Mi infancia llora aún. Los claros días de la interrogación fueron manchados por la sangre morada de los cerdos, por el aullido vertical que crece aun en la distancia aterradora.
Tú no comprenderás por qué yo he vuelto. Tal vez, ahí tendida no comprendes nada de lo que vive. Yo he vuelto, sin embargo para hablarte otra vez. (Está mojada y limpia la colina). Aún te pienso con el rostro de siempre y los cabellos, en su reino de humo, un poco grises. No tengo ojos para más. Tal vez no eres así y eso es la muerte.
He vuelto para hablarte. Estoy aquí. Tú no comprendes nada. Te he olvidado tanto y he podido olvidarte tan poco. Estoy alegre: a veces no me acuerdo de ti (¿también eso es la muerte?). No sé si me comprendes, ni siquiera si estás aquí o resbalas por un aire que nunca pesó sobre mi boca.
(La colina está quieta, sin embargo igual bajo su cielo como entonces) Mas óyeme si puedes. Un día como hoy cayó la nieve, arrebatada fue. Yo cumplo, inútilmente, el rito. Pongo esta lápida aquí. Pero no importa: no puedes comprenderme.
Una noche de verano -estaba abierto el balcón y la puerta de mi casa- la muerte en mi casa entró. Se fue acercando a mi lecho -ni siquiera me miró- con unos dedos muy finos, algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme, la muerte otra vez pasó delante de mí. ¿Qué has hecho? La muerte nada respondió. Mi niña quedó tranquila, dolido mi corazón.
¡Ay, lo que la muerte había roto era un hilo entre los dos!
Siempre he preferido al Leonard Cohen poeta al músico.
Devuélveme mi casa Devuélveme a mi joven esposa Le grité al girasol que había en mi camino Devolvedme mi escalpelo Devolvedme mi vista de las montañas les dije a las semillas que había a lo largo del sendero Devuélveme mi nombre Devuélveme mi lista de la infancia le susurré al polvo cuando se terminó el sendero Ahora canta Ahora canta cantaba mi maestro mientras yo esperaba azotado por el crudo viento Acaso he llegado tan lejos para esto Me preguntaba mientras esperaba en medio del frío puro dispuesto al fin a discutir a favor de mi silencio Dime maestro se mueven mis labios o de dónde viene este suave canto total que incrusta mi alma como una lanza de sal en la roca Devuélveme mi casa Devuélveme mi joven esposa
No deseo del amor sino el comienzo. Sobre las plazas de mi Granada las palomas remiendan el vestido de este día. En las jarras hay vino abundante para la fiesta que nos sucederá, en las canciones hay ventanas suficientes para que eclosionen las flores de granado. Dejo el jazmín en su maceta y mi pequeño corazón en la alacena de mi madre. Dejo mi sueño riendo en el agua y al alba en la miel de los higos. Dejo mi hoy y mi ayer en el pasaje hacia la plaza de la naranja donde vuelan las palomas. ¿Soy yo ese que ha descendido a tus pies para que asciendan las palabras cual luna blanca en la leche de tus noches? Golpea al aire para que yo vea, azul, la calle de mi flauta. Golpea a la tarde para que yo vea como entre tú y yo languidece este mármol. Las ventanas están vacías de los jardines de tu chal. En otro tiempo sabía mucho de ti y recogía la gardenia de tus diez dedos. En otro tiempo poseía perlas en torno a tu cuello y un nombre grabado en un anillo del que surgía la noche. No deseo del amor sino el comienzo. Las palomas han volado sobre el techo del último cielo. Han volado y volado. Quedará después de nosotros abundante vino en las jarras y un poco de tierra es suficiente para que nos encontremos y la paz arraigue.
... Y ya estarán los esteros rezumando azul de mar. ¡Dejadme ser, salineros, granito del salinar! ¡Qué bien, a la madrugada, correr en las vagonetas, llenas de nieve salada, hacia las blancas casetas! ¡Dejo de ser marinero, madre, por ser salinero!
Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y nombradla capitana de un blanco bajel de guerra. ¡Oh mi voz condecorada con la insignia marinera: sobre el corazón un ancla y sobre el ancla una estrella y sobre la estrella el viento y sobre el viento la vela!
Noche. Verde caracol, la luna. Sobre todas las terrazas, blancas doncellas desnudas. ¡Remadores, a remar! De la tierra emerge el globo que ha de morir en el mar.
Alba. Dormíos, blancas doncellas, hasta que el globo no caiga en brazos de la marea. ¡Remadores, a remar, hasta que el globo no duerma entre los senos del mar!
(Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan: y cebolla) La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda. . En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre. . Una mujer morena resuelta en luna se derrama hilo a hilo sobre la cuna. Ríete, niño, que te traigo la luna cuando es preciso. . Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en tus ojos la luz del mundo. Ríete tanto que mi alma al oírte bata el espacio. . Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea. . Es tu risa la espada más victoriosa, vencedor de las flores y las alondras Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor. . La carne aleteante, súbito el párpado, el vivir como nunca coloreado. ¡Cuánto jilguero se remonta, aletea, desde tu cuerpo! . Desperté de ser niño: nunca despiertes. Triste llevo la boca: ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma. . Ser de vuelo tan lato, tan extendido, que tu carne es el cielo recién nacido. ¡Si yo pudiera remontarme al origen de tu carrera! . Al octavo mes ríes con cinco azahares. Con cinco diminutas ferocidades. Con cinco dientes como cinco jazmines adolescentes. . Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma. Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro. . Vuela niño en la doble luna del pecho: él, triste de cebolla, tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.
(Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan: y cebolla) La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda. . En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre. . Una mujer morena resuelta en luna se derrama hilo a hilo sobre la cuna. Ríete, niño, que te traigo la luna cuando es preciso. . Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en tus ojos la luz del mundo. Ríete tanto que mi alma al oírte bata el espacio. . Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea. . Es tu risa la espada más victoriosa, vencedor de las flores y las alondras Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor. . La carne aleteante, súbito el párpado, el vivir como nunca coloreado. ¡Cuánto jilguero se remonta, aletea, desde tu cuerpo! . Desperté de ser niño: nunca despiertes. Triste llevo la boca: ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma. . Ser de vuelo tan lato, tan extendido, que tu carne es el cielo recién nacido. ¡Si yo pudiera remontarme al origen de tu carrera! . Al octavo mes ríes con cinco azahares. Con cinco diminutas ferocidades. Con cinco dientes como cinco jazmines adolescentes. . Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma. Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro. . Vuela niño en la doble luna del pecho: él, triste de cebolla, tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.
Dijo una voz popular: «Quién me presta una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?» Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos siempre con sangre en las manos siempre por desenclavar. Cantar del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. Cantar de la tierra mía que echa flores al Jesús de la agonía y es la fe de mis mayores !Oh, no eres tú mi cantar no puedo cantar, ni quiero a este Jesús del madero sino al que anduvo en la mar!
Si me muero, que me muera con la cabeza muy alta. Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los dientes y decidida la barba. Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas. Miguel Hernández
Gracias a ti por sacar a escena a este gran poeta peruano. En mi caso, también soy lector de sus obras, y en honor a ti me he permitido capturar del Internet los siguientes apuntes, que seguro conocerás y que son de tu interés
Los inserto en varias páginas porque el sistema de este foro está limitado en cuanto a caracteres
El autor: Apunte biobibliográfico
La trayectoria vital de Manuel Scorza
Manuel Scorza (1928-1983) dejó sin desmentir afirmaciones erróneas sobre su biografía, a menudo atribuidas por sus entrevistadores y críticos, e incluso contribuyó de forma destacada a la confusión informativa alrededor de su persona. A lo largo de su trayectoria Scorza prefirió siempre acentuar sus orígenes familiares indígenas, aunque naciera en Lima, la capital del Perú, el 9 de septiembre de 1928. Posteriormente, por cuestiones de salud, por su asma, su familia se instaló en la sierra, en el departamento de Huancavelica, y se afincó en Acoria, cerca del pueblo natal de su madre, Acobamba, donde su padre abrió una panadería. En este ambiente serrano se desarrollaron los años que, al parecer, proporcionaron a Scorza las experiencias de primera mano sobre la vida en una aldea andina, que tan importantes resultaron después para su obra creativa. Pasados unos años, la familia decidió volver a Lima, y el padre de Scorza instaló un puesto de venta de periódicos y revistas, hecho que, sin duda, facilitó la inmersión en la lectura del futuro escritor. Más adelante, Scorza regresó a la sierra, como interno en un colegio salesiano, en Huancayo, por una recaída en su enfermedad. Después, volvió de nuevo a la capital e ingresó en el Colegio Militar «Leoncio Prado», institución frecuentada por alumnos de todas las clases sociales, en especial de la pequeña burguesía. En efecto, se trata de la misma escuela donde Mario Vargas Llosa estudió años después y que más tarde retratará, crudamente, en su novela La ciudad y los perros (1963). Durante sus últimos años en el colegio militar, Scorza comenzó a participar en protestas políticas y se integró en una célula clandestina del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana). Así, en 1946, a los dieciocho años de edad, el futuro escritor se matriculó en la politizada Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, para seguir la carrera de Filosofía y Letras, participó de forma activa en la política universitaria y continuó en el APRA, que en aquellos momentos era un partido legalizado e implicado en la dirección política del país, debido a que entre 1945 y 1948 ocupó la presidencia del Perú José Luis Bustamante Rivero, elegido por una coalición del APRA, el Partido Comunista y otros partidos de izquierda. En esta situación, algunos sectores del APRA, con los que simpatizaba Scorza, pretendían forzar un cambio revolucionario que impidiera un posible golpe de la derecha. Sin embargo, las tensiones sociales que se generaron por la política desarrollada por el gobierno de Bustamante Rivero condujeron finalmente al temido golpe de estado, en el año 1948, que fue encabezado por el general Manuel A. Odría, cuya dictadura se mantuvo hasta 1956, período conocido como el Ochenio. Debido a su militancia política y a un incidente relacionado con la publicación de su poema «Rumor en la nostalgia antigua», por el que fue detenido, y sin haber podido siquiera terminar sus estudios, Scorza se vio obligado a abandonar el Perú en 1948.
