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Comentarios

  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2013
    MASA
    Al fin de la batalla,
    y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
    y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
    Se le acercaron dos y repitiéronle:
    «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
    Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
    clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
    Le rodearon millones de individuos,
    con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
    Entonces todos los hombres de la tierra
    le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
    incorporóse lentamente,
    abrazó al primer hombre; echóse a andar...
    César Vallejo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2013
    SOLILOQUIO

    Para el que ha contemplado la duración
    lo real es horrenda fábula. Sólo los desesperados,
    esos que soportan una implacable soledad
    horadando las cosas, podrían
    develar nuestra torpe carencia,
    la vana sobriedad del espíritu
    cuando nos asalta el temor
    de un mundo ajeno a los sentidos.
    Qué esperarías, agotado de ti
    o una estéril música,
    cuyo resplandor al abismarse te anonadaría.
    Pero tú yaces oculto o simulas alejarte
    de lo que, en verdad, es tu único misterio:
    en la innoble morada de la realidad
    nutres un sentido más hondo,
    del que ya ha cesado todo vestigio humano.
    Y destruyes
    el reino de lo innombrable, que en ti mismo habita.
    ¿Qué esperarías? ¿Sólo madurar, descendiendo,
    en una materia más huraña que el polvo?
    Nada hay en los dominios frescos
    del sueño o la vigilia.
    Así
    he considerado con indiferencia mi vida,
    y ya debemos marcharnos.


    Juan Ojeda
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2013
    LAS CARTAS SECUESTRADAS

    Tengo en el alma una baranda en sombra.
    A ella, diariamente me asomo, matutino,
    a preguntar si no ha llegado carta;
    y cuantas veces
    la tristeza celebra con mi rostro
    sus óperas de nada.

    Una carta.
    Que me escriba una carta la que me hizo
    los ojos negros y la letra gótica,
    que me escriba una carta aquella amiga
    analfabeta de pasión cristiana;
    duraznos de mi tierra: que me escriban,
    y redacte una carta pequeñita
    mi hermana abecedaria y pensativa.

    Muertos los de mi infancia
    que se fueron
    dormidos entre el humo de las flores,
    novias que se marcharon
    bajo un farol diciendo eternidades,
    amigos hasta el vino torturado:
    ¿No hay una carta para Juan Gonzalo?

    Si no fuera poeta, expresidiario,
    extranjero hasta el colmo de la gracia,
    descubridor de calles en la noche,
    coleccionista de apellidos pálidos:
    quisiera ser cartero de los tristes
    para que ellos bendigan mis zapatos.

    Que los cojos me narren su muleta,
    y el enfermo me cuente de su almohada,
    y me pidan prestada mi sonrisa,
    pero en carta de amor certificada.

    El día que me muera: ¿en una piedra?
    el día que me duerma: ¿en una cama?
    que me llenen de cartas la camisa
    para asfixiarme de palomas blancas.

    También de palomar se muere un hombre,
    cuando sabe vivir por una carta.

    Juan Gonzalo Rose
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2013
    Pasásteis como pasan por el roble...

