El piano
Todos los días se sentaba no menos de ocho horas al piano, en el taburete pasaba sus horas ejecutando Chopin, Liszt, Brahms. Tenía la piel cetrina, los ojos con las pupilas siempre dilatadas, y la mirada perspicaz y penetrante.
La finca era pequeña pero fría, inexplicablemente fría. La sala donde estaba el piano nunca era iluminada por los rayos del sol, y apenas se podía ver gracias al tímido esplendor de una vela crepitando. La luz trémula ensombrecía ominosamente la cara del pianista, y el sonido mustio del piano alemán abrazaba la finca.
Sus padres no se animaban a reprocharle horarios y el joven ejecutaba su música en cualquier momento, impulsado tal vez por su propia hilaridad ansiosa, se sentaba día y noche sin descanso en aquel viejo piano. Lo más extraño no eran los horarios en que tocaba, sino que se lo escuchaba susurrar algo ininteligible de cuando en cuando.
Fue una noche en que la lluvia caía a plomo desde el cielo, y el viento siseaba y danzaba con los árboles desnudos del otoño, cuando un nuevo impulso lo llevó a salir fuera de la finca, las gotas caían secas en su rostro y perforaban su paciencia, se encontraba sumergido en una amalgama ríspida de viento y agua. Permaneció así durante unos minutos, con la mirada en el cielo, a este retrato se le sumó la bruma proveniente tal vez de algún pantano cercano, y así se formó el silogismo agua-viento-bruma, aunque resulte extraño el tercero dependía obligatoriamente de los dos anteriores.
Al amanecer del día siguiente sus padres lo hallaron tirado en el suelo, empapado por una mezcla entre feroces baldazos de agua y finas gotas de rocío matinal, su rostro estaba lívido y en seguida el padre del muchacho lo baño con agua caliente y lo sentó junto a la estufa.
-¿Por qué? ¡Decime qué te pasa!-Vociferaba el padre, frustrado y abatido por la conducta de su primogénito.
-Nada papá… Nada, no se qué me pasó-Replicaba el hijo.
El tiempo pasó y las conductas extrañas siguieron, pero nunca se repitió un episodio semejante al anterior. La familia crecía, la madre estaba esperando un nuevo hijo que naciera bajo el cálido brazo del verano, así fue, el verano del siguiente año dio a luz a su segundo hijo varón. Los padres protegían celosamente a su nuevo hijo y depositaban en él todas las esperanzas que alguna vez habían puesto en el primero, ya de dieciocho años.
Un nuevo otoño llegaba secando todas las flores, desnudando los árboles, el melancólico sonido del piano se convertía en un bálsamo de esperanza para el primogénito, y el taciturno joven se enajenaba cada vez más en su música. El pianista se sentó al piano y la música empezó a atiborrar el lugar, una música lóbrega, pérfida. El niño de meses de edad comenzó a llorar y a gritar pavorosamente desde su habitación; los padres, desde la suya, fueron corriendo para ver qué sucedía, pero solo se encontraron con un cadáver reseco y sin vida cuando llegaron, la madre vertía sus lágrimas sobre las ruinas de su amado hijo, sin saber la causa de muerte se hundieron en sus propios suspiros, un olor amoniacal comenzó a sentirse en el ambiente, el padre se paró y siguió desbastado el aroma, salió del cuarto y curiosamente el olor coincidía con el sonido del piano, Concierto para piano y orquesta número uno de Brahms: tema principal. La música sonaba cada vez mas fuerte, el padre caminó hacia la sala del piano impulsado por su propia ira colérica, la sangre galopando en sus oídos. Llegó a la sala, la vela seguía crepitando, la música seguía sonando, el cadáver de su otro hijo tirado a los pies del piano.
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