Durante sus primeros años de exilio, entre 1949 y 1952, Scorza vivió en Chile, Argentina y Brasil, y desempeñó diversos trabajos, como vendedor de libros, de perfumes, lector de pruebas y conferenciante ocasional, y también profundizó en su formación ideológica. De 1952 a 1956, Scorza vivió de forma estable en México[1], donde pudo continuar sus estudios literarios, esta vez en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Por aquel entonces publicó el ensayo «Una doctrina americana», que apareció en la revista mexicana Cuadernos Americanos en 1952. El artículo se ocupaba de los fundamentos ideológicos del aprismo, así como de la posición política del autor como miembro del APRA. El artículo insistía en los valores fundacionales de la ideología del aprismo, que en esos momentos se declaraba antiimperialista y anticomunista, y reclamaba una redistribución más justa de la riqueza, así como la unidad política y económica de Latinoamérica, en la estela del panamericanismo bolivariano. Un año más tarde, Scorza no se extrañó demasiado cuando los dirigentes apristas efectuaron un giro a la derecha. De forma significativa, Víctor Raúl Haya de la Torre, el líder e ideólogo del APRA, cambió su antigua oposición a las inversiones extranjeras, especialmente las americanas, en el Perú. Por este motivo, Scorza, como muchos otros apristas ya descontentos con la evolución de la dirección del APRA, abandonó el partido y anunció su ruptura ideológica en una carta abierta titulada sarcásticamente «Good-bye, Mister Haya».
En 1952, Scorza publicó también un corto pero comprometido poema titulado «Canto a los mineros de Bolivia», que puede considerarse programático. En el poema, Scorza se une a las quejas de los mineros, a los que llama sus «hermanos», con quienes dice compartir sus deseos y ansias. Para expresar su gratitud por este poema, así como por otras actividades en su apoyo, los sindicatos de mineros bolivianos invitaron a Scorza al primer aniversario de la Revolución Nacional de su país. Tras su visita en abril de 1953, Scorza escribió un largo ensayo titulado «La independencia económica de Bolivia» donde analizaba lo sucedido en Bolivia durante los años 50, hecho que el autor vio como un fin a la explotación de los campesinos y mineros indios de toda América. Es también revelador del creciente interés de Scorza por la cuestión indígena y la lucha por su liberación -tanto económica como política- que escribiera poco tiempo después una breve biografía sobre el padre de la independencia mexicana, Miguel Hidalgo. Este libro, casi panfletario, titulado Hidalgo (México, Instituto Nacional Indigenista, 1956), fue publicado anónimamente como parte de una serie que el Instituto Nacional Indigenista de México dedicó a las vidas de mexicanos insignes, dirigida al público infantil y con ilustraciones.
Sin ser demasiado consciente de su objetivo, Scorza redactó Redoble por Rancas en forma de novela, probablemente entre finales de 1968 y principios de 1969[7]. Su método de escritura era bastante compulsivo, escribía con rapidez, pero retocaba largamente los borradores, hasta llegar a redactar más de diez versiones para cada página. En la segunda mitad del año 1969, Scorza envió manuscritos de su obra a diversas editoriales, sin obtener respuestas positivas, siendo rechazado en diversas ocasiones. Al mismo tiempo, también la envió al Premio Planeta. Aunque resultase ganador el veterano Ramón J. Sénder por En la vida de Ignacio Morel, la novela de Scorza quedó finalista, tras una votación ajustada (tres contra dos), y en los meses siguientes la editorial Planeta optó por publicarla -visto el éxito que otras editoriales, como Seix Barral, obtenían con autores latinoamericanos-. Después de la publicación en Barcelona de Redoble por Rancas vino el impacto: la novela tuvo una buena acogida, se convirtió en un éxito editorial, y su autor empezó a ser reclamado por la prensa especializada.
En el Perú, la publicación de la novela fue acogida con sorpresa en el ámbito intelectual, pero en el contexto de los primeros años del gobierno revolucionario militar del general Juan Velasco Alvarado, también fue interpretada como una cierta justificación del proceso de reforma agraria y de transformación socialista que se estaba emprendiendo. En este sentido, la liberación por intervención directa del presidente, de Héctor Chacón, el «Nictálope» en Redoble por Rancas, que se hallaba cumpliendo condena en prisión, el 28 de julio de 1971, después de una carta de Scorza aparecida en la revista Caretas y la respuesta del propio «Nictálope» desde el penal del Sepa en la selva peruana, dio efectividad y resonancia a la obra de Scorza, como él mismo contó incansablemente en los años posteriores, puesto que la ficción había alterado la realidad, algo infrecuente en la historia de la literatura.
Desde principios de los años setenta, la vida de Scorza en París se convirtió en la de un escritor de éxito, con ediciones de sus nuevas novelas (en 1972 aparecería Historia de Garabombo, el Invisible, también en Planeta), frecuentes viajes por Europa y Latinoamérica, apariciones en televisión y abundantes entrevistas en medios periodísticos y revistas especializadas. Entre sus amistades de entonces se contaban otros novelistas latinoamericanos de éxito afincados por aquella época en París:
«En su apartamento [de Scorza] cercano a Notre-Dame, que él sabía transformar en salón mágico para recibir a sus amigos -Juan Rulfo, Ernesto Sábato, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Enrique Adoum...»[8].
Sin embargo, a pesar de la fama obtenida por sus primeras novelas, los ingresos de Scorza no eran muy elevados, por lo que, entre 1970 y 1978, el autor enseñó también literatura latinoamericana y lengua española en la École Normale Supérieure de Saint-Cloud de París. Durante este tiempo, hasta 1976, su esposa Cecilia le ayudó con los manuscritos y contribuyó a la economía familiar que, desde 1973, contaba con una nueva boca que alimentar, la de su hija recién nacida, Cecilia. Sólo a partir de los años 1977-1978, con la aparición de sus nuevas novelas, El Jinete Insomne y El Cantar de Agapito Robles, y la traducción de Redoble por Rancas a numerosas lenguas, Scorza pudo plantearse su dedicación exclusiva a la literatura.
Este éxito se vio refrendado en 1979, con la propuesta de su candidatura al premio Nobel de Literatura que, finalmente, fue concedido ese año al poeta griego Odysseus Elytis[9]. Liberado de sus tareas académicas, y finalizada también la redacción del ciclo de La Guerra Silenciosa, Scorza volvió a implicarse intensamente en 1978 en la vida política del Perú, alternando a partir de entonces su residencia entre Lima y París, llegando a presentarse como candidato a la vicepresidencia del Perú por una coalición de pequeños partidos de izquierda, el Frente Obrero, Campesino Estudiantil y Popular (FOCEP) en las elecciones de 1980.
A lo largo de los años setenta, el éxito internacional de sus novelas, así como su reconocimiento europeo, produjeron una cierta transmutación de la figura pública de Manuel Scorza. Su discurso público sobre la situación de los indios en Latinoamérica, muy articulado para el lector europeo, fue insistente y paralelo a la publicación de sus sucesivas novelas en diversos idiomas. Para ello, mezclaba constantemente el mito, la realidad y la ficción en sus declaraciones, algo que ya tenía límites difusos en sus obras, y rehacía una y otra vez su biografía para destacar la centralidad de su papel como defensor de la causa indígena, hasta llegar a identificarse plenamente con ésta. En todo caso, la habilidad innata del autor para la promoción editorial de su obra y su figura pública, tan criticada en ocasiones, no jugaba en contra de su valía creativa, sino que representaba una muestra del aprendizaje previo realizado como editor.
Ya en los años ochenta, finalizadas y publicadas las cinco novelas que integran su ciclo de La Guerra Silenciosa (es decir, Redoble por Rancas, Historia de Garabombo el Invisible, El Jinete Insomne, Cantar de Agapito Robles y La Tumba del Relámpago), Scorza, entre París y Lima, trabajó en nuevos proyectos[10]. Por una parte, un ensayo sobre la literatura latinoamericana, que debía titularse Literatura, primer territorio libre de América Latina, ya citado, y que anunció repetidamente en numerosas entrevistas. Por otra, una novela, El verdadero descubrimiento de Europa, que dejó sin terminar, aunque en un estado bastante avanzado. Apareció en 1983 en España una nueva novela, La Danza Inmóvil, donde trata el compromiso político del intelectual hispanoamericano. Al parecer esta constituía la primera entrega de otro proyecto, de un tríptico, en este caso, que debía llevar por título El Fuego y la Ceniza. Desgraciadamente, no se puede saber nada definitivo sobre el nuevo rumbo que se proponía tomar Scorza, ya que el 27 de noviembre de 1983 falleció en Madrid, a las 01:04, hora española, en un accidente de aviación. También murieron con él los escritores Marta Traba, Ángel Rama y Jorge Ibargüengoitia.
