Adam
Me gusta la simetría. Hay cierta oscuridad en esa marea de trazos que pugnan por ordenarse hasta conseguir el equilibrio. Paseo con las manos cruzadas en la espalda, atento a las grises baldosas de cemento, los bordes lineales de las aceras y la arquitectura decadente de los edificios. Mi mente levanta sin cesar puntos de fuga y busca la mejor perspectiva a cada momento. Mido distancias; no descanso hasta que llego a mi estudio. En calculado orden, coloco la compra en la nevera como si fueran las piezas de un delicado puzzle. Envases de plástico opacos, colores neutros, sin aristas: siempre por parejas.
Decidí mudarme a este lugar por sus vistas al cementerio. La chusma que lo visita no logra comprender el verdadero significado de los volúmenes que definen cada calle, cada esquina; ellos se sienten como Dédalo en el laberinto, y buscan rápido la salida y agachan la cabeza y se giran acojonados por si acaso, de repente, cruza ante ellos el miedo. Son incapaces de fijarse en cómo forman las parcelas cuadrículas perfectas, donde cohabitan cruces, lápidas de piedra, ángeles caídos, lánguidos cipreses cuya cúspide asemeja la punta lacerante de una espada. Tengo especial predilección por los mausoleos familiares. A veces repaso sus interiores, excavados a maza y escalpelo, en roca viva y, como en un extraño cuadro cubista, llenos de líneas paralelas y perpendiculares formando nichos de granito pulido del suelo hasta el techo, sin apenas imperfecciones: como un mosaico de trajes a medida que esperan tristes a que los vista su dueño.
Desde esta ventana observo con avidez la procesión que solemnemente acompaña al último muerto. ¡Infinito paisaje! A esta hora, lo llevan del velatorio a su entierro, en esa parcelita del fondo suroeste donde no encuadraba del todo la solitaria lápida de mármol blanca.
Siempre, siempre es mejor por parejas.
Comentarios
Miguel ...
Como siga usted por este camino voy a empezar a rendirle pleitesía, como buenamente expresó Malube alguna vez, en genuflexión
Si bien es cierto que el texto apenas nos situa en un momento muy pequeñito y acotado en el tiempo, la acción transcurre y sucede: Observar humildemente y hablar de ello. La estampa distante de un entierro en ese momento.
Son infinidad de sensaciones las capaces de transmitir. Si algo admiro de un escritor es aquello de ser capaz de hacer enorme lo pequeño. Y usted, qué duda cabe, lo hizo en este texto.
Admiro la belleza del lenguaje escrito en este texto. Cómo mezcla los registros y el paralelismo propuesto entre la cocina y su querido cementerio con ese brillantísimo culatazo de la arquitectura de lo doméstico y lo cotidiano frente a lo ritual y al pathos.
Una oda a la forma de las cosas.
Un título inmejorable y un brillante cierre.
¿Cómo poder concentrar tanta precisión en tan pocas líneas?
Qué placer de texto.
Eres muy, muy bueno.
Texas, recuérdame que te invite a un café, después de unos cuántos kilómetros a lomos de la otra "burra". V´ss
S.Cid, gracias.
Serrana, muy generosa. Gracias.
Completamete cierta la evocación. Machado y quizá algo más alejado ande Becquer ... Pero a la vez tan contemporáneo...
Sigo asombrado. Sigo viniendo a leer este hermoso pedacito de texto.
Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
...
(Texas, yo tuve una como la tuya; Pasé a la CBR 600´92, y luego a una Trail. Un saludo.)
Va!
Lucía
En esta pequeña ciudad de provincias todavía sobreviven tradiciones que se pierden en la memoria. Una de ellas es el tañido de las campanas de la iglesia, próxima a mi casa, cuando llaman a misa o doblan a duelo. Ya me he acostumbrado. Dicen que las campanas son el sonajero de los muertos. Para mí tiene otro significado mucho menos siniestro: misa de diez corresponde exactamente a la hora en que disfruto del segundo café de la mañana. Me quedan al menos cuatro intensas horas de trabajo para ordenar y pulir mi tesis doctoral. Un último esfuerzo para completar, ¡al fin!, mi formación como médico. Me trae de cabeza toda la documentación, manuscritos, apuntes, notas al margen que ahora reinan desperdigados en el escritorio: estoy convencida que la teoría del caos se formuló especialmente para mí.
