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Frío i Bruma

MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
editado julio 2010 en Narrativa
Hola a todos.
Escribí una novela que acabé hará cosa de seis meses, estaba escrita en catalán porqué es la lengua en la que se me da bien escribir. No tuve mucho éxito con las editoriales catalanas como me había pasado anteriormente (me he llevado más de un chasco editorial). Pensé en probar suerte en castellano y estoy llevando a cabo una traducción, tarea que me está resultando ardua pero que de todos modos, pase lo que pase sé que valdrá la pena. El trabajo nunca está de más. Me gustaría empezar a divulgar la traducción en este foro para que personas que no conozco puedan leer lo que escribo ni que sea transformado por una traducción que intento capte la esencia de lo que en un primer momento escribí.

Aún no sabría donde encajar mi historia. Incluso sus dos partes podrían tener diferentes clasificaciones. Espero hacer pasar un buen rato a alguien a quien sea.

Me escondo tras el nombre de mi protagonista:

Marc Butler.

Comentarios

  • MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
    editado julio 2010
    Prólogo
    [FONT=&quot]Era día trece, aquello no me asustó. Andaba con la nieve escondiéndome los pies y temblaba. Pretendía hacerme creer que era de frío pero sentía la presencia de una mirada detrás, vigilando cada uno de mis movimientos. Aquellos ojos invisibles en la oscuridad me paralizaban y me hacían ir más lento o quizás sólo me lo hacían creer. [/FONT]
    [FONT=&quot]Caí. [/FONT]
    [FONT=&quot]Me dolía respirar, el aire era frío y no sabía a cuanta distancia me esperaba el taxi que me haría libre. Pero no me podía rendir. Me levanté, no sin esfuerzo, notando el helado tacto de la nieve en mis manos desnudas; giré la cabeza para comprobar si había adelantado y al fin mis pulmones se hincharon de esperanza. Había dejado muy lejos la antigua mansión familiar y sólo podía ver los árboles de la propiedad: se levantaban altos y terroríficos detrás mío, con las copas desnudas y las ramas siniestras y puntiagudas dirigidas a mí.[/FONT]
    [FONT=&quot]Hacía bastante rato que tenía los pies mojados, me costaba cada vez más levantarlos y la nieve me impedía ver con claridad, pero seguía adelantando, no sin miedo, quizás debido a que entonces sólo era un niño. [/FONT]
    [FONT=&quot]Era la primera vez que lo había intentado y en cierto modo sabía que no lo conseguiría pero creía que la sensación era debida a una especie de miedo a desobedecer. Más tarde me daría cuenta que la desobediencia formaba parte de mí, no le podía tener miedo.[/FONT]
    [FONT=&quot]Llegué a la carretera, estaba desierta y enharinada. Probablemente en toda la noche no había pasado ningún coche, me asusté. El taxi no estaba. Ni rastro del vehículo, ni siquiera unas roderas. [/FONT]
    [FONT=&quot]Me paré y me agaché exhausto. Los cabellos empezaban a caerme mojados sobre la cara, los árboles que tanto miedo me habían dado ya no me protegían. La pintura que delimitaba los carriles se perdía en la noche haciéndome sentir pequeño e inútil. En aquel momento estaba solo en una oscuridad absoluta de la cual no podría salir. [/FONT]
    [FONT=&quot]Me levanté con rabia y di una patada a la nieve haciéndola saltar por los aires. Alguien debía venirme a buscar. Quería escapar, lejos de la vigilancia de mi padre, lejos de los extraños planes que tenía para mí. Pero la esperanza era vana, cada vez notaba más el magnetismo que me decía que volviera a mi casa, que dejara de luchar.[/FONT]
    [FONT=&quot]Entonces sentí un ruido, una luz de faros iluminó la carretera proyectando mi sombra ante mí. Me giré, esperando encontrar el taxi que debía traerme la libertad. En lugar de esto, me encontré frente a frente con un hombre de expresión dura que me miraba con burla, con una media sonrisa triunfante. Una limusina[/FONT][FONT=&quot][/FONT][FONT=&quot] con los faros encendidos era detrás de él con una puerta abierta, incluso me pareció oír a alguien llorar dentro, pero no podía prestar atención a nada más que no fuera aquel hombre.[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¿No notas que tendrías que volver a casa? –me dijo sin dejar de sonreír.[/FONT]
    [FONT=&quot]Reconocí su voz, la había oído resonante en mi casa, aquel mismo día.[/FONT]
    [FONT=&quot]Asentí, sintiéndome sometido a aquel hombre que me intimidaba. En contra de todo el que hubiera esperado de una situación parecida, el hombre no me subió a su limusina[/FONT][FONT=&quot], sino que me dio la espalda sin intercambiar una palabra más conmigo y arrancó desapareciendo por la carretera en la blancura del paisaje invernal[/FONT][FONT=&quot][/FONT][FONT=&quot]. [/FONT]
    [FONT=&quot]Sin saber yo por qué, di media vuelta y volví, andando, bajo la nieve, perdiendo mi voluntad, olvidando por qué había querido escapar.[/FONT]
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado julio 2010
    Siento que el uso de tu lengua natía represente un impedimento para ti. El relato promete, el prólogo está bien narrado, buena la ambientación, no me paro a comentar sobre la sintáxis, por ahora. Te daré un consejo, visto tu esfuerzo de traducción y porque hablo cuatro idiomas desde niña y entiendo tu problemática: cuando escribas, desde tus entrañas, hazlo en la lengua que mejor te venga, deja a los demás la tarea de traducir. Personalmente y después de haberte leido, estoy segura que podrías hacerlo directamente en castellano, por lo menos ampliarías el abanico de tus lectores...y harías la mitad del trabajo. ¡Suerte y adelante! :)
  • MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
    editado julio 2010
    Gracias Shaianti por tu comentario. Puedo llegar a dominar el castellano aunque me falta soltura (automatismo sobre todo) y vocabulario. Pero lo que más dificil me resulta es explicar una historia concreta en ese idioma. Quizá, como con las personas me tengo que relacionar con cada una en su idioma correspondiente. Quizá llegue el dia en que una historia me pida un idioma distinto. Hasta entonces no pienso canviar para tener más posibilidades aunque me cargue de trabajo traduciendo (se que parece una estupidez).

