´
[FONT="]EL HOGAR[/FONT]
Roberto No podía creer lo que aquella iniciada contaba, quince renegados en el dominio, eso ya era una incursión. Pensaban plantarse para tomar la ciudad como lo habían hecho en Tijuana y Ciudad de México. Valdus tenía que saber aquello con premura, si es que se quería tomar la ofensiva ante una inminente invasión.
—Has demostrado tu lealtad al servir fielmente a nuestro linaje. Serás recompensada por ello —Roberto tomó un par de esferas de aluminio y las hizo girar en su diestra, mientras daba la espalda—. Ahora puedes retirarte, si eres tan amable, tengo muchas cosas que pensar y hacer.
Salió para encaminarse a su lugar de tareas asignadas. Durante ese tiempo pensaba en la suerte que habían tenido Marcelo y Joshua. Seguramente habían dejado de existir esa noche; perdidas razonables por un bien mayor, es lo que se murmuraría en la cava.
—
In nominis pater, filis et espíritu santi.
El grito de aquella criatura cimbró la oscuridad junto con aroma a carne y cabellos quemados; Pedro nunca se imaginó que un simple humano tuviera semejante poder. Había escuchado leyendas y rumores acerca de ello, pero en sus trescientos años de vida nunca había sido testigo del poder que embullen algunos humanos, un poder que hace de simples mortales implacables cazadores de preternaturales, dándoles un arma contra las fuerzas de la oscuridad, La Fe.
Minutos después una silueta vestida con una gabardina se alejaba dejando tras de sí un puñado de cenizas.
El clima frío del invierno fluía, entumeciendo a la gente, la cual apurada corría de un lado a otro en compras frenéticas, preparándose para la víspera de un nuevo año. Alegría y felicidad es lo que se olía en el aire, pero para ella no existe ese aroma ya. Sentada en ese mismo café observa cómo beben aquella negra infusión que su cuerpo anhela, desea. Hacía un par de meses había intentado beber, pero en cuanto hizo contacto con su estomago, depuso todo contenido, fue cuando su sommelier le dio una lección más acerca de su nueva naturaleza. Si quería probar de nuevo aquella bebida enervante, tendría que hacerlo a través del viñedo.
Llevaba media hora en vigía cuando su presa pagó y se retiro, ahora era el momento; Dejó dinero sobre la mesa, asegurándose de haber tirado en una maceta el contenido de una taza que nunca probó. Avanzó entre la gente sin perderlo de vista. Tarde o temprano se metería en su carro, a alguna calle solitaria o algún lugar donde ella se alimentaría. Ahora a seis meses de su abrazo era una experta cazadora; conocía modos, áreas de cosecha y cómo proteger el secreto de la Sociedad Inmortal.
Sus ojos brillaron cuando vio que dobló una esquina que dirigía hacia la esperada calle solitaria. Sus dedos temblaron ante la proximidad de alimentarse. Apresuró el paso cuando el aroma de un grano tostado para crear un fuerte expresso llegó a su agudo sentido del olfato. Estaba a dos metros de esa esquina. Trató de calmarse; sólo tomar lo necesario, no se precisa de matar al mortal.
Sus colmillos comenzaron alongarse. Comería, su alimento ya estaba a la vista y a sólo un par de metros. Sin embargo, una figura que la había observado desde hacía dos cuadras salió intempestivamente justo entre ella y su victima.
—¿Dónde has estado metida estos seis meses? —preguntó con enojo.
—¡Sofía! —respondió sorprendida.
Hacía bastante tiempo que no visitaba El Refugio. No esperaba encontrarse a Sofía, su empleada. Acarició con nostalgia el mostrador y cientos de recuerdos golpearon su mente, ahora tan lejanos e inalcanzables. En ese lugar estaba Beto también.
—Bueno verán... he tenido otros negocios y por eso no he tenido oportunidad de venir, estoy incluso pensando en cerrar este local.
—Pero... ¿Por qué? Digo, este no es el negociazo, pero es tu sueño —repuso Beto
—No se puede vivir de sueños —Mériac suspiró—. Pero no se preocupen, recibirán una buena indemnización, quizás les deje este negocio a ustedes y me lo pagan en abon...
No pudo terminar la frase, una par de desconocidos entraron armados.
—¡Rápido, al suelo o se los carga el diablo!
Obedecieron sin chistar, para Mériac aquello fue en extremo bochornoso, ella sola podría detenerlos, no obstante, dejaría al descubierto su verdadera naturaleza. Escuchó cómo abrieron la caja registradora.
—¿Sólo tienen dos mil mugrosos pesos?
Tomó de los cabellos a Sofía.
—¿Dónde esta el resto?
—No hay resto, ha sido un mal día —respondió Sofía llorando.
—¡No friegues güey! —repuso uno de ellos enfurecido— todo esto por mugrosos dos mil pesos.
—Pues entonces p’a que convengan nos las echamos y salimos a mano.