¡Hierve el café! Voy corriendo a separarlo del fuego, mientras pienso que a Luis mi despiste le hubiese parecido del todo imperdonable. El esperaba pacientemente y apartaba la cafetera de aluminio en cuanto oía el primer silbido. Luego, preparaba dos tazas en la mesa de la cocina, con su gotita de leche y una sola cucharada pequeña de azúcar. A veces me sorprendía con algunas pastas almendradas de la caja metálica que guardábamos en lo más alto de la alacena, para no caer continuamente en la tentación. Se acercaba por detrás y me decía apenas en un susurro: -”Lucía, el café ”.
Enclaustrarme con una labor concreta me ha venido bien. Es una forma tan válida como otra cualquiera para olvidar. Noto que cada línea escrita de mi tesis es un salvoconducto para dejar de pensar en Luis, pero muchas veces no puedo evitarlo. ¡Qué tonta soy! Mira que busqué la tranquilidad necesaria para que nada me apartase de un futuro prometedor; mira que planeé por todos los medios desaparecer un tiempo para llevar a cabo mi trabajo sin ataduras; y ahora que me encuentro tan cerca de mi objetivo, odio el silencio que corroe mi rutina diaria, porque todas las cosas pequeñas que hemos vivido juntos vuelven a recordarme a él.
Por cierto, he de ir a comprar otra cafetera: ésta, de cuatro tazas, es demasiado grande para mí sola.
Dos cositas: no sé si es intencional, pero ese "vuelven a inundarme de ti", no entona con el hecho de que te has referido a él (Luis) siempre en tercera persona.
La cafetera: en vez de seis tazas (qué exagerado para una parejita), podía ser de dos tazas (las hay), ahora le sirve de una sola taza (también las hay).:(
De nuevo por aquí.
Bonito texto. Una vez más intimista. Bonita narración. BUena introducción de la situación, del personaje protagonista y una pincelada de su mundo. ME gusta el estilo y su ritmo. Dos consideraciones:
- De acuerdo con Shaianty: La narradora-protagonista habla del ausente en tercera persona durante todo el relato hasta que al final se oldivida del lector y habla directamente al ausente. Seguramente no lo he explicado bien, pero no veo muy clara esa maniobra, que nos deja un poco la sensación al lector de dejarnos colgados
- El conflicto:
Me parece que está algo disperso: Yo veo dos, según tú lo explicas y como motivo de la ausencia que da lugar a la idea posterior con la que cierras el relato de "echar de menos" Uno son las manías y el carácter de Luis, explicado en este párrafo de forma muy sugerente e interesante:
Voy corriendo a separarlo del fuego, mientras pienso que a Luis mi despiste le hubiese parecido del todo imperdonable. El esperaba pacientemente y apartaba la cafetera de aluminio en cuanto oía el primer silbido. Luego, preparaba dos tazas en la mesa de la cocina, con su gotita de leche y una sola cucharada pequeña de azúcar. A veces me sorprendía con algunas pastas almendradas de la caja metálica que guardábamos en lo más alto de la alacena, para no caer continuamente en la tentación. Se acercaba por detrás y me decía apenas en un susurro: -”Lucía, el café ”.
Y el otro, marcado por los intereses de la protagonista:
"Mira que busqué la tranquilidad necesaria para que nada me apartase de un futuro prometedor; mira que planeé por todos los medios desaparecer un tiempo para llevar a cabo mi trabajo sin ataduras; y ahora que me encuentro tan cerca de mi objetivo,"
Personalmente, elegiría o un conflicto u otro. Si no, no queda muy claro cual/quién es el problema que ha desencadenado el asunto y resulta algo contradictorio el hecho de que por un lado ella recuerde (en esencia) "las manías de Luis" y por otro lado lo eche tanto de menos.
y una tontería: Escatológico no me parece el adjetivo más apropiado para describir las sensaciones de las campanas tocando a muerto. No? Mejor sería algo así como funesto,, fatídico, siniestro, triste, etc.?