    Os dejo el primer capitulo traducido i revisado.[FONT=&quot]
    I
    (primera parte)
    [/FONT]

    “No me gusto volver a Thornfield. Cruzar el umbral era volver al estancamiento; cruzar el vestíbulo silencioso, subir la escalera oscura, entrar a mi solitaria habitación, reunirme con la placida señora Fairfax i pasar la larga tarde invernal con ella i nadie más era sofocar la agitación suscitada por el paseo y volver a ceñir mis facultades con las manillas de una existencia demasiado uniforme i serena, una existencia, los privilegios de seguridad i la comodidad de los cuales estaba dejando de apreciar. Que bien me habría venido en ese momento encontrarme lanzada en medio de los tormentos de una vida insegura de lucha, porqué la experiencia amarga me enseñara a echar de menos la calma que ahora despreciaba!”
    Charlotte Brontë, Jane Eyre



    Capítulo 1


    Volví a mirar la cama. Había lo que creía, no eran imaginaciones mías. Me acerqué con cautela, tuve la tentación de tocarlo pero no quería hacerlo mío. Dejé las maletas en el suelo, debía pedir explicaciones. Me temía lo peor y dejé atrás mi pequeña habitación dispuesto a oponerme.
    –Maj! –grité dirigiéndome a la parte central de la casa.
    Cuando vi la gran escalinata tuve que pararme para digerir la información que recibían mis sentidos. La sala estaba decorada a más no poder. Telas y flores, blancas y rosas, que desprendían un perfume empalagoso decoraban todo lo que podía ver sin dejar ningún rincón sin ornamentar. La escalinata parecía un gran pastel de fresa, no quería imaginar cómo estaría la sala principal. No me hicieron falta más indicios para adivinar lo que se estaba tramando sin yo saber todavía nada. No me asustaba la decoración en sí, sino lo que significaba.
    Empecé a bajar la escalinata con rapidez, intentando no tocar ni tan solo la barandilla.
    Pilot me sorprendió, intentando descifrar el sentido de tanto ornamento mientras bajaba, desprevenido; de haber sido menos ágil hubiera caído al suelo antes de verlo, pero lo evité antes incluso de haberme tocado.
    Cuando me hube recuperado del pequeño incidente percibí sus ojos marrones de perro callejero fijos en mi, mirándome con admiración, dándome la bienvenida. Me había echado de menos. Le acaricié la cabeza enérgicamente y me respondió con otra mirada y moviendo la cola.
    Me habría gustado poderme llevar a aquel animal fiel a mis viajes pero sabía que si lo hacía podría desaparecer sin ninguna explicación como ya lo había hecho mi anterior perro. Sabía que no lo podía evitar, que al menos mientras nadie sacara a Pilot de la propiedad de esa casa, mientras nadie ajeno a la casa lo viera, tan vulgar para la gente que me rodeaba, sin raza; no le pasaría nada, no desaparecería.
    Con Pilot pisándome los talones acabé de bajar las escaleras repasando con la mirada la sala pastel. No pude evitar volver a gritar:
    –Maj! –pero nadie contestó.
    No veía el movimiento pero lo sentía. Oía pasos arriba y abajo en las salas a derecha e izquierda. Me dirigí a estas, sólo quería encontrar a Maj, que como yo acababa de llegar, para saber si él estaba enterado de todo lo que se estaba tramando. Lo que me había encontrado sobre la cama sólo podía ser cosa suya. Empezaba a estar tenso pero no quería permitir que nadie se diera cuenta.
    Cogí aire antes de traspasar la arcada derecha que conducía a la sección de la mansión donde estaba la cocina y dibujé una sonrisa encantadora en mi rostro, para intentar abatir las miradas de lástima y compasión de los sirvientes, que sabían que aunque lo pareciera, no podía evitar la que se me venía encima. Algunos sabían que mi sonrisa sólo era una máscara y otros pensaban que yo creía realmente que podía escapar.
    Antes de moverme, vi a Martha al otro lado de la arcada, me miró y respondió a mi sonrisa con otra, lejos de lo que yo esperaba, nada compasiva, aquello me alivió. Me dirigí a ella pero fue la primera en hablar.
    –Bienvenido señor Butler –dijo ella con su vocecita.
    –Que mal suena esto Martha. Llámame Marc por favor, ¿tengo que recordártelo cada vez que vuelvo? –le dije casi por costumbre– ¿Qué son estos preparativos?
    –¿No lo sabe?
    Su extrañeza me asustó. En teoría lo debería haber sabido. Sentí que me invadía el pánico, un pánico que no pude esconder ante la joven que no hacía mucho que trabajaba para mí.
    –¿No lo sabe? –volvió a preguntar todavía más extrañada por mi expresión.
    Sentí como mi corazón se aceleraba y como mi mente empezaba a buscar salidas mientras me veía ante Martha, clavado en aquel suelo de mármol. Sentía que la sangre se agolpaba en mi cara pero no le hacía caso. Seguramente estando ante mí, ella se debatía entre hablarme o ayudarme, pero dada la situación no me importaba.
    Lo había hecho, me había organizado la boda sin avisar. Sabía que el gran día no tardaría mucho en llegar pero pensaba que no sería tan próximo. Había cumplido los dieciocho años no hacía ni un mes, tenía la esperanza de que ella tardara bastante más en cumplirlos. Mi mente estaba totalmente ofuscada. No podía encontrar la manera de pensar con claridad.
    “¿Cuando debe faltar para la boda? ¿Quizás una semana?, ¿quizás sólo un día?”. Bajé la cabeza intentando enmascarar mi expresión de pánico. Hice volver la sonrisa y volví a subir la cabeza, sin darme cuenta de que probablemente todavía la tenía roja, clavándole mis ojos azules con una alegría que al menos intentaba transmitir.
    –¡Claro que lo sé! –ella me miró con incredulidad.
    Me fui sin esperar que me respondiera. Le di la espalda permitiéndome dejar atrás, con ella, mi sonrisa. Martha sabía que yo no me quería casar, como todos; yo mismo se lo había hecho saber, se lo hacía saber a diario. También sabía que aún intentar escabullirme de mi destino no podía hacerlo, es más, era de las pocas personas que sabía que llevaba una máscara y tenía el detalle de no hacérmelo ver. Aún así, evidentemente, mi intento de tranquilizarla no había dado ningún fruto.
    No conseguí escapar. Martha todavía me miraba boquiabierta y yo estaba delante de la gran puerta principal cuando James la abrió y la atravesó, iluminando el interior, haciendo una gran entrada.

