He aquí un nuevo cuento.
Espero que os guste.
CAMPO Y PLAYA
Las calles de mi antiguo barrio estaban pobladas por curiosos personajes.
Puede que fuera cutre, sucio, incluso algo decadente, pero a mi me encantaba vivir allí, quizás porque yo también soy algo cutre, sucio y decadente, según en qué día me cojas. El cálido matiz surrealista que se respiraba en aquellas esquinas me mantenía a gusto, aferrado a mi cordura, como un espectador insolvente que se ha colado en el teatro y que, debido a ello, da más valor a la función.
De entre todos los bichos raros que lo poblaban, mi favorito era “Campo y Playa”.
El certero mote se lo puso mi hermano, que tenía un don especial para tales menesteres y que, por lo tanto, era respetado en las calles como una especie de párroco. Todo aquel que buscara cierta notoriedad debía, indefectiblemente, ser bautizado por él. Estaban los motes basados en personajes famosos: “David el gnomo”, “Chuck Norris”, “Bud Spencer”, “Marujita Díaz”, “la Vaca Que Ríe”, “Robocop”; los descriptivos: “el Musculitos”, “el Peonza”, “el Día Sin Pan”, “el Chino”; o los costumbristas: “el Abuelo”, “el Papa Brava”, “Carajillo López”, “el Dinamita”, etc, etc, y etc.
Y también estaba “Campo y Playa”.
“Campo y Playa” permanecía desaparecido durante todo el invierno y sólo hacía acto de presencia con los primeros rayos de Sol estivales.
Cuarentón, medio calvo y barrigón, paseaba indolente por la avenida con una sonrisa de triunfador en los labios. Vestía, sin excepción, unas bermudas horribles de flores estampadas, camiseta de tirantes, y chancletas de goma. Colgada de su enrojecido cuello una toalla playera desteñida por la vejez y la lavadora. Caminaba de aquí para allá durante todo el día, y cuando se cansaba, se acercaba a la esquina de mi calle, se encaramaba a la pequeña barandilla de protección que separaba calzada y acera y entrecerraba los ojos, como si estuviera en el paraíso y contemplando la más bella puesta de Sol.
Allí, sobre la baranda oxidada, ignorando la batalla que libraban los coches a su espalda, parecía una versión algo desaliñada de la rana Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo. Sólo que no era Barrio Sésamo. Era mi barrio.
Yo le observaba desde el balcón, fumando un cigarrillo y envidiando en secreto aquella calma, ese vivir el momento de pirado feliz que tenía.
Divina locura.
Un día, cuando mi mudanza era inminente, decidí satisfacer mi curiosidad.
Salí a la calle, caminé en dirección a la esquina y me senté en la barandilla, junto a él.
“Campo y Playa” me miró con su sonrisa de triunfador y me saludó con una elegante inclinación de cabeza que yo devolví educadamente.
Al poco, me decidí, y me arriesgué a entablar una conversación:
— ¿Está buena el agua?— pregunté.
“Campo y Playa” me miró de nuevo, sorprendido por mi comentario, y un pequeño matiz de admiración brillaba en sus ojos.
— Pché— respondió—. Todavía está algo fría para mi gusto. En septiembre es cuando está mejor.
— Claro, porque el agua ha cogido todo el calor del verano.
— Y además hay menos gente.
Nos quedamos unos minutos en silencio; él viendo el mar, y yo sin ver más que una rotonda.
— Hay calas bonitas por aquí— dije, ofreciéndole un cigarro.
— Sí, pero ésta es la mejor— dijo él, aceptándolo.
Fumamos juntos, cada uno perdido en sus pensamientos. Y al cabo de un rato comprendí que ya tenía lo que quería y que era mejor retirarme con buen sabor de boca.
Así que me despedí deseándole buena suerte.
Cuando estaba abriendo la puerta de la portería, me gritó desde su atalaya:
— ¡Otra vez te vienes con el bañador y nos damos un chapuzón!
Dejé el barrio hace ya tiempo, y a veces lo echo de menos.
De vez en cuando, pero muy de vez en cuando, le pregunto a mi hermano por los bichos raros, y hace poco me dio una mala noticia.
“Campo y Playa” había muerto.
Al parecer, un golpe de viento se le llevó la toalla, él se revolvió sobre la baranda para atraparla al aire, y perdió el equilibrio. Cayó hacia atrás justo cuando pasaba el autobús.
Me pregunto si en el momento final vería el monstruo mecánico que se le echaba encima, o quizás imaginara un cachalote saltando majestuoso sobre las aguas profundas.
Sólo sé que desde que hablé con él, de madrugada, cuando me voy a dormir, a través de la ventana, escucho con atención el ir y venir de los coches.
Y justo antes de perder la consciencia, se me antoja que el ruido de los neumáticos sobre el asfalto no es más que el rumor de las olas, lamiendo la orilla.
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saludos.