<Gracias por la lectura.
En ese relato, el paciente acaba muriendo y traspasando sus obsesivas disfunciones mentales al psiquiatra (he de decir que estaban plenamente justificadas).
La cuestión es que he leido este breve relato y me ha parecido ver a la misma persona. Aunque, y esto me gustaría que Miguel me lo aclarara, a mi entender aquí no se trata de una víctima.
Miguel, qué miedo me dan esas cabecitas dispersas...
Ah!!! Que me ha gustado mucho!!! (que me olvidaba, hostie)
Va! de nuevo.
- Adam
Hago colección de epitafios. Mientras voy en autobús al trabajo, imagino una frase lo más críptica posible que defina de un golpe a las personas que me acompañan en el trayecto, como si en ese momento fuera a sorprenderles la muerte. Cuando alguien me llama la atención, bosquejo mentalmente las facciones del sujeto mientras le sonrío con amabilidad, y trazo un rápido boceto organizando su fisonomía como el pintor ante su caricatura. A partir de ahí, lo enfrento a las palabras. A veces me enfrasco de tal modo en conseguir un epitafio aceptable, que pasa de largo la parada, y tengo que volver andando parte del recorrido. No me importa, abro mi ferretería cuando quiero. Puedo permitirme el lujo de saborear mis pequeños pasatiempos sin que nada ni nadie me moleste.-“Dios quiera que lleves tanta gloria como descanso dejas”- Ese sería el epitafio ideal para el hombre gordo que lee el periódico a mi derecha. Podría aplicarse a la mayoría de gente que sube y baja del autobús. Son personas anónimas absortas en las nimiedades que atraviesan sus vidas, y ocultan sus pensamientos tras una esfinge de indiferencia. Yo me ocupo de desenmascararlos; lo tomo como algo personal. Me gusta creer que, de paso, les ofrezco gratis el consuelo de que al menos alguien se preocupó de ellos cuando llegue la hora de su entierro.
Es mi parada. Hoy no estoy inspirado, así que aprieto el paso contando las baldosas que me separan de la tienda. Ayer ese bordillo no estaba roto. Abro la persiana con desgana y quito el cerrojo de la puerta mientras suenan a lo lejos, amortiguadas por el trasiego de la ciudad, las malditas campanas. Son las diez en punto. Tengo pendiente ordenar un pedido nuevo de herramientas antes de atender al público. Me gusta ser eficaz en mi trabajo. Enciendo las luces: el almacén presenta un estado impecable, como siempre, y los pasillos de estanterías llenos de contenedores metálicos flanquean mi presencia en silencio. Conozco de memoria la ubicación de cada tornillo, cada referencia por mínima que sea, y me desenvuelvo ágil entre las cajas repartiendo el pedido. Todo en su sitio. Doy la vuelta al letrero de apertura y miro con atención si las herramientas más vistosas, -el hacha, la cortadora de césped y la sierra eléctrica- brillan al encender los halógenos del escaparate. No tardará en entrar el primer cliente.
- Lucía
Ya no puedo rezar, Luis; se me han agotado las lágrimas. Sé que debo venir más a menudo a contarte todo lo que ocurre, pero ya ves: he de seguir viviendo como sea, aun a costa de no visitarte casi nunca. ¿Oyes como suenan las campanas? No; duermes, aunque en mis pensamientos todavía sigas despierto. Justo antes de tu trágica muerte, tuviste la sangre fría de hacerme prometer que descansarías en el panteón familiar, al lado de tu madre, para que buscara una nueva pareja y nada ya me atase a ti... ¡Cómo te he querido, Luis! No sabes cómo me está costando olvidarte.Mira, hoy tengo que darte una buena noticia, pero antes déjame que cambie primero esas flores ajadas y ponga éstas; déjame que limpie el polvo de las lápidas con el pañuelo y me siente a tu cabecera. Escucha esto: ¡ya tengo la especialidad y el doctorado! Era la asignatura pendiente cuando nos casamos, ¿te acuerdas? Tenía tal urgencia de ti, que al principio no me importó aparcar mis estudios, pero tú siempre insistías en que nada valía la pena si estábamos juntos. Aquí está, lo he conseguido: nos lo debíamos.
