Messié ya no se asusta como antes, ni los duendecillos rompen cosas, siguen tomándose su leche, pero ahora es él quien los busca, para jugar.
Es un gato enorme, de pelo corto, aterciopelado, y negro. Con la barriga, pecho y cara blancos; lo mismo que sus patas, enfundadas en guantes siempre impolutos. En su nariz y barbilla, una manchita oscura le proporciona un cierto aire aristocrático.
Con sus ojos color caramelo mira de soslayo, el ceño siempre fruncido le da aspecto de enojado. Se diría que sólo le faltan la capa y el sombrero para parecerse a Aramis o a D’Artagnan.
Hacía apenas un mes que, Messié y yo, nos habíamos instalado en la que parecía la casa de mis sueños: grande, acogedora, aislada en medio del campo. El lugar perfecto para escribir mis cuentos, sobre todo para terminar alguno —infantil— que me traía de cabeza, también podría pintar a mi antojo o, si me apetecía, descansar.
Sin embargo Messié me preocupaba. Los primeros días, su carácter curioso no le dejaba quieto, me seguía a todas partes, olisqueaba muebles, se escondía en los rincones y armarios, daba saltos, se columpiaba enganchado de las cortinas. Del salón a la cocina, de ahí al estudio, subía corriendo las escaleras, se paseaba por los dormitorios, pero maullaba de manera ensordecedora, justo allí, frente a la puerta del desván.
Varias veces entré en él, para comprobar si el motivo de tanto alboroto pudiera deberse a la presencia de algún ratón. Messié, cauteloso, la panza aplastada contra el suelo, las orejas recogidas, recorría la habitación; que comprendía toda la planta de la casa.
Allí se respiraba ese olor a rancio y humedad que suelen tener las casas viejas.
El suelo era de tablas sin barnizar, que crujían bajo mis pasos. Desde la izquierda, un gran ojo de buey iluminaba el desván. Debajo, un armario ropero, tanteé los tiradores para descubrir que permanecía cerrado con llave. Frente a la puerta, varias estanterías cargadas de adornos de loza: platos decorados, tazas con pájaros pintados, un florero que me pareció un Lladró, y algunas cajitas que —imaginé— serían musicales, varios portarretratos con fotos amarillentas, y libros amontonados de cualquier manera. También descubrí tres grandes baúles de viaje, tachonados con cientos de etiquetas de lugares diversos, esas que los hoteles de lujo solían pegar en el equipaje de sus clientes. Se los veía muy usados. A la derecha, lo que parecían ser muebles, cubiertos con sábanas deshilachadas. Supuse que sus anteriores moradores los habrían abandonado por inservibles.
Estornudé varias veces, y Messié resopló como si a él también le molestase el polvo levantado.
—Un día de estos—dije en voz alta para darme ánimos— tengo que limpiar y organizar todo esto, así podré subir mis cosas.
Pero, a pesar de que yo había revisado los cepos caza ratones, para encontrarlos intactos, Messié seguía maullando frente a la puerta, batiendo el piso a golpes de cola.
Una noche, cerca de la madrugada, oí una serie de golpes en el bendito desván, sonaban como si alguien estrellara cosas contra el suelo. La intriga pudo más que el miedo, y fui a inspeccionar, Messié pegado a mis talones.
Nada más encender la luz, encontré un montón de trastos esparcidos por el suelo: el florero convertido en añicos, las fotos fuera de sus marcos, tazas, platos, y otras piezas de loza parecían haber volado de los anaqueles. ¿Habría cedido alguna de las estanterías?
Entonces Messié me dio un susto de muerte. Comenzó a dar saltos de loco, como si caminara por encima de una plancha de hierro calentada al fuego, y a dar unos chillidos estremecedores, hasta que salió disparado escaleras abajo.
Corrí tras él, temiendo que una astilla de loza se le hubiera clavado en alguna de sus patas. Hube de rastrearlo por toda la planta baja, hasta que le localicé escondido bajo un sillón. Con alivio, pude comprobar que no se había herido. Lo acaricié mientras le hablaba quedo, el gato me bufó varias veces hasta que, por fin, amainó el pelo. Era un comportamiento muy extraño en él, siempre sosegado y cariñoso.