    Pasásteis como pasan por el roble
    las hojas que arrebata en primavera
    pedrisco intempestivo;
    pasásteis, hijos de mi raza noble,
    vestida el alma de infantil eusquera,
    pasásteis al archivo
    de mármol funeral de una iglesia
    que en el regazo recogido y verde
    el Pirineo vasco
    al tibio sol del monte se acurruca.
    Abajo, el Bidasoa va y se pierde
    en la mar; un peñasco
    recoge de sus olas el gemido,
    que pasan, tal las hojas rumorosas,
    tal vosotros, oscuros
    hijos sumisos del hogar henchido
    de silenciosa tradición. Las fosas
    que a vuestros huesos, puros,
    blancos, les dan de última cuna lecho,
    fosas que abrió el cañón en sorda guerra,
    no escucharán el canto
    de la materna lluvia que el helecho
    deja caer en vuestra patria tierra
    como celeste llanto...
    No escucharán la esquila de la vaca
    que en la ladera, al pie del caserío,
    dobla su cuello al suelo,
    ni a lo lejos la voz de la resaca
    de la mar que amamanta a vuestro río
    y es canto de consuelo.
    Fuísteis como corderos, en los ojos
    guardando la sonrisa dolorida
    lágrimas del ocaso,
    de vuestras madres el alma de hinojos,
    ¡y en la agonía de la paz la vida
    rendísteis al acaso..!.
    ¿Por qué? ¿Por qué? Jamás esta pregunta
    terrible torturó vuestra inocencia;
    nacísteis... nadie sabe
    por qué ni para qué... ara la yunta,
    y el campo que ara es toda su conciencia,
    y canta y vuela el ave...
    ¡Orhoit Gutaz! Pedís nuestro recuerdo
    y una lección nos dais de mansedumbre;
    calle el porqué..., vivamos
    como habéis muerto, sin porqué, es lo cuerdo...
    los ríos a la mar..., es la costumbre
    y con ella pasamos...
    Miguel de Unamuno
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2013
    Amorosa anticipación
    Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
    ni la costumbre de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
    ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
    serán favor tan misterioso
    como mirar tu sueño implicado
    en la vigilia de mis brazos.
    Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
    quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige,
    me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes.
    Arrojado a quietud,
    divisaré esa playa última de tu ser
    y te veré por vez primera, quizá
    como Dios ha de verte,
    desbaratada la ficción del Tiempo,
    sin el amor, sin mí.
    Jorge Luis Borges
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado abril 2013
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]CAJA DE HERRAMIENTAS[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]Exploro la caja de crueldades[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y la ternura que cada una[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]carga y concentra.[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]He aquí mis herramientas:[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los diarios de Kafka,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los dibujos de Klee,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]l[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]a sagrada leica de Kertész,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los cahiers de Valéry[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]la mirada irónica de Suevo,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]la elipsis de Erice[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]las hipótesis de Murilo,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]las revelaciones de Rossellini,[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]La potencia de Picasso[/FONT][FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular],[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]minerales rencorosos de Drummon[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]del Más allá de Jorge Guillén[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]los territorios de Antonioni[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]las lecciones de piedra de cabralina[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]el no estar del todo de Cortázar[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]las ideas sobre el orden de Stevens[/FONT]
    [FONT=Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular]y la tenaza de la atención.[/FONT]
    Augusto Massi
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2013
    No tan alto

    De cuando en cuando y a lo lejos
    hay que darse un baño de tumba.

    Sin duda todo está muy bien
    y todo está muy mal, sin duda.

    Van y vienen los pasajeros,
    crecen los niños y las calles,
    por fin compramos la guitarra
    que lloraba sola en la tienda.

    Todo está bien, todo está mal.

    Las copas se llenan y vuelven
    naturalmente a estar vacías
    y a veces en la madrugada,
    se mueren misteriosamente.

    Las copas y los que bebieron.

    Hemos crecido tanto que ahora
    no saludamos al vecino
    y tantas mujeres nos aman
    que no sabemos cómo hacerlo.

    Qué ropas hermosas llevamos!
    Y qué importantes opiniones!

    Conocí a un hombre amarillo
    que se creía anaranjado
    y a un negro vestido de rubio.

    Se ven y se ven tantas cosas.

    Vi festejados los ladrones
    por caballeros impecables
    y esto se pasaba en inglés.
    Y vi a los honrados, hambrientos,
    buscando pan en la basura.
    Yo sé que no me cree nadie.
    Pero lo he visto con mis ojos.

    Hay que darse un baño de tumba
    y desde la tierra cerrada
    mirar hacia arriba el orgullo.

    Entonces se aprende a medir.
    Se aprende a hablar, se aprende a ser.
    Tal vez no seremos tan locos,
    tal vez no seremos tan cuerdos.
    Aprenderemos a morir.
    A ser barro, a no tener ojos.
    A ser apellido olvidado.

