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LA LIBERACIÓN DE CECILIA
EN LA ACTUALIDAD
El ensordecedor sonido de la lluvia apenas permitía escuchar el clamor de unos pasos que torpemente avanzaban bostezantes hacia Santa María la Blanca, la oscuridad de la noche acrecentada con aquella tormenta feroz invitaba a buscar cobijo a cualquier criatura con un mínimo de cordura, solo unas pisadas desafiantes dejaban vislumbrar un vestigio de vida en aquel paraje sobrecogedor.
Una centella feroz descargó su ira sobre el pararrayos del templo sellando el momento preciso en que Cecilia distinguió el umbral, la muchacha, evidentemente aturdida, subió la escalinata y se adentró en la basílica. Todo tenía el mismo aspecto, el aroma a incienso transformó sus sentidos trasladándola a un pasado en el que logró abrigar una seguridad ahora inexistente, lloraba, pero no por lo que iba a perder, lloraba por aquello que pudo haber sido y jamás alcanzó ¿era culpable? ahora sabía que no, sabía que había obrado de forma correcta.
Al levantar la vista reconoció al sacristán, un personaje bajito de aspecto descuidado y temperamento agrio. El hombre al percibir su presencia dejó de acicalar el atril desde el que los feligreses lanzaban peticiones al Santísimo y proyectando una mirada desafiante a la recién llegada, se encaminó hasta ella exhibiendo un manojo de llaves que no cesaba de agitar, aquel individuo acostumbrado a despedir a turistas tardíos que no saben de horarios, se mantendría firme, no se dejaría influir por el aspecto desvalido que la joven presentaba.
Cuando la tuvo delante contempló horrorizado como sujetaba un trozo de metal hundido en el cuello, la sangre se mezclaba con la lluvia impregnando con un rastro su paso.
-¡Padre!, ¡padre!…- gritó el hombre consternado.
De una de las dependencias situadas al fondo de la iglesia surgió un individuo con apariencia atlética y bien parecido, su fisonomía hacía imposible presagiar de quién se trataba, solo el alzacuellos lo identificaba como el baluarte de aquella sede eclesiástica. El cura presintiendo una fatalidad inminente, acudió con paso acelerado a la demanda de esa llamada desesperada.
Cecilia cubierta de lluvia y sangre, tras comprobar que el sacerdote acudía a su auxilio, exhausta, se derrumbó en el suelo. El, visiblemente ofuscado, cayó de rodillas a su lado. -Quiero confesar- susurró ella.
Aproximó el oído a la boca de la moribunda a la que apenas quedaban fuerzas para exhalar un remoto hilo de voz, cuando terminó la confesión, ambos, cómplices, cruzaron la mirada.
- ¡No¡- gritó el confesor al tiempo que la mujer extraía el puñal de su cuello dejando brotar un manantial de sangre que condujo a la víctima hacia el abismo.
El clérigo inútilmente, presionó con sus manos la herida intentando taponar la llaga mientras contemplaba impotente como esa vida, tan amada, se le desvanecía entre los dedos.
Comentarios
Lo leí ayer y me gustó...
¿Se queda así, o es un fragmento de algo más grande que continúa?
Makalu
Mientras iba avanzando en la lectura de tu texto, iba pensando que sería un capítulo de alguna novela o un libro, porque se ve palmariamente que no era un relato cerrado. Es decir, he acertado con la pregunta de Bumblebee y con tu respuesta.
Bueno sería saber algo más de tu novela, que si tienes a bien darla a conocer, la puedes insertar entera aquí:
https://www.forodeliteratura.com/f/categories/promociona-tu-obra
Saludos
Hola, lo primero trasladaros mi agradecimiento por vuestro apoyo e interés.
Ciertamente se trata del inicio de una novela que comencé a escribir como terapia en un momento en el que nada parecía tener sentido.
Hubo un tiempo en el que a pesar de proyectar una imagen aparentemente feliz, me sentía triste y confusa y me dio por escribir.
El sinsentido que ahora rige nuestro mundo acabó haciendo mella en mí. Muchos de los personajes brotan desde dentro y al dibujarlos con palabras mi desazón se diluía, o tal vez, puesto que soy poco dada a expresar lo que siento, a través de ellos logre articular mis emociones.
Muchas gracias, por haber leído esta pequeña introducción, espero y deseo, si me lo permitís, que podamos llegar hasta el final.
No voy a subir la novela entera, al menos por ahora, debo revisar algunas cosillas.
En el momento en el que se no queráis seguir leyendo, lo exponéis, y dejare de daros la lata.
Dar la lata nunca.
Te envío un fuerte abrazo.
Estamos llevando a cabo un proyecto en una web que ha hecho un compañero de aquí, @ichavarria, para preservar palabra escrita y escritura de autor... ahora está el tema horroroso con las IAs...
