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Mériac, un vampiro con alma. Capítulo 4: Un extraño en la noche

ValakyaValakya Pedro Abad s.XII
editado febrero 2011 en Terror
—¿Estás segura? —Preguntó casi atónito Beto.
—Claro que lo estoy.
—Pero eso es mucho tiempo Mériac —repuso Sofía.
—Verán, llevo casi cuatro años sin vacaciones y sé que puedo confiar en ustedes, necesito un buen viaje para relajarme.
—Bueno sí, pero…. cinco meses, ¿no es demasiado tiempo?
—Tengo que disfrutar mi esfuerzo, digo, creo que ya es justo. Tengo listas mis cosas y partiré entre hoy o mañana. Sofía, te dejo las llaves y quedas a cargo de la tienda. Tú, Beto, quedas a cargo del mantenimiento; por el momento todos los desarrollos están terminados, así que el único pendiente es la tienda y mantenimientos para los sistemas vendidos.
***

Esa mañana despertó una hora después que Sofía abrió la tienda, tomó una ducha en el pequeño baño de la habitación. Se vistió como siempre, no era una ocasión especial después de todo.
Arriba Sofía miró extrañada a la joven dueña de la tienda, nunca se despertaba tarde, se acercó al aparador y aún adormilada le dijo.
—Se quedan a cargo, yo me voy y regreso en un par de semanas.
Salio de la tienda su estomago reclamó alimento. Sonrió de manera lúdica y tomó un autobús con rumbo a la parte sur de la ciudad.
***

El hambre apresuraba sus pasos, la calle Independencia era un corredor con locales de los artesanos de San Pedro, Tlaquepaque. La zona es conocida como la Villa Alfarera. Tiendas que muestran trabajos de cerámica, barro, figuras hechas de metal forjado o latón, artistas que dan vida a hermosos animales traslucidos con la técnica del vidrio soplado. A pesar de haber visto eso un sinnúmero de veces en su camino al Campus de Ingeniería, Mériac siempre se detenía a contemplar como daban vida a una masa de cristal incandescente. Los restaurantes ofrecían sus cartas para degustar sus alimentos en cómodos y frescos equípales al cobijo de las sombrillas y el refrescante contenido de cantaritos llenos de refresco de toronja, jugo de limón, sal en grano y una medida de tequila; sin embargo, el objetivo de Mériac estaba más adelante,
Cruzó en diagonal el jardín, que forma la Plaza Tlaquepaque y cuyo centro es adornado con un hermoso kiosco de roca labrada, ella continuó su camino, tomó la calle Morelos a la derecha —a espaldas del Santuario de Nuestra Señora de la Soledad— y avanzó por ella hasta la entrada al mercado municipal.
La entrada tenía dos vertientes, una subía a la parte donde podría encontrar artesanías a un precio más accesible y la otra —la que realmente interesaba a Mériac— conducía a los puestos de comida.
El aroma de los platillos servidos llegó a su olfato avivando el hambre en su estomago.
—“No podía irme de la ciudad sin antes comer aquí” —pensó mientras se relamía de manera anticipada.
Avanzó entre los puestos de comida que ofrecían sus platillos y una silla a la recién llegada, ignoró todos hasta dar con uno en particular —y por el cual había cruzado medía ciudad—. Era temprano y las mesas —en su mayoría— estaban desocupadas, no tuvo problemas para encontrar lugar.
Se aseguró de quedar frente al dueño del local y desde su mesa le habló con voz firme, segura y ansiosa.
—¡Güero, dame una grande de ternera!
—¡Claro que sí, güerita! —contestó jovial.
De manera inmediata fue servido un plato hondo con trozos de carnaza y costilla de ternera, cubierta con un consomé transparente con matices rojizos, pequeños trozos de orégano flotaban sobre la superficie caliente del caldo. Colocó un poco de cebolla en el interior del plato y permitió que el aroma mezclado de todos los ingredientes llegara a su olfato para posteriormente saciar su gusto con el sabor de esa rica mezcla de carne y especias llamada: birria.