Una vez que logré se tranquilizara, le dejé en su canasta y regresé a ordenar el desastre.
Otra vez en el desván, percibí algo que corría de un lado a otro. «Un ratón» me dije, pero no era el caso. Recordé los cepos intactos, además Messié hubiera iniciado su ritual de cazador.
Ahora ya estaba muy asustada.
Encendí la luz.
Con aprensión, moví algunos muebles, levantando una tremenda polvareda que me hizo lagrimear, y tuve la sensación de que allí había algo o alguien más...
Lo más rápido que pude fui colocando las piezas sanas en los estantes y, al mover los baúles, empujé sin querer una de las pilas de libros, que se desparramó a mis pies. Uno de ellos me llamó la atención, viejo y sucio a más no poder, pasé la mano por el lomo. No se distinguía el título, las letras se habrían borrado quién sabe cuándo. Lo abrí y, antes de fijarme en ninguna página, encontré un papel amarillento. Lo acerqué a la luz, era una nota manuscrita con una caligrafía inclinada y diminuta, con muchos arabescos, en tinta color sepia, y medio emborronada. Decía:
“.
..si puedes leer esto, descubrirás el encanto de esta casa, los duendecillos de los elementos se apoderan de ella cada noche, molestarán tu sueño, pero forman parte del cuento.”
Quise restarle importancia, aunque un escalofrío recorrió mi espalda, ¿quién podría saber que yo escribía cuentos? Guardé la nota en el bolsillo y salí del desván, estremeciéndome.
No encontré a Messié en su canasta, habría vuelto a esconderse.
Me calenté un poco de leche, puse también una buena ración para Messié. Le llamé con insistencia golpeando su comedero con la cuchara, pero no apareció. Esto también era extraño, la leche es su plato favorito, no se la perdería por nada.
Puse unas cuantas galletas en un plato, y me metí en el estudio, tenia pendiente ese cuento infantil y quería hallarle un buen final. El trabajo me hizo olvidar la hora, estaba a punto de amanecer, y el vaso de leche empezó a hacerme efecto. Decidí dormir unas horas. Bostezando, recogí el plato con migas, el vaso, y los llevé al fregadero. Observé que la leche de Messié seguía intacta. Subí al primer descansillo y volví a llamarle.
—Messié —dije—. Gato gordo, ¿dónde te has metido?
Con un movimiento cauteloso, Messié asomó su cabeza entre los barrotes de la barandilla.
—Vamos— lo incité—, ven a tomar tu leche.
Bajé los escalones, y él me siguió un poco rezagado.
Cuando entramos en la cocina el corazón me dio un salto, en el comedero de Messié no había una sola gota de leche, hasta parecía bruñido, de tan limpio. ¿Ratones?, no, ellos no toman leche. ¿Otro gato?, imposible, Messié no le hubiese dejado ni aproximarse a la casa.
—Entonces, ¿qué?— susurré, tomando a Messié en brazos.
Apagué la luz y subí las escaleras, me detuve frente a la puerta del desván, como esperando escuchar algo. Recordé la nota que llevaba en el bolsillo y algo me impulsó a leerla de nuevo.
Ya comenzaba entender.
Dejé a Messié en el suelo y fui a por un cuenco, que colmé de leche. Dudé un poco en si añadirle unas cuantas galletas. Regresé al desván, abrí la puerta y, sin encender la luz, tan sólo con la que entraba desde las escaleras, coloqué el recipiente al lado del baúl.
Messié, agazapado, me observaba desde el umbral. Retrocedí sobre mis pasos sin dejar de mirar y, cuando estaba a punto de salir, me pareció ver en la penumbra que el cuenco de marras se desplazaba; de inmediato encendí la luz y, supuse, mi imaginación me gastaba una mala pasada: creí ver una pequeña casaca verde que se escondía en el mismo rincón donde había encontrado el libro con la nota. Desde la puerta, Messié con el lomo erizado, dio un maullido tan fuerte que me asustó, apagué la luz, y salí del desván dando un portazo.
Por lo que restaba de aquella noche no pude conciliar el sueño.
Messié subía a la cama, inquieto, sin quitar ojo de la puerta. Se sentaba, aguardando, vigilaba el rectángulo negro. Volvía a bajarse y, con sigilo gatuno, se agazapaba a los pies de la cama.
