[FONT="]PRELUDIO A LA INVASIÓN[/FONT]
El control sobre el viñedo es algo en extremo importante dentro de la Sociedad Inmortal: es poder, territorio de cosecha, respeto y posición. Quién pierde este control ha perdido todo, es una paria que se arrastra entre los demás, tratando de buscar un lugar y una razón a su existencia. Todo regente sabe que el viñedo lo es todo, perderlo representa su extinción o peor aún, el ostracismo.
Esa motocicleta de corte clásico, muy similar a la usada en películas de los 80’s con punks ataviados en chamarras de cuero y collares con picos, llevaba cerca de una hora estacionada frente al cajero automático de una sucursal bancaria ubicada en la calle de Terranova. Una joven se encontraba recargada en ella. Vestía una gabardina larga azul oscuro, su playera era negra, así como sus jeans. Mechones dorados sujetos en una cola de caballo evitaban que molestara su visión, en su espalda una mochila de tamaño considerable en color morado, llena de parches con personajes de animé japonés y que al parecer había sido mal zurcida del cierre para reparar la descompostura del mismo.
Sonó su celular con el tono del réquiem de Mozart, era un moderno equipo PDA, con lo cual terminó su espera. Leyó el mensaje escrito que tanto había estado esperando.
—Entonces ya está depositado —sus ojos brillaron detrás sus lentes—. Tomaré un poco para lo que pueda necesitarse.
Insertó el plástico en la maquina y comprobó la cantidad con varios ceros en el saldo antes de retirar un poco de efectivo. Sería una noche corta, esa cantidad de trabajo exigía demasiado en la joven Volvalio, pero ya estaba acostumbrándose a ello. Subió de nuevo a la motocicleta, el sonido del motor rugir rompió con el silencio sepulcral de la calle; oprimió el freno y el acelerador para hacerla girar ciento ochenta grados y partió hacía la dirección señalada en el celular, un edificio ubicado en la avenida Enrique Díaz de León.
Habían pasado dos años desde la incursión de los cruzados en Huentitán. Mériac ahora realizaba ciertos trabajos para la familia por una cantidad de dinero; se había convertido en una pérdida razonable por un bien mayor.
Dentro de la Sociedad Inmortal recibían también el nombre de ejecutores; en su gran mayoría preternaturales con no más de cuarenta años de vida inmortal. Mériac había entrado en esa categoría para poder granjearse favores y territorio de cosecha, como le llamaban a las áreas donde podían alimentarse de humanos.
Desde aquella noche donde dejaron de existir Marcelo y Joshua, prefería trabajar sola; no le agrada tener que estar pendiente de otros o tener cargos de conciencia por salvar su existencia.
Le tomó media hora llegar a su destino. Estacionó la motocicleta en la parte lateral derecha del edificio, era un buen lugar por si las cosas no salían como tenía previsto y tuviera que huir. Caminó por la acera con seguridad, tranquila, un poco confiada. Un guardia mortal protegía la puerta de acceso; los cruzados no deseaban llamar la atención de sus enemigos usando sirvientes u otros preternaturales.
—
Sólo es entrar y tomar lo necesario— pensó Mériac para relajarse un poco.
Un informante había soltado de más la lengua. Ese edificio pertenecía a uno de esos renegados; dicha transacción tenía sólo una semana de haberse concretado como parte del movimiento de incursión, información que había sido detectada por la familia de Mériac. Ahora ella tenía que entrar, obtener nombres, fechas, todo cuanto pudiera extraer.
—¿Se le ofrece algo señorita? —preguntó el guardia con cierta desconfianza.
—Por supuesto —respondió con seguridad—, vengo a instalar una truncal para el servicio de fibra óptica que instalarán mañana a primera hora, así que déjeme pasar por favor, un enlace de microondas me espera.
Sus ojos penetraron como cuchillas. Aquellas palabras tenían cadencia y dulzura. Era imposible que mintiera, no tuvo más opción que dejarla pasar; pocos humanos podían resistirse al embrujo de las órdenes vampíricas.
Llevaba cerca de una hora sentada frente a la computadora sin poder extraer la información que necesitaba. Esa terminal no contaba con disco duro, así que sacó uno del interior de su chamarra, abrió el chasis de la máquina; siempre llevaba dentro de su mochila, además de su laptop, un set completo de herramientas, entre las cuales siempre venía un desarmador con varias puntas de diversos tipos y tamaños. De este modo, si tenía que desarmar algún equipo, o bien instalar algún programa, un minuto sería suficiente. El tiempo era apremiante, no sabía si algún rebelde llegaría al edificio.
