No he sido un hombre feliz, ni siquiera he llegado a saber en qué consiste esa utopía que denominan felicidad. A lo largo y ancho de mi vida he tenido la oportunidad de conocer a personas de diferentes pelajes y he podido ver que el bienestar moral puede aglutinarse en torno a las cosas más inverosímiles y contradictorias. Infinitos son los cebos que el hombre se pone para cazar la felicidad. A mí, siempre me han parecido artilugios con que nos pescamos a nosotros mismos, de un modo ingenuo, incansable, agotador, como el ratón queriendo atrapar al gato. Al menos yo, siempre me he sentido con la sensación de estar luchando contra fuerzas invencibles
Alexia era una mujer joven, guapa y con unas hechuras más sobresalientes que otras de su misma edad. Vivía en un pueblo de la provincia de Sevilla. Estaba casada con un millonario hombre de negocios, mayor que ella. Cuando salía a la calle, la rodeada un enjambre de admiradores y algunos lograban hablar con ella. Yo, un vecino observador, una noche llegué más temprano de lo normal en mí a mi casa. Mientras distraídamente miraba por la ventana, Alexia entraba a su chalé y vi que un individuo joven y fornido la seguía a corta distancia. En ese momento tuve la estremecedora sensación de que la estaban acechando. Pero no, era un guardaespaldas contratado por su marido. Alexia era una mujer de fiar, pero su esposo no se fiaba de nadie.
“¿Tú eres... tú eres la parca?”. La calavera no abrió sus mandíbulas, pero sus palabras se podían escuchar con claridad. “No, yo soy una imagen, una idea que tu cultura plantó en vuestras mentes sobre el fenómeno que conocéis como parca; tus antepasados crearon esta tétrica forma simbólica para representar mi aparición; para ellos era solo lo terrible en un grado superlativo; es bueno para ti que puedas verme de esta manera, porque soy la reconstrucción personal que elaboras de la imagen, porque si vieses lo que realmente soy, la esencia que ahora te rodea, perderías la razón irremisiblemente”.
Los zurcidos que sostenían su corazón terminaban por soltarse tras la última traición. Había soportado infidelidades, triquiñuelas, mentiras, carantoñas falsas, hipócritas te quiero, porque aún seguía enamorada de él. Olvidarlo era el mayor de sus anhelos, lo que más deseaba era dejar de recordar sus brazos rodeando su cuerpo, borrar todas las huellas de sus caricias y besos, no volver a catar sus labios, soterrar en los más hondo de su ser su olor, navegar en un mar nuevo, tirar por la borda todos los sabores, antes ingeridos, ahora atragantados. ¡Cuántas dañinas verdades escupían sus labios mientras hablaban de amor en ese desgarrador final! ¡Cuántas ganas tenía de escapar a toda vela del mástil, antaño fuerte, hogaño débil, pero que todavía sostenía sus corazones! En su recogimiento de sufrimiento y dolor, solamente quería como un pírrico consuelo pensar que también su ex marido iba a sufrir por el amor perdido.
Las esposas eran dos mujeres infieles y gastosas, que solo se preocupaban de vivir una vida padre. El día en que los abogados les entregaron las sentencias de los divorcios, los maridos, hombres millonarios y amigos de toda la vida, las llamaron por separado y las citaron en una lujosa cafetería de la ciudad, sin que ellas imaginasen que iban a aparecer juntos. Ya reunidos los cuatro, con el consiguiente pasmo de ellas, uno de ellos dijo a las mujeres: “les comunico, señoritas, que obra en nuestro poder dos documentos oficiales, que repercuten positivamente en nosotros y negativamente en vosotras; uno es una acta notarial de una irrevocable separación de bienes, y el otro, una sentencia judicial de una exclusión de herencia. Y sin más, las dejaron atónitas y mudas, y, sonriendo, salieron, con el dedo pulgar de la mano derecha en vertical, de la cafetería.