Te voy a pasar el enlace por si te gusta. Guardamos relatos, poemas y otras obras, todo accesible para leer, y hay también puente con otros servicios por parte de compañeros (corrección, ilustración...), así como una "librería" con enlaces a trabajos publicados. También hacemos algunos retos creativos que están muy bien.
Literanoicos Inicio - Literanoicos
Besos, Makalu.
Envío otro trocito, importante tener en cuenta el espacio temporal en el que se desarrolla
CAPÍTULO I
SEVILLA
AÑO 1890
Primero
Aún no había amanecido y una densa bruma enmascaraba el horizonte en aquel páramo aislado, con los primeros rayos de sol el velo se fue desvaneciendo dando paso a un amanecer luminoso que prometía un cielo soleado.
En el corazón de aquel paraje residía Tomás, un veterano pastor que cada madrugada engañando su maltrecho esqueleto ascendía por la ladera en busca de verdes pastos con los que saciar el apetito del rebaño, su cuerpo ya anciano difícilmente soportaba la humedad y el frio, aunque en realidad lo que más dolía al octogenario era el alma, la culpa lo atormentaba por la pérdida de su único hijo.
Hacía ya muchos años que su esposa abandonó este mundo, la enfermedad la devoró como un veneno fatal. Recordaba como el niño, aún muy pequeño, se acurrucaba en la cama al lado de su madre moribunda, con sus manitas le acariciaba la cara y procuraba que esbozase una sonrisa, sabiendo que ella, aún en su último aliento, no defraudaría la inocencia de un amor tan puro.
Tomás intentaba mantener la compostura, mostrarse fuerte y entero, creía que era la única forma de enseñar al pequeño a sobrevivir a las inclemencias de la fatalidad, aunque en soledad no había un solo día en el que aquel robusto cabrero no se maldijera por tan aciago destino.
El niño lejos de entender la dureza de su padre como un rudo intento de protección frente los rigores de la vida, endureció su corazón, no comprendía que no mostrara un mínimo interés por la esposa ya desahuciada. Pasaron los años y aquel niño convertido en hombre abandonó la morada paterna sin que el pastor supiera nada de él en años.
Un atardecer al regresar a casa escuchó el llanto de un bebé, corrió hacia el granero, punto del que procedían los quejidos y horrorizado vio a su hijo con los ojos amoratados y la lengua fuera, colgaba de una viga, a sus pies una silla volteada y una criatura que no paraba de llorar angustiosamente.
Así llegó a su vida Adela, una chiquilla inquieta y risueña, que le devolvió las ganas de vivir haciendo de él una persona nueva. Tomás contaba historias a la niña que embelesada lo observaba con gran admiración, casi siempre estas historias terminaban con un pequeño susto que hacía a Adela soltar un grito entre nervioso e inesperado. En realidad era un juego que ambos practicaban asiduamente del que no se cansaban jamás y como colofón, la risa contagiosa de la chiquilla. Así pasaban los días, cada jornada una aventura para ambos, rodeados de sus cabras, su perra, un pequeño zurrón con alimentos deliciosamente sencillos, y un magnífico cielo azul.
Aquella mañana el pastor decidió tomar un desvío para acceder a otra parte de la montaña donde la hierba en esa época era más frondosa, la niña corría delante con la perra que no dejaba de vigilar a los rumiantes. Repentinamente el animal comenzó a olfatear el aire, ladrando un par de veces para después desviarse en la dirección opuesta. Tomás que conocía al detalle a todos sus animales, miró alrededor por si alguna de las cabras había desaparecido pero no pudo apreciar la falta de ninguna.
Al darse la vuelta vio como la niña se alejaba en la dirección que había tomado la perra.
-¡No, vuelve! – gritó Tomás, intuía que algo no iba bien.
La chiquilla obediente paró esperando que su abuelo llegase hasta ella. Él, cauteloso, cogió la navaja que le había servido durante años para todo tipo de provechos exigiendo a la niña que caminase detrás.
Apenas avanzaron unos metros cuando se toparon con la perra ladrando ansiosamente a un hoyo indudablemente escavado con la intención de ocultar algo, un olor nauseabundo salía de aquel socavón.
- Adela, espérame aquí y no te muevas – ordenó a la niña.
El hombre fue a comprobar que ocultaba aquel agujero, tomó un pañuelo con el que se tapó nariz y boca, y despavorido, verificó como numerosos cadáveres se apilaban en el fondo. Notó como le temblaban las piernas, a punto estuvo de caer dentro del socavón junto a aquellos cuerpos en descomposición con los que los gusanos se deleitaban recorriendo las diversas oquedades originadas tras su banquete espeluznante.
-¡Abuelo…! – escuchó.
