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Secuestro de amor

omar canoomar cano Pedro Abad s.XII
editado diciembre 2009 en Narrativa
Secuestro de amor

La seguí muchos días, a su trabajo, escuela, su casa, a casa de su novio, un perdedor, sin duda, entre los treinta años de edad.
Los vi reír, la distancia no me llevo el sonido de la risa, solo el dolor, que penetra en mí, como si la risa la ocasionara mi persona.
Como dije antes y no quiero desviarme del tema. La seguí muchos días, a su trabajo donde es cajera de una tienda de autoservicios. La observe sin que mis miradas pudieran lastímala y también en el trabajo la vi reír y me pregunto como puede ser feliz después de todo lo que pasamos juntos, yo tengo mucho tiempo que no sonrío, en cambio ella le sonríe a los clientes, a los compañeros, en definitiva a la vida.
Del trabajo salía muy temprano pero de la escuela salía a esa hora en que la luz del sol nos abandona y nos tenemos que conformar solo con la luz escuálida de una luna siega.
Pero salía muy acompañada de su estupido novio que todas las noches iba por ella.
Era muy difícil platicar, nunca se encontraba sola y siempre se me secaban las rosas en la mano sin poderlas entregar
Si, en total son dieciocho rosas de distintos colores que guardo en una esquina de la habitación.
Cinco blancas de amistad, queriendo decirle, esta bien tu ya tienes otra vida y te ves muy feliz, solo déjame ser tu amigo.
Tres rosas de cariño, queriendo decirle que la quiero, que incluso le escribí cinco hojas, por los dos las dos, llenas de razones de por que la quiero.
Diez rojas del color del amor, de la pasión, de la vida, que con esa rosa roja que se seco tantas beses en mi mano no es necesario decir palabra alguna y todo se hubiera reducido a un largo beso casi eterno, dulce como su aliento, encantador como su sonrisa (cuando era mía.)
Ahora me siento mal, tengo revuelto el estomago y tengo unas irresistibles ganas de llorar, por ella, por mi y por todas las circunstancias que nos orillan a hacer cosas de las cuales uno no quiere, y no es que este culpando a la vida.

Acaso los que lean esta última carta tampoco podrán entenderme.

Otra ves me Salí del tema y es por que a mi pluma la corretean las palabras.

Hace veinte días y con la rosa diecinueve de color rojo en la mano, la observaba mientras ella atendía a unas personas en la tienda. Tan amable, sonriente, tan ella y en ese instante sus ojos sin querer chocaron con mi persona, me sentí desnudo, impotente ante esa mirada de coraje que salía de sus lindos ojos y golpeaba mi cuerpo y lo único que me protegía de la desnudes total era esa rosa que sin duda entendió era para ella.

Era el momento, entendí que no podía dar un paso atrás.

A la hora en que ella salio yo pase en mi carro como si casualmente pasara por ahí aun que era la salida de empleados y cuando la vi puse en la cara un gesto de sorpresa. Volteo la cara y pude ver su cuello moreno, su pelo negro y chino, y su silueta resaltada con ese vestido tan delgado como diminuto. Fingió no verme pero yo estaba decidido, me baje del carro temblando, sudando y casi a punto de llorar a medida que me acercaba a ella. Llevando como escudo la rosa roja en la mano derecha casi a la altura de el pecho.
Quise decirle te amo, que es mentira que el tiempo es doctor y todos los porque de las cinco hojas de te quiero que tenia grabados en la mente.
Pero nada, ni una sola palabra, solo unas cuantas lágrimas que sin querer escaparon y se confundieron con el excesivo sudor.
Se noto disgustada y trato de seguir caminando pero mi cuerpo le serró el paso y dejando caer la rosa la tome por los hombros y trate de besarla.

No, no entiendan mal amigos lectores, intente besarla para que entendiera que todavía me quería que aun me amaba y no al perdedor con quien se fue a refugiar, no por amor como ella pensaba, si no por una simple necesidad de compañía.