Dunia Gras Miravet Universidad de Barcelona
[1]. Véase F. Schmidt, «¡Nada logramos! ¡Lo atestiguamos! ¡Así vivimos!: el exilio de Manuel Scorza en México y en Francia», Alba de América, julio 1997, vol. 15, n.º 28-29, pp. 272-279.
[2]. Véase D. Gras, «Manuel Scorza y la internacionalización del mercado literario latinoamericano: del Patronato del Libro Peruano a la Organización Continental de los Festivales del Libro (1956-1960)», Revista Iberoamericana, octubre-diciembre 2001, n.º 197, pp. 741-754.
[3]. S. Salazar Bondy, «Tres hombres y una misión cultural», La Prensa, 7-12-57, p. 8.
[4]. W. Luchting, «Redoble por Rancas, reviewed», Books Abroad, 46, n.º 1, 1972, p. 84: «In those years Scorza learned how to create and imitate skillfully the publicity effects necessary for selling books».
[5]. Véase J. Donoso, Historia personal del «Boom», ob. cit., p. 58. Hay que considerar el peso específico de París como capital editorial europea, que sirve de difusora para los autores latinoamericanos, como aparecerá, de forma irónica, en la última novela de Scorza, La Danza Inmóvil (Barcelona, Plaza y Janés, 1983).
[6]. M. Scorza, «Testimonio de parte de Ayacucho», ob. cit., p. 13. En una entrevista anterior, con E. González Bermejo («Manuel Scorza: encuentro con la memoria perdida», El Nacional, 16-5-76), ya hacía un comentario semejante: «... me propuse escribir un informe político de la guerra de Pasco. Pero vi, al redactarlo, que le faltaba esa dimensión fulgurante de los hechos, no había cómo meterlos en un informe político».
[7]. En junio de 1969 publica en Cuadernos semestrales del cuento (n.º 5, pp. 35-38) una primera versión del primer capítulo de Redoble por Rancas.
[8]. C. Couffon, «Adiós a Manuel Scorza», Ínsula, n.º 446, 1984. Véase también el «álbum» de fotos que se adjunta al final del segundo volumen de los diarios de Julio Ramón Ribeyro (La tentación del fracaso II. Diario personal (1960-1974), Lima, Jaime Campodónico, 1993), donde aparecen imágenes de Scorza junto a algunos de los autores citados.
[9]. Redacción, «Mañana, probable concesión del Nobel de Literatura», Informaciones, 17-10-79.
[10]. Además, Scorza escribió algunos textos de no ficción, muy personales, como la visión panorámica de su país que supone Vivre le Pérou, Paris, Éditions Menges, 1982 (traducido al alemán como Peru, Freiburg, Atlantis, 1983), como en el catálogo a la obra del pintor peruano Gerardo Chávez, Lima, LL editores-Banco Popular del Perú, 1982.
En el ensayo sobre Bolivia es posible apreciar la coincidencia de dos temas que tomarán una posición central en la evolución posterior de la obra de Manuel Scorza, aunque nunca más sean tratados en forma de ensayo. Se trata de la cristalización de sus posiciones políticas (ya bastante definidas en su artículo anterior sobre el aprismo) en torno al antiimperialismo y a la reivindicación de un nacionalismo de izquierdas panamericano, por una parte, y al descubrimiento del problema de la explotación de los indios y la posesión de la tierra que, desde su punto de vista, configuraba una realidad que había sido pasada por alto incluso por ciertos sectores de la izquierda latinoamericana. Este último punto ya había sido desarrollado por José Carlos Mariátegui en su ya clásico Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928).
Los cambios políticos del Perú facilitaron a Scorza una vía de retorno a su país. En 1956, en las elecciones generales convocadas por el general Odría, fue elegido como presidente el candidato liberal Manuel Prado, que ya había gobernado el país entre 1939 y 1945, en esta ocasión apoyado por una APRA derechizada. Fruto -en parte- de estos cambios políticos, Scorza obtuvo aquel mismo año en el Perú el Premio Nacional de Poesía -que llevaba el nombre de «José Santos Chocano»-, por su libro Las Imprecaciones, publicado un año antes en México, lo que le abrió las puertas de una vuelta a su país con un cierto reconocimiento. Scorza volvió en 1957 al Perú, donde permaneció durante los siguientes once años. Poco después de su regreso, se casó con Lydia Hoyle, con quien tuvo dos hijos: Manuel Eduardo («Manuco») y Ana María. A partir de su regreso Scorza desarrolló una serie de iniciativas editoriales que le reportaron una amplia reputación en el país[2].
Scorza desarrolló una intensa actividad como editor durante una década, de 1956 a 1966, aproximadamente. Comenzó en el Perú con los llamados Festivales del Libro, bajo los auspicios del Patronato del Libro Peruano, una iniciativa privada ideada por un grupo de escritores que había sufrido el exilio, entre los que se contaba el propio Scorza. Este proyecto pretendía acercar el libro, considerado entonces un objeto de lujo en el Perú, a su público real eliminando la barrera de los intermediarios que encarecían su coste: los libros se vendían en las plazas, en puestos callejeros, y se apoyaba su lanzamiento con campañas publicitarias en prensa que incluían a menudo la presencia del autor y la firma de ejemplares. Por otro lado, el abaratamiento del libro también era posible gracias a las grandes tiradas de ejemplares -del orden de los 10 000 por título, para empezar-, al empleo de técnicas de imprenta como el offset, además del papel de baja calidad, y al apoyo económico de empresas patrocinadoras. De este modo podían venderse los libros al módico precio de tres soles de la época. Por otra parte, el prestigio de estos festivales se apoyaba en la nómina de colaboradores, entre los que se encontraban escritores como José Durand, Manuel Mujica Gallo, Estuardo Núñez y Sebastián Salazar Bondy[3], por citar sólo a unos pocos, que se encargaban de elaborar los prólogos y seleccionar los textos para las antologías publicadas.
Los dos primeros festivales se dedicaron a autores peruanos, a divulgar las obras imprescindibles de su literatura nacional, desde el Inca Garcilaso a César Vallejo, pasando por Ricardo Palma o Manuel González Prada, entre otros. En cambio, los dos últimos, con el título de «Grandes Obras de América», se abrieron a la literatura del resto del subcontinente. Continuaron publicándose textos de autores peruanos, como Ciro Alegría o José María Arguedas, pero se dio cabida a escritores invitados como Rómulo Gallegos o Jorge Icaza. Tras dos años, una vez agotado el filón peruano, Scorza decidió expandir su empresa por otros países hispanoamericanos para repetir su éxito. Así surgió la Organización Continental de los Festivales del Libro (ORCOFELI), cuya primera escala fue Venezuela, donde el autor peruano contactó con el poeta y ensayista Juan Liscano -quien, años más tarde, estaría al frente de la prestigiosa editorial Monte Ávila, donde Scorza publicaría parte de su obra- para dirigir la «Biblioteca Básica de Cultura Venezolana». En esta colección publicó, de 1958 a 1960, los títulos más importantes de la literatura venezolana, desde Rómulo Gallegos -a quien se dedicó una serie especial- a Teresa de la Parra, pasando por Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva y tantos otros. A continuación, Scorza dio el salto a Colombia, donde eligió al también novelista Eduardo Caballero Calderón como presidente de honor para coordinar los Festivales del Libro Colombiano, aunque la dirección efectiva recayó en manos del periodista Alberto Zalamea, hijo del poeta Jorge Zalamea. Tras un intento fallido en Centroamérica, Scorza exporta su idea, finalmente, a Cuba. Allá la dirección del Festival del Libro Popular Cubano fue a manos de Alejo Carpentier, a quien Scorza consideraba un maestro y con quien le unía una relación de amistad; sin embargo, debido, al parecer, a los problemas económicos inmediatos surgidos tras la revolución cubana, Scorza se arruinó. Hacia 1959, Scorza ideó una nueva colección de libros de bolsillo, denominada Bolsilibros, que también quería que dirigiera Alejo Carpentier, pero no llegó a cuajar debido a la quiebra de la Organización Continental de los Festivales del Libro. Este proyecto, de algún modo, adelantaba la que sería, más adelante, en 1963, su última aventura editorial, Populibros Peruanos, cuyo nombre indicaba ya su principal objetivo: la popularización del libro en el Perú, con lo que retomaba, de algún modo, el espíritu que animaba los Festivales del Libro. En esta ocasión, la publicación de textos de la literatura peruana no se limitó a los clásicos, sino que dio a conocer a nuevos autores, de temática urbana, como Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Enrique Congrains, Luis Loayza u Oswaldo Reinoso. Por otra parte, también dio cabida a obras de la literatura hispanoamericana y universal (como Papá Goriot de Honoré de Balzac, Madame Bovary de Gustave Flaubert, El eterno marido de Fiodor Dostoievski). El éxito de este proyecto se prolongó durante dos años, a lo largo de doce series, de cinco títulos cada una. No obstante, Populibros Peruanos se vio abocada también a la ruina tras la prohibición de venta pública llevada a cabo por la Municipalidad de Lima: al parecer, el detonante fue el secuestro de la edición de El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence, considerada escandalosa por las autoridades.
