatar del infierno a lo único que me quedaba en esta vida, ya que por primera vez era consciente de no tenía a nadie más. El único pariente que podría estar vivo era un hermano de mi madre que había emigrado a Cuba hacía quince años, pero llevábamos diez sin tener noticias de él, y ni tan siquiera le pudimos notificar la muerte de su hermana. El solo hecho de pensar que a mi padre le pudiera pasar algo me llenaba de pavor, y por mi mente pasaban las imágenes de los niños de la inclusa paseando disciplinadamente por las calles de Santiago, cogidos de las manos y con la mirada triste y perdida.

    Con paciencia infinita que no sabía que tuviera, le preparé caldos, que ponía en su boca como si de un niño pequeño se tratara, le animé y ayudé a bañarse, a afeitarse,… Con el paso del tiempo, empecé a sacarlo a la calle los días soleados, y dábamos pequeños paseos, que se fueron agrandando a medida que se iba recuperando y los papeles parecieron cambiarse, actuando yo de padre y papá, de hijo. Me enternecía el ver cuanto había querido a mi madre, pero lo odiaba por que la había querido más a ella de lo que parecía quererme a mí; si no fuese así no se hubiera dejado hundir en ese pozo tan profundo. Aunque era cierto que cada vez que me veía erguía los hombros e intentaba una sonrisa, pretendiendo hacerme creer que estaba mejor para que no me preocupase. Pero era superior a sus fuerzas; en su estado no se puede disimular.

    Tuvieron que transcurrir cuatro meses hasta que recobró el estado de ánimo suficiente para poder volver a trabajar, y yo pude volver a mis estudios en el instituto. Nada más acabar las clases corría al taller, preocupado por las crisis de melancolía en las que mi padre se sumía con frecuencia, y que lo postraban en tal estado que temía pudiera llegar a quitarse la vida (tal era su angustia y desespero), a pesar de ser cristiano temeroso de Dios, y, sentándome a su lado, le ayudaba y animaba, elogiando sus trabajos y distrayendo su mente con anécdotas y chismes.

    Así fue mi primer contacto serio con el arte de la orfebrería, y allí empecé a conocer las técnicas más elementales, como el batido, laminado, lijado, pulido, soldado, cincelado, calado, ornato, empavonado,… Pronto las horas de clase se me hicieron eternas, y nada más oír la campana con la que se marcaban el final de las clases, salía disparado para saciar el inmenso apetito de lo que se había convertido en una pasión. Allí se nos hacía de noche, y, de camino a casa, comíamos algo en alguna tasca o fonda, para luego escuchar algún concierto en la radio, hasta las once o doce en que nos acostumbrábamos a acostar. Era para mí la peor hora del día, y notaba que para papá también. Se nos acababan los temas de conversación y las ganas de sonreír y permanecíamos circunspectos. La casa sin mamá era fría y poco acogedora, y mi padre dormía en un pequeño cuarto, incapaz de utilizar la habitación que habían compartido durante 15 años. Pero el cansancio de un duro día hacía que pronto el sueño nos venciera, y al amanecer del siguiente día saltábamos de la cama raudos para marcharnos de allí lo antes posible.

    Acabado el curso, sin posibilidad ni ganas de cursar estudios superiores, dejé la escuela y empecé a trabajar como aprendiz en la platería. Me había sorprendido lo mucho que había asimilado en mis esporádicas visitas al taller. Mi padre, viendo mi predisposición innata, estaba muy complacido, y cada vez delegaba más trabajos en mí, que él luego corregía y acababa. A veces un error era pagado con el fundido de la pieza y decenas de horas de trabajo desperdiciadas. Es el precio del aprendizaje de este oficio, tan alejado de las prisas. Por eso es muy difícil hacer dinero en un oficio como platero en el que  siempre se trabajan muchas más horas de las que se facturan. Nada más hacerme cargo del taller hice grabar una orla debajo del apellido de mi familia, que daba nombre al establecimiento, con la frase Festina lente (Apresúrate lentamente, por si no estás versado en la lengua de Catulo), que acostumbraba a mirar cuando me sentía agobiado o cuando las cosas no salían como era de desear.

