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Isidoro

HazygnomeHazygnome Anónimo s.XI
editado marzo 2010 en Narrativa
Isidoro era tonto. No fue culpa de nadie. Simplemente, no tuvo suerte con la lotería genética. Tal vez un cromosoma fuera de sitio, o la carencia de una proteína en un gen, o un nudo roto en el ADN, o todo a la vez. O nada de eso, y fue, simplemente, el destino. El caso es que nació tonto.

Desde pequeño, su cara redonda y sus rasgos ligeramente mongoloides movían a la compasión. Su boca permanentemente abierta, mostrando la lengua, resaltaba su aspecto de idiota. Sus grandes ojos marrones lo miraban todo con una especie de bendita estupefacción. Jamás se pudo sacar nada de provecho de él. No servía ni para las tareas más simples. Dejaba caer los platos al llevarlos a la mesa, o sacudía la escoba como poseso, levantando más polvo del que quitaba, o mordía el pan que le mandaban a buscar a la panadería, llegando a casa con la boca llena y una enorme sonrisa de felicidad. Así que pronto no tuvo que hacer nada.

Sus padres tenían una casa en el campo, y él solía pasar el día subido al gran árbol que había tras el corral. A menudo su madre le tenía que llevar allí la comida, ya que se negaba a bajar hasta que oscurecía.

Una tarde, vinieron unos vecinos de visita. Su hija Laura tenía ocho años, dos más que Isidoro. Mientras los adultos charlaban en el comedor, ella salió de la casa y se sentó bajo el árbol donde estaba Isidoro, tumbado boca abajo en una gruesa rama. Sacó una flauta dulce, y se puso a practicar una tonadilla popular que le habían enseñado en clase de música.

Isidoro se quedó muy quieto, conteniendo la respiración hasta casi ahogarse, para no perderse ni uno de aquellos extraños y maravillosos sonidos que salían de aquella simple caña. Poco a poco, se descolgó de la rama y se acercó despacio, mientras Laura le miraba sonriendo, sin dejar de tocar. Cuando la melodía terminó, Isidoro alargó la mano en muda súplica. La niña le tendió la flauta, y él se la quedó mirando, arriba y abajo, de frente y del revés, intentando descubrir su enigma, mientras Laura se reía con risa cristalina.

-¿Te ha gustado? Es una canción popular. El autor es anónimo.

Isidoro no parecía escucharla. Levantó la flauta y miró a su través, guiñando el otro ojo. Laura soltó una carcajada.

-Puedes quedártela. Es una flauta barata. La buena la tengo en casa.

Se alejó corriendo, como si temiera que le quitaran su tesoro. Corrió hasta llegar al río, y allí, exhausto, miró hacia atrás, donde la casa se veía ya lejana, y seguro de estar solo, se sentó en la orilla. A su lado había una mujer con el pelo recogido en un gorro de tela blanco, con dos tiras desanudadas que caían junto a sus orejas. Vestía una blusa blanca con un gran escote, y una ancha falda que escondía sus piernas, cruzadas sobre la hierba. Le miró sonriendo, como animándole. Y entonces Isidoro se llevó la flauta a los labios y tocó la melodía que había oído, sin cometer un solo error.

Pasaron los años, y Laura visitaba con frecuencia la casa. Cada vez se sentaba bajo el árbol con él, y le tocaba las canciones que aprendía en clase. Isidoro la escuchaba con atención, pero nunca tocó delante de ella. La primera vez que escuchó un violín, quedó fascinado. Laura tocó torpemente una famosa pieza, y luego le dejó el instrumento mientras entraba en la casa a merendar. Isidoro lo cogió con cuidado, y le sonrió al hombrecillo con un extraño y florido traje, de pantalones hasta las rodillas y medias azules, luciendo una blanca peluca con rulos a los costados. Sus dedos volaron sobre las cuerdas y el hombre le observaba asintiendo, complacido.

Cuando cumplió dieciocho años, Laura le llevó a la ciudad en su coche. Isidoro lo miraba todo con aire asustado, a pesar de la tranquilizadora presión de la mano de ella sobre la suya. Llegaron a la sala de conciertos, y ocuparon sus asientos en una de las filas más altas. En cuanto la orquesta empezó a tocar, un torrente de éxtasis se apoderó de su mente. Fue como un shock. Laura le miraba y reía de pura felicidad, al verle en ese estado. Luego se dejó llevar ella también por la música y cerró los ojos para saborearla mejor.

Cuando el público empezó a aplaudir, los abrió para contemplar su reacción, y se quedó helada al ver el asiento vacío. Nerviosa, se levantó y miró a todos lados, buscando su rostro entre la gente. Los aplausos se fueron apagando y el público comenzó a desfilar hacia las salidas. Los músicos recogían sus instrumentos y se retiraban por una puerta lateral. Pero no había ni rastro de Isidoro.

Y entonces una nota echó a volar, seguida de otra, y otra más, lentas, lánguidas y puras. La gente se detuvo y se volvió a mirar y allí, en el centro del escenario, sentado al piano, estaba Isidoro, tocando la Sonata de Luz de Luna con una perfección absoluta. De pie junto a él, con una mano apoyada en su hombro, un hombre de gris melena y ojos ceñudos marcaba el ritmo con el pie.

Comentarios

  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2010
    Hazygnome

    Me ha gustado mucho.
    Haciendo a un lado Duendes y Magos (aunque la Música en sí misma es Magia en estado puro), ninguna otra cosa en el mundo puede vivificar el espíritu de un tonto como "el Arte de las Musas", salvo quizá, el Amor.

    Saludos
  • AnamarAnamar Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2010
    Bellísima historia, Hazygnome!
    (No veas si se las trae el nombrecito que te has buscado, jaja!)

    :):):)
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