PEÓN BLANCO
Faltaba media hora para las 8 p.m. Habían quedado en que se encontrarían en aquella placita en donde personas de todas las condiciones jugaban al ajedrez. Recordaba, hacía mucho tiempo, cuando caminando despreocupadamente por el centro de la ciudad, se topó por pura casualidad con esta simpática plaza. Ya antes le habían hecho mención de un lugar en donde, durante todo el día, gentes extrañas, se batían en dura lucha frente a un tablero moviendo las piezas como armas letales. Recordó también que él mismo había sucumbido a la tentación de pertenecer a esa casta de guerreros, que se batían por puro placer, sin ninguna nación que defender, sin ninguna Helena de Troya que rescatar. Aquella tarde fría y de garúa, que hacía más intensa las penas y más insoportable la espera, había perdido sin atenuantes. Creyó que eso era suficiente, le habían dado una lección de ajedrez magistral, a su modo de ver, y ya analizaría en la calidez de su hogar, con mayor detalle, las causas de la derrota; a pesar de todo, creyó que había luchado con honor; sin embargo hubo algo que lo despojó de aquello que lo rescataba de la miseria de los vencidos: tenía que pagar por haber sido derrotado.
Ahora lo recordaba todo con claridad, mientras su mirada recorría una vez más los alrededores del lugar, esperando verla llegar, con su andar despreocupado. Las mesitas donde se posaban las pequeñas estatuas guerreras de silicona habían desaparecido, y algún viejo pasaba por su lado murmurando alguna jugada que tal vez no hizo y que quizá le hubiera dado una victoria segura. Había quedado con A… que esa sería la última noche en la que se encontrarían. “Te esperaré en la plaza Francia”, le dijo. Sabía que esa estratagema no fallaría. El primer día que la invitó a salir no tuvo mejor idea que llevarla a observar a los imperturbables jugadores; fuera de toda lógica, ella luego le confesó que nadie antes había sido más original, a pesar de que pasó largo rato sumida en tratar de dilucidar los intrincados pensamientos de los seres que movían sin ningún sentido aparente unas gastadas piezas.
10 minutos para las 8 p.m. en su reloj pulsera; sacó sus negros guantes de lana y se los colocó torpemente. Se extrañó grandemente al pensar que durante veinte minutos se había mantenido extático, como una enorme pieza de ajedrez esperando la jugada de su amo. Movió las articulaciones y dio unos pasitos, más para quitarse de la cabeza esa idea que para desentumecerse. A partir de ahora todo se volvía en su contra y por primera vez, desde hacía tres horas, tuvo el infausto pensamiento de que quizá ella no llegaría a tiempo.
“¿Por qué no me llevas a otro lado y me enseñas a jugar?”. Él se lo prometió. Las mismas palabras que ella pronunciara aquella tarde, ahora sonaban igualmente sospechosas en su mente. Aquella vez la miró a los ojos y sólo vio una mujer sedienta de sexo, contorneando más de lo debido las caderas, distrayendo a los jugadores que parecían de piedra, y que sin embargo no perdía la inocencia de la mirada y la dulzura de una sonrisa ingenua. “Por favor, al hotel más cercano”, le dijo a un taxista quien no pudo contener la risa.
2 minutos para las 8 p.m., “Casi nada”, se dijo. No había más que esperar. Tenía planeado llevársela, cuando ella apareciera, a un lugar más elegante que el de aquella primera vez. Y no mostraría reticencia alguna al practicarle sexo oral. En aquel cuartucho en donde ella le reveló aquella constelación de pecas en la claridad de su depilado pubis, supo que jamás encontraría a mujer como la que se le ofrecía a los ojos. No tuvieron tiempo de los consabidos momentos previos. Como dos bestias que recobraran su libertad se arrancaron las ropas y tuvieron sexo sólo por instinto. Esta vez, pensó, hubiese sido infinitamente amoroso.
8:03 pm. Al caminar, de retorno, tropezó con un miserable peón blanco, quizá desertor de alguna cruenta batalla; amargamente murmuró que sería la primera vez que no cumpliría una promesa.
P.D. 8:06 pm, una mujer en solitario deambulaba por la plaza Francia. “Parecía contrariada, como si algo hubiera perdido”, decía la gente.
Comentarios
Leerte fue un gusto,
Lilitu
Saludos Lilitu