    Hay unos poetas tan grandes
    que no caben en una puerta
    y unos negociantes veloces
    que no recuerdan la pobreza.
    Hay mujeres que no entrarán
    por el ojo de una cebolla
    y hay tantas cosas, tantas cosas,
    y así son, y así no serán.
    Si quieren no me crean nada.

    Sólo quise enseñarles algo.

    Yo soy profesor de la vida,
    vago estudiante de la muerte
    y si lo que sé no les sirve
    no he dicho nada, sino todo.

    Pablo Neruda
  • torrejuelastorrejuelas Juan Boscán s.XVI
    editado agosto 2013
    Bien Juancho sigamos pegando. Saludos.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2013
    torrejuelas escribió : »
    Bien Juancho sigamos pegando. Saludos.

    Hola Torrejuelas, pegué ese poema de Neruda dedicado a los hipócritas. Pensando en los políticos, creo que lo que pasa a diario en mi país, y en otros países lo merece.
    Creo que el poema es espectacular.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2013
    EL PARAÍSO

    Los verdugos suelen ser católicos
    creen en la santísima trinidad
    y martirizan al prójimo como un medio
    de combatir el anticristo
    pero cuando mueren no van al cielo
    porque allí no aceptan asesinos

    sus víctimas en cambio son mártires
    y hasta podrían ser ángeles o santos
    prefieren ser deshechos antes que traicionar
    pero tampoco van al cielo
    porque no creen que el cielo exista.

    Mario Benedetti
  • torrejuelastorrejuelas Juan Boscán s.XVI
    editado agosto 2013
    Lo peor, amigo mio que es la historia de la historia humana y pienso con tristeza que no cambiará. Desde Caín. ¿Qué hice yo? Saludos.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2013
    EPISTOLA A LOS TRANSEUNTES
    REANUDO mi día de conejo
    mi noche de elefante en descanso.
    Y, entre mi, digo:
    ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros
    éste es mi grato peso,
    que me buscará abajo para pájaro
    éste es mi brazo
    que por su cuenta rehusó ser ala,
    éstas son mis sagradas escrituras,
    éstos mis alarmados campeñones.
    Lúgubre isla me alumbrará continental,
    mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
    y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.
    Pero cuando yo muera
    de vida y no de tiempo,
    cuando lleguen a dos mis dos maletas,
    éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
    ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
    éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
    éste ha de ser mi cuerpo solidario
    por el que vela el alma individual; éste ha de ser
    mi ombligo en que maté mis piojos natos,
    ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
    En tanto, convulsiva, ásperamente
    convalece mi freno,
    sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;
    y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,
    convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.

    César Vallejo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2013
    La canción desesperada



    Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
    El río anuda al mar su lamento obstinado.

    Abandonado como los muelles en el alba.
    Es la hora de partir, oh abandonado!

    Sobre mi corazón llueven frías corolas.
    Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

    En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
    De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

    Todo te lo tragaste, como la lejanía.
    Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!

    Era la alegre hora del asalto y el beso.
    La hora del estupor que ardía como un faro.

    Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
    turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

    En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
    Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

    Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
    Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!

    Hice retroceder la muralla de sombra,
    anduve más allá del deseo y del acto.

    Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
    a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

    Como un vaso albergaste la infinita ternura,
    y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

    Era la negra, negra soledad de las islas,
    y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

    Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
    Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

    Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme
    en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

    Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
    el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

    Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
    aún los racimos arden picoteados de pájaros.

    Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
    oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

    Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
    en que nos anudamos y nos desesperamos.

    Y la ternura, leve como el agua y la harina.
    Y la palabra apenas comenzada en los labios.

    Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
    y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

    Oh, sentina de escombros, en ti todo caía,
    qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron!

    De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste.
    De pie como un marino en la proa de un barco.

    Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
    Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

    Pálido buzo ciego, desventurado hondero,
    descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

    Es la hora de partir, la dura y fría hora
    que la noche sujeta a todo horario.

    El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
    Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

    Abandonado como los muelles en el alba.
    Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

    Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

    Es la hora de partir. Oh abandonado!