A pesar de la relativa fugacidad de todas estas iniciativas, Scorza puso en evidencia la existencia de un público potencial, masivo, ignorado hasta entonces, y la necesidad de abastecerlo. En este sentido, de algún modo, abrió el camino, con sus aciertos y sus errores, a posteriores empresas editoriales de mayor envergadura en América Latina. Además, con esta experiencia, Scorza aprendió, desde luego, las estrategias del mercado editorial, el papel de la publicidad y el marketing, que más tarde le sirvieron de gran utilidad a la hora de planear su lanzamiento como narrador[4]. Paralelamente, siguió escribiendo y publicando poesía, como lo demuestra en Los adioses (1960), Desengaños del mago (1961), «Réquiem por un gentilhombre» (1962) y, más tarde, «Cantar de Túpac Amaru» (1969) y El vals de los reptiles (1970).
Parece existir una clara relación entre la marcha de Scorza del Perú en 1967 -tras divorciarse de su primera esposa y conocer a Cecilia Hare, que se convertiría en la segunda-, su establecimiento permanente en París a partir de 1968 y su conversión en narrador, en escritor de novelas. En el agitado universo parisino de finales de los años sesenta, Scorza desembarcó como un intelectual latinoamericano más, con muchas ambiciones, algunos contactos importantes -fruto de su anterior labor de editor- y escasos recursos. Son los momentos en que el boom latinoamericano empieza a tener repercusión en el universo francófono, como parte de su proceso de internacionalización, puesto que ya son conocidos en Europa autores como M. Vargas Llosa o J. Cortázar[5]. Scorza trae consigo todos los materiales que había estado recopilando sobre las rebeliones campesinas en el Perú, desde su implicación en el Movimiento Comunal de Cerro de Pasco desde 1961: documentación, cintas, fotos, entrevistas, etc., dispuesto a escribir algo importante sobre su país, con la perspectiva que da la distancia. No está claro en qué momento concibe Scorza la posibilidad de transformar su historia en una novela y, más tarde, en un ciclo novelístico. En todo caso, lo que sí está claro es que la intención original de Scorza no era escribir una novela, sino un ensayo, como ya hemos anticipado:
«En París escribí un informe de Rancas. Lo releí y se lo leí a amigos y todo. Vi que le faltaba el corazón; no veía lo que yo había visto. Y entonces un día lo que hice fue arrojar todo esto y soñar la realidad, como si yo estuviera adentro. Y escribí Redoble por Rancas»[6].
Lo he leído con detalle, gracias No conocía datos como que hubiese sido candidato al Nobel, por ejemplo. Me parece sin duda una de las mejores voces de la poesía latinoamericana, a la altura de Neruda o Vallejo. Te dejo "CrepúsculoparaAna":
SÓLOparaalcanzarteescribíestelibro. Noche a noche, en la helada madriguera cavé mi pozo más profundo, para que surgiera, más alta, el agua enamorada de este canto. Yo sé que un día las gentes querrán saber por qué hay tanto rocío en las praderas, yo sé que un día irán ansiosas a los campos, seguirán los hilos de los prados, y a través de las florestas llegarán hasta mi pecho, y comprenderán, —lo siento, estoy sintiéndolo—, que es mi amor quien platea por ti el mundo en las mañanas, y verás esta hoguera. Desde ciudades enterradas, desde salones sumergidos, desde balcones lejanísimos, verás este amor, y escucharás mi voz ardiendo de hermosura, y comprenderás que sólo por ti he cantado. Porque sólo por ti estoy cantando. ¡Sólo por ti resplandece mi corazón extraviado! ¡Sólo para que me veas, ilumino mi rostro oscurecido! ¡Sólo para que en algún lugar me mires enciendo, con mis sueños, esta hoguera! ¡El Mudo, El Amargo, ¡El Que Se Quedaba Silencioso, te habla ahora a borbotones, te grita cataratas, inmensidades! No quiero luz del día, ni diamante encendido, no quiero no morir: escucha mi agonía. Alguna vez amarás, alguna vez en las lianas de la ternura enredada comprenderás que cuando el dolor nos llega, es imposible hablar; cuando la vida pesa, las manos pesan: es imposible escribir. Mas con los años las escamas se nos caen. Y un día, al volver el rostro, vemos a lo lejos, como remotos barcos encallados, cosas que creíamos llevar adentro, y miramos que son musgo los amores más ardientes. ¡El hombre enceguecido no escucha las campanas silenciosas de la hierba, hasta que encuentra en los caminos, como culebra, su antigua piel, y reconoce entre las ruinas su vieja máscara oxidada, y se detiene a recordar lo que amó, y descubre agujeros rotos do eran ojos fulgurantes, porque el tiempo crudelísimo injurió el Rostro Puro, y los años nos pusieron anteojos de melancolía, con los ojos que se mira la ruina, el otoño, la grosura de las mujeres! ¡Oh, cruel máscara salobre que aguarda agazapada debajo del rostro del ángel, la tristeza esperando no más para volcar las aguas del naufragio! Surge entonces el Canto inextinguible, cual surge ahora esta voz que llora por los días hermosos, cuando el agua era azul, y no sabíamos que todo lo nacido morirá. Todo lo que nace ha de morir. ¡No digo más porque me entiendes! Tú sabes que sólo quiero que, en algún lugar, leas esta carta, antes que envejezcan los carteros que te buscan a la salida de las iglesias, entre las recién casadas, a la hora del jazmín rendido. ¡Quiero que el rayo de mi ternura traspase con lanza a los que no conozco, y salte noche hirviendo a los ojos de los que abran este libro, y en algún lugar, un día de este mundo, me oigas y te vuelvas, como quien se vuelve extrañado al sentir detrás el resplandor de un incendio, y comprendas que estoy ardiendo por ti, quemándome sólo para que veas, desde tan nunca, esta luz!
Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida... cuando vaya en mi caja para siempre dormida, haz que por vez postrera penetre mis pupilas el sol de primavera.
Déjame algún momento bajo el calor del cielo, deja que el sol fecundo se estremezca en mi hielo... era tan bueno el astro que en la aurora salía a decirme: buen día.
No me asusta el descanso, hace bien el reposo, pero antes que me bese el viajero piadoso que todas las mañanas, alegre como un niño, llegaba a mis ventanas.
Dos poemas de José "Pepe" Barroeta. Ayer me quedé obnubilada leyendo a este poeta.
Todos han muerto
La última vez que visité el pueblo Eglé me consolaba y estaba segura, como yo, de que habían muerto todos.
Me acostumbré a la idea de saberlos callados bajo la tierra. Al comienzo me pareció duro entender que mi abuela no trae canastos de higo y se aburre debajo del mármol.
En el invierno me tocaba visitar con los demás muchachos el bosque ruinoso, sacar pequeños peces del río y tomar, escuchando, un buen trago.
No recuerdo con exactitud cuándo empezaron a morir. Asistía a las ceremonias y me gustaba colocar flores en la tierra recién removida.
Todos han muerto. La última vez que visité el pueblo Eglé me esperaba dijo que tenía ojeras de abandonado y le sonreí con la beatitud de quien asiste a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.
Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado. No sé si Eglé siguió la tradición de morir o aún espera.
***
ELEGÍA
Mientras haya muerte viviré cantando, errando en una onda de música desesperada. En los inviernos, en cualquier estación, son muchos los que han muerto por mí.
Siempre deseo dejar la vida sin amargura, dejarla como yo la he visto. La esperanza que me da la noche, quizá la obsesión de estar muerto, han impedido que me sepulte, que vuele sobre el hilo de mi alma solar.
Me gustaría vestirme con el color de la muerte, llevar en mí la rigurosa fantasía. Querer a una mujer pálida que tenga las alas como nunca.
Mi deseo no es huir de la vida sino fijarla en lo que arrebata. Esta luz de hoy nada cubre y sólo el sueño del cadáver invita a viajar.
Yo vivo sigiloso esperando que se abra la tierra para cubrirla con mi melancolía Mi melancolía debe ser mi cuerpo muerto con sus ojos verdes cerrados. Mi melancolía es culpa de los muertos y de sus grandes magias. Padres míos, magos que vinieron y se esfumaron. Que vagan como relámpagos de polvo debajo de la tierra.
A mí, éste, más que aflicción me ha causado respeto a la profundidad de la palabra. Desde luego, escrito por alguien (el venezolano Pepe Barroeta) con sensibilidad.
ELEGÍA
Y en éste florece el oro lírico que poseía su autor y del que hacía gala.
En realidad son ensayos.
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Me gusta comentar lo que exponen otros compañeros (tanto propio como ajeno). No en vano esto es un foro, en el cual no sólo nos deberíamos limitar a insertar nuestras cosas y adiós muy buenas. Todos aprendemos de todos.
Comentarios
Mi infancia llora aún. Los claros días
de la interrogación fueron manchados
por la sangre morada de los cerdos,
por el aullido vertical que crece
aun en la distancia aterradora.
