Hola, soy Ramón, tengo ocho años y hoy es mi cumple. Escribo por primera vez un diario.
Me lo ha regalado papá y me ha dicho que escriba aquí todo lo que se me ocurra.
Esta tarde hemos disfrutado mucho en la fiesta que ha preparado mi mamá. Han venido mis abuelos, mis primos y mis compañeros del colegio. Son un poco raros, pero ahora que los conozco bien, me divierto mucho con ellos en el patio de la escuela.
Mi colegio está un poco lejos de mi casa, vamos en coche por las mañanas y volvemos por las tardes. Me encanta ese momento en el que veo a mi madre con el bocata en la mano.
Los niños de mi barrio van a un cole que está más cerca, pero mis padres dicen que el mío es mejor porque como yo soy especial y muy listo, me merezco lo mejor.
Quiero contar lo que me ha pasado estos últimos días en el parque, ha sido emocionante.
El lunes mi mamá me llevó a jugar allí, ella se sentó en un banco, sola, con un libro en sus manos. Siempre lleva un libro a todas partes, no siempre el mismo, ya que lo termina de leer en pocos días. Aunque cuando la miro, ella no está leyendo, me está observando.
Comencé a jugar con la hélice de mi helicóptero, es alucinante cómo gira. Un niño se acercó y se quedó mirando mi juguete. Miré a mi mamá, ya se estaba poniendo nerviosa, lo sé porque se muerde la uña del dedo meñique y ya no lee.
El niño me sonrió y me dijo que el helicóptero era muy “guay”. No se rió de mí ni se metió conmigo. Normalmente los niños que no conozco se mofan de mi cara y sobre todo de mis orejas. Me llaman duende, elfo o cosas parecidas. Además, como soy bajito, no se creen que tengo ocho años y me acusan de mentiroso.
Pero Miguel no. Sólo le interesaba qué estaba diciendo yo por lo bajo, así que le conté la historia del accidente, los supervivientes, el rescate, y que teníamos que buscar al piloto, que debía estar bajo el tobogán, que era la Montaña Mágica.
Así que comenzamos a jugar juntos. Otra niña se sumó al juego, ya éramos tres.
Mi mamá sonreía.
El martes le pedí a mi madre que fuéramos de nuevo, y ella aceptó.
Miguel hablaba con otros niños, no me atrevía a acercarme, pero me llamó. Tenían unos cuadernos del cole y me preguntó cómo se hacía un problema de esos en los que un niño quiere comprar caramelos y no tiene suficiente dinero. Yo no sabía hacerlo, se me dan muy mal las matemáticas. Les contesté que a mí nunca me ocurre eso porque mis padres me compran los caramelos. Se rieron y dijeron que si tenía ocho años tenía que saber hacer la resta. Les contesté que usaran una calculadora y me fui a jugar solo.
Mi mamá se mordía la uña de nuevo.
Al rato se acercaron y Ramón les dijo que yo sabía contar un cuento genial de un rescate. Todos querían escucharme, así que les conté otro cuento de extraterrestres y Mágnum, un súper héroe que me he inventado y es mejor que los de la tele.
Todos estaban entusiasmados y me escuchaban. Yo estaba muy contento. Mi mamá ya no estaba sola en el banco, dos mamás se habían sentado y charlaban con ella.
El miércoles no tuve que pedirle a mi madre que me llevara al parque, ella me preguntó si quería ir, y además mi padre nos acompañó.
Allí estaban mis nuevos amigos, no hacen cosas raras como los de mi cole, y como no se ríen de mí, me alegré de verlos.
Miguel tenía una flauta, emitía unos silbidos horribles. Dijo que su madre no le dejaba soplar en casa, así que tenía que practicar en la calle porque si no, la profesora le pondría mala nota y sus padres le esconderían la consola de videojuegos.
Me ofrecí a enseñarle, y me miró como si la consola se la fuera a quitar yo. Pero accedió y comencé a tocar.
Me sé de memoria muchas canciones, estuvimos mucho rato cantando y Miguel mejoró bastante en la forma de tocar la flauta.
Han pasado varios días, bajamos al parque a diario y lo paso muy bien con mis amigos. Mi mamá está más alegre y le ha llamado al profesor para decirle que aunque yo padezca el Síndrome de un tal Williams, puedo relacionarme con niños diferentes a mí y ser feliz.
Hoy soy feliz y si se vuelven a reír de mí, llamaré a Miguel para demostrar que no estoy solo.
Síndrome de Williams:
http://pequelia.es/14991/sindrome-de-williams/
Los afectados por el
Síndrome de Williams son conocidos también como
carita de duende por ser uno de los rasgos físicos más llamativos de esta patología: frente estrecha, aumento del tejido alrededor de los ojos, nariz chata y hacia arriba, mandíbula pequeña y gruesos labios.
Pero quizás el rasgo que más destaca es su personalidad: Son niños muy amistosos, cariñosos, entusiastas, gregarios y desinhibidos. Son niños felices y les encanta la
música, ya que tienen más desarrollado el sentido de la musicalidad. Por el contrario, presentan un retraso mental leve o moderado, con déficit psicomotriz y bajo tono muscular, además de una estatura mas pequeña de lo común y poco peso. Sin embargo, su manejo del
lenguaje es normal y no tienen problemas para
aprender dos idiomas si son tratados bilingüemente desde pequeños.
El
Síndrome de Williams, (que debe su nombre al médico neozelandés John Williams), es una patología calificada entre las
enfermedades raras que se caracteriza por la ausencia de uno de los dos cromosomas 7. Con una baja incidencia (1 entre 20.000 personas) es aconsejable su tratamiento desde edades tempranas, ya que, aplicados tratamientos correctores desde pequeños, su desarrollo se ve claramente mejorado.
Como curiosidad, comentar que se dice que las leyendas de duendes, como personajes con ciertas características físicas faciales, que contaban historias y animaban con su música, pudiera tener cierto origen en personas que padecieran este síndrome, debido a sus dotes para la música y facilidad verbal.
Comentarios
un gran abrazo de oso y felicitaciones querida amiga¡¡¡:p:p:p:):):)
Un besazo para tí.