    Pablo Neruda
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2013
    Todo lo ignoras porque eres de piedra,
    Todo lo ignoras porque es otro el día;
    Todo lo ignoras porque es otro el río
    Y sigue siendo así todavía.
    Nada es realidad sino de enfrente,
    Y con mi mano encima, encallecida.
    ¡Cuando tú sepas por qué fue la ojera,
    Cuando tú sepas lo de mi camisa,
    Cuando lo sepas todo, piedra noble
    Si lo sabes, piedra caída!
    Vivían todos porque ya vivían
    ¡Que todo caiga, Piedra!
    Todo reviva,Todo sea,
    La otra vez, el tiempo
    El tiempo de minúscula e idea,
    Este cuerpo de estar
    Y de amor de belleza
    ¡No reparar en rima, Todo sea del pie a la cabeza!
    ¡Toda la letra que no se interpreta
    Todo será en un día,
    Mi sudor de verano,
    Y mis pies sucios,
    Y mi vida por de fuera
    Todo lo que no soy y que me viva
    Ya lo sé, yo enfermo de mi primavera!

    Martín Adán
  • LeosLeos Fernando de Rojas s.XV
    editado agosto 2013
    Juancho, gracias por los bellos poemas que nos muestras.Soy lector de poesía mucho más que de prosa y aprecio el esfuerzo que hacéis algunos por crear aquí una antología de excelentes versos.
    Saludos.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2013
    Leos escribió : »
    Juancho, gracias por los bellos poemas que nos muestras.Soy lector de poesía mucho más que de prosa y aprecio el esfuerzo que hacéis algunos por crear aquí una antología de excelentes versos.
    Saludos.

    Gracias Leos, algo tarde pero siempre es bueno agradecer.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2013
    ÉGLOGA TARDA

    Me he acostumbrado a ti
    como los ríos al color del cielo.
    Odio lo que se pierde en cada paso;
    el tiempo de mi espera, sin esperanzas lleno.
    Me he acostumbrado a ti
    como la luz del mundo a las ventanas.
    Obscurece y no llegas.
    Será para mañana.
    Doblo amorosamente mi flor para mañana
    pues las rosas ya saben esperarte conmigo.

    Juan Gonzalo Rose
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2013
    La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
    Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
    que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
    La princesa está pálida en su silla de oro,
    está mudo el teclado de su clave sonoro,
    y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

    El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
    Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
    y vestido de rojo piruetea el bufón.
    La princesa no ríe, la princesa no siente;
    la princesa persigue por el cielo de Oriente
    la libélula vaga de una vaga ilusión.

    ¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
    o en el que ha detenido su carroza argentina
    para ver de sus ojos la dulzura de luz?
    ¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
    o en el que es soberano de los claros diamantes,
    o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

    ¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
    quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
    tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
    ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
    saludar a los lirios con los versos de mayo
    o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

    Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
    ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
    ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
    Y están tristes las flores por la flor de la corte,
    los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
    de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

    ¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
    Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
    en la jaula de mármol del palacio real;
    el palacio soberbio que vigilan los guardias,
    que custodian cien negros con sus cien alabardas,
    un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

    ¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
    (La princesa está triste, la princesa está pálida)
    ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
    ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
    -la princesa está pálida, la princesa está triste-,
    más brillante que el alba, más hermoso que abril!

    -«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
    en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
    en el cinto la espada y en la mano el azor,
    el feliz caballero que te adora sin verte,
    y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
    a encenderte los labios con un beso de amor».

    Rubén Darío
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2013
    Intensidad y altura

    Quiero escribir, pero me sale espuma,
    Quiero decir muchísimo y me atollo;
    No hay cifra hablada que no sea suma,
    No hay pirámide escrita, sin cogollo.
    Quiero escribir, pero me siento puma;
    Quiero laurearme, pero me encebollo.
    No hay toz hablada, que no llegue a bruma,
    No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.
    Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
    Carne de llanto, fruta de gemido,
    Nuestra alma melancólica en conserva.
    Vámonos! Vámonos! Estoy herido;
    Vámonos a beber lo ya bebido,
    Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.

