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Aire acondicionado, made in Zanbar

ZanbarZanbar San juan de la Cruz XVI
editado mayo 2010 en Promociona tu obra
Aquí va un fragmento (el primer capítulo, que no es muy largo) de una de mis novelas, que tengo por ahí para leer en book and you, aunque creo que dentro de poco la sacaré, que ya se pasó el plazo del concurso al que la había presentado. Por eso está en book and you). Es una novela sencillita de humor y enredos, esas cosas que escribo para descongestionarme del suspense y el terror, ¡ea!

***

cuchillos.jpg
SINOPSIS

Un joven un tanto huraño comienza a frotarse las manos a principios de agosto cuando cree real la posibilidad de quedarse solo en su edificio de doce viviendas. Parece que, al fin, todos y cada uno de sus molestos vecinos van a dejarle disfrutar de pequeñas libertades como poner la música al volumen deseado, pasear a su antojo por las escaleras, cantar en los rellanos, bailar desnudo en la terraza... Pero sobre todo, parece que va a poder disfrutar de la ausencia de cierto anciano mezquino que vive en el tercero.
Todo se le presenta perfecto, y para redondear las “vacaciones” ha encontrado un económico aparato de aire acondicionado que sustituya a su viejo ventilador. Sin embargo, sus ilusiones comienzan a desvanecerse cuando descubre que no está tan solo en el edificio, que viejos y nuevos vecinos pueblan su idílico refugio veraniego, y que deberá compartir con ellos las surrealistas complicaciones que se le avecinan con la llegada de una misteriosa inquilina...



Podéis leerlo completo siguiendo las instrucciones:

* Acceder al enlace: http://www.bookandyou.com/
* Hacer clic en "Inscripción" y rellenar los datos del registro.
* Acceder a la Zona de Lectura y, en el buscador, introducir
los datos del libro: Aire acondicionado

Comentarios

  • ZanbarZanbar San juan de la Cruz XVI
    editado abril 2010
    PRIMER CAPÍTULO