Primavera 2000. La cita era en la ciudad de Sevilla. A los médicos que conseguimos sobrevivir al interrogatorio inquisitorial y al programa de capacitación, nos compensaron con un viaje a la África profunda, a arriesgar nuestras vidas con la remota esperanza de salvar otras. Era mi primer viaje profesional. Nuestro vuelo llegó poco antes del alba al aeropuerto de San Pablo. Ocho mil metros abajo, la urbe comenzaba a despertarse, cual mujer sensual que se sacude la languidez de los primeros rayos solares. Una vez pasada la revisión de mi equipaje en la terminal, empecé a subir los escalones de dos en dos y luego cogí el metro hasta el corazón de la ciudad, que palpitaba con ese ruido concreto del intenso tráfico matutino. Miré mi reloj de pulsera y a la vez el mapa de la ciudad. Un taxi me llevó hasta el "Centro Médico Internacional", que era una reliquia arquitectónica anquilosada, situada en en la Plaza de España de la capital andaluza. Y allí fue cuando la vi por primera vez. Me quedé asombrado. Era una mujer diferente a cuantas otras había visto con anterioridad.
Antonio Chávez López Sevilla mayo 2000
(Ese es un fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
El jefe de expedición me fue presentando a todos los colegas médicos, hasta que llegó el turno de Aitana, la chica que tanto me había impresionado. Contuve la respiración unos segundos. Era un poema sin palabras; bellísima, exquisita, maravillosa, ¡increíble! Vestía vaqueros ajustados y blusa verde. No iba maquillada. Su pelo azabache, recogido en cola de caballo. “No juzgues a Aitana por su apariencia física, es una médico tan acertada en sus diagnósticos que la seleccioné, aunque su abuelo era un matasanos y su padre causa cáncer en los pulmones”, me dijo el jefe, al percatarse de mi rendida admiración. “Hola”, me las avié para decir; “puedo entender el pecado de tu abuelo, ¿pero qué convierte a tu padre en un carcinógeno?”. “Simple, sonrió burlona, se apellida Barreiros”. “¿Te refieres al propietario de la fábrica de coches?”. “¡Bingo! Él es el mayor contaminante de autopistas, carreteras y caminos, por no citar los infinitos desperdicios químicos que vierte”. Miraron profundamente a mis ojos dos luceros grises y de nuevo la ama de esos luceros sonrió, se dio la vuelta y enseguida comenzó a caminar con un contoneo, que igual sería su contoneo natural, pero que yo lo veía insinuante y mareante.
Antonio Chávez López Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
A medida que pasaban los días, más ansia en mí por besarla, y por algo más. Iba a ser ese sábado de asueto el de una cena inolvidable. La sonrisa de Aitana me calaba hasta lo más recóndito de mi ser. Sus dedos, ornados con anillos de bisutería fina y de uñas rojas movían la cucharilla, haciéndola rechinar contra las citaras de la taza, a la vez que mis labios se veían atrapados entre mis dentinas, y mis miradas encadenadas entre sonetos de amor. Mis ojos, de cuando en cuando se posaban en su busto, causándole a su guapo rostro un ingenuo rubor que quitaría la cordura a todo hombre. Una de las cosas por las que me enamoré de Aitana era por su actitud, que causaba en mí igual reacción, pero triplicada. Terminada ya la cena, solté la bomba: “te quiero desde que te vi por primera vez en el Centro Médico, te quiero por ser una buena colega, y te quiero más por lo que deseo que seas esta noche en mi habitación del hotel; ahora, ante nuestro inminente encuentro, que a buen seguro me dejará marcado para los resto, veo mis ojos del color del castaño incrustados en los tuyos grises”.
Antonio Chávez López Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
Desde aquella 'suculenta' noche, nuestra amistad tomó un nuevo rumbo. Pero me sentía confuso. No me atrevía a pedirle una relación formal por miedo a no sé qué. Pasábamos las tardes de nuestros días libres sentados en un café bohemio, con amplias vidrieras, removiendo el café, aguado, que nos servían. Pero qué decir, aun la poca calidad del café, el tomármelo en compañía de aquellos ojazos grises, hacía posible que su sabor supiese a gloria bendita a cada sorbo. Algunas noches dormíamos juntos, y era entonces cuando mis manos exploraban su anatomía, en busca de nuevas sensaciones, para saber cómo era cada milímetro de su piel. Sus suspiros acelerados animaban a juguetear con sus intimidades más íntimas. Me suplicaba que parase, que no siguiese, pero mi cerebro me daba órdenes de no obedecer. Sus gemidos aumentaban de intensidad, dando la bienvenida a una diabólica faceta de disfrute sexual por parte de ambos.