    Aunque papá había mejorado considerablemente con respecto a los primeros meses de la muerte de mamá, ya nunca volvió a ser el mismo. Se pasaba largo tiempo ensimismado, fumando esos fuertes y apestosos cigarrillos de picadura que el mismo liaba y que encendía uno con la colilla del anterior. Su producción había bajado muy considerablemente, al igual que la calidad de sus trabajos. Había perdido la pasión por la orfebrería y la ilusión de vivir, y yo sabía que nunca se recuperaría lo suficiente como para asemejarse al hombre que antes fue. El trabajo, cualquier tipo de trabajo, le agobiaba. Por eso intenté acelerar mi preparación al máximo; paulatinamente le iba dando menos cosas para hacer a él y dejándole más tiempo para sus cigarrillos y sus ensoñaciones. Como le gustaba explicarme las cosas le hacía preguntas y empecé a hacer piezas desde el comienzo, es decir, la fundición, el laminado y el soldado. Fue una dura época que solo pude superar por la creciente afición que sentía por el trabajo de la plata y por el terror de quedarme sin medios de subsistencia ante la incapacidad o muerte de mi padre, algo que intuía como inevitable en un futuro no muy lejano. Aunque teníamos una mujer, Mercedes, que acudía unas horas al día a limpiar la casa,  siempre quedaban cosas por hacer, y yo me encargaba, por ejemplo, de cocinar sencillos platos, lavar la vajilla después de las comidas, recoger la cocina, y otros pequeños menesteres, que hacía dándole conversación a papá, sentado él en una silla, y respondiéndome con monosílabos o frases cortas, que parecían dolerle, de tanto como le costaba decirlas. Pero procuraba que tuviera su mente distraída y no dejarlo solo ni un momento; incluso habría dormido con él si, tal y como le propuse, hubiera aceptado.

    Mis esfuerzos eran recompensados con una sonrisa y, algunas veces, unas palabras tranquilizadoras: “No te preocupes tanto por mí, Camilito. Estoy bien”.

    Yo había cambiado mucho por aquel entonces. Lo noté especialmente cuando mis dos compinches me vinieron a buscar una tarde de domingo para ir de correrías por ahí, algo con lo que disfrutaba sobremanera apenas unos meses antes. Salimos a dar una vuelta, pero, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, no pude divertirme en absoluto, y estaba deseando para volver a casa a refugiarme entre mis libros. El fumar ya no me parecía elegante y varonil, después de estar todo el día rodeado por la nube de humo que expelía mi padre de forma continuada, sentado en su banqueta y con una pose que poco se parecía a la de los galanes de las películas. El comportamiento de mis amigos me parecía ahora infantil y sus temas de conversación, aburridos. Comprendí, con cierta satisfacción, que me estaba haciendo adulto, aunque entonces no sabía que a costa de una parte de mi infancia.

    Imagino que estarás impaciente por que siga con la trama alemana de la historia. Adelante, pues.

    Vinieron a recoger las copas en cuanto llamamos al número que nos facilitaron, perteneciente a la Embajada en Madrid. Mi padre, con mi ayuda, las acabó un mes antes del plazo que nos dieron. Se deshicieron en elogios por el trabajo y recibimos desde Alemania una carta de agradecimiento del mismo Doktor Goebbels. Nos emocionaba pensar que el Führer tocaría con sus manos esas copas. Periódicamente venían a hacernos algún pequeño encargo, casi siempre para regalos con los que su embajada en España obsequiaba a afectos y pagaba favores, y, como quien no quiere la cosa, preguntarnos si habíamos encontrado algo relacionado con el “asunto aquel” o el “otro asunto”. Siempre acababan sus visitas recomendándonos que mantuviéramos los ojos bien  abiertos y siguiéramos buscando, además de que guardáramos silencio absoluto, como así hicimos y nunca, hasta el día de hoy, dijimos a nadie que Herr Goebbels nos había visitado aquel día de julio de 1942. Tampoco, por aquel entonces, encontramos nada que tuviera relación con lo que buscaban los alemanes, a pesar de que, seducido por el misterio, registré hasta el último centímetro de nuestra casa y del obrador.