    [FONT=&quot]
    [/FONT]
  • MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
    editado julio 2010
    Llevaba el pelo más desordenado que de costumbre debido a la lluvia pero no era nada comparado con el mío. Pilot casi se le echó encima moviendo la cola, contento de verlo. James lo acarició y el perro volvió hacia mí mientras mi amigo se quitaba el abrigo y la bufanda.
    –¿Cómo va, Marc? –sonó natural, siempre sonaba natural, con su fuerte acento, pero yo sabía que estudiaba cada movimiento.
    Martha apartó la mirada de mí y la dirigió hacia él, no tardé mucho, aún así, en verla salir de escena y sentir sus pasos alejarse.
    Me sonrió con sus ojos azules, mucho más claros que los míos, con una felicidad nada contenida que me descolocó.
    –Mira esta sala y sabrás que no muy bien –dije intentando sacarle importancia pero James lo sabía todo sobre mis preocupaciones.
    Él miró la sala con una ojeada rápida. No percibí en su expresión ni rastro de sorpresa, sólo interés y impasibilidad, aquello me hizo sentir algo traicionado.
    –Lo sabías? –pregunté intentando que mi voz sonara más amenazadora que asustada.
    –Cuando vine el otro día no estaba todo tan recargado –rió poniéndose las manos a los bolsillos.
    En los últimos días, me había ofuscado por cualquier pequeño problema y había explotado afectando así a quien me rodeaba. En el viaje de vuelta de Barcelona había decidido tomármelo todo con optimismo, dejar la rabia e intentar reír de mi desgracia pero no me esperaba que al volver encontrara a mi mejor amigo dispuesto a traicionarme y menos enredado en la organización de mi boda.
    Le hice una mirada de advertencia y al verme se echó atrás, poniendo entre los dos sus manos y esbozando una sonrisa divertida.
    –¿Qué pasa? –¿no se sentía culpable?, ¿pensaba que yo me había enterado antes de que él? ¿O alguien le había hecho un lavado de cerebro y le parecía bien mi boda?
    –¿Cuando es? –pregunté llevándome una mano a la cabeza, mirando hacia otro dirección.
    –¿No lo sabes? –me miró divertido y sentí que, no excepcionalmente, mi mejor amigo me enrabiaba. No respondí–. Es mañana, por la noche –su rostro se ensombreció, más por mi expresión que por el que iba a devenir al día siguiente, no lo entendí.
    –Por qué te hace tanta gracia? –no grité, pero tenía ganas de hacerlo.
    –Creía que al menos tendrías ganas de conocerla –dijo excusándose con cierto temor por el suave rugido en el que se había convertido mi voz– y yo te veré por primera vez con corbata –acabó diciendo, como si fuera cierto.
    –¿Por qué te ríes de esto? ¡Es serio! Tenemos que buscar la manera por escaparme.
    –¿No prefieres conocerla antes de casarte con ella? Esto es lo que querías en realidad ¿no? No casarte a ciegas –no contesté, mi cabeza hervía y no comprendía exactamente lo que me estaba diciendo. Él continuó–: Tu padre no lo ha hecho por ti, pero al menos te tendrías que alegrar un poco, no?
    –¿De qué hablas? –pregunté casi sin voz.
    –Hablamos del baile, no?
    –Un baile? –empecé a entenderlo todo aunque no quería tomármelo con todo el optimismo con el que tendría que habérmelo tomado–. Todo esto es por un baile? –él no respondió, volvió a sonreír–. Lo siento.
    ¿Pensabas que estaba expectante por tu boda? –se rio y lo miré molesto–. No me conoces lo suficiente.
    –Te conozco demasiado, por eso, me pensaba que te habías trastornado. Me estabas asustando –le di la espalda y empecé a subir las escaleras de nuevo, él me siguió. Pilot venía tras los dos–. Así que un baile... para conocerla. Tienes razón, no me parece tan mal. Como lo sabías tú?
    –¿Es broma? Ha invitado a todo el mundo. Probablemente toda Inglaterra se ha enterado antes de que tú. Todo el mundo ha recibido una bonita invitación blanca y rosa.
    – No creo que la haya diseñado mi padre. Él controla el resto aún así.
    –Sabes que lo controla todo, seguramente también las invitaciones –sonrió y por compadecerse de mí continuó–: Yo también noto su influencia en todo el que nos rodea.
    –Pero a tú no te controla directamente, nadie te controla. Y tampoco tienes la presión de tus padres.
    –Mi padre me odia –dijo sin ninguna muestra de luto–. Está preparando una nueva película –comentó reprimiendo una risa.
    –No hiciste crítica de la ultima en el blog.
    Volvió a reír. Sabía que en su blog no se podía encontrar ninguna crítica buena de ninguna película que hubiera producido su padre.
    –No fui a verla. Parecía realmente mala.
    –Yo también te odiaría –lo miré divertido–. Pero aparte de lo que escribes en el blog, que estoy seguro que aunque lo niegue lo sigue, no controla nada más. Por no hablar de tu madre.
    –A ella podríamos decir que ni la conozco, en esto estamos igual ¿no? –me dijo, yo creo sin pensar, bajando la vista.
    –Pero tú casi no hablas con ella, vive en Londres, la mía es muerta, James. Y mi padre, no actúa exactamente como un padre sino como un propietario.
    –¿Dirías que tengo suerte? –dijo abriendo la puerta de mi habitación.
    –¿Me lo preguntas de verdad?, ¿que si tienes suerte? Tienes más suerte que nadie. Además, algún día serás un abogado famoso y más rico de lo que ya eres –entré y cerré la puerta de un golpe tras Pilot.
    Di una ojeada a lo que me había encontrado sobre mi cama pocos minutos antes, lo vi menos amenazador pero igual de indeseable. James vio mi gesto y sonrió.
    –Seguro que te queda bien, es un traje muy bonito, parece caro.
    –Seguro que me queda bien, y seguro que es caro, pero no estamos hablando de eso, ¿verdad?
    –Al menos tú te casarás joven –dijo divertido, expresamente para molestarme.
    –No bromees con esto –aparté la vista de lo que debería ponerme al día siguiente al atardecer–. No te reirías si fueras tú el que te tuviera que casarse con una desconocida.
    –Lo siento, pero, ¿no te preguntas por qué he venido? –me miró con una sonrisa de inteligencia, ese que yo nunca entendía y que tanto odiaba ver en su rostro. No contesté–. De verdad no lo quieres saber?
    –Creía que habías venido porque somos amigos. O para torturarme con el baile, cosa que ya has hecho. O porque querías darme la bienvenida. Pero por tu cara, parece ser que no es para nada de eso ¿verdad?
    –Que inteligente eres –comentó irónico–. Por cierto, ¿dónde has ido? Nunca sé dónde estás.
    –A Barcelona –en aquel momento me di cuenta de que habíamos cambiado de tema–. ¿Se puede saber por qué has venido?
    –No te lo creerás –se dejó caer sobre la cama con suavidad–, he visto a tu prometida.
    En aquel momento me quedé helado, intenté decir algo pero no me salieron las palabras. Quería preguntar cosas sobre ella y a la vez no quería saber nada. Me desplomé a su lado sin ir con cuidado con el traje que reposaba sobre mi cama.
    –¿Quieres saber cómo es? –preguntó él, por primera vez con tacto en aquel día, a sabiendas de mi reticencia a todo lo que tuviera que ver con ella.
    –No lo sé –dije con la mirada perdida– no sé qué pensar de todo esto, no sé si es mejor no conocerla nunca, así mantendré la esperanza de poder huir. O conocerla porque nuestra boda no sea tan surrealista. No quiero que el día de mi boda una desconocida con el rostro bajo un velo se acerque a mí por un pasillo.
    –Eso da miedo –cuchicheó casi imperceptible.
    –¿Cómo has conseguido verla? No sale nunca de casa.
    –O eso es lo que pensamos –se levantó y empezó a andar por el escaso espacio que había en mi habitación
    –¿Por qué tu habitación es tan pequeña? Con la cantidad de habitaciones que tienes.
    –¡Quieres dejar de cambiar de tema! ¡Dónde la has visto cuándo y por qué! –pregunté demostrando un interés que en realidad no tenía.
    –Se ve que a la señorita Wingfield le gusta salir de escondidas, por los arbustos que delimitan con mis jardines. La vi ayer por la noche.
    –Podría ser una sirvienta, no puedes estar seguro de que fuera ella. Cómo lo puedes estar? –me dirigí a la ventana pero me cortó el paso levantándose con elegancia.
    –Sé que era ella, sé reconocer el estilo cuando lo veo. Se le notan las clases de etiqueta en cada movimiento, desprende elegancia. Sé reconocer a la gente de buena familia. Además, la ropa que vestía no la podría haber comprado una sirvienta.
    –¿Buena familia? Que mal suena eso –lo aparté de mi camino y llegué a la ventana–. Me creo que debería ser ella por el que has dicho de lo que vestía.
    –Sé que suena mal pero es así –dijo levantando la cabeza para continuar estudiando mi habitación.
    –¿Crees que si no me conocieras, sabrías que soy de lo que tú dices “de buena familia”? –me giré hacia él dispuesto a escuchar cómo rebatía lo que le había dicho, sabía que lo podía hacer perfectamente.
    –Marc, que egocéntrico eres a veces. Vas vestido como un rico, como un noble, tus movimientos incluso la manera en la que hablas, en la que vocalizas, aunque quisieras, aunque quieras –se corrigió–, no puedes esconder tu origen.
  • MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
    editado julio 2010