Antonio Chávez López Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
Y con todos los colegas nos fuimos a África, concretamente a Etiopía, y más en concreto a su capital Addis Ababa. La hambruna y las enfermedades en toda Etiopía, arrasaban a la población. A los pocos días de estancia, Aitana empezó a sentir un malestar extraño, que, no por falta de asistencia médica, evidentemente, empeoraba por momento. Había contraído una enfermedad infecciosa, degenerativa y galopante. Murió a los tres meses, y mi amor se fue para siempre con su amor por mí. Hasta su último aliento estuve a su lado. Fue repatriada a España, y yo rogué a su poderoso padre que no fuera incinerada, que fuera enterrada, pero en la necrópolis de mi ciudad. Accedió. Después de este palo, pedí al jefe de expedición que me dejase regresar, hasta poder restablecerme un poco. Iba a diario a visitar la tumba de Aitana, y siempre con las misma palabras en mis labios: “Ojazos míos, que sepas que eras la mujer de mi vida”.
Antonio Chávez López Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
Después del aislamiento por covid, estuve muy entretenida (no escribí nada) porque ¡vino mi madre desde España! Así que tuve una semana estupenda de abrazos y besos maternales.
Nos van a poner una valla nueva, pero no sé cuándo. Paciencia.
Qué suerte, Gades. Lo digo por el turismo, no por la distancia, claro. Hoy en día, no la llevaría nada bien.
Sí, el turismo genial, la distancia pesa mucho mucho.
Buenas noches. ¿Qué estáis haciendo? ¿Algún proyecto de escritura? ¿Algún plan para las vacaciones -si las tenéis-? Antonio, ¿estás ya en suelo patrio?
Proyectos sí, posibilidades de llevarlos a cabo aún no. A ver si mi vida se asienta de una vez que hay días que no sé si estoy en Toledo, Ávila o Cáceres o soñando.
Buenas tardes a todos. No me tomo un café ahora porque creo que ya llevo de más y a saber si luego dormiré bien. Pero me tomaría unas tortitas ricas. Antonio, es admirable tu capacidad para mantener esto con vida. El foro eres tú.
Buenas tardes a todos. No me tomo un café ahora porque creo que ya llevo de más y a saber si luego dormiré bien. Pero me tomaría unas tortitas ricas. Antonio, es admirable tu capacidad para mantener esto con vida. El foro eres tú.
Las mujeres en España tienen su primer hijo cinco años más tarde de lo que querrían.
La precariedad económica y el cambio cultural lastran la natalidad en un país que se encamina a una tasa de fecundidad similar a la de la gran crisis: 1,2 hijos por mujer.
En esta España campeona de Europa en maternidad tardía, las mujeres tienen su primer hijo cinco años después de lo que quisieran o de lo que consideran ideal. Así, el país reúne madres con más edad y, por orden de la biología, menos mujeres con hijos. Este efecto dominó ofrece una foto de la demografía patria: menos madres y mayores de lo que las propias mujeres querrían.
Los datos definitivos de la Encuesta de Fecundidad del INE cuentan que cuatro de cada 10 mujeres entre 18 y 55 años (42%) han sido primerizas más tarde de lo que les parece idóneo. El porcentaje sube a la mitad (52%) en mujeres entre 40 y 44 años y al 47% entre 35 y 39 años.
Una de cada tres mujeres entre 30 y 34 años retrasó su primera maternidad casi cuatro años. Cerca de la mitad de las de 35 a 39 años, casi cinco. Más de la mitad de las de 40 a 44 años, más de cinco (5,5) y cuatro de cada 10 de 45 años de edad o más, atrasó ser primeriza casi seis años (5,6).
Un ejemplo: si la mitad de las mujeres con 37 años de edad hubiera tenido su primer hijo cuando quería, habría sido madre a los 32. Y es posible que eso hubiera multiplicado las posibilidades de tener un segundo.
* Ll menos en la mitad de esa franja de mujeres, una probabilidad real de más hijos. * Una posibilidad de más natalidad en España. * Y eso vale para las demás franjas de edad.