—“¡sólo aquí la preparan así!” —pensó mientras tragaba el primer bocado del platillo tradicional de Jalisco y alistaba otra tortilla hecha a mano con carne y chile de árbol con tomate verde.
***

Regresó sobre la calle Morelos, tenía un objetivo más que visitar antes de partir con rumbo al aeropuerto. En contra esquina de la catedral y el Santuario —sobre la calle Morelos— Mériac entró en un local, el calor del exterior fue mitigado por la frescura de los productos puestos a disposición de los clientes.
Recargó el hombro derecho en la barra de la caja mientras veía los precios, para al final decidirse por el mismo tamaño de siempre.
—Uno grande por favor.
—Claro, señorita, son veinte pesos —atendió de manera cortes la joven.
Mériac sacó de su bolsa un billete color azul con la efigie del ilustre benemérito de las Américas: Don Benito Juárez. A cambio obtuvo un recibo que cambiaría en el siguiente estante.
—¿De que se lo servimos, señorita?
Los ojos de la joven leían con codicia cada uno de los sabores que ofrecían en el local: mamey, elote, chongos zamoranos, mango, tequila, guanábana, fresa, limón, arándano, menta, hierbabuena, cajeta y zarzamora.
—Mamey y elote, por favor —dijo sin poder evitar sonreír.
El enorme vaso fue llenado con nieve de garrafa de los sabores solicitados. Textura cremosa con trozos enteros de pulpa, como si la fruta hubiera sido congelada, triturada y adicionada con un poco de leche para dar esa consistencia, los trozos del fruto eran masticados con deleite por la joven en su primera cucharada.
Abandonó el local y fue a sentarse en un una banca, donde la sombra invitaba al reposo.
Una vez que terminó —con ingente deleite— la nieve de garrafa, tomó su mochila.
—“Veamos si todo está bajo control” —pensó aun saboreando la nieve.
Comenzó a mover el contenido de la bolsa con nerviosismo, vacío el contenido en el piso sólo para comprobar lo que tanto temía.
—¡Carajo! —gritó enfurecida— ¡Olvide el pasaporte en la tienda!
Regresó a troté a la avenida Niños Héroes, mientras maldecía para sí misma su descuido que la retrasaría al menos una hora más.
***

Su llegada a la tienda sorprendió a los empleados, quienes la vieron molesta. Iba a salir cuando algo la detuvo, regreso para bajar las escaleras que la conducían a su recamara.
Encendió el ordenador —el cual estaba apagado por primera vez en meses— y escribió un archivo para mandar a imprimirlo. Era un listado de las cosas básicas que tenía que llevar para el viaje, no deseaba otra sorpresa similar a medio camino.
Descubrió que no sólo hacía falta el pasaporte, sino un par de identificaciones, su licencia de manejo y llevar dinero en efectivo para evitar sacarlo en el aeropuerto al que arribara en su improvisado viaje. Para cuando terminó la noche ya había caído en la ciudad, aún se sentía satisfecha por el almuerzo-comida, así que decidió cenar en la terminal aérea para evitar perder más tiempo.
Comenzó a caminar con cierta molestia por todo el tiempo perdido. Iría al aeropuerto para tomar el primer boleto hacía cualquier lugar, era una gran aventura, así que no la arruinaría poniéndole itinerario. Avanzó por la avenida alegremente, cuando un carro se detuvo a su lado. Descendió un sujeto que medía cerca de un metro con ochenta, pero la presencia que irradiaba lo hacía verse mucho más alto. Se veía entrado en los treinta; de aspecto sombrío, muy a la usanza de las películas europeas, sus ojos color miel eran profundos, llenando de confianza a Mériac. No era muy bien parecido, pero su nariz recta lo hacía interesante, así como su mentón cuadrado y fuerte, cabello negro como la noche perfectamente peinado hacia atrás, ni un solo cabello fuera de lugar. La experiencia de hacía un par de años en el estacionamiento del cine aún no se había borrado, sin embargo, aquel hombre le inspiró una seguridad parecida a la que un padre brinda a su hija.