    —Venga, tranquilos, que no va... —Aquí M. J. hizo una pausa para enfatizar mientras se cuidaba de no rozar su faldita blanca con las paredes beige del ascensor, por temor quizá a que se le contagiara el color— a pasar nada. ¡JODER, DEJA DE DARME CON EL CODO!
    M. J. se apartó con un movimiento de caderas del contacto de su novio, y dio a continuación un paso corto para distanciarse de las paredes de la estrecha cabina, que temblaba con el movimiento.
    —Eso... A ver si caemos hacia abajo y acabamos ya...
    Sin fijarse en la pareja que ahora discutía dándose manotazos en las manos por el clásico argumento de “empezaste tú”, miró hacia el techo más amarillento que las paredes, aunque aquel una vez fue blanco. Después de las situaciones tan agitadas que había vivido, permanecer casi un cuarto de hora encerrado en el ascensor con tres idiotas le parecía un viaje en el tren de la bruja sin tren y sin escoba. Con todo, que pudiera notar la humedad de su espalda cada vez que se rozaba con Yulio, no solo le hacía tomar conciencia de lo claustrofóbico que era ese lugar sino, además, del tremendo calor que hacía. Y es que el maldito ascensor no tenía aire acondicionado, no lo había tenido nunca, ni probablemente lo tendría jamás.
    —... Estaros quietos de una vez, por favor... —continuó murmurando sin fuerzas. No quería subir el tono de voz para no acalorarse más. Además, ya empezaba a comprender que intentar que esos dos se estuvieran quietos era como probar suerte apagando un incendio forestal meando.
    —Que me mancho la falda, que me mancho la falda... —se burló J. M. arrugando la barbilla como solo él sabía hacerlo—. ¿Y qué te parece si no viene nadie a sacarnos de aquí hasta septiembre? ¿Se te manchará tu faldita cuando tengas que mearte encima?
    —¿Se te caerán todos los dientes si te doy un guantazo? —espetó ella, imitándole.
    —¿Tú? ¿Tú me vas a dar un guantazo a mí? ¡Venga! ¡Dámelo! ¡Dámelo, que eres muy chula tú! ¡A ver si te lo doy yo a ti!...
    —¿Tú? ¿A mí? Te cojo y te...
    Podría haberles parecido a sus dos acompañantes que un intercambio así de palabras acabaría en una agitada pelea fuera de control. Pero lo único que consiguió la nueva ronda de manotazos pueriles en las manos fue hacer que los hombros de los muchachos se rozaran entre sí y que el ascensor bailara con pereza, en absoluto dispuesto a moverse más de cinco centímetros en dirección alguna.
    Él suspiró y se pegó a la puerta de seguridad. Agradeció que estuviese bastante fresca en comparación con el contacto humano, pero sabía que era cuestión de tiempo el que se convirtiese en una superficie húmeda y pegajosa impregnada también del cálido aliento de esos dos que no paraban de abrir la boca para proferir estupideces.
    —¡Eh!
    Lo que faltaba, ahora era Yulio el que malgastaba su aliento intoxicando el poco oxígeno limpio que quedaba.
    —¡EH!
    J. M. y M. J. detuvieron su trifulca para observar al más bajo de los pasajeros del ascensor, y no porque fuera el mayor en edad y mereciese un respeto, sino porque parecía bastante asustado con las manos pegadas a las paredes de la esquina, mirando a ninguna parte con los ojos demasiado despiertos para lo habitual en él. Una gota de sudor le descendió de la sien hasta perderse entre los pelillos de su descuidado afeitado.
    —¿Qué? —inquirió J. M., volviéndose hacia él.
    —¡Me he dejado el DNI, mi cartera, en el quinto! ¿Y si la Policía ha entrado a revisar los pisos? ¿Y si entran y lo encuentran? ¿Y si suben al sexto y ven por ahí mi camiseta? ¡Dios, estamos jodidos! ¡Dios, hay que joderse! —se llevó la mano a la boca, avergonzado por sus palabras.
    El ascensor vibró un poco por el temblor de piernas de Yulio. Pareció estabilizarse, pero pronto volvió la agitación, esta vez por las carcajadas de M. J.
    —¡Tú!... ¡Estarás jodido tú! —más carcajadas.
    Yulio miró a la pareja con los ojos todavía demasiado abiertos para su estatura. Mostró una mueca ambigua mientras trataba de decir algo que sirviera para atajar esas risas y apagar la vívida imagen de su documentación abandonada en la cartera que había abandonado en aquella habitación que tan apresuradamente había abandonado en su momento.
    Más sudor bañó su frente. Miró a sus otros dos compañeros en busca de comprensión. Uno parecía divertido mirando al techo, pegando y despegando la espalda de las puertas de seguridad, pero el novio de la chica empezó a mostrar arrugas de preocupación en la frente. Pronto, su mirada insistente y nada brillante atrajo la atención de M. J., que movió sus repintados labios bruscamente.
    —¿Qué pasa? —preguntó a su chico, mirándole a las manos que seguramente acabaría golpeteando de nuevo.
    —Te vas a reír...