Las mujeres le han contado al INE el porqué de todo esto: fundamentalmente, la suma de las razones laborales, las económicas y de conciliación trabajo/familia. También influye, menos, la ausencia de una relación estable, la salud o la falta coyuntural de preparación.
Eurostat publicó que España era el país de Europa donde más se retrasa la maternidad (casi una de cada 10 mujeres tiene su primer hijo a los 40 años), pero no dijo por qué. Los expertos en demografía y sociología hablaron ese día de los agobios económicos, la pobreza laboral, los precios de la vivienda y las complicaciones para conciliar el trabajo y la vida personal.
También resaltaron la salida de la mujer del ámbito privado del hogar hacia el público del empleo, un cambio social donde ella ya no es una mera receptora de hijos, aquel viejo «ama de casa» en retirada.
El tercer factor apunta a la peleada siembra de la cultura feminista desde los años 80 en España y la idea de que para alcanzar la plenitud como mujer no es obligatoria la maternidad.
Aun con todo, la estabilidad económica se alza como un motivo clave al analizar la natalidad de un país. Lo explica Diego Ramiro Fariñas, director del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): «El 'boom económico' incrementó la natalidad, pero la recesión volvió a rebajar los índices. Históricamente, hemos visto que a menor nivel educativo, la fecundidad era más alta y a mayor nivel educativo, más baja. La razón es que las mujeres dedicaban más tiempo a su formación, se casaban más tarde y retrasaban la maternidad para que ésta no interrumpiera o condicionara su carrera profesional. Pero si ponemos esa realidad en relación con la crisis, vemos que las diferencias culturales desaparecen y que lo relevante es otra cosa: en mujeres en paro o con trabajos temporales, la caída de la fecundidad es mayor que en las que tienen trabajo fijo».
Le da la razón la base de datos de Human Fertility, un servicio del Instituto Max Planck de Investigación Demográfica (Alemania) y del Instituto de Demografía de Viena (Austria) que refleja los cambios y las diferencias entre países en el pasado y en la era moderna.
Ese ingente trabajo estadístico demuestra que la curva de la tasa de fecundidad total en los últimos 40 años en España es una montaña rusa. La última vez que la media era dos hijos por mujer (2,03) fue en 1981. Los años 80 y 90 y sus crisis económicas -además de otros factores- hicieron que la cifra bajara al 1,12 de 1998. A partir de ahí, la media fue subiendo hasta el 1,44 de 2008. Aquel año marca el inicio de la crisis mundial que fue espantando maternidades en España hasta una media de 1,27 en 2013. Ahí, la curva volvió a subir y se colocó en 2016 en un 1,33 por mujer o pareja. Pero la cosa ha vuelto camino del sótano: 1,25 en 2018.
Comentarios
Buenas
Buenas tardes, España
Mi búsqueda constante de la felicidad
No he sido un hombre feliz, ni siquiera he llegado a saber en qué consiste esa utopía que denominan felicidad. A lo largo y ancho de mi vida he tenido la oportunidad de conocer a personas de diferentes pelajes y he podido ver que el bienestar moral puede aglutinarse en torno a las cosas más inverosímiles y contradictorias. Infinitos son los cebos que el hombre se pone para cazar la felicidad. A mí, siempre me han parecido artilugios con que nos pescamos a nosotros mismos, de un modo ingenuo, incansable, agotador, como el ratón queriendo atrapar al gato. Al menos yo, siempre me he sentido con la sensación de estar luchando contra fuerzas invencibles
Antonio Chávez López
Sevilla marzo 2022
Alexia era una mujer joven, guapa y con unas hechuras más sobresalientes que otras de su misma edad. Vivía en un pueblo de la provincia de Sevilla. Estaba casada con un millonario hombre de negocios, mayor que ella. Cuando salía a la calle, la rodeada un enjambre de admiradores y algunos lograban hablar con ella. Yo, un vecino observador, una noche llegué más temprano de lo normal en mí a mi casa. Mientras distraídamente miraba por la ventana, Alexia entraba a su chalé y vi que un individuo joven y fornido la seguía a corta distancia. En ese momento tuve la estremecedora sensación de que la estaban acechando. Pero no, era un guardaespaldas contratado por su marido. Alexia era una mujer de fiar, pero su esposo no se fiaba de nadie.