Luis, vengo también a decirte adiós. Voy a rehacer mi vida. Necesito volver a sentirme una mujer entera, útil, amada y amante, ¡viva!, y que la sangre vuelva a correr por mis venas. Debo apartar el luto de mi corazón. Sí, tengo que confesarte algo: he conocido a un hombre. Aún no hemos intimado, pero es simpático y amable. Respeta mi dolor y ha escuchado mis historias todo este tiempo que me encontraba sola. Me acepta como soy, sin condiciones; ¿sabes, cariño? le gusta mucho el orden como a ti. Su nombre es Adam.
Acabo de leer la continuación.
Le saludo a la espera del siguiente fascículo.
Me quedé con su cara. Cuando entró en la ferretería a pedir por favor una cafetera de dos tazas, le dediqué la mejor de mis sonrisas mientras calculaba de reojo sus proporciones anatómicas. Sin embargo, no sé que vi en sus ojos: una extraña mezcla de soledad y tristeza, como si alguien o algo empozara su mirada. Merecía sin duda un buen epitafio. La seguí y averigüé que vivía a un par de manzanas de la tienda. Me hice el encontradizo y tomamos los dos un café cortado, con una sola cucharada pequeña de azúcar. Ella me dijo que aquel café le recordó a alguien, y luego se echó a llorar como una loca. ¡Dichosa empatía!. Me esforcé lo suficiente para, poco a poco, ganarme su confianza.
Todavía no he decidido cómo matarla. Estuve a punto hace unos días, cuando ella visitó a su patético ex –marido en mi cementerio. Desde la ventana observé como andaba hacia esa parcelita del fondo suroeste donde hace algún tiempo no encuadraba del todo la tumba de mármol. Bajé de tres en tres la escalera y la seguí de lejos. Allí estaba Lucía, sentada y hablando en voz baja, como si los cadáveres putrefactos pudieran escucharla desde el averno, o donde coño estuvieran. Fue cuando me di cuenta que ella sobraba. Rompía de forma desagradable la perfecta simetría de aquel panteón: si antes había una tumba solitaria ahora era una hermosa pareja: dos lápidas blancas, centradas de forma armónica debajo del frontispicio con el sello familiar y un ángel con las alas desplegadas que custodiaba la entrada al mausoleo, donde supongo que estaba el resto de la familia. Si Lucía llega a quedarse cinco minutos más, yo no hubiera tenido más remedio que acabar con ella ahí mismo, aun con el riesgo y la molestia de no haber podido ajustar del todo su epitafio.
Lucía
Me llaman del busca. Mmm.. y parece urgente. Recorro los asépticos pasillos del hospital y cojo el ascensor al sótano. Me dirijo a mi pequeño santuario: el departamento de patología forense. El policía me dice que tienen un nuevo caso de asesinato y todo indica, por las pruebas preliminares, que el arma homicida es un hacha. Las víctimas son una pareja de jóvenes a los que han descubierto parcialmente mutilados en un contenedor de la basura. Sus manos estaban atadas por abrazaderas de plástico blancas y en los torsos de cada uno, a cuchillo, habían escrito con geométrica caligrafía “siempre” y “por parejas” respectivamente.
En un descanso he llamado a Adam, y le he contado este nuevo hallazgo. Se ha mostrado interesado por los detalles del caso y me ha preguntado si los policías tenían alguna pista. –“La policía nunca se entera de nada”- le he respondido. Me ha dicho que tenga cuidado y vuelva pronto a casa.