    Papá, abstraído en su dolor y en sus recuerdos, ya no mostraba ningún interés por el desarrollo de la guerra, pese a mis esfuerzos por involucrarlo en una actividad que antes tanto le  agradaba, y era yo solo el que marcaba en el mapa la situación de las líneas de los ejércitos. La guerra durante 1943 dejó de ser favorable a las tropas del Eje, desperdigadas en demasiados frentes; pero siempre esperábamos una ofensiva, una nueva arma o un nuevo aliado que diera la vuelta a la situación, y nadie pensaba aún en la posibilidad de una derrota alemana. Justo un año después de la visita de Herr Doktor, los aliados desembarcaron en Sicilia, y durante ese mismo año los japoneses sufrieron severas derrotas en el Pacífico, y los alemanes en Rusia y en el norte de África, al tiempo que eran traicionados por los italianos. Como consecuencia de estos fracasos disminuyó considerablemente el número de germanófilos al tiempo que el de aliadófilos crecía de forma alarmante.

    Seguía por la prensa los pasos de Herr Goebbels. Así en este año pronunció el famoso discurso de Sportpalast, que llegué a aprenderlo de memoria, tal era la admiración que sentía por aquel hombre extraordinario.

    Hasta principios del año 1944 no volvió a visitarnos. También de incógnito, voló desde el sur de Francia hasta Santiago haciendo escala en el aeródromo de Villanubla. Entró solo en nuestro taller, mientras sus escoltas le esperaban en el coche, salvo uno que se instaló en nuestra puerta con la intención de impedir el acceso a cualquiera que intentase entrar.

    Le vi como cansado, quizá desanimado, lo que no era de extrañar en vista de cómo se estaban desarrollando los acontecimientos en el frente de guerra. Como la otra vez venía por dos cuestiones. La primera el encargo de un gran plato conmemorativo, con temática del partido nazi. La segunda para dar un revulsivo a la búsqueda del secreto que se oculta en nuestra ciudad. Papá, que era consciente de su situación, a pesar de que parecía no poder hacer nada por remediarla o atenuarla al menos, se despidió de Herr Goebbels con un: “Tiene que disculparme, pero no me encuentro muy bien desde el fallecimiento de mi esposa. Mi hijo Camilo le atenderá”. Me pareció que se alegraba sinceramente de volvernos a ver, y se entristeció por el estado en el que vio a mi padre, aunque lo comprendía y me hizo partícipe de sus reflexiones sobre cual sería su reacción si su amada Magda fallecía. “De todas formas se sobrepondrá, pues su amor por ti le alentará para continuar con su vida”, me dijo, una vez a solas, aunque no con estas palabras, pues chapurreaba un castellano horrible, con un vocabulario muy limitado. Aquí se equivocó, y el amor de mi padre hacia mí no fue suficiente para que recuperase la ilusión por vivir.

    Tuve que sincerarme con él y explicarle que el plato lo haría yo, y que tal vez, por mi juventud e inexperiencia, no me considerase adecuado para realizar un trabajo tan complejo. “¿Te consideras tú capacitado?”, me preguntó. Ante mi respuesta afirmativa pasó su brazo sobre mis hombros y sonriendo dijo: “Pues eso es lo que importa”. Me dio un gran fajo de billetes y con un gesto impidió que abriese la boca cuando me proponía protestar. La verdad era que el dinero nos venía muy bien, ya que los pedidos escaseaban, en gran medida por el estado de mi padre y la poca confianza que despertaba yo entre el reducido círculo de personas e instituciones que requerían nuestros servicios, y llevábamos tiempo viviendo de la venta de pequeñas piezas, como cruces para colgar al cuello, dedales, cucharitas y vasos para los recién nacidos y algunas diminutas imágenes del Apóstol y del Botafumeiro que los peregrinos acostumbraban a comprar para, una vez benditos, llevarse de recuerdo. Pero, más que el dinero, lo que me entusiasmaba era la realización del trabajo en sí, hasta el punto de que lo hubiera hecho gratis solo con que me hubieran proporcionado los materiales. Desde ese mismo momento empezaron a desfilar por mi mente composiciones, alternando bajorrelieves con mediorrelieves y con altorrelieves, así como la decoración de fondo. Este encargo, con no tener ni un cuarto del valor material del primero, permitía una creatividad mayor, ya que solo facilitaban cuatro emblemas, y yo podía combinarlos como quisiera. La forma y el ornato del plato era también cosa mía.