    Yo sonreí complacido de su agilidad, molesto porque siempre tenía razón, aun cuando me irritara y aun cuando lo que dijera fuera tan real que incluso era duro.
    –Que yo parezca lo que soy no significa que pueda ser así con cualquier otro.
    –Piensa lo que quieras pero a mi parecer, la ropa que llevaba no la podría haber comprado una chica de la limpieza.
    –Esto ya es otra cosa –iba perdiendo interés, creo que en aquel momento habría querido dejar de hablar de ella.
    Miraba por la ventana, los árboles que se perdían en el horizonte, difuminados por una niebla, que cada vez se veía más espesa, que impedía ver los límites de mi propiedad. Estaba empezando a olvidar a James, intentando olvidar mi situación, como cuando iba en mi barco. Pero James continuaba allí, y aunque lo apreciaba muchísimo su voz me resultaba una carga en aquel momento. Me recordaba que nada era tan sencillo como yo lo quería ver, ni tan fácil de evitar, era demasiado realista.
    –¿Quieres que te diga una cosa?
    –Di –abrí la ventana permitiendo que el aire fresco invadiera la habitación.
    –Tú has querido. Tu prometida tiene pareja. La vi con un chico que creo haber visto por el pueblo –sonrió abiertamente–. Creo que ella tampoco se quiere casar contigo.
    –Esto es un punto a favor ¿verdad? –no esperé respuesta–. Él no es noble ¿verdad? –James hizo que no con la cabeza– Que típico.
    –Espero que no te afecte –dijo con un tono burlesco–. Cierra la ventana, ¡hace frío!
    –Sabes que no me afecta –y la cerré disfrutando del último soplo de aire– creo que no la quiero conocer, no quiero saber nada más de ella.
    –Es rubia –dijo riendo. Le clavé una mirada violenta y corrió a decir–: lo siento.
    –Acabo de decirte que no quiero saber nada de ella –mi voz en ningún momento había subido de tono. Me molestaba, pero no estaba dispuesto a enfadarme por una cosa así.
    –Tengo demasiada información, necesito decirle todo el que he visto a alguien –me miró suplicando pero hice que no con la cabeza, inflexible– pues sólo sabes el color de su cabello, el día que consigas salir de todo esto, si es que puedes, ya te informaré del resto.
    –Claro que podré salir –di una otro ojeada al exterior y corrí la cortina–. Pero tenemos que empezar a pensar en cómo –Lo miré con una sonrisa de complicidad–. Me tendrás que ayudar.

