La visión que ahora tenía era la de un asfalto frío, desgastado, triste. A cada paso, notaba un frío húmedo que le congelaba los pies. Ráfagas solitarias que vagaban en aquella oscura y silenciosa noche le hacían estremecerse. Ahora su mirada, espejo de la angustia interior que sentía, observaba cómo aquella pareja, abrazada y transmitiéndose calor, caminaba lentamente. Ignoraba los besos de un amor, una acompañante que en las noches durmiera con él, viviese sus días. Pobre Rafael... -pensaba- pobre Rafael... ¿a quién quieres amar? ¿A quién prentendes hacer poseedora sincera de tu corazón? ¿A quién?
Por fin, la pareja y el solitario muchacho que los seguía se detuvieron al llegar a una esquina.
-Bueno Rafael, nos vemos. Cuídate -el chaval de la pareja se despidió de su amigo, mientras su novia le regalaba una sonrisa.
La pareja poco a poco se fue distanciando hasta que, al llegar a una calle secundaria, se sumergió en la espesa oscuridad iluminada tenuemente por las mudas farolas, de camino a casa de Roberto, novio de Mar, que le acompañaba hasta su casa abrazada a su fibroso cuerpo de adolescente.
Ahora, con el viento como único acompañante y una pálida luna iluminando el lugar, aquel desdichado, presa de sus propios pensamientos, se ahogaba cada vez más en el pozo de amargura en el que él mismo se había lanzado. Sin darse cuenta dejó caer lágrimas de deseo por una vida más feliz, menos lamentable y más feliz. Él sabía que el día a día no le llenaba, jamás haría desaparecer aquel sentimiento de pesar. Solamente lo engañaría absurdamente, intentaría ignorarlo, pero no eliminarlo de su ser contaminado. Pobre, pobre Rafael, caminante perdido en la oscuridad de la noche.
El cielo nublado deja caer la lluvia, fría. Una voz débil pronuncia una y otra vez: "Las aceras están hechas para dos personas..."
Comentarios
Aún así, me gustó, sobre todo tu habilidad con el lenguaje, como te decía.