    César Vallejo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado septiembre 2013
    La música de Susana tocaba las lujuriosas fibras
    Wallace Stevens

    La manzana es alianza del hombre y su deseo.

    Y así perdura bajo mis uñas, inacabable
    en estridencia de la guitarra.

    Pienso en la frente del viejo Beethoven que he
    propuesto como una pausa;
    pero la manzana acecha y codicia en silencio
    el viejo fuego en la risa demasiado suelta
    de cuatro muchachas que hacen del fuego juego de entrega,
    juego y juego
    que me obligan a parapetos que me humillan:
    forzo gesto que no acostumbro
    como sonrisas condescendientes
    como miradas que se refugian en los rincones.
    En verdad que en el asalto nunca he sido ducho,
    sé que mi viejo caballo está hecho para dilatadas acechanzas
    y ante ellas de estos tiempos de desenfado
    se intimida no se consume ni en hoguera ni en discordia.

    Celebro el rasgueo vertiginoso de la guitarra en la fonola
    y mientras ellas aplauden yo sueño procacidades, me miro
    los dedos que ya no llevan guantes para arrojar al suelo
    y decido mi retiro, sin discordias y a desgana,
    mientras va devorándose sola mi manzana.

    José Watanabe
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2013
    TRES RECUERDOS DEL CIELO

    Homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer.

    PRÓLOGO
    No habían cumplido años ni la rosa ni el arcángel.
    Todo, anterior al balido y al llanto.
    Cuando la luz ignoraba todavía
    si el mar nacería niño o niña.
    Cuando el viento soñaba melenas que peinar
    y claveles el fuego que encender y mejillas
    y el agua unos labios parados donde beber.
    Todo, anterior al cuerpo, al nombre y al tiempo.
    Entonces yo recuerdo que, una vez, en el cielo...

    PRIMER RECUERDO
    ... una azucena tronchada...
    G.A.BÉCQUER.

    Paseaba con un dejo de azucena que piensa,
    casi de pájaro que sabe ha de nacer.
    Mirándose sin verse a una luna que le hacía espejo el sueño
    y a un silencio de nieve que le elevaba los pies.
    A un silencio asomada.
    Era anterior al arpa, a la lluvia y a las palabras.
    No sabía.
    Blanca alumna del aire,
    temblaba con las estrellas, con la flor y los árboles.
    Su tallo, su verde talle.
    Con las estrellas mías
    que, ignorantes de todo,
    por cavar dos lagunas en sus ojos
    la ahogaron en dos mares.
    Y recuerdo...
    Nada más: muerta, alejarse.

    SEGUNDO RECUERDO
    ... rumor de besos y batir de alas...
    G.A.BÉCQUER.

    También antes,
    mucho antes de la rebelión de las sombras,
    de que al mundo cayeran plumas incendiadas
    y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio.
    Antes, antes que tú me preguntaras
    el número y el sitio de mi cuerpo.
    Mucho antes del cuerpo.
    En la época del alma.
    Cuando tú abriste en la frente sin corona del cielo
    la primera dinastía del sueño.
    Cuando tú, al mirarme en la nada,
    inventaste la primera palabra.
    Entonces, nuestro encuentro.

    TERCER RECUERDO
    ... detrás del abanico de plumas de oro...
    G.A.BÉCQUER.

    Aún los valses del cielo no habían desposado al jazmín y la
    nieve,
    ni los aires pensado en la posible música de tus cabellos,
    ni decretado el rey que la violeta se enterrara en un libro.
    No.
    Era la era en que la golondrina viajaba
    sin nuestras iniciales en el pico.
    En que las campanillas y las enredaderas
    morían sin balcones que escalar y estrellas.
    La era
    en que al hombro de un ave no había flor que apoyara la cabeza.
    Entonces, detrás de tu abanico, nuestra luna primera.