    Encontré al fin a Maj cuando yo acompañaba a James a la puerta. Lo vi a contraluz con una niebla tras de sí, me pareció más grande de lo que era y de lo que aparentaba habitualmente, con su abrigo gris. James se adelantó y le dio la bienvenida, yo no acabé de bajar las escaleras enseguida.
    –La señorita Margaret está fuera –me informó Maj mientras se quitaba el gran abrigo.
    –¿Como sabe que he llegado? –miré a James sospechando claramente de él.
    No me dio tiempo a decir nada más. Con su curioso sentido del humor no pudo evitar meter baza.
    –Quizás se pone a la cola para casarse contigo –y se aprestó a dejar claro–: Yo no le he dicho.
    –Pues que espere sentada –dije con una carcajada–. Con ella no debo casarme, por suerte.
    –Sea amable –dijo Maj rebuscadamente–. Le he dicho yo que ya estaba aquí.
    –¿Por qué? Ya sabe molestar lo suficiente, no hace falta que la ayudes...
    No pude acabar de decir lo que quería. Una cabeza rubia, como la de James apareció por la puerta. Mi amigo y yo nos miramos, él con una sonrisa burlesca y yo con una expresión aterrorizada. Enseguida le dediqué una sonrisa a la Margaret que acababa de entrar sin que nadie la hubiera invitado.
    –Hola hermanita –la saludó James con un gesto–, yo ya me iba, ¿vienes?
    Justo entonces, después de estas palabras oportunas, me hubiera gustado abrazar a James. Él sabía que en ese momento no me apetecía hablar con su hermana. Ella me irritaba mucho más que él y además me sabía mal que fuera así. Estaba horriblemente enamorada de mí, o esto decía. Pero no me gustaba ni me había gustado nunca, me miraba con timidez y admiración. Me miraba desde bajo como si yo estuviera por encima del resto y eso me molestaba.
    –Yo quería preguntarte... –empezó a decir dándole la espalda a su hermano y dirigiéndose hacia mí.
    –Yo estoy con los preparativos del el baile así que... –me excusé mintiendo terriblemente.
    James fue rápido y la giró para susurrarle algo, seguramente: “Ya tiene pareja para el baile” o algo por el estilo, porque cuando Margaret se volvió tenía las mejillas encendidas.
    –Yo sólo venía a buscar a mi hermano –se corrigió, evidentemente mintiendo.
    Hice que sí con la cabeza y miré a James agradecido.
    Se marcharon enseguida. James iba tras su hermana impidiéndole muy disimuladamente mirar hacia mí. No sabía si él me alejaba de su hermana por mi bien o por el de ella, pero fuera como fuera le estaría eternamente agradecido.
    Habíamos pensado muy a menudo en que la manera más sencilla de huir de mi compromiso concertado seria casándome con otra chica, pero el hecho de que me era imposible huir, sin saber yo el motivo, no era nada, me pensaba, comparado con el hecho de que no conocía a ninguna chica con quien me quisiera casar. Evidentemente Margaret nunca entraba dentro nuestros planes. Era una chica en apariencia como cualquier otra pero James me decía a menudo que echaba de menos mucho a su madre, que vivía en Londres, y esto la hacía estar algo aislada del mundo.
    Cuando me hube quedado solo con Maj recordé que lo había estado buscando bastante rato.
    –¿Tú sabías todo esto del baile? –le pregunté cuando se hubo cerrado la puerta– ¿el traje que hay sobre mi cama es cosa tuya?
    –Pues claro, lo pedí desde Barcelona.
    –¿Mi padre vendrá? –pregunté dándome cuenta de que todavía no sabía si lo vería.
    –Vendrá algo antes de que el resto de invitados –dijo impasible, simplemente informándome.
    –Ojalá que no venga, no lo quiero ver –subí algo el tono de mi voz pero no quería llegar a gritar–. Por mucho que esta casa sea legalmente suya, aquí vivo yo. Y si no me permite tener una casa que al menos respete esta. ¿A quién se le ocurre organizar un baile sin avisar?
    Ya no le hablaba a él, odiaba que Maj no me explicara lo que pasaba pero él no tenía ninguna culpa, todo lo que hacía era debido a órdenes de arriba. Maj era más bueno conmigo de lo que debería ser. Dadas las circunstancias: era mi padre quien lo enviaba tras de mí en todos mis viajes, no tendría por qué ser amable conmigo ni mucho menos apreciarme pero sé que lo hacía.
    –Puede hacerlo.
    –Sé que puede, y esto es lo más extraño. ¿No crees? ¿Qué derecho cree que tiene de controlar mi vida? Tengo dieciocho años –ya gritaba y me sentía violento; intenté calmarme, Maj ni se inmutó.
    –No lo entiende pero precisamente por este motivo lo puede controlar más.
    –Deja de hablarme de usted –dije muy secamente– algún día podré salir, quizás sólo cuando se muera.
    Abandoné la sala asustado de mí mismo y de la ira que había dedicado a mis palabras, preocupado porque mi personalidad, la forma en que había escogido tratar a la gente y todo lo que tenía que ver con el que me hacía ser yo mismo, dejaran de existir, por las aprehensiones que ejercía mi padre en mi vida. Sabía que aquello, precisamente hacerme cambiar, hacerme tal y como él querría que hubiera salido, era lo que esperaba mi padre en la penumbra.
    La noche no tardó al llegar y en la cama pensaba en la cena que no me había dignado a comer y en todo el que pasaría el siguiente día.
    No podía dormir, el latido de mi propio corazón no dejaba lugar al silencio, lo notaba intentando salir o simplemente queriendo llamar mi atención. Cambié de postura pero continuó latiendo, haciéndome recordar que estaba vivo, burlándose de mí, no dejándome caer en la inconsciencia. Me destapé cuando probablemente ya hacía más de una hora que estaba en la cama. Sentí mi corazón todavía más fuerte, quejándose del frío.
    “Sólo me faltaba esto” pensé exasperado “insomnio”.
    Me volví a tapar colocándome boca abajo por si podía silenciar los latidos que repartían la sangre por todo mi cuerpo.
    Decidí centrar mi atención en la respiración, fue un gran error. En aquel momento en mi cama, en la penumbra de mi pequeño cuarto el latido de mi corazón no me permitía dormir y el control de la respiración se había convertido en demasiado consciente como por dejar de pensar. Cuando dejaba de controlar la respiración, dejaba de respirar, no tenía más remedio que estar pendiente.
    No aguanté más y me levanté molesto conmigo mismo. Salí de la habitación con la excusa de ir a la cocina a tomar algo pero para llegar estaba pasando por los pasillos más largos y remotos de la casa. Todos ellos oscuros y sin vida. Andaba lentamente, en realidad tenia sueño.
    “¿Por qué no puedo dormir?”
    Pero en realidad lo sabía. Un baile, ¿a quién se le había ocurrido la idea?, lo sabía.
    “Alguien me ha preguntado si quiero conocerla?”
  • MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
    editado julio 2010
    Capítulo 2