Aquella voz transformó el ánimo del cabrero que convirtió en prioridad alejar a su nieta de aquel horror.
-¡No te preocupes! – dijo Tomás, que agarrando a la perra del collar se acercó a la pequeña - ahora volveremos a casa.
-¡Pero abuelo! – gruñó la niña.
Y tomando a la chiquilla de la mano, comenzó a descender a grandes zancadas por la montaña.
Tomás, cuyas ancianas piernas se habían rendido ante el esfuerzo y el estupor, al llegar a la cabaña cayó abatido al suelo, levantó la cabeza y observó cómo Adela lo miraba asustada, su obligación era mantenerla segura, debía avisar a la autoridad. Solo saboreó dos minutos para recobrar el aliento, y sin demora montó sobre su rucio en dirección al pueblo llevando consigo a la niña.
Nadie puso en duda la veracidad de las palabras de aquel anciano, agentes tanto del Cuerpo de Seguridad como del Cuerpo de Vigilancia acudieron a la ubicación marcada por el pastor, comprobando una realidad aún más inclemente que la descrita por aquel hombre tranquilo al que sin duda el acontecimiento quitaría el sueño durante meses.
Si queréis seguiré con la historia.
Segundo
Fue el Comisario Jefe quien se puso en contacto con el Gobernador Civil de Sevilla, quien por su parte, puesto que se jugaba un prestigio que jamás poseyó, inició toda la maquinaria para esclarecer lo relativo a “los crímenes de Sierra Morena” así denominados por la prensa que no tardó en apropiarse de la parte del pastel que ofrecía aquel lóbrego incidente.
Hallaron los cuerpos de siete muchachas, la mayoría imposibles de identificar, pero uno en aparente buen estado, apenas llevaba un par de días en ese lugar. La causa de la muerte, estrangulamiento, todas mujeres y todas mantenían aferrada al cuello la soga autora de aquel final aterrador.
En Sevilla no se hablaba de otra cosa, los rotativos de los diarios no cesaban de alimentar el morbo de la población, que entre asustada e intrigada, hizo de los asesinatos el tema dominante.
Todo eran palos de ciego, la gente se arremolinaba alrededor del edificio de Gobernación con pancartas, exigían la seguridad de la vecindad y la caza del asesino.
El Gobernador no escatimó en recursos, puso a investigar a sus mejores hombres, continuamente comparecía ante los ciudadanos con la promesa solemne de atrapar al autor de esos salvajes asesinatos, pero era imposible averiguar quién, o porque se cometieron tales atrocidades.
Necesitaba encontrar algo que calmara el ánimo del pueblo y de paso el ánimo de sus superiores en Madrid, la confirmación del cargo estaba en juego, era consciente de que numerosas voces influyentes no durarían en sacrificarlo para aplacar a la jauría.
Había oído hablar de un oficial de policía en Buenos Aires, utilizaba un método novedoso que calificaban de infalible, basado en las huellas dactilares, por su parte, no creía que algo que no se ve fuera fiable, allí estaban las sogas y los cuerpos, pero nada más, ¿cómo se podían obtener pruebas de algo intangible? pero ¿qué podía hacer? al menos si alguien avalaba su teoría sobre la imposibilidad de cazar al asesino tendría opción de mantenerse en el cargo.
De forma que remitió a Buenos Aires un telegrama con el siguiente literal: “Gobernador Civil Sevilla España solicita Vucetich ayuda macabros asesinatos. Pueblo nervioso gobernantes desesperados. Gastos viaje alojamiento manutención pagados”
Juan Vucetich era un antropólogo y oficial de policía que desempeñaba su labor en Buenos Aires, en el instante en que recibió la llamada de auxilio acababa de cerrar el caso de Francisca de Rojas.
Vucetich fue capaz de mejorar un método iniciado por Francis Galton, quien verificó la invariabilidad de las huellas dactilares y su carácter distintivo. A partir de ahí creó un sistema que le permitió saldar con éxito numerosos sumarios, entre ellos el de Francisca de Rojas, que tras matar a sus hijos pretendía culpar al marido, pero, fue la impresión con sangre de sus huellas en el lugar del crimen las que delataron a la asesina.
Cuando el antropólogo recibió la llamada de auxilio no lo dudó, el hecho ofrecía numerosas posibilidades a nivel experimental, de modo que tomó uno de los trasatlánticos más rápidos que existían en aquel momento, el nuevo RMS Lucania que le permitió cruzar el Atlántico en solo seis días.
Abordado el litoral el viajero comprobó la veracidad de los rumores que llegaban respecto a la grandiosidad de este puerto interior a solo cien kilómetros del mar, penetrar en el rio y ascender hasta alcanzar ese muelle universal fue toda una aventura, evidenció la sublimidad del puente de Isabel II que aunque inaugurado hacía ya treintaiocho años proyectaba una majestuosidad deslumbrante. Al desembarcar salió a su encuentro un agente corpulento.