    Rafael Alberti
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2013
    Las Salinas
    Yo nunca vi la nieve y sin embargo he vivido entre la nieve toda
    /mi juventud.
    En las Salinas, adonde el mar no terminaba nunca y las olas eran
    /dunas
    de sal
    en las salinas, adonde el mar no moja pero pinta.
    Nieve de mi juventud prometedora como un árbol de mango.
    Veinte varas de sal para cada familia de cristianos. Y aún más.
    Sal que los arrieros nos cambiaban por el agua de lluvia. Y aún
    /más.
    Ni sólidos ni líquidos los blanquísimos bordes de ese mar.
    Bajo el sol de febrero destellaban más que el flanco de plata del
    /lenguado.
    (Y quemaban las niñas de los ojos.)
    A veces las mareas -hora del sol, hora de la luna- se alzaban como
    lomos de caballo.
    Mas siempre se volvían.
    Hasta que un mal verano y un invierno las aguas afincaron para
    /tiempos
    y ni rezos ni llantos pudieron apartarlas de los campos de sal.
    Y el mar levantó techo.
    Ahora que ya enterré a mi padre y a mi hermano mayor y mis hijos
    /están
    prontos a enterrarme,
    han vuelto las Salinas altas y deslumbrantes bajo el sol.
    Hay también unas grúas y unas torres que separan los ácidos del
    /cloro.
    (Ya nada es del común.)
    Y yo salgo muy poco pero Luis -el hijo de Julián me cuenta que los
    perros no dejan acercarse.
    Si parece mentira.
    Mala leche tuvieron los hijos de los hijos de la sal.
    Puta madre.
    Qué de perros habrá para cuidar los blanquísimos campos donde el
    /mar
    no termina y la tierra tampoco.
    Qué de perros, Señor, qué oscuridad.
    Antonio Cisneros
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2013
    El lagarto está llorando.
    La lagarta está llorando.


    El lagarto y la lagarta
    con delantalitos blancos.


    Han perdido sin querer
    su anillo de desposados.


    ¡Ay, su anillito de plomo,
    ay, su anillito plomado!


    Un cielo grande y sin gente
    monta en su globo a los pájaros.


    El sol, capitán redondo,
    lleva un chaleco de raso.


    ¡Miradlos qué viejos son!
    ¡Qué viejos son los lagartos!


    ¡Ay, cómo lloran y lloran,
    ¡ay! ¡ay! cómo están llorando!


    Federico García Lorca
  • torrejuelastorrejuelas Juan Boscán s.XVI
    editado octubre 2013
    Qué extraño poema, suena a gustito poético. ¿Es el autor de la torcasa o la paloma? Ese poema en que esta ave se jacta ser una cosa primorosa y al final el halcón se traga en un segundo y con plumas todo. Creo molestia en el medio literario de su tiempo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2013
    torrejuelas escribió : »
    Qué extraño poema, suena a gustito poético. ¿Es el autor de la torcasa o la paloma? Ese poema en que esta ave se jacta ser una cosa primorosa y al final el halcón se traga en un segundo y con plumas todo. Creo molestia en el medio literario de su tiempo.


    Este poema lo encontré buscando algo de literatura infantil,está en antologías para niños en internet. Aunque algunos lo interpretan como una sátira oculta para aquellos que siempre se quejan. Prefiero tomarlo como un poema para niños. Los ataques vedados, no son ataques, son cobardía. No era el estilo de Lorca,

    Un abrazo amigo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2013
    Canción de otoño en primavera


    Canción de otoño en primavera

    A Gregorio Martínez Sierra.

    Juventud, divino tesoro,
    ¡Ya te vas para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    Y a veces lloro sin querer...

    Plural ha sido la celeste
    Historia de mi corazón.
    Era una dulce niña, en este
    Mundo de duelo y aflicción.

    Miraba como el alba pura;
    Sonreía como una flor.
    Era su cabellera oscura
    Hecha de noche y de dolor.

    Yo era tímido como un niño.
    Ella, naturalmente, fue,
    Para mi amor hecho de armiño,
    Herodías y Salomé...

    Juventud, divino tesoro,
    ¡Ya te vas para no volver...!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    Y a veces lloro sin querer...