    Las manillas del reloj de esa habitación desconocida giraban con lentitud haciendo un gran golpe ruidoso a cada paso.
    No recuerdo demasiado más antes de aquel día. Quizás la casa en la que había vivido antes de llegar a Inglaterra era pequeña, es una imagen demasiado borrosa para estar seguro. Y a veces pienso que tengo recuerdos de mi madre. Pero no sé si son reales o son producto de mi imaginación. Recuerdos creados a partir de fotografías, relatos escasos y deseos.
    Así, mi primer recuerdo vívido era con mi padre al lado, esperando a que lo hicieran pasar. En ese tiempo yo era tan pequeño que me sentía insignificante a su lado, no recuerdo la excusa que me dio para llevarme a aquella casa ni me acuerdo de que hablaron los dos hombres en la habitación de al lado durante horas. Era demasiado pequeño como para saber nada, para interesarme por todo aquello, pero seguramente estaban hablando de mi boda. Seguramente estaban estableciendo las normas de un oscuro pacto que habían firmado pocos años atrás. Sólo recuerdo vívidamente el sonido de un violín. Una melodía ascendente que para mis oídos infantiles eran gloria. El recuerdo que tengo, aun y no poder reproducir la melodía, es de una gran belleza en cada instante.
    Intenté salir de la terrible sala de espera en la que me habían dejado, pero Maj intervino, la música se apagó de golpe.

    Me desperté descansado pero con la mente ofuscada. Enseguida me di cuenta que no estaba en mi habitación sino que estaba en una de los pequeños cuartos para el servicio que se encontraban cerca de la cocina. La noche anterior había acabado durmiendo allí tras haberme tomado una tila.
    La cabeza me hervía y la poca luz que se colaba por las cortinas me dolía en los ojos. Un rayo atravesaba la habitación desde la ventana. El sol había vuelto, dejando atrás la lluvia que seguramente había caído sobre la casa los últimos días, preparando la gran mansión y sus habitantes para el acontecimiento que tendría lugar aquella noche. No me hizo falta mirar por la ventana para darme cuenta que el cielo era excepcionalmente claro y que no parecía que fuera a llover en todo el día.
    “¡Genial!” pensé irónico. En aquel momento hubiera preferido abrir la ventana y sentir la humedad de la lluvia y el sonido que hacía al caer sobre el césped, sobre la tierra, el sonido que hacía al picar con intensidad contra los cristales de la ventana intentando atravesarlos. Pero el día era claro.
    No me quería levantar, no quería volver a ver el traje que ahora debía de estar por el suelo de mi habitación, seguramente arrugándose cada vez más, ahora tan lejos de mí. No quería ir al baile y no quería conocer a mi prometida. No quería bajar por la escalinata decorada como un gran pastel de fresa llevándola del brazo y oír decir a uno de mis sirvientes, obligándolo a degradarse:
    –Lord Marc Butler y lady Elaine Wingfield.
    Yo bajaría la escalera hecho un flan, enfadado con todo el mundo quien hubiera asistido, sin preocuparme en esconder mi disgusto mientras ella sería el centro de todas las miradas con un vestido blanco y sus cabellos rubios cayéndole por la espalda.
    Mi imaginación había creado una imagen nítida, pero ella no tenía ninguna cara, no era nadie para mí, no sabía ponerle rostro. Sabía que si todo esto llegara a pasar ella sonreiría pero no podía imaginar una sonrisa en su rostro, además, ella tampoco quería estar conmigo.
    La imagen se me hacía dolorosa, cogí la manta y la estiré sobre mi cabeza para protegerme de los rayos solares y de mis propios pensamientos. Tampoco tenía de qué preocuparme, seguramente no pasaría, no nos harían bajar por la escalera pastel y quizás no dirían nuestros nombres con títulos incluidos.
    No tardé en levantarme de la cama y todavía con mi pijama azul de rayas, me dirigí a la cocina para almorzar algo. Siempre cocinaba mi propia comida, la cocina era donde había normalmente la gente, dónde no me sentía tan solo. De no ser así igualmente no quería pasar por la sala principal por el momento. No sabía si la mesa estaría preparada para recibir a nuestros invitados. Me hice un té y cogí unas cuantas galletas del pequeño armario, las que estaban junto al bote con gatitos pintados dónde guardaba mi dinero, el que mi padre no controlaba. No tenía demasiada hambre pero cogí fuerzas.
    Hice un pequeño sorbo del té que tenía entre las manos, calentándomelas, mientras escuchaba la fuente que se veía por la ventana encima la pica. El agua, sonaba fresca y me estremecí de frío sólo sentirla caer. Debía de estar congelada, me recordó al sonido de la lluvia, no era lo mismo pero producía un efecto gratificante.
    En cuanto me hube acabado el té me di cuenta que el silencio que reinaba a la cocina no era nada habitual, que ni siquiera Pilot había venido a darme los buenos días ladrando. No quería saber que se estaba cociendo para la fiesta y menos participar pero aún así quería localizar a todos los habitantes de la casa.
    No tuve tiempo de salir de la cocina, la puerta al exterior se abrió dejando pasar un frío penetrante y húmedo en la habitación. Una figura pequeña entró. Llevaba una gabardina que le iba algo grande y un sombrero impermeable del mismo color. Se lo quitó con mucho cuidado dejando ver sus cabellos rubios. Por un momento me asusté. Mi obsesión por mi futura mujer, o mejor dicho, mi pánico, me habían hecho pensar que era ella. Pero la persona que había entrado sí que tenía rostro, además, conocido por mí, era Margaret. Gracias al contraste de expectativas no me asusté, pero tampoco me apetecía verla en aquel momento, de hecho, no hubiera querido verla en ningún momento.
    –Hola –dijo tímidamente al ver que yo sólo la miraba sorprendido–. He visto a todo el mundo fuera, preparando el camino con flores, está quedando muy bonito.
    Sonrió y yo hice un intento de sonreír tratando que me quedara lo más formal y natural posible.
    –¿Qué haces aquí? –no pude evitar preguntar intentando sonar educado.
    –He venido a verte, te quería preguntar una cosa –se le encendieron las mejillas y bajó la cabeza avergonzada, la situación era incómoda y muy violenta, yo no sabía cómo reaccionar. Al ver que yo seguía sin decir nada, esperando su pregunta para que todo acabara, ella continuó–: Mi hermano me dijo que te presentarás al baile con alguien –dudó un momento nerviosa y yo tuve el impulso de alejarme de ella pero por educación me quedé dónde estaba, serio y correcto–, ¿es verdad?
    Tardé algo al pensar mi respuesta. Debía ser respetuoso y por primera vez podía ser totalmente sincero así que debía demostrarlo.
    –Lo siento –me disculpé ante todo–, pero ya me han endosado una chica. La verdad es que preferiría presentarme contigo que con ella, no la he vista nunca.
    Su cara había ido cambiando a lo largo de mi disculpa. Había empezado con una expresión esperanzada y fue derivando a la decepción y finalmente de forma nada natural a una especie de sonrisa de lástima. No tenia que intentar demostrar lástima por mí. En aquel momento tuve muchas ganas de tirarle en cara que su comportamiento respeto a mí, sus gestos de inferioridad y de compasión era lo que me impedía ir a aquel maldito baile con ella. Pero aparte de no ser verdad, habría sido muy doloroso así que callé y fui yo quien contraatacó con una perfecta sonrisa de compasión que le hizo bajar la cabeza y teñir todavía más sus mejillas de un rojo intenso.
    –Pues yo me voy –dijo todavía avergonzada y dándose la vuelta– siento haberte molestado.
    –No eres molestia –cuando ella estaba a punto de abrir la puerta decidí llevar a cabo un último intento de ser amable, sobre todo porque James no se encontrara a su hermana desconsolada, o quizás también por respeto a lo que ella sentía en aquel momento–. Si cruzas los árboles que hay saliendo a mano derecha llegarás antes a tu casa pasando por una valla, James pasa siempre por allí –ella me miró con una expresión que no supe descifrar–, es un atajo.
    –Lo sé –contestó tímidamente– pero no soy tan ágil como mi hermano, yo no puedo saltar la valla.
    Había intentado ser amable y me había salido mal, no sé por qué me esforzaba. Vi entonces, tras de ella las llaves de los diferentes aposentos de la casa, colgadas de pequeños ganchos en la pared, junto a la puerta, y también las de aquella valla. Puesto que había empezado podía terminar, aunque no sabía ni podía saber, ni sabría hasta la noche que aquello era un gran error.
    Me dirigí al lugar dónde estaban guardadas las llaves y por lo tanto me acerqué a Margaret, ella se alejó sorprendida de mi aproximación y yo cogí rápidamente la llave y le di con un movimiento despreocupado para que no hubiera malentendidos.
    –Devuélvemelas por la noche –dije con prisas y desviando la vista.
    Se giró sin decir nada y antes de cerrar la puerta se volvió para mirarme y dirigirme unas últimas palabras, las últimas que oiría de su boca en mucho, mucho tiempo.
    –Gracias por todo. No le digas a mi hermano que he venido.
    –Somos amigos, no te lo puedo prometer –pero en aquel momento me ordené guardar su secreto.
    Al verla desaparecer corrí hacia la puerta principal para ver que hacía la gente decorando el camino de entrada a mi casa. Al abrir las puertas vi a Maj dirigiendo a todo el mundo. Vi a Martha colocando flores en una de las farolas, con mucho cuidado. Odiaba verlos trabajar para mí, pero en realidad era su trabajo. No tardé nada en acercarme a Maj.