Grito, tan fuerte que aun que de mi boca empezaron a salir los te amo, por favor, no te boy a hacer daño, y todas esa cosas que por amor se dicen. El ruido de sus gritos ocupaba todo el espacio del medio día.
Las lagrimas nublaron mi vista, el ruido seso, y poco a poco mi vista fue regresando, primero entro la luz a mis ojos y después los colores y por ultimo las formas.
Ella se encontraba tirada inconsciente a un lado de la rosa roja.
No boy a decir que no la golpee solo que no me acuerdo.
La subí al carro y fuimos de camino a casa a nuestra casa, donde aun conservo todas sus fotos colgadas en la pared y la ropa que dejo, acomodada en su lugar.
La desnude solo para observarla y para acariciar un poquito su linda piel oscura tersa y perfecta.
Tenía muchos golpes en su cuerpo al igual que en su cara así que tenía que curarla y mientras la curaba me detenía un poquito en esa figura embriagadora de sus senos, los tocaba solo con la yema de los dedos, quería lamerlos y morderlos, pero solo los tocaba tan suave sin animarme a nada más.
Despertó, reconoció la casa y me pidió que por favor la dejara ir mientras se cubría con una mano los senos y con la otra el tesoro de mi felicidad, con mucha vergüenza y miedo como si yo no la conociera. Si hace un par de años ella dormía desnuda y abrasada de mí en esta misma cama.
Le dije que no, que ya no nos separaríamos, que ella iba a terminar entendiendo que nuestro amor era eterno.
Quise acercarme a ella a acariciar otra ves sus senos con la yema de mis dedos pero ella se quito y salio desde el fondo de su garganta un grito de auxilio combinado con un llanto aterrador, como si yo que soy la persona que mas la ama quisiera lastimarla.
Trate de decirle que no le iba a hacer nada pero no detuvo sus gritos.
Con un trapo y mucha cinta detuve sus gritos y las manos con cuerdas, solo hasta que entendiera que no la iba a lastimar.
Salí de casa para entender que hacer, camine por muchas calles sin rumbo y entre el calor que aturdía a nuestros pensamientos. Al llegar la encontré tan indefensa, hermosa e indudablemente mía, que la empecé a besar a morder a lamer, me extasíe de cada parte de su cuerpo, mientras ella con sus ojos bien abiertos pero sin querer ver nada, como tratando de querer estar en otro lugar en otros brazos.
Le hice el amor tantas beses como me fue posible hasta que quedamos dormidos a no se que horas de la noche, abrasados como antes. Reí por primera ves en muchos años, me acorde del día feliz de nuestra boda, de lo nervioso que estaba, de lo incomodo del traje, de lo apretado de los zapatos por ser nuevos y de cómo desapareció el miedo y cualquier duda en el momento que te vi entrar a la iglesia enfundada en ese apretado vestido blanco que resaltaba la belleza de tu piel.

Otra ves ese olor,
Por mas que quiero encontrar el olor de tu piel en las sabanas blancas no lo consigo, porque el dominante olor a muerte que sale del baño llena todo.

Si, yo la mate, se ahogo con el trapo que le callaba los gritos y dormí barias noches así como antes abrasados los dos.

Perdone amigo lector que entregue esta carta mojada de mis tristes lágrimas.

Después cuando ya no pude resistir el olor que no era a ella si no a muerte, la metí al baño y ahí esta desde entonces, donde ya no puedo encontrarla a ella en ese montón de carne.
Tengo miedo, los vecinos sabrán por el olor que algo esta mal en mi casa.

Ruidos, luces azules, rojas, azules, rojas, que entran por las ventanas y llenan todo el lugar como de fiesta, llantos de sirenas.

No.
La policía.
Ellos no entenderán que fue un secuestro de amor

Comentarios

  • kristinakristina Pedro Abad s.XII
    editado diciembre 2009
    Me ha impresionado tu relato, Omar. Es tan realista, es tan acertado el ritmo y son tan oportunos los detalles, que me ha hecho revivir las constantes noticias sobre personas muertas a manos de quienes supuestamente sentían amor por ellas.

    Te felicito, por haber conseguido recrear la realidad, una lacerante realidad, tan vívidamente.

    Por otro lado, te sugiero, si me lo permites, que utilices el corrector ortográfico de la aplicación en que redactes los textos. Hay veces que las incorrecciones ortográficas tienen el efecto de desviar la atención del lector.

    Un abrazo.
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