—Buenas noches señorita —su acento extranjero era muy marcado, quizás del norte de Italia—; soy nuevo por aquí y desconozco la ciudad, ¿podría indicarme donde esta la Avenida Acueducto en Zapopan?
—Claro señor, sube por esa Avenida, es Vallarta y llegará a la glorieta de la Minerva, toma la primer salida y avanza derecho hasta la glorieta de Avenida México, toma la cuarta salida que es Rubén Darío —Mériac cerró los ojos para visualizar mejor la calle —avanza por esa calle hasta Pablo Neruda, es un tramo de cinco a diez minutos dependiendo del tráfico, esa calle la toma a la izquierda y llegará a otra glorieta, ahí tomará la primer salida y habrá llegado a su destino, es sólo cuestión de buscar el número de su casa.



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Comentarios

  • ValakyaValakya Pedro Abad s.XII
    editado junio 2010
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    —Hay demasiadas glorietas en esta ciudad, es un poco complicado llegar ¿podría acompañarme para indicarme las calles?
    Le miró con recelo, no acostumbraba hablar con extraños, mucho menos abordar el carro de un desconocido. Pero algo, sublime, casi imperceptible en su acento y mirada, terminó por quebrar todas sus defensas. Una voz en su interior bisbiseó “no hay nada qué temer, todo irá bien”. Así que decidió subir al vehículo
    —Mi nombre es Nicolás Valterra.
    —Yo soy Mériac Duval.
    ***
    Avanzaron por la Avenida Vallarta, pero no por mucho tiempo, pues los detuvo un semáforo en la calle Marsella. Mériac tenía las manos sobre las rodillas, oprimía los labios con tal fuerza que palidecían ante la presión.
    —Es una hermosa ciudad —comentó Nicolás.
    —Sí que lo es —respondió lacónica.
    —He visitado muchas ciudades —comentó Nicolás con nostalgia —cada una de ellas tiene su propia magia, las razones por las que fueron fundadas algunas veces son dejadas al olvido; sin embargo, el llamado de la tierra hacia los fundadores se puede sentir fluir a través del mismo concreto, murmurando sutilmente “quédate conmigo”.
    Mériac miraba embelesada a su interlocutor, sus palabras sacudían su ser; “Quisiera quedarme a tu lado”, pensó la joven. La luz cambió a verde, el movimiento del vehículo la devolvió con rapidez a la realidad, apenada de estar contemplando a Nicolás durante todo ese tiempo, agradeció que no pudiera leer su mente.
    —¿Ha viajado mucho? —preguntó en voz baja.
    —Mucho, no me gusta alardear; pero viajar es uno de los placeres que más disfruto. Mis negocios me obligan a visitar diversos países, Así que aprovecho mis momentos de asueto para conocer la cultura e historia de aquellos lugares que visito.
    Viajar así debe ser increíble”, pensó Mériac, debía estar alerta y preocupada, estaba en el vehículo de un extraño del cual no tenía idea de sus intenciones; sin embargo, estaba relajada y tranquila, pero sobre todo, extrañamente fascinada con el desconocido.
    —Cuando no se puede viajar —sonrió Nicolás—siempre están los libros.
    —O el Internet —se apresuró a contestar—, ahí uno puede encontrar todo.
    El extranjero la miró de soslayo con una leve sonrisa de satisfacción.
    —Tiene razón, yo soy un poco anacrónico y poco afecto a la tecnología; prefiero un buen libro o la descripción de una epístola acerca de un lugar en particular. Bram Stocker, el creador de Drácula, describió a la perfección esa región de Europa oriental como si la hubiera visto, pero nunca estuvo ahí físicamente. Basó su narrativa en libros y cartas de personas que habían visitado el reino de Wallaccia.