Antonio Chávez López
Sevilla marzo 2022
“¿Tú eres... tú eres la parca?”. La calavera no abrió sus mandíbulas, pero sus palabras se podían escuchar con claridad. “No, yo soy una imagen, una idea que tu cultura plantó en vuestras mentes sobre el fenómeno que conocéis como parca; tus antepasados crearon esta tétrica forma simbólica para representar mi aparición; para ellos era solo lo terrible en un grado superlativo; es bueno para ti que puedas verme de esta manera, porque soy la reconstrucción personal que elaboras de la imagen, porque si vieses lo que realmente soy, la esencia que ahora te rodea, perderías la razón irremisiblemente”.
Sevilla marzo 2022
Sevilla marzo 2022
Las esposas eran dos mujeres infieles y gastosas, que solo se preocupaban de vivir una vida padre. El día en que los abogados les entregaron las sentencias de los divorcios, los maridos, hombres millonarios y amigos de toda la vida, las llamaron por separado y las citaron en una lujosa cafetería de la ciudad, sin que ellas imaginasen que iban a aparecer juntos. Ya reunidos los cuatro, con el consiguiente pasmo de ellas, uno de ellos dijo a las mujeres: “les comunico, señoritas, que obra en nuestro poder dos documentos oficiales, que repercuten positivamente en nosotros y negativamente en vosotras; uno es una acta notarial de una irrevocable separación de bienes, y el otro, una sentencia judicial de una exclusión de herencia. Y sin más, las dejaron atónitas y mudas, y, sonriendo, salieron, con el dedo pulgar de la mano derecha en vertical, de la cafetería.
Sevilla marzo 2022
Primavera 2000. La cita era en la ciudad de Sevilla. A los médicos que conseguimos sobrevivir al interrogatorio inquisitorial y al programa de capacitación, nos compensaron con un viaje a la África profunda, a arriesgar nuestras vidas con la remota esperanza de salvar otras. Era mi primer viaje profesional. Nuestro vuelo llegó poco antes del alba al aeropuerto de San Pablo. Ocho mil metros abajo, la urbe comenzaba a despertarse, cual mujer sensual que se sacude la languidez de los primeros rayos solares. Una vez pasada la revisión de mi equipaje en la terminal, empecé a subir los escalones de dos en dos y luego cogí el metro hasta el corazón de la ciudad, que palpitaba con ese ruido concreto del intenso tráfico matutino. Miré mi reloj de pulsera y a la vez el mapa de la ciudad. Un taxi me llevó hasta el "Centro Médico Internacional", que era una reliquia arquitectónica anquilosada, situada en en la Plaza de España de la capital andaluza. Y allí fue cuando la vi por primera vez. Me quedé asombrado. Era una mujer diferente a cuantas otras había visto con anterioridad.
Antonio Chávez López
Sevilla mayo 2000
(Ese es un fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
¿Era la mujer de mi vida? II
El jefe de expedición me fue presentando a todos los colegas médicos, hasta que llegó el turno de Aitana, la chica que tanto me había impresionado. Contuve la respiración unos segundos. Era un poema sin palabras; bellísima, exquisita, maravillosa, ¡increíble! Vestía vaqueros ajustados y blusa verde. No iba maquillada. Su pelo azabache, recogido en cola de caballo. “No juzgues a Aitana por su apariencia física, es una médico tan acertada en sus diagnósticos que la seleccioné, aunque su abuelo era un matasanos y su padre causa cáncer en los pulmones”, me dijo el jefe, al percatarse de mi rendida admiración. “Hola”, me las avié para decir; “puedo entender el pecado de tu abuelo, ¿pero qué convierte a tu padre en un carcinógeno?”. “Simple, sonrió burlona, se apellida Barreiros”. “¿Te refieres al propietario de la fábrica de coches?”. “¡Bingo! Él es el mayor contaminante de autopistas, carreteras y caminos, por no citar los infinitos desperdicios químicos que vierte”. Miraron profundamente a mis ojos dos luceros grises y de nuevo la ama de esos luceros sonrió, se dio la vuelta y enseguida comenzó a caminar con un contoneo, que igual sería su contoneo natural, pero que yo lo veía insinuante y mareante.