Pablo Neruda
Mi negocio son las palabras. Las palabras son como etiquetas,
o monedas, o mejor: como un enjambre de abejas.
Yo confieso que sólo me quiebra la fuente de las cosas;
como si las palabras se contaran como abejas muertas en el ático,
desabrochadas de sus ojos amarillos y sus alas secas.
Debo siempre olvidar que la palabra de uno es capaz de escoger
a otra, y de otra forma, hasta que tengo
algo que pude haber dicho…
pero que no lo hice.
Su negocio es vigilar mis palabras. Pero
no admito nada. Hago lo mejor que puedo, por ejemplo,
cuando puedo escribirle elogios a una máquina tragamonedas,
esa noche en Nevada: diciendo cómo la mágica bolsa acumulada
fue tocando tres campanadas sobre esa pantalla con suerte.
Pero si debiera decir que esto es algo que no es,
entonces me debilito, y recuerdo cómo mis manos se sintieron graciosas
y ridículas y llenas de todo
el crédulo dinero.
Anne Sexton
Hoy sé que la esperanza
es el miedo
con los ojos vendados.
Fernando Valverde
Tú no comprenderás
por qué yo he vuelto.
Tal vez, ahí tendida
no comprendes
nada de lo que vive.
Yo he vuelto, sin embargo
para hablarte otra vez.
(Está mojada
y limpia la colina).
Aún te pienso
con el rostro de siempre
y los cabellos, en su reino
de humo, un poco grises.
No tengo ojos
para más. Tal vez
no eres así y eso es la muerte.
He vuelto para hablarte.
Estoy aquí. Tú no comprendes
nada.
Te he olvidado tanto
y he podido
olvidarte tan poco.
Estoy alegre: a veces
no me acuerdo de ti
(¿también eso es la muerte?).
No sé si me comprendes,
ni siquiera
si estás aquí o resbalas
por un aire que nunca
pesó sobre mi boca.
(La colina está quieta, sin embargo
igual bajo su cielo
como entonces)
Mas óyeme si puedes.
Un día como hoy
cayó la nieve,
arrebatada fue.
Yo cumplo,
inútilmente, el rito. Pongo
esta lápida aquí. Pero no importa:
no puedes comprenderme.
Todo ha sido cortado.
José Ángel Valente
-estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa-
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a mi lecho
-ni siquiera me miró-
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte nada respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón.
¡Ay, lo que la muerte había roto
era un hilo entre los dos!
Antonio Machado
Delicadeza humana, ¿dónde estás?
¿Tal vez
sólo en los libros?
Izet Sarajlíc
Suihanki [arrocera eléctrica]
Aunque debo haber tenido mi pintor favorito, se me olvidó
Sayaki Osaka
Devuélveme mi casa
Devuélveme a mi joven esposa
Le grité al girasol que había en mi camino
Devolvedme mi escalpelo
Devolvedme mi vista de las montañas
les dije a las semillas que había a lo largo del sendero
Devuélveme mi nombre
Devuélveme mi lista de la infancia
le susurré al polvo cuando se terminó el sendero
Ahora canta
Ahora canta
cantaba mi maestro mientras yo esperaba
azotado por el crudo viento
Acaso he llegado tan lejos para esto
Me preguntaba mientras esperaba
en medio del frío puro
dispuesto al fin a discutir a favor de mi silencio
Dime maestro
se mueven mis labios
o de dónde viene
este suave canto total que incrusta mi alma
como una lanza de sal en la roca
Devuélveme mi casa
Devuélveme mi joven esposa
Leonard Cohen
Juan Antonio Masóliver Ródenas
No deseo del amor sino el comienzo
No deseo del amor sino el comienzo. Sobre las plazas
de mi Granada las palomas remiendan el vestido de este día.
En las jarras hay vino abundante para la fiesta que nos sucederá,
en las canciones hay ventanas suficientes para que eclosionen las flores de granado.
Dejo el jazmín en su maceta y mi pequeño corazón
en la alacena de mi madre. Dejo mi sueño riendo en el agua
y al alba en la miel de los higos. Dejo mi hoy y mi ayer
en el pasaje hacia la plaza de la naranja donde vuelan las palomas.
¿Soy yo ese que ha descendido a tus pies para que asciendan las palabras
cual luna blanca en la leche de tus noches? Golpea al aire
para que yo vea, azul, la calle de mi flauta. Golpea a la tarde
para que yo vea como entre tú y yo languidece este mármol.
Las ventanas están vacías de los jardines de tu chal. En otro
tiempo sabía mucho de ti y recogía la gardenia
de tus diez dedos. En otro tiempo poseía perlas
en torno a tu cuello y un nombre grabado en un anillo del que surgía la noche.
No deseo del amor sino el comienzo. Las palomas han volado
sobre el techo del último cielo. Han volado y volado.
Quedará después de nosotros abundante vino en las jarras
y un poco de tierra es suficiente para que nos encontremos y la paz arraigue.
Mahmud Darwish
Marinero en tierra
... Y ya estarán los esteros
rezumando azul de mar.
¡Dejadme ser, salineros,
granito del salinar!
¡Qué bien, a la madrugada,
correr en las vagonetas,
llenas de nieve salada,
hacia las blancas casetas!
¡Dejo de ser marinero,
madre, por ser salinero!
Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.
¡Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla
y sobre el ancla una estrella
y sobre la estrella el viento
y sobre el viento la vela!
Rafael Alberti
Noche.
Verde caracol, la luna.
Sobre todas las terrazas,
blancas doncellas desnudas.
¡Remadores, a remar!
De la tierra emerge el globo
que ha de morir en el mar.
Alba.
Dormíos, blancas doncellas,
hasta que el globo no caiga
en brazos de la marea.
¡Remadores, a remar,
hasta que el globo no duerma
entre los senos del mar!
Rafael Alberti
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados;
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó la luz al día.
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo, y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Francisco de Quevedo
Nanas de la cebolla
(Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer,en la que le decía que no comía más que pan: y cebolla)
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.
Miguel Hernández
Me ha gustado. Gracias
Saludos
Epístola a los poetas que vendrán
Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
quizá mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera.
Yo respondo: por todas partes se oía llanto,
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.
Iba a ser la poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía que ser un relámpago perpetuo.
Yo os digo:
mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire el pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras los mendigos lloren de frío en la noche,
mi corazón no sonreirá.
Matad la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
Hay cosas mas altas
que llorar el amor de tardes perdidas:
el rumor de un pueblo que despierta,
eso es mas bello que el rocío.
El metal resplandeciente de su cólera,
eso es mas bello que la luna.
Un hombre verdaderamente libre,
eso es mas bello que el diamante.
Porque el hombre ha despertado,
y el fuego ha huido de su cárcel de ceniza
para quemar el mundo donde estuvo la tristeza.
Manuel Scorza
Viento del olvido
Como a todas las muchachas del mundo,
también a Ella,
tejiéronla
con sus sueños,
los hombres que la amaban.
Y yo la amaba.
Pudo ser para otros un rostro
que el Viento del Olvido
borra a cada instante.
Pudo ser,
pero yo la amaba.
Yo veía las cosas más sencillas
volverse misteriosas
cuando Ella las tocaba.
Porque las estrellas de la noche
¡Ella con su mano las sembraba!
Los días de esmeralda,
los pájaros tranquilos,
los rocíos azules,
¡Ella los creaba!
Yo me emocionaba
con sólo verla pisar la hierba.
¡Ah si tus ojos me miraran todavía!
Esta noche no tendría tanta noche.
Esta noche la lluvia caería sin mojarme.
Porque la lluvia no empapa
a los que se pierden
en el bosque de sus sueños relucientes,
y sus días no terminan
y son sus noches transparentes.
¿Dónde estás ahora?
¿En qué ciudad,
en qué penumbra,
en cuál bosque
te desconocen las luciérnagas?
Tal vez mientras escribo,
estás en un suburbio,
sola, inerme, abandonada...
¡Abandonada, no!
En tu ausencia
mi corazón todas las tardes muere.
Manuel Scorza
La Saeta
Dijo una voz popular:
«Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?»
Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar.
Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.
Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores
!Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar!