- ¿Señor Vucetich? – refunfuñó el hombre que sin abandonar el coche de collares instó al viajero a que tomara asiento a su lado.
Arrancó casi sin dejar tiempo a que el antropólogo acabase de acomodar el equipaje en el carruaje, recorrieron a gran velocidad la avenida principal hasta llegar a un edificio austero y ascendieron a la primera planta, punto en el que debía reunirse con su anfitrión que lo esperaba con un espléndido almuerzo preparado.
- Señor Vucetich -saludó extendiéndole la mano– supongo que estará hambriento - dijo señalando la mesa cubierta de manjares.
- No, he tomado algo antes de desembarcar, me gustaría poder ver los cuerpos cuanto antes- dispuso el invitado mientras estrechaba su mano.
- En realidad hay poco que averiguar, nadie ha denunciado la desaparición de ninguna muchacha, por lo que el asesino seguramente andará ya muy lejos.
- En el telegrama me dio a entender que necesitaba ayuda desesperadamente – dijo el recién llegado entre sorprendido y decepcionado.
- Así es, nadie dudará de usted al corroborar mi versión, con su reputación seguro que calmará el ánimo de mis detractores.
Pronto se percató de la intención de aquel individuo, en realidad el interés mostrado en el telegrama se debía únicamente a su desesperación por justificar la imposibilidad de encontrar al culpable.
- Mucho me temo que no comparto su opinión, debe tener claro que no he cruzado el Atlántico para mantener reuniones sociales y mucho menos para salvar su reputación, estoy aquí para desentrañar los misterios que rodean unas espantosas muertes y tenga por seguro que es lo que haré, solo lo ayudaré a salir de este enredo si pone a mi disposición todo y a todos conforme a mi demanda.
El hombre quedó decepcionado por los detestables modales de aquel afamado policía, pero pensó que el sólo hecho de que estuviera allí, ya suponía un paso adelante en sus pretensiones, además no tenía nada más a lo que aferrarse.
-Por supuesto...–balbuceó el Gobernador, a quien Vucetich no dejó terminar la frase y dándole la espalda, ordenó a su escolta que lo acompañase al lugar donde se hallaban los cuerpos.
..sigue capitulo I
Alcanzado el laboratorio forense, reparó en el aparente caos que reinaba en el recinto, vio a un hombre de pelo blanco con manguitos hasta el codo, un delantal manchado de sangre y unos anteojos, examinaba lo que sin duda era uno de los cadáveres en cuestión.
El sujeto seguía en su quehacer sin tomar en consideración la presencia del personaje que se había situado a su lado. Vucetich no quiso interrumpir una labor a todas luces productiva y esperó paciente las conclusiones del especialista. Después de unos minutos, levantó la cabeza del cuerpo maltrecho que constituía su objeto de estudio, sacó los algodones que impedían que aquel olor a muerto se le instalase de manera permanente en el cerebro, se sentó en el escritorio que había dispuesto a unos metros, y ajustándose los anteojos, comenzó a plasmar sobre un papel sus conclusiones.
El policía argentino que llevaba quince minutos observándolo, dejó escapar una ligera tos en un intento de hacer notar su presencia.
-Sí, sé que lleva un rato ahí, no estoy ciego – dijo el doctor- y me extraña que no me haya incomodado antes.
-Bueno, yo…- murmuró Vucetich antes de ser interrumpido nuevamente por su homólogo.
-Sí, sé quién es y también sé que mi trabajo le importa un bledo, como a los demás. Nada de lo que diga o haga les hará ver la verdad.
-¡Yo estoy aquí para averiguar la verdad! – exclamó Vucetich
-Pues yo creí que como todos, buscaba una cabeza de turco para cerrar este caso y colgarse otra medalla.
-¡Se equivoca, a mí me importa la verdad! –expresó en tono sincero
Solo en ese momento el forense levantó la cabeza, fijó los ojos en su interlocutor diciendo al tiempo que le tendía la mano –pues yo le enseñaré esa verdad, por cierto señor Vucetich mi nombre es Salazar, Gerónimo Salazar.
-Encantado señor Salazar –articuló estrechando con ímpetu la mano del médico.
Lo acompañó hasta una edificación próxima situada al otro extremo del jardín, el olor aún a tanta distancia se hacía insoportable, llegados al destino observó seis camastros cada uno con un cadáver y un séptimo vacío, lecho que albergó el cuerpo que ahora estaba siendo analizado en el laboratorio.
Salazar apartó de los cadáveres las sábanas que los cubrían, e invitó al argentino a que buscase algo común en todos ellos.
El antropólogo le siguió el juego.