Cuando uno de ellos iba a tocar a Sofía, Beto se puso en pie para abalanzarse sobre el agresor. Logró derribarlo, pero la cacha del otro lo dejó sin sentido.
—Luego enfriamos a este pendejo. ¿Quieres a la güerita o la morena?
—Pues una y una, ¿no güey?
Uno de ellos levantó a Sofía para arrojarla contra el mostrador, y cuando se bajaba el cierre de su pantalón, algo empujó su cuerpo, frustrando sus perversas intenciones. Mériac se colocó rápidamente entre ellos y Sofía.
—¡Maldita vieja pendeja! ¡Te va a cargar la chingada si no té quitas! — amenazó con el arma.
Ella sólo sonrió.
—¡Tú lo pediste! —amenazó con encono.
Le disparó dos veces y posteriormente soltó el arma, aquella joven seguía en pie. Al escuchar los disparos, Sofía perdió el sentido.
—No es po... sible.
—Sí que lo es —dijo mientras mostraba los colmillos.
—Sofía, despierta ¿estás bien?
La joven dueña de la tienda, agitaba un poco a su empleada.
—Mériac ¿Qué pasó? —preguntó aturdida.
—Esos tipos se asustaron cuando vieron venir una patrulla y se fueron; afortunadamente no pasó a mayores, ahora me tengo que retirar, nos veremos pronto.
Caminó por las calles. Mañana el periódico anunciaría el descubrimiento de dos cuerpos sin vida en un basurero, otro asesinato por robo dentro de una ciudad un poco insegura.
******
Continúa en el siguiente mensaje de este hilo
Comentarios
***
Mériac no podía creer lo que escuchaba por parte del patriarca.
—¿Quiere decir que ya soy libre? —preguntó incrédula.
Había pasado poco menos de una semana desde el incidente en El Refugio.
—Has dejado de ser una iniciada, además Nicolás ha certificado su deseo y determinó otorgarte la libertad, ahora ya puedes buscar tu hogar o seguir viviendo aquí. Pero seguirás a cargo del área de sistemas —agregó Roberto —puedes retirarte, es todo lo que tengo que comentar contigo.
Abandonó la oficina; miró hacia ambos lados para confirmar que estaba sola. Se descalzó las zapatillas y las miró con odio.
—¡Nunca más volverán a estar en mis pies, malditos aparatos modernos de tortura! —dijo satisfecha.
Con sus manos los destrozó por completo, recordó el precio que pagó Nicolás por ellos en una página por Internet: mil dólares. Con desprecio y satisfacción los depositó en el primer cesto de basura que encontró.
Corrió hacia su habitación llena de júbilo, ¡por fin, era libre de la tutoría de Nicolás!, eso significaba que por fin volvería a ser ella, con todo lo que eso conllevara. Una vez en su dormitorio, abrió el clóset donde se podía ver al fondo y detrás de varios trajes y camisas de seda una mochila morada con motivos de animé japonés.
Abrazó con alegría el bulto, que parecía haberla estado esperando también. Corrió el cierre con tal fuerza que lo rompió.
—¡Oh! —se lamentó por la acción.
Del interior sacó una playera blanca con un enorme pingüino emperador al frente, unos vaqueros deslavados y rotos de las rodillas. Sujetó por los hombros la blusa de corte especial hecha a su medida por el sastre de Nicolás, a continuación jaló con fuerza la seda, la cual no pudo contra el ímpetu de un inmortal; quitó los restos de la prenda con el mismo lujo de violencia. Se colocó la playera, al contacto con el poliéster se sintió feliz.
—Ahora estos malditos pantalones —dijo con una sonrisa en los labios y ojos.
El pantalón sufrió el mismo destino que la prenda anterior; poco le importó a Mériac la fortuna gastada en sus prendas por parte del sommelier, eran prendas que no iban con ella, un disfraz para ser aceptada como la hija de un vampiro con alcurnia y abolengo dentro de la Sociedad Inmortal.
—Sólo falta el toque final —comentó extasiada.
Detrás de la mochila, había una bolsa azul cerrada por completo. No se molestó en quitar el nudo que la ataba, rasgó el plástico por completo. “Aquí están” pensó Mériac feliz.
Un par de botas oscuras desgastadas y viejas. Las había guardado desde su conversión, lejos de la vista de Nicolás.
—Mmm —miró de reojo las botas —creo que ya es hora de comprar unas nuevas, pero ya habrá tiempo para eso —rió un poco—, después de todo el tiempo ya no tiene importancia para mi.
Una vez más volvía a ser ella, por lo menos en apariencia.
—¡Vamos a comer! —gritó eufórica.
Mientras salía de aquella mansión, pensaba en qué haría con su nueva libertad y vida. No tenía donde ir, así que lo más probable es que regresaría a la mansión. Sin embargo, todo eso podía esperar unas cuantas horas, ahora tenía hambre, sólo pensaba en buscar y comer.
—¡Que diferencia, ahora sí puedo caminar como la gente normal! —pensó con alegría.