Antonio Machado
VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando
espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
Miguel Hernández
II
Melancólica carne
Giuseppe Ungaretti
Gracias a ti por sacar a escena a este gran poeta peruano. En mi caso, también soy lector de sus obras, y en honor a ti me he permitido capturar del Internet los siguientes apuntes, que seguro conocerás y que son de tu interés
Los inserto en varias páginas porque el sistema de este foro está limitado en cuanto a caracteres
El autor: Apunte biobibliográfico
La trayectoria vital de Manuel Scorza
Manuel Scorza (1928-1983) dejó sin desmentir afirmaciones erróneas sobre su biografía, a menudo atribuidas por sus entrevistadores y críticos, e incluso contribuyó de forma destacada a la confusión informativa alrededor de su persona. A lo largo de su trayectoria Scorza prefirió siempre acentuar sus orígenes familiares indígenas, aunque naciera en Lima, la capital del Perú, el 9 de septiembre de 1928. Posteriormente, por cuestiones de salud, por su asma, su familia se instaló en la sierra, en el departamento de Huancavelica, y se afincó en Acoria, cerca del pueblo natal de su madre, Acobamba, donde su padre abrió una panadería. En este ambiente serrano se desarrollaron los años que, al parecer, proporcionaron a Scorza las experiencias de primera mano sobre la vida en una aldea andina, que tan importantes resultaron después para su obra creativa. Pasados unos años, la familia decidió volver a Lima, y el padre de Scorza instaló un puesto de venta de periódicos y revistas, hecho que, sin duda, facilitó la inmersión en la lectura del futuro escritor. Más adelante, Scorza regresó a la sierra, como interno en un colegio salesiano, en Huancayo, por una recaída en su enfermedad. Después, volvió de nuevo a la capital e ingresó en el Colegio Militar «Leoncio Prado», institución frecuentada por alumnos de todas las clases sociales, en especial de la pequeña burguesía. En efecto, se trata de la misma escuela donde Mario Vargas Llosa estudió años después y que más tarde retratará, crudamente, en su novela La ciudad y los perros (1963). Durante sus últimos años en el colegio militar, Scorza comenzó a participar en protestas políticas y se integró en una célula clandestina del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana). Así, en 1946, a los dieciocho años de edad, el futuro escritor se matriculó en la politizada Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, para seguir la carrera de Filosofía y Letras, participó de forma activa en la política universitaria y continuó en el APRA, que en aquellos momentos era un partido legalizado e implicado en la dirección política del país, debido a que entre 1945 y 1948 ocupó la presidencia del Perú José Luis Bustamante Rivero, elegido por una coalición del APRA, el Partido Comunista y otros partidos de izquierda. En esta situación, algunos sectores del APRA, con los que simpatizaba Scorza, pretendían forzar un cambio revolucionario que impidiera un posible golpe de la derecha. Sin embargo, las tensiones sociales que se generaron por la política desarrollada por el gobierno de Bustamante Rivero condujeron finalmente al temido golpe de estado, en el año 1948, que fue encabezado por el general Manuel A. Odría, cuya dictadura se mantuvo hasta 1956, período conocido como el Ochenio. Debido a su militancia política y a un incidente relacionado con la publicación de su poema «Rumor en la nostalgia antigua», por el que fue detenido, y sin haber podido siquiera terminar sus estudios, Scorza se vio obligado a abandonar el Perú en 1948.
Durante sus primeros años de exilio, entre 1949 y 1952, Scorza vivió en Chile, Argentina y Brasil, y desempeñó diversos trabajos, como vendedor de libros, de perfumes, lector de pruebas y conferenciante ocasional, y también profundizó en su formación ideológica. De 1952 a 1956, Scorza vivió de forma estable en México[1], donde pudo continuar sus estudios literarios, esta vez en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Por aquel entonces publicó el ensayo «Una doctrina americana», que apareció en la revista mexicana Cuadernos Americanos en 1952. El artículo se ocupaba de los fundamentos ideológicos del aprismo, así como de la posición política del autor como miembro del APRA. El artículo insistía en los valores fundacionales de la ideología del aprismo, que en esos momentos se declaraba antiimperialista y anticomunista, y reclamaba una redistribución más justa de la riqueza, así como la unidad política y económica de Latinoamérica, en la estela del panamericanismo bolivariano. Un año más tarde, Scorza no se extrañó demasiado cuando los dirigentes apristas efectuaron un giro a la derecha. De forma significativa, Víctor Raúl Haya de la Torre, el líder e ideólogo del APRA, cambió su antigua oposición a las inversiones extranjeras, especialmente las americanas, en el Perú. Por este motivo, Scorza, como muchos otros apristas ya descontentos con la evolución de la dirección del APRA, abandonó el partido y anunció su ruptura ideológica en una carta abierta titulada sarcásticamente «Good-bye, Mister Haya».
Manuel Escorza (2)
En 1952, Scorza publicó también un corto pero comprometido poema titulado «Canto a los mineros de Bolivia», que puede considerarse programático. En el poema, Scorza se une a las quejas de los mineros, a los que llama sus «hermanos», con quienes dice compartir sus deseos y ansias. Para expresar su gratitud por este poema, así como por otras actividades en su apoyo, los sindicatos de mineros bolivianos invitaron a Scorza al primer aniversario de la Revolución Nacional de su país. Tras su visita en abril de 1953, Scorza escribió un largo ensayo titulado «La independencia económica de Bolivia» donde analizaba lo sucedido en Bolivia durante los años 50, hecho que el autor vio como un fin a la explotación de los campesinos y mineros indios de toda América. Es también revelador del creciente interés de Scorza por la cuestión indígena y la lucha por su liberación -tanto económica como política- que escribiera poco tiempo después una breve biografía sobre el padre de la independencia mexicana, Miguel Hidalgo. Este libro, casi panfletario, titulado Hidalgo (México, Instituto Nacional Indigenista, 1956), fue publicado anónimamente como parte de una serie que el Instituto Nacional Indigenista de México dedicó a las vidas de mexicanos insignes, dirigida al público infantil y con ilustraciones.
Sin ser demasiado consciente de su objetivo, Scorza redactó Redoble por Rancas en forma de novela, probablemente entre finales de 1968 y principios de 1969[7]. Su método de escritura era bastante compulsivo, escribía con rapidez, pero retocaba largamente los borradores, hasta llegar a redactar más de diez versiones para cada página. En la segunda mitad del año 1969, Scorza envió manuscritos de su obra a diversas editoriales, sin obtener respuestas positivas, siendo rechazado en diversas ocasiones. Al mismo tiempo, también la envió al Premio Planeta. Aunque resultase ganador el veterano Ramón J. Sénder por En la vida de Ignacio Morel, la novela de Scorza quedó finalista, tras una votación ajustada (tres contra dos), y en los meses siguientes la editorial Planeta optó por publicarla -visto el éxito que otras editoriales, como Seix Barral, obtenían con autores latinoamericanos-. Después de la publicación en Barcelona de Redoble por Rancas vino el impacto: la novela tuvo una buena acogida, se convirtió en un éxito editorial, y su autor empezó a ser reclamado por la prensa especializada.
En el Perú, la publicación de la novela fue acogida con sorpresa en el ámbito intelectual, pero en el contexto de los primeros años del gobierno revolucionario militar del general Juan Velasco Alvarado, también fue interpretada como una cierta justificación del proceso de reforma agraria y de transformación socialista que se estaba emprendiendo. En este sentido, la liberación por intervención directa del presidente, de Héctor Chacón, el «Nictálope» en Redoble por Rancas, que se hallaba cumpliendo condena en prisión, el 28 de julio de 1971, después de una carta de Scorza aparecida en la revista Caretas y la respuesta del propio «Nictálope» desde el penal del Sepa en la selva peruana, dio efectividad y resonancia a la obra de Scorza, como él mismo contó incansablemente en los años posteriores, puesto que la ficción había alterado la realidad, algo infrecuente en la historia de la literatura.
Desde principios de los años setenta, la vida de Scorza en París se convirtió en la de un escritor de éxito, con ediciones de sus nuevas novelas (en 1972 aparecería Historia de Garabombo, el Invisible, también en Planeta), frecuentes viajes por Europa y Latinoamérica, apariciones en televisión y abundantes entrevistas en medios periodísticos y revistas especializadas. Entre sus amistades de entonces se contaban otros novelistas latinoamericanos de éxito afincados por aquella época en París:
Manuel Scorza (3)
Sin embargo, a pesar de la fama obtenida por sus primeras novelas, los ingresos de Scorza no eran muy elevados, por lo que, entre 1970 y 1978, el autor enseñó también literatura latinoamericana y lengua española en la École Normale Supérieure de Saint-Cloud de París. Durante este tiempo, hasta 1976, su esposa Cecilia le ayudó con los manuscritos y contribuyó a la economía familiar que, desde 1973, contaba con una nueva boca que alimentar, la de su hija recién nacida, Cecilia. Sólo a partir de los años 1977-1978, con la aparición de sus nuevas novelas, El Jinete Insomne y El Cantar de Agapito Robles, y la traducción de Redoble por Rancas a numerosas lenguas, Scorza pudo plantearse su dedicación exclusiva a la literatura.
Este éxito se vio refrendado en 1979, con la propuesta de su candidatura al premio Nobel de Literatura que, finalmente, fue concedido ese año al poeta griego Odysseus Elytis[9]. Liberado de sus tareas académicas, y finalizada también la redacción del ciclo de La Guerra Silenciosa, Scorza volvió a implicarse intensamente en 1978 en la vida política del Perú, alternando a partir de entonces su residencia entre Lima y París, llegando a presentarse como candidato a la vicepresidencia del Perú por una coalición de pequeños partidos de izquierda, el Frente Obrero, Campesino Estudiantil y Popular (FOCEP) en las elecciones de 1980.
A lo largo de los años setenta, el éxito internacional de sus novelas, así como su reconocimiento europeo, produjeron una cierta transmutación de la figura pública de Manuel Scorza. Su discurso público sobre la situación de los indios en Latinoamérica, muy articulado para el lector europeo, fue insistente y paralelo a la publicación de sus sucesivas novelas en diversos idiomas. Para ello, mezclaba constantemente el mito, la realidad y la ficción en sus declaraciones, algo que ya tenía límites difusos en sus obras, y rehacía una y otra vez su biografía para destacar la centralidad de su papel como defensor de la causa indígena, hasta llegar a identificarse plenamente con ésta. En todo caso, la habilidad innata del autor para la promoción editorial de su obra y su figura pública, tan criticada en ocasiones, no jugaba en contra de su valía creativa, sino que representaba una muestra del aprendizaje previo realizado como editor.