    Durante las seis horas que Herr Goebbels pasó conmigo en el taller, tuvimos tiempo de hablar de muchas cosas. Me sorprendió el gran conocimiento que tenía de la historia de Compostela, sobre todo de los tiempos del Arzobispo Gelmírez, por el que manifestó su admiración. Me habló de su esposa, sus seis hijos, y me hizo el honor de confiarme íntimos sentimientos, como que se consideraba un mal padre y marido y esperaba que acabara la guerra para enmendarse y dedicarse por completo a su familia. También me comentó que hacía unos días el Führer había estado comiendo en su casa, algo que lo llenaba de orgullo, pues por sistema nunca iba de visita a casa de nadie. Yo sabía que despachaba casi diariamente con él, y podía decirse que era su mejor (o tal vez único) amigo. Supongo ahora que encontró en un chico de quince años de mentalidad sencilla y pueblerina, aunque algo instruido, el interlocutor que necesitaba para desahogarse.

    En tiempos de Gelmírez, me contó, alguien guardaba celosamente en Compostela una fórmula o remedio que proporcionaba un gran poder. Esa fórmula permaneció escondida por siglos. Me habló también de que fue el abad de un monasterio quien transcribió la receta de su puño y letra. Eso me tranquilizó, pues viniendo la fórmula de un hombre de Iglesia no podía ser cosa mala, ni estar relacionada con el diablo, como solíamos especular a veces, ya que de todos era sabido que los nazis no eran esencialmente hombres de religión, y corrían voces que los relacionaban con la superstición, la brujería y la alquimia.

    Así como cuando hablaba de él o de su familia se mostraba relajado, al tocar este tema se crispaba un poco, y sentía su mirada intentando escrutar si estaba ocultando algo, si sabía más de lo que quería reconocer. Dijo que el futuro del Tercer Reich podía depender de este hallazgo. “Dame ideas, Camilo. ¿Dónde buscarías tú?”, decía, mientras sus ojos me miraban inquisitivamente. “Herr Goebbels un libro puede estar custodiado en alguna biblioteca de la iglesia, sobre todo si su contenido es de tipo mágico o esotérico. Un trozo de pergamino puede estar dentro de un libro y tardar siglos en salir a la luz. También pudieron haber sido destruidos”. “Nadie destruiría esa fórmula, querido amigo. Sabemos que fue ocultada concienzudamente y en esta ciudad. Más bien diría que en un radio de doscientos metros desde el lugar en donde nos encontramos ahora”. Me admiraba su determinación para seguir buscando algo que yo creía que no aparecería, o incluso que nunca existió. Debía ser algo muy importante para que un hombre como él perdiera de esta forma su tiempo. Cuando se despidió dándome la mano empezaba a anochecer.