-Todas mujeres, aparentemente de la misma edad, misma altura, todas morenas, hasta que se situó ante la que había muerto más recientemente.
–No se aprecian marcas de ataduras, ni moratones o signos de fuerza, ¿han sido forzadas?
Su camarada negó con la cabeza, mirando inquisitivamente a la primera persona que parecía mostrar un interés real por la cuestión.
-En ese caso, todo indica que…
-Efectivamente, se quitaron la vida –terminó la frase Salazar- seguramente inducidas por alguna sustancia psicotrópica, y en intervalos de tiempo de aproximadamente un mes, lo cual hace pensar que alguien indujo a estas incautas a ser artífices de su propia muerte.
-Se trata de muchachas hermosas entre doce y quince años…
-Sí, todas doncellas –continuó el forense – mire las cuerdas que aun llevan al cuello y ocasionaron su muerte.
Vucetích tomó una lupa y las examinó detenidamente.
-Parecen…,son…
-Eso es, ¡por fin alguien con sentido común!, las mismas cuerdas, ¡no parecidas, sino las mismas!, alguien incita a estas muchachas a que perpetren sus propios crímenes.
-Que continuarán cada mes si nadie lo evita –sentenció Vucetich.
En ese momento una atmósfera de complicidad se instaló entre los dos hombres que convinieron mantenerse al corriente de todos los hallazgos a los que condujeran sus indagaciones.
...sigue capítulo I
Tercero
Hasta entonces nadie acertó pensar que el origen de las víctimas podría conducir a alguna pista significativa, y puesto que no se denunció desaparición alguna, las muchachas no importaban.
Esa conclusión llevó a Vucetich a tomar conciencia del grado de incompetencia de quienes estaban al cargo, provocando en él una mezcla de ira y decepción dado el nulo valor que esos fatuos personajes otorgaban a unas vidas que apenas acababan de comenzar. Iniciaría su investigación encargando un retrato lo más parecido posible a la última de las jóvenes asesinadas.
Ya en las instalaciones policiales comprobó que a pesar de la utilidad del puesto de retratista nadie ejercía como tal, viéndose obligado a desplazarse al otro extremo de la ciudad donde vivía un individuo al que a veces recurrían para encargos similares.
Tomaron un carruaje que frenó antes de llegar a la dirección pactada. El agente descendió del coche invitando a Vucetich a emular su acto.
- No hay cochero en Sevilla que se adentre en este suburbio, pero no se preocupe yo me encargo de que nadie se le acerque – manifestó agarrando con su mano derecha una barra de hierro con la que jugueteaba amenazante.
Parecía que el mundo se había detenido en aquel lugar, el caos reinaba en cada esquina penetrando en las chabolas que daban cobijo a esas almas desdichadas, unos niños descalzos y cubiertos de harapos corrieron al encuentro de los desconocidos suplicando una limosna, el escolta, con aire de superioridad, murmuró unas palabras entre dientes que su acompañante no pudo adivinar, al tener a su alcance a uno de los muchachos, lo golpeó provocando que un hilo de sangre se deslizara por la boca. Los pequeños intuyendo que solo podrían obtener golpes de aquellos desconocidos, desaparecieron hasta retornar a una explanada a unos metros de distancia desde la que continuaron sus juegos como si nada hubiera pasado.
Localizaron a una adolescente andrajosa que cocinaba algo en una fogata improvisada, cuando se percató de la presencia del policía se le acercó pausadamente irguiéndose para darse transcendencia.
-Esa es -afirmó su acompañante arrojando a la chica una mirada de desprecio.
Vucetich quedó sorprendido al comprobar que se trataba de una muchacha de la misma edad que las asesinadas, dudando debido a su aspecto que supiera tan siquiera asir el carboncillo, no obstante, ya que habían llegado hasta ese desolado distrito, describió cada detalle de la fisonomía de la víctima y la joven lo supo transferir al papel de forma magistral.
-¡Deberían contratarla! –profirió dirigiéndose al escolta, quería ganarse la confianza de la mujer.
-Es una delincuente –refirió de mala gana el hombre.
-Bien, pero no negará que dibuja mejor que usted.
Ella dejó escapar una sonrisa mostrando una dentadura que pese a su juventud, presentaba un aspecto bastante descuidado.
-¡Asombroso! –exclamó Vucetich que realmente quedó sorprendido por la habilidad de la joven. Por cierto, ¿la conoces?
-No.
El criminalista miró decepcionado el suelo, extendiéndole unas monedas y se dispuso a marcharse.
-Pero, quizás…–continuó ella- por unas monedas más…alguien…
Vucetich sacó algo más de dinero del bolsillo, la chica señaló una cueva situada a unos trescientos metros que rodeada de unas misteriosas figuras confeccionadas con ramajes retorcidos desprendía un aire sobrecogedor.