    Rodearon la glorieta de la Minerva y el semáforo de la calle Morelos los detuvo de nuevo.
    Benditas luces rojas”, pensó Mériac, no deseaba llegar a su destino.
    —Su familia debe de reclamarle mucho por el tiempo que no pasa con ellos —comentó Mériac por lo bajo.
    —No tengo familia, vivo solo desde hace mucho tiempo —suspiró con nostalgia—, los pocos parientes que tengo dudo mucho que deseen saber algo de mí.
    “¡Ay Dios, soltero, guapo y con dinero!” se dijo a sí misma “, pero que estoy pensando, ¿cómo se va a fijar en alguien como yo? Baja de nuevo a la tierra Mériac”.
    —Lamento la pregunta —se disculpó.
    —No se preocupe, el pasado sólo sirve para aprender de él.
    Cada palabra que emergía, quedaba suspendida en el aire, alterando todo el entorno con la mágica cadencia de su acento italiano. Voz varonil y de matices graves que envolvía a Mériac como si se tratase de una seda muy fina. La luz se tornó verde y avanzaron de nuevo.
    —Además, he dejado un poco de mí en cada ciudad, ahora mi pasado ya no me afecta, tanto.
    Que vida más interesante” pensó Mériac.
    —¿Usted a que se dedica? —preguntó Nicolás con curiosidad.
    —¿Yo… ? —respondió apenada —tengo una tienda de comics y además desarrollo software para empresas.
    Y aquí se terminó el encanto”, pensó la joven, afligida por la sencillez de su vida.
    —Suena interesante.
    De cualquier otra persona hubiera tomado eso como un sarcasmo o una burla hiriente, ¿qué podría tener de interesante su existencia comparada con la de él? Sin embargo el tono y la mirada de Nicolás mostraban sinceridad en su comentario: cualquiera podría burlarse de ella, menos él.
    —En realidad mi vida no tiene nada de interesante —comentó apenada.
    —Cada vida lo es, por el simple hecho de estar aquí —arguyó con calidez—; cada persona en el mundo tiene el potencial para cambiarlo de manera radical; usted por ejemplo —por primera vez los ojos de Nicolás se posaron en los de Mériac directamente—, podría alterar toda una sociedad.
    —¿Yo? —preguntó entre risas.
    —¿Porque no?, es inteligente, joven y guapa —respondió Nicolás categórico.
    “¡Ay, ay, ay piensa que soy bonita!, tranquila, tranquila, no vayas a cometer una estupide!” se sonrojo.
    —En esa glorieta tomamos la cuarta salida —fue la respuesta de ella.
    ¿Qué haces Mériac?; ¿el hombre más interesante que has conocido en toda tu vida te ha dicho el mejor halago que has escuchado y tú le das indicaciones para tomar una glorieta? Creo que por eso no tengo novio” se reprochó la joven.
    Tomaron Rubén Darío, estaban cerca de su destino; cosa que lamentaba Mériac.
    —La gente pocas veces ve lo importante en las demás personas; toman sólo lo superficial, sólo aquello que sus ojos ven. Durante toda mi existencia he aprendido que no todo es lo que parece —dijo Nicolás.
    —Es un mal de nuestro tiempo, el materialismo nos ha convertido en subhumanos cuyo único fin en la vida es llegar a los modelos planteados por la sociedad. Si no estamos en esos estándares, somos repudiados y exiliados, como despojos humanos —comentó Mériac con un dejo de tristeza.
    —Concuerdo con usted, lo que esperan de nosotros los demás, se traslapa sobre nuestros deseos y metas en la vida; uno debería de vivir acorde a sus creencias sin el temor al ostracismo. Cada individuo tiene que ser amado incondicionalmente por el maravilloso, excepcional y único ser que es.