Ya en los años ochenta, finalizadas y publicadas las cinco novelas que integran su ciclo de La Guerra Silenciosa (es decir, Redoble por Rancas, Historia de Garabombo el Invisible, El Jinete Insomne, Cantar de Agapito Robles y La Tumba del Relámpago), Scorza, entre París y Lima, trabajó en nuevos proyectos[10]. Por una parte, un ensayo sobre la literatura latinoamericana, que debía titularse Literatura, primer territorio libre de América Latina, ya citado, y que anunció repetidamente en numerosas entrevistas. Por otra, una novela, El verdadero descubrimiento de Europa, que dejó sin terminar, aunque en un estado bastante avanzado. Apareció en 1983 en España una nueva novela, La Danza Inmóvil, donde trata el compromiso político del intelectual hispanoamericano. Al parecer esta constituía la primera entrega de otro proyecto, de un tríptico, en este caso, que debía llevar por título El Fuego y la Ceniza. Desgraciadamente, no se puede saber nada definitivo sobre el nuevo rumbo que se proponía tomar Scorza, ya que el 27 de noviembre de 1983 falleció en Madrid, a las 01:04, hora española, en un accidente de aviación. También murieron con él los escritores Marta Traba, Ángel Rama y Jorge Ibargüengoitia.
Dunia Gras Miravet
Universidad de Barcelona
[1]. Véase F. Schmidt, «¡Nada logramos! ¡Lo atestiguamos! ¡Así vivimos!: el exilio de Manuel Scorza en México y en Francia», Alba de América, julio 1997, vol. 15, n.º 28-29, pp. 272-279.
[2]. Véase D. Gras, «Manuel Scorza y la internacionalización del mercado literario latinoamericano: del Patronato del Libro Peruano a la Organización Continental de los Festivales del Libro (1956-1960)», Revista Iberoamericana, octubre-diciembre 2001, n.º 197, pp. 741-754.
[3]. S. Salazar Bondy, «Tres hombres y una misión cultural», La Prensa, 7-12-57, p. 8.
[4]. W. Luchting, «Redoble por Rancas, reviewed», Books Abroad, 46, n.º 1, 1972, p. 84: «In those years Scorza learned how to create and imitate skillfully the publicity effects necessary for selling books».
[5]. Véase J. Donoso, Historia personal del «Boom», ob. cit., p. 58. Hay que considerar el peso específico de París como capital editorial europea, que sirve de difusora para los autores latinoamericanos, como aparecerá, de forma irónica, en la última novela de Scorza, La Danza Inmóvil (Barcelona, Plaza y Janés, 1983).
[6]. M. Scorza, «Testimonio de parte de Ayacucho», ob. cit., p. 13. En una entrevista anterior, con E. González Bermejo («Manuel Scorza: encuentro con la memoria perdida», El Nacional, 16-5-76), ya hacía un comentario semejante: «... me propuse escribir un informe político de la guerra de Pasco. Pero vi, al redactarlo, que le faltaba esa dimensión fulgurante de los hechos, no había cómo meterlos en un informe político».
Manuel Scorza (4)
[7]. En junio de 1969 publica en Cuadernos semestrales del cuento (n.º 5, pp. 35-38) una primera versión del primer capítulo de Redoble por Rancas.
[8]. C. Couffon, «Adiós a Manuel Scorza», Ínsula, n.º 446, 1984. Véase también el «álbum» de fotos que se adjunta al final del segundo volumen de los diarios de Julio Ramón Ribeyro (La tentación del fracaso II. Diario personal (1960-1974), Lima, Jaime Campodónico, 1993), donde aparecen imágenes de Scorza junto a algunos de los autores citados.
[9]. Redacción, «Mañana, probable concesión del Nobel de Literatura», Informaciones, 17-10-79.
[10]. Además, Scorza escribió algunos textos de no ficción, muy personales, como la visión panorámica de su país que supone Vivre le Pérou, Paris, Éditions Menges, 1982 (traducido al alemán como Peru, Freiburg, Atlantis, 1983), como en el catálogo a la obra del pintor peruano Gerardo Chávez, Lima, LL editores-Banco Popular del Perú, 1982.
En el ensayo sobre Bolivia es posible apreciar la coincidencia de dos temas que tomarán una posición central en la evolución posterior de la obra de Manuel Scorza, aunque nunca más sean tratados en forma de ensayo. Se trata de la cristalización de sus posiciones políticas (ya bastante definidas en su artículo anterior sobre el aprismo) en torno al antiimperialismo y a la reivindicación de un nacionalismo de izquierdas panamericano, por una parte, y al descubrimiento del problema de la explotación de los indios y la posesión de la tierra que, desde su punto de vista, configuraba una realidad que había sido pasada por alto incluso por ciertos sectores de la izquierda latinoamericana. Este último punto ya había sido desarrollado por José Carlos Mariátegui en su ya clásico Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928).
Los cambios políticos del Perú facilitaron a Scorza una vía de retorno a su país. En 1956, en las elecciones generales convocadas por el general Odría, fue elegido como presidente el candidato liberal Manuel Prado, que ya había gobernado el país entre 1939 y 1945, en esta ocasión apoyado por una APRA derechizada. Fruto -en parte- de estos cambios políticos, Scorza obtuvo aquel mismo año en el Perú el Premio Nacional de Poesía -que llevaba el nombre de «José Santos Chocano»-, por su libro Las Imprecaciones, publicado un año antes en México, lo que le abrió las puertas de una vuelta a su país con un cierto reconocimiento. Scorza volvió en 1957 al Perú, donde permaneció durante los siguientes once años. Poco después de su regreso, se casó con Lydia Hoyle, con quien tuvo dos hijos: Manuel Eduardo («Manuco») y Ana María. A partir de su regreso Scorza desarrolló una serie de iniciativas editoriales que le reportaron una amplia reputación en el país[2].
Scorza desarrolló una intensa actividad como editor durante una década, de 1956 a 1966, aproximadamente. Comenzó en el Perú con los llamados Festivales del Libro, bajo los auspicios del Patronato del Libro Peruano, una iniciativa privada ideada por un grupo de escritores que había sufrido el exilio, entre los que se contaba el propio Scorza. Este proyecto pretendía acercar el libro, considerado entonces un objeto de lujo en el Perú, a su público real eliminando la barrera de los intermediarios que encarecían su coste: los libros se vendían en las plazas, en puestos callejeros, y se apoyaba su lanzamiento con campañas publicitarias en prensa que incluían a menudo la presencia del autor y la firma de ejemplares. Por otro lado, el abaratamiento del libro también era posible gracias a las grandes tiradas de ejemplares -del orden de los 10 000 por título, para empezar-, al empleo de técnicas de imprenta como el offset, además del papel de baja calidad, y al apoyo económico de empresas patrocinadoras. De este modo podían venderse los libros al módico precio de tres soles de la época. Por otra parte, el prestigio de estos festivales se apoyaba en la nómina de colaboradores, entre los que se encontraban escritores como José Durand, Manuel Mujica Gallo, Estuardo Núñez y Sebastián Salazar Bondy[3], por citar sólo a unos pocos, que se encargaban de elaborar los prólogos y seleccionar los textos para las antologías publicadas.
Manuel Scorza (5)
Los dos primeros festivales se dedicaron a autores peruanos, a divulgar las obras imprescindibles de su literatura nacional, desde el Inca Garcilaso a César Vallejo, pasando por Ricardo Palma o Manuel González Prada, entre otros. En cambio, los dos últimos, con el título de «Grandes Obras de América», se abrieron a la literatura del resto del subcontinente. Continuaron publicándose textos de autores peruanos, como Ciro Alegría o José María Arguedas, pero se dio cabida a escritores invitados como Rómulo Gallegos o Jorge Icaza. Tras dos años, una vez agotado el filón peruano, Scorza decidió expandir su empresa por otros países hispanoamericanos para repetir su éxito. Así surgió la Organización Continental de los Festivales del Libro (ORCOFELI), cuya primera escala fue Venezuela, donde el autor peruano contactó con el poeta y ensayista Juan Liscano -quien, años más tarde, estaría al frente de la prestigiosa editorial Monte Ávila, donde Scorza publicaría parte de su obra- para dirigir la «Biblioteca Básica de Cultura Venezolana». En esta colección publicó, de 1958 a 1960, los títulos más importantes de la literatura venezolana, desde Rómulo Gallegos -a quien se dedicó una serie especial- a Teresa de la Parra, pasando por Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva y tantos otros. A continuación, Scorza dio el salto a Colombia, donde eligió al también novelista Eduardo Caballero Calderón como presidente de honor para coordinar los Festivales del Libro Colombiano, aunque la dirección efectiva recayó en manos del periodista Alberto Zalamea, hijo del poeta Jorge Zalamea. Tras un intento fallido en Centroamérica, Scorza exporta su idea, finalmente, a Cuba. Allá la dirección del Festival del Libro Popular Cubano fue a manos de Alejo Carpentier, a quien Scorza consideraba un maestro y con quien le unía una relación de amistad; sin embargo, debido, al parecer, a los problemas económicos inmediatos surgidos tras la revolución cubana, Scorza se arruinó. Hacia 1959, Scorza ideó una nueva colección de libros de bolsillo, denominada Bolsilibros, que también quería que dirigiera Alejo Carpentier, pero no llegó a cuajar debido a la quiebra de la Organización Continental de los Festivales del Libro. Este proyecto, de algún modo, adelantaba la que sería, más adelante, en 1963, su última aventura editorial, Populibros Peruanos, cuyo nombre indicaba ya su principal objetivo: la popularización del libro en el Perú, con lo que retomaba, de algún modo, el espíritu que animaba los Festivales del Libro. En esta ocasión, la publicación de textos de la literatura peruana no se limitó a los clásicos, sino que dio a conocer a nuevos autores, de temática urbana, como Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Enrique Congrains, Luis Loayza u Oswaldo Reinoso. Por otra parte, también dio cabida a obras de la literatura hispanoamericana y universal (como Papá Goriot de Honoré de Balzac, Madame Bovary de Gustave Flaubert, El eterno marido de Fiodor Dostoievski). El éxito de este proyecto se prolongó durante dos años, a lo largo de doce series, de cinco títulos cada una. No obstante, Populibros Peruanos se vio abocada también a la ruina tras la prohibición de venta pública llevada a cabo por la Municipalidad de Lima: al parecer, el detonante fue el secuestro de la edición de El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence, considerada escandalosa por las autoridades.