    Mi vida continuó con la rutina habitual, y pronto me habría olvidado de todo esto si no fuera por el encargo (tenía hasta enero próximo para terminarlo) y por las tristes noticias que llegaban de Alemania. Acabé el plazo dado para la entrega del trabajo (que tuve que fundir varias veces por no acabarme de gustar el resultado), y llamé por teléfono al número de la embajada, en donde me indicaron que ya enviarían a alguien a recogerlo. Pasado un mes volví a llamar, y me indicaron, de forma un tanto brusca, que lo guardara, que ya lo recogerían en cuanto pudiesen. No me gustaba tener un objeto valioso tanto tiempo en el taller por si me lo robaban, pero no tuve más remedio que acatar las indicaciones de los alemanes. Ahora ya intuíamos que Alemania perdería la guerra, y yo esperaba, tal y como especulaban algunos diarios, que el propio Goebbels y su familia vinieran a España, un país amigo, antes que los aliados o los rusos tomaran Berlín. Pero no fue así; y es que es difícil que nuestros deseos coincidan con la realidad. El día uno de mayo se suicidaba junto a su mujer y después de que esta envenenara a los seis hijos del matrimonio, habiendo sustituido a Hitler como Canciller de Alemania y sin haber encontrado lo que con tanto afán buscó en Compostela. Ya nadie recogería el plato del que tan orgulloso me sentía, y, temiendo que lo robaran, lo escondí debajo de unas tablas en el suelo del taller.

    La orfebrería litúrgico-religiosa, que era la que proporcionaba el ochenta por ciento de los ingresos de nuestro establecimiento, apenas había variado en los últimos doscientos o trescientos años, al menos en Santiago de Compostela. Fabricábamos cruces procesionales, copones, cálices, patenas, platillos de comunión, vinajeras, ostensorios, incensarios, navetas, hisopos, acetres, y otros muchos objetos casi exactamente igual que mi tatarabuelo, si bien cada vez de menor tamaño. El ornamento de estas piezas, tan recargado de florituras, hacía que su coste fuera cada vez más inaccesible, ya que el precio de la mano de obra, impelido por la carestía de la vida, subía sin cesar. Tampoco me gustaba la orfebrería con tanto adorno, partidario como era de una belleza equilibrada y austera, que valoraba más el continente de las formas, que el contenido de los perifollos. Así, con estos fundamentos, me propuse modernizar el establecimiento, ampliando nuestro negocio a la joyería femenina, y dando un aire nuevo, más moderno y asequible económicamente, a la religiosa. Dentro del primero creé una serie (ahora la llamarían “colección”, pero no voy a caer en estos modernismos) de piezas fabricadas combinando la plata y el oro, con azabache y perlas. Las líneas puras de estas joyas, nada ostentosas, llamaron pronto la atención de algunas distinguidas señoras, que me honraron con numerosos encargos. No me fue tan bien con la nueva línea de objetos religiosos (sabido es el mucho apego que tiene la Iglesia por las tradiciones y lo poco proclive que es a los cambios), sobre la que se mantuvo una controversia durante varios años entre partidarios y detractores, y tuve que simultanear durante bastante tiempo lo moderno con lo antiguo, y no pocos religiosos me miraban como si estuviera loco, cuando les enseñaba los nuevos diseños.

    Mucho me hubiera gustado que mi madre hubiera muerto de forma repentina, y no de esa enfermedad extenuante. El deterioro del que fui testigo me marcó profundamente, y aún hoy se entremezclan las imágenes de mi madre sana con las de mi madre enferma, del olor de su piel y la fragancia de su agua de rosas con la pestilencia de la enfermedad, el sonido de su risa con el de los estertores. Intento desechar las imágenes de la descarnada calavera en que se convirtió su bello rostro las últimas semanas de su vida, la figura de su cuerpo inerte en el ataúd, pero no siempre puedo. Hay como una dualidad en mi memoria, injusta, pues pocos meses de enfermedad se han adueñado de la mitad de mis recuerdos, y actúa en mí como lo hace el bien y el mal. Supongo que aún no he podido perdonarle que me haya abandonado.

    Aún hoy conservo la habitación de mamá, tal y como la dejó el día de su muerte, y, aunque su ropa no me recuerda ya su olor, como antaño, aún quedan unas gotas de su perfume en el frasco que me hacen evocar algunos momentos maravillosos, y me consuelo cuando, en la proximidad de mi muerte, pienso que pronto estaré junto a ella, si Dios me perdona los pecados cometidos, sobre todo por la insana pasión que consumió mi vida.