-Ni hablar –dijo su ayudante, allí vive la pitonisa.
Vucetich que al principio creyó que aquel fornido representante de la ley solo bromeaba, soltó una carcajada, hasta que vio la expresión de horror proyectada por su adjunto que se marchó de allí abandonándolo a su suerte.
De repente se encontró solo en aquel lugar alejado de todos, reflexionó sobre el hecho de tener que visitar la vivienda de esa a la que todos consideraban una bruja, un escalofrió le recorrió la espalda, furioso consigo mismo por dejarse llevar por supercherías, movió la cabeza negándose todo atisbo de duda y fue directo hacia su objetivo dispuesto a encontrarse con el más aterrador de los escenarios, se detuvo en el umbral con la intención de llamar la atención de quien se hallase en su interior, momento en el que escuchó una voz armónica y risueña que le dijo, “entre”. Tocando el revólver que llevaba asido a la cintura y que jamás había usado, escuchó de nuevo, “tranquilo, no lo necesitará”
Accedió a una estancia lúgubre, alumbrada únicamente por la tenue llama de una vela, del techo colgaban todo tipo de hierbas que le golpeaban la cabeza a cada paso, las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera repletas de frascos de contenido incierto, y al fondo una figura que apenas podía distinguir, era la bruja.
-Buenos días –dijo Vucetich educadamente.
-Buenos días -escuchó de la voz que estaba al otro extremo.
-Mi nombre….
-No hace falta que diga quién es ni lo que necesita, recuerde que soy capaz de adivinar cualquier cosa – interrumpió la bruja- está aquí porque piensa que yo puedo aclarar algo sobre los asesinatos, pues bien, ahora cogeré mi bola de cristal y miraremos dentro. Soltó una carcajada y ayudándose de una vela encendió un candil que dejó al descubierto su persona. El policía quedó deslumbrado al comprobar que estaba ante la mujer más hermosa que había visto jamás.
...sigue capítulo I
-Me llamo Iris –comentó - no soy adivina, sé quién es porque toda la ciudad habla del ilustre personaje que ha llegado de América, con respecto a lo que quiere, es fácil de predecir.
-¿Cómo sabía que llevaba un revólver? –preguntó.
-He visto como tocaba el cinturón, ¿qué más puede llevar ahí?- dijo ella sonriente, como mucho soy observadora, me dedico al estudio de todo tipo de hierbas, algunas venenosas, otras curativas, a partir de ahí, bueno, la gente tiene mucha imaginación.
-Señorita Iris –balbuceó Vucetich -¿Puede decirme algo sobre esta mujer? Y le mostró el retrato que un momento antes realizó su vecina.
-Lo siento, nunca la he visto, he oído que hay siete y que nadie sabe quiénes son, lo que es extraño.
-¿Por qué lo dice? – preguntó él.
-En Sevilla todo el mundo se conoce, si alguna muchacha hubiese desaparecido se habría armado un alboroto descomunal.
- ¿Sugiere que no son de la ciudad?
-Seguro –sentenció la falsa pitonisa.
-Eso hace que todo se complique - advirtió Vucetich a modo de reflexión-, no poder averiguar nada sobre las victimas….
-Tal vez, si analiza lo que tiene hasta el momento –continuó Iris al tiempo que lo invitaba a sentarse sobre una vieja silla situada en una esquina de la habitación- , ¿qué sabe?
El policía dudó un momento, pero, al contemplar esos ojos que lo transportaban al paraíso, una sensación de confianza absoluta invadió su corazón.
-Son jóvenes doncellas, sin rastro de magulladuras o golpes, lo que hace pensar que materializaron su propia muerte, y esa soga, la misma y cortada de igual modo, eso junto a que no son de esta ciudad nos lleva…a nada.
-No sea pesimista, murieron en Sevilla pues nadie se iba a arriesgar a trasportar cadáveres por los caminos, por tanto, debían permanecer ocultas en algún lugar en el que no levantaran sospechas.
-¿Una casa de acogida, hospicio?– articuló él.
-No, allí las mujeres no tienen una vida fácil y su aspecto no es tan fresco como el de la chica del retrato –dijo ella.
-La casa de algún conocido.
-No, alguien las habría visto –agregó pensativa. De repente, una expresión de evidencia se reflejó en su rostro– un convento, eran jóvenes novicias, debe preguntar en un convento.
Vucetich quedo cautivado ante la plausible observación de Iris, que de manera tan audaz dejó abierta una nueva línea de investigación.
Cuarto
Vucetich estaba dispuesto a examinar todos los conventos que guarecían esa ciudad, dispuesto a quebrantar su infranqueable quietud, dispuesto a casi cualquier cosa si con ello conseguía adivinar la procedencia de las víctimas.