A pesar de la relativa fugacidad de todas estas iniciativas, Scorza puso en evidencia la existencia de un público potencial, masivo, ignorado hasta entonces, y la necesidad de abastecerlo. En este sentido, de algún modo, abrió el camino, con sus aciertos y sus errores, a posteriores empresas editoriales de mayor envergadura en América Latina. Además, con esta experiencia, Scorza aprendió, desde luego, las estrategias del mercado editorial, el papel de la publicidad y el marketing, que más tarde le sirvieron de gran utilidad a la hora de planear su lanzamiento como narrador[4]. Paralelamente, siguió escribiendo y publicando poesía, como lo demuestra en Los adioses (1960), Desengaños del mago (1961), «Réquiem por un gentilhombre» (1962) y, más tarde, «Cantar de Túpac Amaru» (1969) y El vals de los reptiles (1970).
Parece existir una clara relación entre la marcha de Scorza del Perú en 1967 -tras divorciarse de su primera esposa y conocer a Cecilia Hare, que se convertiría en la segunda-, su establecimiento permanente en París a partir de 1968 y su conversión en narrador, en escritor de novelas. En el agitado universo parisino de finales de los años sesenta, Scorza desembarcó como un intelectual latinoamericano más, con muchas ambiciones, algunos contactos importantes -fruto de su anterior labor de editor- y escasos recursos. Son los momentos en que el boom latinoamericano empieza a tener repercusión en el universo francófono, como parte de su proceso de internacionalización, puesto que ya son conocidos en Europa autores como M. Vargas Llosa o J. Cortázar[5]. Scorza trae consigo todos los materiales que había estado recopilando sobre las rebeliones campesinas en el Perú, desde su implicación en el Movimiento Comunal de Cerro de Pasco desde 1961: documentación, cintas, fotos, entrevistas, etc., dispuesto a escribir algo importante sobre su país, con la perspectiva que da la distancia. No está claro en qué momento concibe Scorza la posibilidad de transformar su historia en una novela y, más tarde, en un ciclo novelístico. En todo caso, lo que sí está claro es que la intención original de Scorza no era escribir una novela, sino un ensayo, como ya hemos anticipado:
Te dejo "Crepúsculo para Ana":
SÓLO para alcanzarte escribí este libro.
Noche a noche,
en la helada madriguera
cavé mi pozo más profundo,
para que surgiera, más alta,
el agua enamorada de este canto.
Yo sé que un día las gentes
querrán saber por qué hay tanto rocío en las praderas,
yo sé que un día
irán ansiosas a los campos,
seguirán los hilos de los prados,
y a través de las florestas
llegarán hasta mi pecho,
y comprenderán,
—lo siento, estoy sintiéndolo—,
que es mi amor quien platea por ti el mundo en las mañanas,
y verás esta hoguera.
Desde ciudades enterradas,
desde salones sumergidos,
desde balcones lejanísimos,
verás este amor,
y escucharás mi voz
ardiendo de hermosura, y comprenderás que sólo por ti he cantado.
Porque sólo por ti estoy cantando.
¡Sólo por ti resplandece
mi corazón extraviado!
¡Sólo para que me veas,
ilumino mi rostro oscurecido!
¡Sólo para que en algún lugar me mires
enciendo, con mis sueños, esta hoguera!
¡El Mudo,
El Amargo,
¡El Que Se Quedaba Silencioso,
te habla ahora a borbotones,
te grita cataratas, inmensidades!
No quiero luz del día,
ni diamante encendido,
no quiero no morir:
escucha mi agonía.
Alguna vez amarás,
alguna vez
en las lianas de la ternura enredada
comprenderás que cuando el dolor nos llega,
es imposible hablar;
cuando la vida pesa, las manos pesan:
es imposible escribir.
Mas con los años las escamas se nos caen.
Y un día, al volver el rostro,
vemos a lo lejos,
como remotos barcos encallados,
cosas que creíamos llevar adentro,
y miramos que son musgo los amores más ardientes.
¡El hombre enceguecido
no escucha las campanas silenciosas de la hierba,
hasta que encuentra en los caminos,
como culebra, su antigua piel,
y reconoce entre las ruinas
su vieja máscara oxidada,
y se detiene a recordar lo que amó,
y descubre agujeros rotos
do eran ojos fulgurantes,
porque el tiempo crudelísimo
injurió el Rostro Puro,
y los años nos pusieron
anteojos de melancolía,
con los ojos que se mira la ruina,
el otoño,
la grosura de las mujeres!
¡Oh, cruel máscara salobre
que aguarda agazapada
debajo del rostro del ángel,
la tristeza esperando no más
para volcar las aguas del naufragio!
Surge entonces
el Canto inextinguible,
cual surge ahora esta voz
que llora por los días hermosos,
cuando el agua era azul,
y no sabíamos que todo lo nacido morirá.
Todo lo que nace ha de morir.
¡No digo más porque me entiendes!
Tú sabes que sólo quiero
que, en algún lugar, leas esta carta,
antes que envejezcan los carteros
que te buscan
a la salida de las iglesias,
entre las recién casadas,
a la hora del jazmín rendido.
¡Quiero que el rayo de mi ternura
traspase con lanza a los que no conozco,
y salte noche hirviendo
a los ojos de los que abran este libro,
y en algún lugar,
un día de este mundo,
me oigas
y te vuelvas,
como quien se vuelve extrañado
al sentir detrás el resplandor de un incendio,
y comprendas que estoy ardiendo por ti,
quemándome
sólo para que veas,
desde tan nunca, esta luz!
Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida...
cuando vaya en mi caja para siempre dormida,
haz que por vez postrera
penetre mis pupilas el sol de primavera.
Déjame algún momento bajo el calor del cielo,
deja que el sol fecundo se estremezca en mi hielo...
era tan bueno el astro que en la aurora salía
a decirme: buen día.
No me asusta el descanso, hace bien el reposo,
pero antes que me bese el viajero piadoso
que todas las mañanas,
alegre como un niño, llegaba a mis ventanas.
Alfonsina Storni
Todos han muerto
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.
Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.
En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.
No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.
Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.
Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.
***
ELEGÍA
Mientras haya muerte viviré cantando,
errando en una onda de música desesperada. En los inviernos,
en cualquier estación, son muchos los que han muerto por mí.
Siempre deseo dejar la vida sin amargura,
dejarla como yo la he visto. La esperanza que me da la noche,
quizá la obsesión de estar muerto, han impedido que me sepulte,
que vuele sobre el hilo de mi alma solar.
Me gustaría vestirme con el color de la muerte,
llevar en mí la rigurosa fantasía. Querer a una mujer pálida que tenga
las alas como nunca.
Mi deseo no es huir de la vida sino fijarla en lo que
arrebata. Esta luz de hoy nada cubre y sólo el sueño del cadáver invita a viajar.
Yo vivo sigiloso
esperando que se abra la tierra para cubrirla con mi melancolía
Mi melancolía debe ser mi cuerpo muerto con sus ojos verdes
cerrados.
Mi melancolía es culpa de los muertos
y de sus grandes magias. Padres míos, magos que vinieron y
se
esfumaron. Que vagan como relámpagos de polvo debajo
de la tierra.
Sarasvati
Todos han muerto
A mí, éste, más que aflicción me ha causado respeto a la profundidad de la palabra. Desde luego, escrito por alguien (el venezolano Pepe Barroeta) con sensibilidad.
ELEGÍA
Y en éste florece el oro lírico que poseía su autor y del que hacía gala.
En realidad son ensayos.
Me gusta comentar lo que exponen otros compañeros (tanto propio como ajeno). No en vano esto es un foro, en el cual no sólo nos deberíamos limitar a insertar nuestras cosas y adiós muy buenas. Todos aprendemos de todos.
Espero no te moleste
Saludos