    14 de octubre
  • trimdrake y harbaoui ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    13 de octubre
  • Travel scholar. Zombie fan. Certified beer practitioner. Total food lover. besthdsite
    13 de octubre
  • Fede_Supervielle cambiada sus la imagen de perfil.
    Miniatura
    12 de octubre
  • Bufonloco ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    11 de octubre
  • MDStine y leyespoeta ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    10 de octubre
  • ¡Bienvenido a bordo!
    9 de octubre
  • Professional music lover. Lifelong web fan. Incurable problem solver. mens

    8 de octubre
  • buatutu y danellmaya ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    7 de octubre
  • expowerbk, AGT51 y Fran_95 ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    6 de octubre
  • ¡Bienvenido a bordo!
    3 de octubre
  • RAZÓN Y CELEBRACIÓN

     

     

     

     

    ... este compendio universal que dentro de mí y ante a mí se alza y se construye,

    esta irrupción cósmica que con mente y corazón contemplo, siento y vivo,

    este haber sublime de espíritu y amor inabarcable,

    esta ingente belleza,

    - que cual tímpano de voz y fuego puro, se inscribe y vibra en todo lo creado -

    y que asimismo cual laúd divina para el ser humano

    y cual égida o refugio,

    y símbolo,

    y flor,

    ¿ podríamos contemplarlo, sentirlo y vivirlo - insisto y digo - sin esta cuántica luz del corazón ?

    ... ay nuestros lechos precámbricos, nuestras paredes de piedra, nuestras hachas y diminutas lanzas...;

    desde aquél otro lado, el de las hecatombes de dolor, unos y otros llegamos cansados,

    despiezada el alma y recosidos o rotos aún hombros y brazos, las piernas, el pecho, la cintura,

    por lo que bien, bien pudiera parecernos que sólo llorar y llorar constituyese el único

    y dramático bastión frente a un destino de aparente fin de muerte con más muerte;

    ... porque sí, hay instantes en que las pruebas del ser arrasan y estremecen, y engullen, y matan,

    pero ¿ es que no hemos vuelto o renacido acaso para ser actores de nuestro sueño invencible,

    el de nuestro camino progreso, éste, el de nuestro genio y poder,

    y hasta el último hálito o bastión de nuestra fuerza ... ?

     

    esta virtud exuberante, moderna y fresca de alegría y júbilo,

    este emblema de inmortal proyección sin límites,

    esta intención del Innombrable de absoluta y asombrosa cordura,

    esta lid,

    este grial;

    ... desde el XXI, doy fe del orden y de la luz del mundo.

    ***

    Antonio Justel

    http://www.oriondepanthoseas.com

    2 de octubre
  • ¡Bienvenido a bordo!
    1 de octubre
  • ¿Que mejor que escribir mientras se escucha música?
    1 de octubre
  • ZeinHe ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    30 de septiembre
  • cehi cambiada su la imagen de perfil.
    Miniatura
    29 de septiembre
  • cehi cambiada su la imagen de perfil.
    Miniatura
    29 de septiembre
  • ¡Bienvenido a bordo!
    28 de septiembre
  • ¡Bienvenido a bordo!
    27 de septiembre
    • micheloliver
      micheloliver
      Gracias
      Espero aprender mucho.
  • NicoaBey, Ixa y Samuel026 ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    26 de septiembre
  • Lelivrequiparle cambiada sus la imagen de perfil.
    Miniatura
    26 de septiembre
  • MichaelThallium ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    25 de septiembre
  • eveeliin y Autrera ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    23 de septiembre
  • quiero que lean mi primer libro y me apoyen

    20 de septiembre
  • yosjuar y Macarena1 ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    20 de septiembre
  • hobbiess y chhncellar ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    19 de septiembre
  • Ike was buried balls deep in the tight ass. Stevie was flattened on the bed face down as Ike drove his 8" cock deep into the bowels of his gay neighbor. Stevie's ass moved under Ike but Ike's strength and drive kept the slender gay pinned under him. Ike's powerful buttocks clenched and unclenched as he pummeled the sweet ass in panties. The thick cock drove into Stevie and then retreated until only the head remained in the clenching rectum. Stevie felt the powerful shaft drive in and out of his anal passage like a piston causing him to cry out.


    19 de septiembre


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com