Supo desde un principio que no encontraría a nadie apto para asistirle en aquella misión, de modo que debía zanjar los asuntos tocantes a la iglesia sin ayuda, el Gobernador se mostró tajante a ese respecto, no intervendría en asuntos del Santísimo, los “sacrilegios” no formaban parte de su metodología.
Obtuvo una lista de las instituciones de clausura que se extendían por la capital, comenzó la búsqueda por las más cercanas. Después de una infructuosa inspección al monasterio de San Clemente, Santa Ana o San Leandro, todos ellos envueltos en un gran hermetismo, llegó el turno al de Santa Paula, mucho temía que como en los casos anteriores debería esperar hasta la eucaristía, único momento en el que abrían las puertas que daban acceso a su interior, pero en esta ocasión localizó otra entrada en la parte trasera, una portada de ladrillo que presentaba un arco conopial entre baquetones, una vez dentro distinguió un recogido camino que conducía a la iglesia y otras dependencias, de una de ellas salió un hombre que interrumpiendo su paso, se presentó como capellán del templo.
Vucetich se dirigió a él mostrándole el retrato de la víctima, el cura sin manifestar interés negó haber visto a la muchacha, invitándolo a abandonar el lugar con la excusa del recogimiento necesario para la buena marcha de la espiritualidad de las hermanas, ni siquiera tuvo tiempo para preguntar por la posibilidad de hablar con alguna de ellas cuando notó sobre su espalda como la mano del sacerdote lo empujaba a la salida.
A punto de abandonar el recinto, llamó su atención un saco dispuesto en la entrada con algún tipo de comestible que el párroco procedió a agarrar.
Sin articular palabra el policía lo arrancó de las manos del eclesiástico, y se afanó en examinar la soga que lo anudaba, el capellán entre molesto y sorprendido le reprendió.
-¿Pero que hace con ese grano?
-La cuerda, es…- apuntaba mientras desataba el fardel derramando parte del contenido.
-¡Basta! –gruñó de mal humor el eclesiástico.
Vucetich lanzó una mirada violenta al hombre, que retrocedió al instante tras comprender el coste que tendría para su persona obstruir una investigación policial.
El sacerdote más ofuscado por el desperdicio de parte del alimento, que por el hecho de ser posible testigo de un crimen, contestó de mala gana a las preguntas del policía.
-¿De dónde procede este saco? –fue la primera pregunta del investigador
-Lo trae semanalmente un feligrés como donativo en agradecimiento a la Santa.
-¿Quién? –preguntó el policía inquisitivamente.
...sigue capítulo I
El capellán que por fin parecía darse cuenta de la gravedad del asunto, dejó de mirar con impotencia como los pájaros comían el trigo que se había esparcido sobre las losetas de la calle y le habló con gran admiración de Don Ginés Hurtado, un magnánimo donante llevado casi a la categoría de santo varón. Una hora después estaba en la dirección facilitada por el párroco, una espléndida finca a las afueras de la capital.
Don Ginés Hurtado era un aristócrata de rasgos y modos enérgicos, sus ropajes color esmeralda y bordados en oro, acentuaban el verde de unos ojos que brillaban casi de igual modo que su cabello dorado. Pero no fue esta apariencia cuidada en extremo lo que desencajó al inspector, sino la frialdad mostrada mientras una docena de agentes removían hasta el último rincón de su morada provocando el estupor de los criados que, atemorizados por la reacción del patrón, se negaron a pronunciar una sola palabra que dejase en entredicho la reputación de su señor.
Buscaron en cada rincón, sin encontrar un mínimo detalle que pudiera incriminarlo, hasta que algo llamó la atención del detective, a lo lejos pudo distinguir un ligero reflejo procedente de una tupida arboleda situada a unos kilómetros.
-¿Qué hay allí?- preguntó Vucetich señalando en la trayectoria de la que procedía el destello.
-Es solo una casona medio derruida que está en desuso –añadió el terrateniente.
-Echaremos un vistazo –agregó el policía.
-Puede ser peligroso, está casi derruida, una viga podría caerles encima.
El inspector pudo apreciar un ligero nerviosismo apenas perceptible en aquel sujeto que, hasta el momento, no manifestó ni un ápice de preocupación por la posibilidad de una inminente acusación de asesinato.
Sin escuchar a su interlocutor el policía argentino acompañado de dos agentes se dispuso a investigar la procedencia del resplandor, llegaron a la ruinosa casona oculta entre el frondoso ramaje del bosque, presentaba un aspecto amenazante tal como había apuntado Don Ginés, pero aquello solo suponía un insignificante inconveniente para alguien como Vucetich que apartando unas ramas secas que tapaban la puerta penetró en la edificación. Los policías que lo acompañaban optaron por esperar en la retaguardia hasta que escucharon como su jefe los reclamaba apremiantemente.