Antonio Chávez López
Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
¿Era la mujer de mi vida? III
A medida que pasaban los días, más ansia en mí por besarla, y por algo más. Iba a ser ese sábado de asueto el de una cena inolvidable. La sonrisa de Aitana me calaba hasta lo más recóndito de mi ser. Sus dedos, ornados con anillos de bisutería fina y de uñas rojas movían la cucharilla, haciéndola rechinar contra las citaras de la taza, a la vez que mis labios se veían atrapados entre mis dentinas, y mis miradas encadenadas entre sonetos de amor. Mis ojos, de cuando en cuando se posaban en su busto, causándole a su guapo rostro un ingenuo rubor que quitaría la cordura a todo hombre. Una de las cosas por las que me enamoré de Aitana era por su actitud, que causaba en mí igual reacción, pero triplicada. Terminada ya la cena, solté la bomba: “te quiero desde que te vi por primera vez en el Centro Médico, te quiero por ser una buena colega, y te quiero más por lo que deseo que seas esta noche en mi habitación del hotel; ahora, ante nuestro inminente encuentro, que a buen seguro me dejará marcado para los resto, veo mis ojos del color del castaño incrustados en los tuyos grises”.
Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
¿Era la mujer de mi vida? IV
Desde aquella 'suculenta' noche, nuestra amistad tomó un nuevo rumbo. Pero me sentía confuso. No me atrevía a pedirle una relación formal por miedo a no sé qué. Pasábamos las tardes de nuestros días libres sentados en un café bohemio, con amplias vidrieras, removiendo el café, aguado, que nos servían. Pero qué decir, aun la poca calidad del café, el tomármelo en compañía de aquellos ojazos grises, hacía posible que su sabor supiese a gloria bendita a cada sorbo. Algunas noches dormíamos juntos, y era entonces cuando mis manos exploraban su anatomía, en busca de nuevas sensaciones, para saber cómo era cada milímetro de su piel. Sus suspiros acelerados animaban a juguetear con sus intimidades más íntimas. Me suplicaba que parase, que no siguiese, pero mi cerebro me daba órdenes de no obedecer. Sus gemidos aumentaban de intensidad, dando la bienvenida a una diabólica faceta de disfrute sexual por parte de ambos.
Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
¿Era la mujer de mi vida? V
Y con todos los colegas nos fuimos a África, concretamente a Etiopía, y más en concreto a su capital Addis Ababa. La hambruna y las enfermedades en toda Etiopía, arrasaban a la población. A los pocos días de estancia, Aitana empezó a sentir un malestar extraño, que, no por falta de asistencia médica, evidentemente, empeoraba por momento. Había contraído una enfermedad infecciosa, degenerativa y galopante. Murió a los tres meses, y mi amor se fue para siempre con su amor por mí. Hasta su último aliento estuve a su lado. Fue repatriada a España, y yo rogué a su poderoso padre que no fuera incinerada, que fuera enterrada, pero en la necrópolis de mi ciudad. Accedió. Después de este palo, pedí al jefe de expedición que me dejase regresar, hasta poder restablecerme un poco. Iba a diario a visitar la tumba de Aitana, y siempre con las misma palabras en mis labios: “Ojazos míos, que sepas que eras la mujer de mi vida”.
Sevilla mayo 2000
(Otro fragmento de mi novela "¿Era la mujer de mi vida?".)
Antonio, es admirable tu capacidad para mantener esto con vida. El foro eres tú.
El foro del literato
dura
Buenas tardes, España
Buenas tardes
Sobre todo a @Margarita_RG que se nos suma al café.
Buenas días
Buenas tardes
Después de lo que he parido,
¿qué le digo yo a mi marido?
La alegría que experimentarán sus amos
cuando aparezcan sus 100 hermanos
Rebanada acojonada
Por fin una familia feliz
Y esta rata quien la mata
Alarmante descenso de la natalidad en España
Las mujeres en España tienen su primer hijo cinco años más tarde de lo que querrían.
La precariedad económica y el cambio cultural lastran la natalidad en un país que se encamina a una tasa de fecundidad similar a la de la gran crisis: 1,2 hijos por mujer.