  • MarcButlerMarcButler Anónimo s.XI
    editado julio 2010
    –Dónde está Pilot?
    –En su habitación –dijo, como siempre calmadamente.
    –¿La mía? –pregunté extrañado.
    –John me ha dicho que lo ha encerrado porque estaba destrozando la decoración de la sala principal –se giró para controlar a Martha que intentaba colocar a la perfección los florecitas blancas que llevaba dentro en un cesto.
    No intenté hacerlo cambiar de opinión respecto la libertad de mi perro ni tenía la intención de condenar a John por haberlo encerrado, sin primero ir yo a soltarlo.
    Subí por las escaleras pensando en no volver a pasar por aquella parte de la casa en todo el día, yendo por fuera para llegar a la cocina. Al abrir la puerta de la habitación mi perro salió disparado con ansias de libertad, casi sin verme.
    Entré a la habitación y vi sobre la cama perfectamente plegada aquella ropa, aquello que yo había dejado caer al suelo al acostarme la noche anterior. Me vino un escalofrío, al verlo esperándome expectante. Me estremecí por el hecho de que estuviera plegado, allá encima, aun cuando yo sabía perfectamente que quien me hubiera hecho la cama también lo habría recogido.
    No salí de la habitación hasta la hora de comer. Me dirigí a la puerta de la piscina para no ver aquella decoración. El tiempo había variado respecto la mañana. El sol ya no brillaba con tanta intensidad y pude percibir acercándose un principio de niebla, muy ligera. Me calmó, una sensación extraña, un buen presentimiento me invadió en aquel momento, inexplicablemente. Llegué a la cocina que a aquellas horas ya estaba repleta de vida. Hubiera preferido no haber entrado, había demasiada cantidad de comida, en exceso. Todo el mundo se giró a saludarme. Todo el mundo estaba contento y yo no sabía que pensar sobre lo que pasaba por sus cabezas, así que no pensé demasiado en eso. Cogí pasta que había preparado hacía dos días, de la nevera y me senté en un rincón a comer sin intención de hablar con nadie. Sólo sentí rumores apagados de toda la gente que normalmente se abría a mí y me hablaba sin miedo. Me sentí desplazado y sólo Martha que hacía poco que conocía la mecánica de la casa, me miraba con una sonrisa de vez en cuando sin hacer caso de las voces del resto de los sirvientes.
    Veía toda aquella comida y sólo veía en ella lo que quería decir. Un montón de gente en mi casa, invadiendo mi intimidad con vestidos carísimos, intentando demostrar la superioridad los unos sobre los otros. Lo que más odiaba de mi familia, de mis orígenes surgía aquella misma noche presentándome como el protagonista entre un montón de personas que ni siquiera conocía.
    Ya podía ver toda la gente en la gran sala, seguramente estaría decorada a más no poder, más incluso que la escalinata. Veía a los invitados con copas a las manos y a mis sirvientes, uniformados, atendiendo a aquellos desconocidos con sonrisas complacidas o falsas que criticaban mi expresión molesta. Veía a James con su hermana del brazo, controlándola para que no se me acercara y sonriéndome de lejos recopilando información sobre mi futura familia para hacer comentarios sarcásticos después. Veía a mi prometida a mi lado, como siempre, sin rostro, complacida con todos y cogida de mi brazo, sin prestar atención a mi rechazo a todo el que sucedía. Pero mis visualizaciones no podían ser verdad, ella tampoco quería todo aquello, tampoco se quería casar, ya tenía una pareja. No me aliviaba pensar que ella, tanto como yo sería infeliz. Veía a la gente bailando, a los hombres deseosos de bailar con mi complacida prometida y a mí, me veía en un rincón.
    Mis pensamientos fueron interrumpidos por dos bandejas repletas de comida. Me di prisa a comer todo lo posible para no tener hambre por la noche, no les daría la satisfacción de verme pasármelo bien.
    Supongo que todavía no había pensado en la manera de escaparme de la celebración de aquella noche porque en realidad la quería ver. No lo quería admitir ni frente de mí mismo, pero todo el mundo que conociera mi comportamiento ante la boda sabría que no estaba haciendo todo el que podría para escabullirme del baile.
    Decidí subir al ático, hacía mucho que no iba, había parado muy poco por casa en los últimos meses. Cada quince días debía volver, pero viajaba lo más a menudo posible, nada tangible me unía a mi casa, y no hubiera tardado en ir a Australia si no me hubiera encontrado con una sorpresa sobre la cama al volver. En aquel ático pasaba horas simplemente escondiéndome del mundo.
    No había tardado mucho en subir, por este motivo me sorprendió ver por la ventana lo que vi. La niebla había incrementado, el sol cada vez estaba más alto pero las nubes no dudaban en esconderlo. Me extrañó pero estuve agradecido.