—Por fin —suspiró aliviada.
Logró acceder a un par de carpetas compartidas en el servidor, pero nada importante; esa información estaba oculta en las entrañas del servidor mismo. Inició un ataque masivo contra el algoritmo de seguridad.
—¡Carajo, es Linux! —maldijo furiosa— ¿Por qué no usan el servidor ese que usan todas las empresas y que truena más fácil que un globo?
Abrió de nuevo la terminal para sacar el disco duro, minutos después avanzaba buscando el lugar donde se encontraban los servidores. Los minutos pasaban y comenzaba a ser presa de un sentimiento de frustración; cuando por fin vio la habitación de cristal donde se encontraban los servidores y que en el argot de la gente encargada de sistemas recibe el nombre de “pecera”.
Las
peceras reciben ese nombre por tener paredes de cristal, en su interior se encuentran servidores y routers de conexión; con una temperatura controlada, para evitar sobrecalentamiento en los equipos, es muy común ver al menos a dos personas en su interior trabajando, pero a esas horas de la noche, los únicos habitantes de la
pecera eran los equipos de computo.
Buscó cintas magnéticas y discos de respaldo para iniciar un nuevo ataque contra la máquina, pero ahora desde el servidor mismo.
Tras varios intentos, optó por entrar con un disco de arranque, tenía que localizar el archivo con las palabras de acceso. Llevaba consigo un desencriptador en su laptop para extraer esos caracteres que tanto deseaba. No tomó más de diez minutos obtener las palabras de acceso al servidor.
Perdió contacto con el tiempo y realidad. Veía cada archivo descargarse en la cinta magnética. Recordó cuando siendo mortal había roto un sistema de seguridad para encontrarse con un puñado de cuentos vampíricos. Había pasado casi tres años de eso. Su vida como mortal ahora se perdía en la lontananza del olvido.
Estaría trabajando con una buena beca cerca de Jessica Miller, creando un mundo mejor para el mundo, el mundo mortal, del que ahora se alimentaba. ¡Cómo se trastocó su vida esa noche!, sus sueños cambiaron para siempre.
Un sonido familiar la devolvió a la realidad. Los archivos descargados habían llegado a su fin, con sumo cuidado procuró borrar todo rastro en los
logs, como si nunca hubiera entrado. Miró de soslayo las cámaras de seguridad y borró todos los archivos de video desde su entrada para posteriormente apagarlas.
Avanzó hacía una ventana para abrirla, se encontraba a veinticinco metros del piso, salió.
Parada en la cornisa miró hacía abajo; el viento movía de un lado a otro su ropa y cabello, ahí se encontraba aún su motocicleta, sin pensarlo mucho se dejó caer.
Poco a poco su velocidad disminuía, ahora controlaba el Arcano con gran destreza, meses de arduo trabajo mostraban su resultado, el control absoluto de la mente sobre la materia. Descendió como una pluma sobre el duro asfalto, subió al vehículo.
—
Misión cumplida —pensó un poco liberada de la tensión de ese trabajo.
Ahora a entregar esas cintas y podría descansar, un trabajo limpio como siempre. Encendió las luces y vio a una persona frente a ella.
—¡
Dios, me vio! pudo haber sido un trabajo limpio —pensó.
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Continúa en el sigueinte mensaje de este hilo...
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No se veía asustado, ni siquiera sorprendió, como si hubiera estado esperándola desde que entró al edificio.
—¿En que puedo ayudarte extraño? —preguntó con cortesía.
Con un poco de suerte y seguiría siendo un trabajo limpio.
—Veo que el hermano Isaías falló —respondió con tristeza.
El acento lo delataba, era italiano.
—¿El hermano Isaías? —cuestionó extrañada.
—Hace poco menos de tres años que el hermano Isaías pretendió salvar tu alma de las garras del demonio en Francia, pero con suma tristeza veo que te has convertido en uno de ellos.
Lentamente descendió del vehículo, aquel mortal sabía de ellos, tendría que darle fin; había sido un trabajo tan limpio y bien ejecutado para ahora mancharlo de sangre.
—No sé a que te refieres —respondió Mériac con seriedad.
Estaba lista para desenfundar y disparar, del lado izquierdo tenía un arma colocada en una sobaquera que se mantenía oculta por la gabardina.