A la mañana siguiente, me atreví a espiar en el desván. Igual que había sucedido con el comedero de Messié, la leche había desaparecido, y el cuenco también se veía reluciente.
Entonces ya no tuve dudas, había resuelto el enigma.
Desde esa noche, siempre a la misma hora, cuando el reloj roza la madrugada, se escuchan ruidos en el desván, Messié salta y corre por toda la casa. Aunque ya no se asusta como antes, ni los duendecillos rompen cosas. Siguen tomándose su leche cuando se descuida, pero ahora es el propio Messié quien los busca, para jugar...
Y yo, cada noche, antes de que despierten, les subo al desván un tazón de leche.
Comentarios
Como siempre , y no me cansaré de repetirlo, tengo que darte la enhorabuena.
Saludos.
Rocinante
Estás poniendo el listón muy alto.
Me impresionó la circularidad del cuento. Cómo, anoticiando el final en el primer párrafo, mantienes la tensión y el interés hasta el desenlace. Una técnica que pude apreciar en "Axolotl", de Cortázar.
no se que es quedo
pd: me fascino Messié
salud.
Clode, nos sorprendes con la calidad de tus relatos!!excelente, da gusto leerte..., tengo mucho que aprender de ti.
A mi tambien me encanto Messié
Felicitaciones!!!
y un abrazo,
Dicen en el cine que no hay que trabajar con animales o niños (se roban el protagonismo). En este cuento, a pesar de la figura del gato, la voz del narrador se impone siempre, mantiene la atención en lo que va mostrando... y nos deja con ganas de más aventuras de Messié.
Efezo, como bien dice marianela, "quedo" significa despacio, en voz muy baja, casi susurrante.
Marcelo, gracias por tu comentario, no te imaginas cuanto valor tiene para mi viniendo de alguien cuya profesión es la corrección de textos. Respecto a lo que dices de "más aventuras", este es el primer cuento de una serie,"Aventuras de Messié", en la que estoy trabajando.
Felicidades
Si os gustó Messié, en breve, subiré otra de sus aventuras.
Miau, miau. ¿De dónde sacaste el nombre para el felino? ¿Acaso te gusta el futbol argentino?
El gato en cuestión, existe, su nombre real es Monsieur Tusso, y por una cuestión de fonética, se quedó con Messié
En una finca donde vivímos con mis padres teníamos una gatica chiquita llamada Martina (por la famosa tenista, rápida y vivaracha), la recuerdo con mucho cariño. Buen personaje. El narrador en este caso también es otro gran protagonista. Considero que estos foros están repletos de mucho talento. Por eso navego por aquí para aprender y captar ideas; y quien sabe, para desarrollar algo propio. Yo no escribo, pero a veces dan ganas.
En fin, me gustó tu cuento,Gracias, me alegra de que te haya gustado mi cuento.
¿qué más te puedo decir? Ah si, recuerda que cuento no es menos que novela, o ¿acaso tu considerarías inferior la obra de un cuentista como Borges a un novelista como Nabokov? Espero otra aventura de Messié (y del narrador).¿Cuando he dicho yo que un cuento es inferior a una novela?:eek:
Ah! es que no recordaba haber dicho en ningún sitio esa afirmación.
Considero que escribir una novela es complicado y se requiere una técnica muy precisa. Pero un cuento, donde en unos cuantos párrafos se desarrolla toda una historia, no es "moco de pavo"
Si te soy sincera, Messié, además de ser real, es un personaje que me está dando muchas ideas para desarrollar. Y sí, es cierto, que me siento muy bien trabajando con él.
Un abrazo y reitero mi agradecimiento.
Qué decirte que no te hayan dicho ya los más entendidos en esto del arte de la escritura. Me ha parecido precioso tu cuento. Y tratándose sobre un gato, más todavía. Yo, que me declaro felina, los adoro. Tengo una gata preciosa, siamesa, que es un angelito con rabo y bigoticos, como yo le digo, y que me ha inspirado más de una vez.
Espero el otro cuento.
Un saludo.
Muchas gracias por vuestros comentarios.
Me alegra que os haya gustado el cuento, en breve subiré otro.( está en proceso de corrección todavía)