    A lo largo del día la niebla fue invadiendo el sotobosque, los matojos más bajos haciéndolos desaparecer poco a poco. Las copas de los árboles fueron hundiéndose en la gran nube que flotaba suavemente sobre la tierra. Esta visión me hizo venir una necesidad de salir, sentirme pequeño en la niebla y la grandeza de la naturaleza, pero me encontraba en la parte más alta de la casa, sintiéndome poderoso por encima de la meteorología. Era una sensación de que me hubiera gustado no volver a tener.
    Dejé mi escondrijo cuando todo el mundo ya me buscaba. Mi padre todavía no había llegado. Cuando llegué al piso de bajo, sin quererlo, sin saber cómo, pasé por la sala principal. Estaba exactamente como yo creía que estaría. Todo era rosa.
    “¿Por qué rosa?” no estaba seguro de tener los ojos bien. Todo tenía una extraña tonalidad rosada. Nunca había odiado ese color, pero empezaban a darme motivos por hacerlo.
    Era peor que la gran escalinata, como esperaba. Las cortinas descorridas, dejaban ver el jardín. Las ventanas estaban cerradas debajo había mesas alargadas junto la pared con platas llenas de canapés, y otras comidas por el estilo. Había más flores que en la escalinata y el aroma que desprendían era más intensa.
    “¿Cómo podrán respirar los invitados?” pensé irónico, lamentándome de no tener a James cerca.
    Pasé muy rápido, sin querer fijarme en nada. Llegué a la cocina, dónde el ambiente había cambiado, casi tropezando con Martha que llevaba una plata con más comida hacia la sala principal.
    –Perdone –se disculpó ella.
    –No pasa nada –contesté distraído mirando hacia la puerta abierta.
    Hacía frío en la cocina, estaba casi vacía. La puerta estaba abierta y no podía saber desde hacía cuánto rato. Me dirigí a ella sin saber porque, con un mal presentimiento. No tardé mucho en darme cuenta de lo que significaba aquella puerta abierta. La cerré preocupado. Maj se me acercó y me sonrió con amabilidad.
    –Debería vestirse, su padre no tardará mucho en llegar.
    No le dije nada, salí de la cocina sonriéndole, sin dejar de pensar con la maldita puerta abierta. En realidad me apetecía arreglarme por una vez, en realidad, aun cuando no lo admitiría nunca ante nadie. Quizás sólo le diría a James, ya estaba pensando en echarle en cara que yo iba mejor vestido.
    Cuando sólo me quedaba por poner la corbata, me miré al espejo, no me quedaba mal, pero realmente me veía demasiado diferente. Me puse la corbata intentando arreglar el panorama y de hecho lo hice. Me la ajusté y me intenté peinar con las manos. En aquel momento no sé por qué motivo me vino la cabeza: Pilot. Era demasiado evidente que mi padre lo querría tener fuera de la vista de los invitados, si no, sabía lo que le podría pasar.
    Desde que había subido al ático no le había visto, me empecé a preocupar, bajé a prisa las escaleras. En aquel momento sentí al otro lado de la puerta de entrada un motor parándose. Corrí a la cocina. Localicé a Maj dirigiéndose a la puerta de entrada.
    –Su padre ya está aquí –dijo pretendiendo que lo siguiera.
    –¿Dónde está Pilot? –pregunté yo andando en dirección contraria– ¿lo habéis cerrado?
    –No lo hemos encerrado –dijo él sin retenerme, se lo agradecí.
    Salí a toda prisa por la puerta de la cocina, ya no estaba abierta. Me preocupaba que los invitados vieran a Pilot, si lo hacían, probablemente yo no lo volvería a ver. La niebla se había hecho más espesa, mucho más de lo que yo me esperaba. Me dirigí a los árboles de la salida de la cocina dispuesto a encontrar a Pilot. Antes de adentrarme miré atrás y la única cosa que pude ver fue una sombra humana junto a la sombra del coche de mi padre. No me importó dejarlo atrás, tampoco me importó no verlo.
    Los árboles me oprimían, la niebla no me dejaba ver demasiado. No me dirigía a ningún lugar en concreto en realidad, sólo corría y gritaba.
    –Piloto! –chillaba con todas mis fuerzas.
    Pero no recibía respuesta. Me movía llevado por los malos presentimientos, por los peores. Estaba seguro de que no había salido de la propiedad, pero hacía bastante que corría, no tardaría en llegar al límite.
    Mi padre seguramente ya estaría colérico, reclamando mi presencia. Por el momento no había tenido problemas, había podido correr, gritando a Pilot, sin que nada me lo impidiera, aun cuando sabía que no tardaría mucho en encontrar dificultad para adelantar.
    Llegué a la valla que delimitaba la propiedad de mi familia, casi chocando debido a la espesa niebla. Si hubiera hecho el camino recto hubiera tardado unos veinte minutos en llegar, era lo más habitual, pero como había dado vueltas sin sentido no podía calcular el tiempo que había pasado. Empecé a reseguir la valla, sin dejar de tener contacto, reduciendo la velocidad.
    –Pilot! –grité exhausto.
    En aquel momento algo me falló, la valla había desaparecido, y caí de lado. Intenté adivinar que había pasado exactamente y tanteé el lugar dónde habría habido la valla. Era la puerta, estaba abierta.
    “Margaret” pensé rabioso. Se había dejado la puerta abierta.
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