    ¿Por qué no fuiste mi papá?”, pensó Mériac conteniendo el llanto. Esas eran las palabras que hubiera querido escuchar de su padre.
    —¿Le sucede algo, señorita? —preguntó afligido al ver el estado de Mériac.
    Negó con la cabeza, no tenía suficiente control para hablar y contener el llanto al mismo tiempo. Bajó con rapidez la ventana, necesitaba aire para recobrar la entereza. Haló aire con fuerza, deseaba ahogar a como diera lugar ese sentimiento que se arremolinaba en su pecho.
    —No he comido bien —respondió con la voz entrecortada —quizás fue un ataque de hipoglucemia.
    Al frente de ella, a sólo dos cuadras más se encontraba la calle Pablo Neruda.
    —En la avenida con camellón dé vuelta a la izquierda.
    Nicolás tomó la indicación. Una vez terminada la maniobra, colocó su diestra sobre el hombro de la joven. El contacto físico con el conductor estremeció por completo a Mériac. Una demostración de afecto como nunca la había sentido, como más de alguna vez esperó de su padre. La mano fuerte y bronceada posiblemente por el sol del mediterráneo oprimió con calidez y firmeza el hombro de la joven.
    ¿Por qué no tuve un padre como tú?, ¿acaso no lo merecía?
    —Por favor... —musitó quedo.
    —Perdone señorita —se apresuró a disculparse —no era mi intención hacerla sentir incómoda.
    —No me sueltes —suplicó Mériac, que, sin evitarlo, comenzó a llorar—en la glorieta tome la primer salida, y ya sólo tiene que buscar el número del sitio adonde va.
    El resto del camino, ya no pudo articular palabra alguna y sólo se limitó a sollozar por lo bajo.
    ***

    Respiró con profundidad, era necesario que recuperara la compostura antes de continuar su camino.
    —Bueno, señor —dijo con serenidad —ya llegamos, ahora me retiro.
    —Señorita, no puedo permitir que se vaya en ese estado, permítame invitarle un café y posteriormente llevarla a su destino; no puede andar por la calle así, me siento responsable por su situación actual —dijo con calidez—. Ahora que ya sé cómo llegar a esta la calle donde vivo cuando ando por aquí, no me resultará difícil regresar.
    Era algo que deseaba en lo más profundo de ella; no pensó siquiera en rechazar la invitación y entró en la mansión.



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  • ValakyaValakya Pedro Abad s.XII
    editado junio 2010
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    Una finca de al menos veinte metros de frente por cincuenta de fondo. El hermoso jardín de árboles frutales como duraznos, manzanos y cerezos; sin lugar a dudas sería una postal hermosa cuando todos ellos dieran frutos. Una calzada de cantera rosa conducía hasta la puerta de entrada. El vehículo avanzaba con parsimonia sobre la roca traída de San Miguel el Alto. La construcción era de tres pisos. “Un verdadero castillo”, fue lo que pensó Mériac cuando todo el conjunto de la mansión de Nicolás se develo ante ella.
    Esto debe valer una fortuna”. Con los ojos abiertos, como platos, no dejaba de contemplar hasta el más mínimo detalle. En la entrada principal de la mansión un mayordomo esperaba al señor para darle la bienvenida a sus dominios.
    —Drakar —se dirigió al mayordomo—, estaremos en la biblioteca, por favor lleva un servicio completo de mi mejor café.
    —Será un placer, señor —respondió flemático.
    —Bienvenida a mi humilde morada —dijo Nicolás mientras abría la portezuela a Mériac.
    ***

    El café era de una calidad exquisita. No alcanzaba a encontrar la mezcla del arábigo; le pareció de muy mal gusto preguntar, así que se abstuvo de hacerlo contra todos sus deseos de extraer esa deliciosa información. La biblioteca de Nicolás estaba hermosa, libros tanto antiguos como modernos adornaban las paredes del salón. De pronto aquel extraño le pareció más atractivo e interesante, como si la tenue luz del salón afinara sus facciones, dándole un matiz sumamente varonil.