    —No, no me voy a reír, ¿qué pasa?
    —Te vas a reír mucho, cariño...
    —No, no me voy a reír, cariño, y suéltalo ya porque te prometo que te...
    —¿Te acuerdas de la caja de preservativos, firmada y dedicada, que me diste y...?
    —¡No!
    —... Pues con los nervios y eso me la dejé junto al cadá..., bueno, ya me entiendes.
    —¡No!
    —... Me llevé los guant..., los condones que gasté, pero me dejé la caja y...
    —¡Tú eres gilipollas! ¡No! ¡Más que eso! ¡Tú eres gilipollas hasta para ser gilipollas! ¡TE MATO, TE JURO QUE YO TE MATOOOO!
    M. J. se abalanzó sobre el cuello de su chico. A este le pilló tan desprevenido que su chica pasara de centrarse en sus manos a centrarse en su cuello que dio un saltito hacia atrás para evitarla, y pisó a Yulio, que se quejó mientras se hacía a un lado, y se rozaba con su otro compañero, quien, asqueado por el contacto humano, se alejó a su vez empujando a M. J. con la mano. Esta rozó su falda con la cabina y emitió un sonoro grito. La cabina se agitó más. Ahora sí parecía que se fuese a romper el cable que la sujetaba y que caerían unos cinco pisos abajo. Y la única ráfaga de viento que sentirían sobre sus cuerpos sería la del interior de la cabina. Sería un batacazo caluroso.
    —¡MI FALDA, JODER! ¡A TI QUÉ TE PASA!
    —¡DÉJATE LA FALDA DE UNA VEZ, SUBNORMAL! ¿ES QUE NO VES QUE LA HEMOS CAGADO SI ENCUENTRAN MIS CONDONES?
    —Dios, Dios... ¿Cómo podemos ser tan idiotas? ¿Cómo somos tan desastrosos?... —gimió Yulio desde la otra esquina, ajustándose distraído los pantalones—. Padrenuestroqueestásenloscielos... padrenuestroqueestás...
    Las risillas crecientes del cuarto pasajero captaron la atención de la pareja y de Yulio.
    —¿Y a ti qué te pasa ahora? ¿Es que te hace gracia que se me ensucie la falda?
    Risillas convertidas en risotadas.
    —La... falda... La falda dice... —risas—. ¡Tú eres tonta, niña!
    —¡Eh! —protestó J. M.; pero luego se arrepintió—. Aunque es verdad; eres tonta.
    —¡Tus muertos!
    La garra de M. J. pasó tan cerca de la nariz de J. M. que este tuvo que echar la cabeza hacia atrás, y se la golpeó contra la cabina. Se sorprendió de la facilidad con la que su chica había cambiado el objetivo de sus manotazos. Preocupante.
    —... Haya paz..., ha... ya paz —siguió diciendo entre las agitaciones irresistibles de la risa; por un momento, era libre del calor—. Dejaos... las discusiones para la Policía, que seguro que les divierte...
    Si es que salimos.
    Hizo una breve pausa en la que las preocupaciones y la temperatura creciente eran poca cosa en comparación con la insanamente placentera visión de sus tres compañeros con el rostro alargado y descompuesto. Eran los seis ojos más abiertos, inquietos y perdidos que seguramente vería jamás ni en la más hilarante de las comedias. Después de tanto correr (y sudar), después de tanto temer por la pérdida de los elementos que constituían su anodina y huraña vida, después de casi matarse, podía apoyarse en ropa interior en un trasto del siglo pasado a respirar aire viciado mientras esperaba a que alguien se decidiese a llamar al servicio técnico para sacarles. Y después, solo tendría que dar dos o tres explicaciones someras de por qué se encontraba en el mismo ascensor que aquellos tres cuyas explicaciones...
  • ZanbarZanbar San juan de la Cruz XVI
    editado abril 2010
    Cuyas explicaciones...
    De todo este jaleo solo le consolaba la idea de que, si no lograban arreglar el embrollo, al menos caerían con él. Pero en el fondo sabía que, de todos los aquí presentes, era él quien debería dar más explicaciones. Entonces lo importante sería no tener que darlas. Se fijó mejor en el rostro sudoroso (¡Le entraba más calor de solo mirarlo!) de Yulio. Seguro que en su vida de ladrón de medio pelo no había tenido que enfrentarse a unos cargos tan potencialmente serios como estos. No, de él no tenía que preocuparse. Su mirada perdida no inspiraba malicia ni rencor, más bien una compasión por sí mismo cercana al llanto. Lo único que podía temer de él era que le diese un ataque de histeria y se pusiese a dar saltos en el ascensor. M. J. y J. M. ya eran otra cosa bien distinta. Los pechos de la chica estaban tan comprimidos entre los brazos flexionados que parecía que fuesen a explotar en cualquier momento o ser disparados como hacía Afrodita A en Mazinger Z. Era, con todo, una rabia que se escapaba por entre sus dedos crispados. Con una nueva intervención del estúpido de su novio, probablemente, descargaría su frustración sobre aquel.
    Sus deseos fueron escuchados al parecer, porque J. M. comenzó a hablar con voz temblorosa pero burlona a un tiempo:
    —¿Y tú, listillo? ¿Tú no vas a tener que dar ninguna explicación a la Policía?