    Y más consoladora y más
    Halagadora y expresiva,
    La otra fue más sensitiva
    Cual no pensé encontrar jamás.

    Pues a su continua ternura
    Una pasión violenta unía.
    En un peplo de gasa pura
    Una bacante se envolvía...

    En sus brazos tomó mi ensueño
    Y lo arrulló como a un bebé...
    Y le mató, triste y pequeño,
    Falto de luz, falto de fe...

    Juventud, divino tesoro,
    ¡Te fuiste para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    Y a veces lloro sin querer...

    Otra juzgó que era mi boca
    El estuche de su pasión;
    Y que me roería, loca,
    Con sus dientes el corazón,

    Poniendo en un amor de exceso
    La mira de su voluntad,
    Mientras eran abrazo y beso
    Síntesis de la eternidad;

    Y de nuestra carne ligera
    Imaginar siempre un Edén,
    Sin pensar que la primavera
    Y la carne acaban también...

    Juventud, divino tesoro,
    ¡Ya te vas para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    Y a veces lloro sin querer...

    ¡Y las demás! En tantos climas,
    En tantas tierras siempre son,
    Si no pretextos de mis rimas
    Fantasmas de mi corazón.

    En vano busqué a la princesa
    Que estaba triste de esperar.
    La vida es dura. Amarga y pesa.
    ¡Ya no hay princesa que cantar!

    Mas a pesar del tiempo terco,
    Mi sed de amor no tiene fin;
    Con el cabello gris, me acerco
    A los rosales del jardín...

    Juventud, divino tesoro,
    ¡Ya te vas para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    Y a veces lloro sin querer...

    ¡Mas es mía el alba de oro!


    Rubén Darío
  • MedeaMedea Miguel de Cervantes s.XVII
    editado octubre 2013
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2013
    LA ORUGA



    Te he visto ondulando bajo las cucardas, penosamente,
    [trabajosamente,
    pero sé que mañana serás del aire.

    Hace mucho supe que no eras un animal terminado
    y como entonces
    arrodillado y trémulo
    te pregunto:
    ¿sabes que mañana serás del aire?
    ¿te han advertido que esas dos molestias aún invisibles
    serán tus alas?
    ¿te han dicho cuánto duelen al abrirse
    o sólo sentirás de pronto una levedad, una turbación
    y un infinito escalofrío subiéndote desde el culo?

    Tú ignoras el gran prestigio que tienen los seres del aire
    y tal vez mirándote las alas no te reconozcas
    y quieras renunciar,
    pero ya no: debes ir al aire y no con nosotros.

    Mañana miraré sobre las cucardas, o más arriba.
    Haz que te vea,
    quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
    Hazme saber
    si acaso es mejor no despejar nunca la barriga de la tierra.

    José Watanabe
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2013
    Rima 10 (XLIV). Como en un libro abierto

    Como en un libro abierto
    Leo de tus pupilas en el fondo.
    ¿A qué fingir el labio
    Risas que desmienten los ojos?

    ¡Llora! No te avergüences
    De confesar que me quisiste un poco.
    ¡Llora! Nadie nos mira.
    Ya ves, yo soy un hombre y también lloro.

    G. A. Becquer
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2013
    EL DESTERRADO


    Cuando éramos niños,
    y los padres
    nos negaban diez centavos de fulgor,
    a nosotros
    nos gustaba desterrarnos a los parques,
    para que viéramos que hacíamos falta,
    y caminaran tras su corazón
    hasta volverse mas humildes y pequeños que nosotros.

    Entonces era hermoso regresar!

    Pero un día
    parten de verdad los barcos de juguete,
    cruzamos corredores, verguenzas, años;
    y son las tres de la tarde
    y el sol no calienta la miseria.
    Un impresor misterioso
    pone la palabra tristeza
    en la primera plana de todos los periódicos.

    Ay, un día caminando comprendemos
    que estamos en una carcel de muros que se alejan...

    Y es imposible regresar.

    Manuel Scorza
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