Le tomó un par de minutos detectar entre los mortales ese aroma que tanto anhelaba. A pocos metros a la redonda alguien había tomado una buena mezcla de arábigo con un toque ligero de amareto; una mezcla que tanto añoraba probar en realidad, pero que ahora tenía que ser mezclada con sangre en lugar de agua caliente. Se dejó guiar por el aroma, pero este se alejaba cada vez más rápido.
—¡Demonios! —maldijo— seguro subió a un vehículo.
Correr o perder un buen alimento, empujaba gente para poder abrirse paso, guiándose únicamente por su olfato, el legado de Natael había incrementado la percepción de sus sentidos, podía oler algo especifico a varías decenas de metros de retirado; no se dio cuenta que estaba adentrándose en calles solitarias, fue hasta que estuvo a pocos metros de una desagradable escena cuando se dio cuenta que no sólo debía dejarse llevar por el olfato sino también por la vista.
Un tipo estaba de pie frente a una joven que yacía a sus pies, temblando; el aroma a café provenía de la víctima. Recordó la misma escena ocurrida un par de años atrás, cuando casi encontraba su destino final a manos de un maldito asesino. Sin pensarlo cargó contra el extraño, empujándolo algunos metros.
No era un maleante aficionado, sacó con rapidez algo de entre sus ropas y atacó sin piedad; Un dolor algo agudo y caliente fue lo único que sintió Mériac en su cuello. Hizo hervir el mítico vino de Natael en su interior para dar un golpe seco en el cráneo del sujeto que miraba atónito cómo aquella mujer continuaba en pie, sonido de huesos romperse y sangre salpicando llenaron la escena.
Aquella joven miró aterrada a su salvadora, reconociéndola de inmediato.
—Mériac, ¿Estás bien? —preguntó casi al punto del llanto
—¿Por qué no habría de estarlo? —preguntó desconcertada.
—Tienes el cuello atravesado con una navaja.
—¡Ah! ¡Te refieres a esto! —sin pensarlo sacó de su cuello aquel trozo de metal.
Sofía perdió el sentido.
— ¡Oops! —repuso Mériac encogiéndose de hombros.
Todo parecía un sueño. Después de casi medio año de no verla, aparecía salvando su vida dos veces en una semana. Abrió los ojos, una claridad de luz artificial golpeó su rostro. Poco a poco se fue acostumbrando a esa luz hasta que fue eclipsada por una sombra, reconoció de inmediato aquella silueta y se reculó contra la pared, estaba de regreso en El Refugio.
—¡Tú... no eres Mériac! —gritó llena de miedo— ¿Qué demonios eres?
Estaba aterrada, pero Mériac comprendió que su miedo era natural, incluso era el mismo miedo que ella sintió cuando supo la verdad del mundo preternatural.
—Claro que soy yo, pero he cambiado un poco.
—¿Un poco? —estaba a punto de una crisis nerviosa— ese disparo aquella noche; me convencí que ese fulano había fallado, pero nadie falla a esa distancia, de seguro te dio y no te hizo nada, al igual que esa navaja en tu cuello, eso hubiera matado a cualquiera.
—Sofía, es difícil de entender, sin embargo, todo tiene una explicación, sólo confía en mí —dijo en tono conciliador.
—Ni siquiera sé si eres Mériac.
—¡Sí lo soy! —refutó con determinación—, soy la misma que te contrató a pesar de traer esa solicitud de empleo llena de tachones, soy la misma que té dio dinero para la enfermedad de tu papá y soy la misma Mériac que arriesgaría su vida una y otra vez por ti.
Extendió los brazos y al final comprendió que en efecto era ella, su amiga. La abrazó pero solo durante unos segundos, retirándose de inmediato.
—Estás fría, como si estuvieras...
Mériac asintió con la mirada.
—En efecto… estoy muerta desde hace más de medio año. Ahora pertenezco a un mundo oscuro, soy un sempiterno —guardó silencio sin dejar de mirar a los ojos a Sofía para concluir con una palabra que la joven veía venir con terror —. Un vampiro.
Hasta hace tan sólo dos horas su mundo era normal, pero ahora había cruzado un umbral sin retorno en un mundo lleno de seres que se alimentan de humanos para vivir, que manipulan sus destinos cual títeres, una farsa teatral que caía ante sus ojos cuando Mériac le explicó todo lo sucedido y todo cuanto conocía acerca del mundo oscuro.
—Te he revelado un secreto enorme que se paga con la vida —Sofía palideció—; no amiga, no te preocupes, no tu vida; yo seré destruida por esto que te he contado, no diré tu nombre, no temas por ti.
La vio ponerse en pie y alejarse.
—Mériac, yo no pienso delatarte, tú eres mi única amiga. Yo no revelaré tu secreto.
Se abrazaron nuevamente. Ahora no estaba sola en este mundo de oscuridad, tenía una luz que no quemaba, una razón para existir, una amiga.
Después de varios meses de sentimientos autodestructivos y soledad, por fin había regresado a su hogar.