    ¡Oh! ¡No era esto lo que había esperado escuchar! Esto no enfurecería a M. J. Todo lo contrario, la chica incluso se olvidó de su falda.
    —¿Qué? —Pobre intento de hacerse el loco.
    —Que cómo vas a explicar que te quedaste fuera de tu casa, y dónde está el ladrón de las porno, y qué hace tu pantalón en la mano del cadáver espachurrado...
    Se quedó con la boca abierta ahogando el aire que podría haber escapado por ella. Si de pronto el ascensor volviera a ponerse en marcha, las puertas de seguridad no podrían abrirse, porque habría alguien pegado en ellas, como una pegatina reforzada con pegamento industrial. Había hablado bien el chico, y lo más grave era que se había dejado otras muchísimas posibles acusaciones en el tintero.
    Eran muy jóvenes para que sus sonrisillas quedasen perennemente señaladas como arrugas en sus rostros, pero él habría jurado que de ahora en adelante jamás podrían volver a estar serios, ni en el entierro de sus abuelos. Hasta Yulio enfocó sus ojillos en la expresión en descomposición del nuevo objeto de las burlas. Inadmisible.
    —¡CABRONES! ¡SOIS UNOS CABRONES! ¡POR VUESTRA CULPA ESTOY HASTA EL CUELLO! ¡A MÍ NO INTENTÉIS JODERME O...!
    —¿O QUÉ, LISTILLO? —desafió M. J.
    —¿Me estás chuleando, bruja? ¿Es que me estás chuleando? ¡A MÍ NO ME CHULEAS TÚ NI EL TARUGO DE TU NOVIO, NIÑATOS!
    —¿ESTÁS LLAMANDO BRUJA A MI NOVIA? —prorrumpió J. M., pegando más al muchacho a las puertas de seguridad—. ¡YO SOY EL ÚNICO QUE PUEDE LLAMARLA BRUJA!
    Yulio cerró los ojos justo cuando M. J. se estrellaba (falda incluida) contra la pared beige debido al ímpetu de su novio. No quiso ver la zarpa alzarse contra el cuello del chico. Lo siguiente que notó antes de abrir los ojos, gritos aparte, fue el zarandeo de la cabina. Incluso pudo percibir con los parpados el titileo de la luz.
    —¡AAAAH! ¡Bestia! ¡Córtate las uñas! Uggh... —se quejó J. M. cuando su compañero de trifulca aprovechó para empujarle hacia su novia.
    —¡Para qué! ¡Si te las voy a dejar clavadas en tu...! ¡Ay!
    J. M. se zafó de su chica. Intentó dar un puñetazo a quien le había empujado, pero este se hizo a un lado. El puño hizo un ruido de carcasa barata de móvil al estrellarse contra la puerta de seguridad. Él aprovechó para empujar a J. M. hacia su novia, que se enganchaba de nuevo a su cuello profiriendo algo acerca de su falda. J. M. perdió el equilibrio y cayó sobre ella. Ambos cayeron sobre Yulio, que intentó esquivar de tal forma que acabó en el suelo con ellos.
    La estructura del ascensor tembló tanto que a él se le quitaron las ganas de imaginar que la cabina se descolgaba. La luz titiló una vez más antes de apagarse, pero lo hizo por la inesperada (e inexplicable) zapatilla disparada involuntariamente de uno de los pies de Yulio hacia la pantalla de luz.
    —¡Mi tenis, joder, mi tenis!
    —¡Nos has dejado a oscuras, imbécil!
    —¡AAAY! ¿Quién me está pellizcando?
    —¡Queréis estaros quietos, que esto se mueve mucho!
    —¿No habéis oído un crujido?
    —¡Aquí lo único que van a crujir son tus costillas!
    —¡Calla, bruja!
    —¡Que no la llames bruja!
    —¡Ay! ¡Que me has dado a mí!
    —Idiota —risas—. So idiota...
    —¡Bueno, parad ya! ¿Quién me ha tirado la bota? ¡Escuchad!
    —¡Ay! Serás...
    —¡Parad! ¡Escuchadme! —insistió Yulio, saliendo de debajo de una pierna que olía a calzado veraniego—. ¡No tenemos por qué discutir! Si somos listos no tendrán de qué acusarnos...
    —¿Aparte de por gilipollas?
    —... Que no, escuchad... La Policía se supone que ha venido por un robo, o por la puerta atrancada, ¿no? Quizá no encuentren el cadáver ni el otro cuchillo que escondimos. Y... tal vez no encuentren mi DNI —añadió en voz baja para sí—. Así que no os preocupéis, vuestros condones no los encontrará nadie si no suben al sexto.
    —Si hasta puede que tenga razón —admitió una voz a regañadientes.
    —¡Claro que sí! —se animó Yulio—. Lo que tenemos que hacer es buscarnos una buena coartada mientras vienen a sacarnos del ascensor.
    —¿Qué os parece que un grupo de pirados vino a robar la colección de películas porno de mi vecino, y yo, valerosamente, intenté impedírselo antes de acabar siendo secuestrado y...?
    —¡Déjate de cuentos, caperucito!
    —Tomároslo en serio, Dios, que esto es muy serio... ¿Rezamos un poco para tranquilizarnos?

    © Javier Vivancos
  • PilarPilar Fernando de Rojas s.XV
    editado mayo 2010
    Una pequeña muestra de lo que se puede disfrutar con tus historias, Zanbar. Los que te hemos leído sabemos el arrrrrte que tienes.

    Enhorabuena por ésta y por todas las demás.

    Un beso, campeón.
  • ZanbarZanbar San juan de la Cruz XVI
    editado mayo 2010
    :o:o:o:o:o
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