En esta España campeona de Europa en maternidad tardía, las mujeres tienen su primer hijo cinco años después de lo que quisieran o de lo que consideran ideal. Así, el país reúne madres con más edad y, por orden de la biología, menos mujeres con hijos. Este efecto dominó ofrece una foto de la demografía patria: menos madres y mayores de lo que las propias mujeres querrían.
Los datos definitivos de la Encuesta de Fecundidad del INE cuentan que cuatro de cada 10 mujeres entre 18 y 55 años (42%) han sido primerizas más tarde de lo que les parece idóneo. El porcentaje sube a la mitad (52%) en mujeres entre 40 y 44 años y al 47% entre 35 y 39 años.
Una de cada tres mujeres entre 30 y 34 años retrasó su primera maternidad casi cuatro años. Cerca de la mitad de las de 35 a 39 años, casi cinco. Más de la mitad de las de 40 a 44 años, más de cinco (5,5) y cuatro de cada 10 de 45 años de edad o más, atrasó ser primeriza casi seis años (5,6).
Un ejemplo: si la mitad de las mujeres con 37 años de edad hubiera tenido su primer hijo cuando quería, habría sido madre a los 32. Y es posible que eso hubiera multiplicado las posibilidades de tener un segundo.
* Ll menos en la mitad de esa franja de mujeres, una probabilidad real de más hijos.
* Una posibilidad de más natalidad en España.
* Y eso vale para las demás franjas de edad.
Las mujeres le han contado al INE el porqué de todo esto: fundamentalmente, la suma de las razones laborales, las económicas y de conciliación trabajo/familia. También influye, menos, la ausencia de una relación estable, la salud o la falta coyuntural de preparación.
Eurostat publicó que España era el país de Europa donde más se retrasa la maternidad (casi una de cada 10 mujeres tiene su primer hijo a los 40 años), pero no dijo por qué. Los expertos en demografía y sociología hablaron ese día de los agobios económicos, la pobreza laboral, los precios de la vivienda y las complicaciones para conciliar el trabajo y la vida personal.
También resaltaron la salida de la mujer del ámbito privado del hogar hacia el público del empleo, un cambio social donde ella ya no es una mera receptora de hijos, aquel viejo «ama de casa» en retirada.
El tercer factor apunta a la peleada siembra de la cultura feminista desde los años 80 en España y la idea de que para alcanzar la plenitud como mujer no es obligatoria la maternidad.
Aun con todo, la estabilidad económica se alza como un motivo clave al analizar la natalidad de un país. Lo explica Diego Ramiro Fariñas, director del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): «El 'boom económico' incrementó la natalidad, pero la recesión volvió a rebajar los índices. Históricamente, hemos visto que a menor nivel educativo, la fecundidad era más alta y a mayor nivel educativo, más baja. La razón es que las mujeres dedicaban más tiempo a su formación, se casaban más tarde y retrasaban la maternidad para que ésta no interrumpiera o condicionara su carrera profesional. Pero si ponemos esa realidad en relación con la crisis, vemos que las diferencias culturales desaparecen y que lo relevante es otra cosa: en mujeres en paro o con trabajos temporales, la caída de la fecundidad es mayor que en las que tienen trabajo fijo».
Le da la razón la base de datos de Human Fertility, un servicio del Instituto Max Planck de Investigación Demográfica (Alemania) y del Instituto de Demografía de Viena (Austria) que refleja los cambios y las diferencias entre países en el pasado y en la era moderna.
Ese ingente trabajo estadístico demuestra que la curva de la tasa de fecundidad total en los últimos 40 años en España es una montaña rusa. La última vez que la media era dos hijos por mujer (2,03) fue en 1981. Los años 80 y 90 y sus crisis económicas -además de otros factores- hicieron que la cifra bajara al 1,12 de 1998. A partir de ahí, la media fue subiendo hasta el 1,44 de 2008. Aquel año marca el inicio de la crisis mundial que fue espantando maternidades en España hasta una media de 1,27 en 2013. Ahí, la curva volvió a subir y se colocó en 2016 en un 1,33 por mujer o pareja. Pero la cosa ha vuelto camino del sótano: 1,25 en 2018.
Fuente: Internet
Los 22 chorizos que se comen el guiso