—Claro que lo sabes —repuso con cierto encono— el hermano Isaías trató de salvarte, fue asesinado en París; pero no te preocupes, tu sufrimiento ha llegado a su fin esta noche.
Mériac se quedó paralizada, recordó aquel episodio en su vida como mortal en el hotel francés; eran humanos entrenados para destruir vampiros, pudo ver como metió sus manos entre la gabardina, un arma sin dudas, un reflejo metálico, armas. Mériac desenfundó y disparó, cuestión de segundos, ella fue sólo un segundo más rápida, algo quema su rostro, como fuego ardiente, una luz intensa, varios disparos al azar. El dolor hiere y muerde su ser completo, arde como llamas, no puede ver; continua disparando, la luz cesa poco a poco, una voz que se apaga, un leve murmullo. Pero sólo oscuridad, no puede ver. Trata de curar sus heridas con la sangre del padre oscuro, pero no puede. Está ciega, sólo el sonido de la calle y un leve murmullo que se apaga en la noche.
—Que Dios nos perdo...
El teléfono timbró, tiene que ser ella, nadie más podría hablar a esa hora, con temor levantó el auricular.
—Bueno...
—Sofía... date prisa... no puedo ver... estoy ciega... estoy en Circunvalación y Enrique Díaz de León.
El auricular quedó colgando del estante. Un par de minutos después un chevy verde salió a gran velocidad.
—¿Qué te pasó? —preguntó Sofía preocupada, mientras conducía de regreso a la tienda.
—No lo sé... ese hombre... sacó un arma extraña y me dejó ciega.
—No te preocupes, una vez en casa estaremos bien.
—¡No! —repuso con firmeza— a casa no, vamos a donde los Volvalio, tengo una información que debo de entregar con urgencia.
—Pero no estás bien —repuso agobiada.
—Sofía... por favor... esto no me va a matar.
Valdus entró en el momento que todos estaban reunidos. Cada patriarca estaba en su lugar, incluso Ramón, que nunca acostumbraba asistir se encontraba allí. El asunto era grave, hacía dos años una cuadrilla había sido enviada en una misión averiguar las intenciones de los cruzados. Tres fueron enviados y sólo regreso uno; la identidad del sobreviviente había sido mantenida en un absoluto hermetismo conocido sólo por Roberto, Mónica y el mismo Valdus. Los movimientos de los incursores habían sido vigilados con atención minuciosa, al grado de dar con la compra-venta de ese edificio que utilizaron como centro de comunicaciones. Mónica había puesto al tanto a todos sobre las intenciones de rebeldes en Guadalajara.
—Tenemos malas noticias; se nos comunicó que una manada pretendía entrar, pero esto va mucho más allá —Mónica puso un puñado de papeles sobre la mesa—. Sabemos el nombre del renegado que encabeza la incursión —hizo una larga pausa conocedora del impacto que el nombre tendría en todos especialmente en Valdus—, es Sarah Alcántara.
El regente no oculto sus sentimientos; el sólo nombre de esa vampireza tan antigua como él revolvió un sinnúmero de sentimientos y recuerdos formados en la noche de la gran revuelta en Estambul.
—¿Esa perra Santaterra encabeza la incursión? —Domínguez se puso en pie— Su Excelencia, si llega con sus tropas, no podremos detenerla.
—¿Sabes cuantos cruzados vienen? —preguntó Diana, matriarca de la familia de los cambiaformas, descendientes de Kaah.
—Sí —Mónica miró una hoja con desdén —, son cerca de doscientos rebeldes, están dispuestos a tomar la ciudad a como dé lugar —respondió Mónica.
—Preparen la ofensiva, defenderemos esta ciudad —Dijo Valdus poniéndose en pie.
Ambos caminaban por los pasillos con un andar lento. No tenían prisa en llegar; pese a que no era común que un mortal entrara así en la mansión Volvalio, carecía de importancia, al menos para ellos. A pocos metros vieron a esa mortal.
Sofía los miró con miedo. Sabía que eran superiores de Mériac y bien podrían quitarle la vida si era imprudente.
—¿Tú la trajiste aquí? —preguntó Roberto.
—Sí Su Ex...celencia —respondió nerviosa.
—No tengas miedo, mortal, no pienso alimentarme de ti, ¿que relación tienes con ella?
Recordó para su suerte el término que Mériac le había enseñado para salvar su vida en esas situaciones.
—Soy su sirvienta.