    —Es difícil encontrar ayuda en las urbes, la gente es muy desconfiada.
    Tomó un sorbo más de la bebida, la voz de Nicolás sonaba como una hermosa melodía; llegaba hasta lo más profundo de su ser, vibrando como la cuerda de un violín al contacto con el diapasón. Los armónicos de su voz la conducían a un remanso de paz y tranquilidad, como una droga, pero escuchada, en vez de ingerida.
    —¿O no lo cree así? —preguntó Nicolás con interés.
    —¿Perdón…? —se sonrojó.
    —Que la gente es muy desconfiada en las urbes.
    —¡Ah!, sí, claro; los altos índices de criminalidad nos ponen así.
    Mériac dio otro sorbo con premura, para disimular su bochorno.
    —Sin embargo, usted aceptó acompañarme.
    —Bueno usted sabe, inspira… confianza, y pues… decidí ayudarlo —arguyó con timidez.
    Sus ojos encontraron a los de Nicolás. Al darse cuenta, llevaba cerca de un minuto mirándolo sin pronunciar palabra alguna. Desvió su atención hacía un antiguo volumen en uno de los estantes; se puso en pie y avanzó en esa dirección.
    —Se ve que es un ejemplar muy antiguo.
    —Sí que lo es —se acercó y abrió por la mitad el tomo—, está empastado a mano, escrito en arameo y sánscrito, es un ejemplar muy raro.
    —Y costoso, me imagino —sonrió nerviosa.
    —Mucho, pero mayor que su costo monetario es el valor histórico y cultural. Miles de años acumulados en sus hojas de piel. Ha sido restaurado por grandes artistas para preservarlo hasta nuestros días —dijo con afecto hacia el escrito.
    Cerró el tomo con cuidado y lo depositó en su lugar, junto con otro cúmulo de libros antiguos.
    —¿Colecciona libros? —preguntó Mériac con interés.
    —Hago algo más que eso, estudio la historia y estadística, así como las implicaciones de individuos especiales en momentos específicos de la sociedad, y cómo estas intervenciones han cambiado el rumbo de naciones o del mundo —respondió con aire de erudito.
    —¿Con qué fin práctico? —preguntó interesada.
    —Aprender de nuestros errores y preverlos antes que sean irrevocables.
    —¿Predecir el futuro? —preguntó con incredulidad.
    —¡Jaja jaja! —Su risa era hermosa—, eso sería mucha pretensión de mi parte, pero es algo parecido. A partir de datos estadísticos e históricos podemos ver el curso que podrían tomar ciertos aspectos sociales, así como sus factores previos para evitar tragedias.
    —Fascinante —bisbiseó Mériac.
    La palabra brotó de sus labios de manera natural, sin saber si la dirigía al tema o al ponente que tenía frente a ella.
    —¿Adónde iba señorita?
    —Pensaba ir de vacaciones —respondió con premura.
    —¿Algún lugar en particular? —preguntó con interés.
    —Aún no lo sé, simplemente quiero descansar.
    —Me agrada su actitud, ¿Quiere que la lleve al aeropuerto?
    —Sí —respondió Mériac sin pensarlo—disculpe mi atrevimiento, pero no me gustaría alejarme de usted.
    Esa frase hubiera provocado sonrojo en la joven con tan sólo pensarlo y ahora se lo había dicho sin el menor recato a un perfecto desconocido.
    —No tiene por qué hacerlo, si lo que quiere es descansar y viajar, podemos hacerlo en mi avión particular.
    —Pero es que… pues no sé si vayamos al mismo sitio —repuso algo incómoda.
    —¿Me acaba de decir que no tiene un destino fijo? —Nicolás sonrió—, ¿ha visitado Europa?
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado febrero 2011
    ah, se acabó cuando ya ibamos a viajar:eek:, entonces, la continuación donde andará, será que volverá la chica :confused:
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