Adam es un sol. Excepto cuando se pone pesado con el orden y me dice lo que debo o no debo hacer, según su criterio. Qué manía tienen los hombres de intentar dominarme. Eso es peligroso, ¿verdad, Luis? Luego todo termina en tragedia.. Una mujer como yo debe sentirse muy querida y respetada, pero nunca presionada hasta el límite de –por ejemplo- no dejarla terminar su carrera. Eso sí que resultaría del todo imperdonable.
Chumoski, me he desvirgado, destetado, o como coño quieras llamarlo.:D
Un saludo.
Me gusta mucho el paralelismo casual entre el psicópata y la patóloga: ambos enlazados con la muerte.
Hace poco quise apuntarme a un taller de escritura que había en una de las bibliotecas de la ciudad pero no lo tenía muy claro y un amigó me desanimó diciéndome que a veces al aprender técnicas pierdes tu propio estilo natural. No lo sé. De todas formas, la pereza fue más fuerte. Tal vez la próxima vez :rolleyes:
HOla de nuevo, Miguel; Texas...
Todavía no me he leído el resto del texto, pero el apunte de Texas respecto al hilo conductor me ha parecido interesante, porque era precisamente uno de los temas que me llamó la atención al principio, ya que como te comenté, me parecía un pelín disperso y poco centrado ese asunto...
Respecto a lo que ambos comentáis acerca de los cursos.
Depende de la base y formación que uno tenga. Te pongo un ejemplo: Si has sido estudiante de cine, (o dramaturgia) o similares, y estás acostumbrado cierto lenguaje, técnicas, herramientas, tienes ideas y nociones de narración, cómo contar una historia,fases de un guión, estructuras, ,, etc ... pues evidentemente un curso de una biblioteca municipal te va a quedar cortísimo y te va a aportar más bien poquito. ("Nada", quizá sería mucho decir) Eso no quita para que sigas (si lo deseas) ampliando tu formación de forma paralela. Es decir, si "ya lo has visto todo" sobre novela, quizá te apetezca hacer algo obre dramaturgia y guión teatral y quizá descubras que hay otras formas de escribir, que estimulan nuevamente tu intelecto y que pueden ser fuente de nuevas ideas y formas.
Si no tienes ningún tipo de formación en ese sentido, yo recomiendo encarecidamente asistir a algúnos de esos cursos y probar. Por varios motivos: Además de las herramientas que te van a aportar ya no para escribir mejor, (que también) que uno no escribe mejor de la noche a la mañana, sino para saber leer mejor, interpretar tu propio texto y los ajenos con más soltura y decisión. Además va a ser una oportunidad para encontrarte cara a cara con gente que tiene tus mismas inquietudes, aprender de ellos, dejar de mirarte el ombligo (especialmente) y descubrir que hay gente que escribe muy muy bien,, que sabe muuuucho más que nosotros, cuales son sus métodos, ideas,, qué hacen para publicar, etc ..
Texas- Tuve una profesora de escritura dramática que el primer consejo que nos dio a todos fue el de no traicionar nunca nuestro propio estilo. Dicho así, tan rápido es una tontería, pero es solo para contrastar lo que decías. Despues ya veremos si realmente tenemos "un estilo" o no.
Y para acabar. Mi experiencia al respecto,no quiero pecar de elitista, pero es que lamentáblemente, cuanto más "caro" (habría que discutir qué es caro) suele ser el curso (bien por la institución que lo imparte, sus profesores, las horas de duración, etc) mejor es. Aquellos en los que yo aprendí más, eran los que tenían los mejores profesores. Parece ua obviedad, no?
Pero es que no es lo mismo un curso en la ESCAC, (Escola de Cinema de Catalunya),,o la Sala Beckket, que en la biblioteca del barrio.
Además de eso,, está claro,,, escribir y escribir ...
Un cordial saludo!
Por cierto, Miguel, verás...