Desde fuera parecía un lugar que hacía mucho tiempo no visitaba ningún ser humano, pero dentro ofrecía una visión totalmente opuesta, se había acomodado para dar cabida a una macabra función, esqueletos de animales muertos se amontonaban en un rincón y sus cabezas, clavadas sobre picas, servían de decorado al fatal hallazgo. Distinguieron una escalera que concluía en un trampolín desde el que las muchachas se lanzaban con la soga al cuello.
También localizaron el hacha con la que se seccionaba la cuerda cuando la vida abandonaba a las víctimas, culminando así un sacrificio lóbrego procedente de mentes perturbadas.
Quinto
Nadie fue capaz de cuantificar la fortuna de Don Ginés Hurtado, lo educaron en la creencia de que con dinero todo es posible, y así fue durante mucho tiempo. Era un exitoso hombre de negocios, multiplicaba sus ganancias en empresas donde otros fracasaban. Tras su detención corrió el rumor de que los macabros asesinatos eran una ofrenda al diablo a quien atribuía su éxito en la vida, verdad o mentira, es uno de los misterios de esta historia.
Su detención vino acompañada de la de otras muchas personas influyentes de Sevilla, entre ellas políticos, eclesiásticos y empresarios, que pasaron de no tener nada a tenerlo todo, sin que nadie otorgara explicación posible a tan repentino cambio de suerte.
Vucetich ordenó registrar la casa del terrateniente a conciencia, levantaron el suelo, derribaron paredes, destrozaron muebles y rajaron colchones, buscaban pistas para incriminar a los culpables. Al tercer registro, cuando las protestas entre los agentes eran patentes, se encontró un pequeño cofre dentro de una viga hueca del techo, allí estaba la prueba que llevaría a Don Ginés y a sus cómplices ante el verdugo.
Hallaron un documento firmado por personajes ilustres de la sociedad sevillana, exponía la creación de un consorcio secreto que ganaba favores a cambio de la expiación de inocentes, entre ellos figuraba Octavio Cortés, un joven fotógrafo que adquirió fama a nivel nacional. Octavio era aprendiz del físico Gabriel Lippman, dicho físico fue quien un año más tarde hizo público un descubrimiento, cómo obtener fotografías en color mediante un procedimiento complejo que muy pocos conocían.
Octavio Cortés fue el autor de las fotografías que se encontraron junto al manuscrito, tomadas instantes antes del irracional sacrificio. La parte posterior de los retratos mostraba el nombre, procedencia de las víctimas y la fecha del crimen.
Vucetich quedó paralizado al comprobar que el primero de los retratos pertenecía a Iris, “¿cómo es posible? “ quizás tras sobrevivir a esos trastornados permanecía escondida en aquella zona marginal de la ciudad. Abandonó la escena ante el asombro de los presentes y fue en busca de la mujer, guardando su retrato en el bolsillo de la chaqueta.
Ansiaba llegar a su lado para decirle que era libre, que no tendría que esconderse jamás, que nadie más le haría daño y, que algo había despertado en su interior desde que la conoció.
Entró en la estancia donde la vio por primera vez conmemorando cada detalle de aquel mágico instante, todo estaba tal y como recordaba, cada ramillete colgado del techo, cada frasco, la mesa, el camastro del suelo y ella al fondo.
Cuando la mujer que estaba de espaldas se giró, Vucetich sobresaltado dio un paso atrás derribando una de las inconsistentes estanterías y esparciendo por el suelo restos fétidos de despojos podridos.
La visión de la mujer cuyo aspecto era el de la vieja que todos habían descrito, le provocó un estremecimiento que enturbió sus sentidos.
-Ella estuvo aquí –dijo la bruja – quería indicarte el camino.
Vucetích paralizado notó como la mano huesuda de la hechicera tomaba la suya, en aquel momento perdió el sentido.
Despertó en su habitación con el retrato de Iris entre las manos.
Hoy en pleno siglo XXI se sabe que sobre el lugar que sirvió de escenario a los macabros asesinatos se construyó el psiquiátrico de Miraflores.
Fin capitulo I
También yo he leído lo que has escrito de tu "La liberación de Cecilia", y me ha gustado, pero en estos momentos está paralizado el foro. Normalmente, hay entre diez o doce compañeros foreros en activo. Pero, según se ve, estamos en mala racha de participantes. Lo siento.
Aprovecho para decirte que te puede interesar esto:
https://literanoicos.com/
Ahí estamos inscritos algunos foreros de este foro. Puedes insertar obras tuyas o leer y comentar las de otros escritores, o ambas cosas.
Un saludo cordial
La pasé a un Word para leerla con más comodidad (mayor letra y fondo más apropiado a la vista), por su extensión.
Te felicito por la habilidad que has mostrado en su redacción, que me enganchó desde un primer momento.
Angel