Bueno, pues aquí les dejo el primer capítulo de "algo" histórico humorístico que intento escribir. Espero que os guste, y que me dejeis todas las opiniones posibles, que serán agradecidas. Muchas gracias
CAPÍTULO I
Definitivamente, las botas de cuero le sentaban bien. Le ofrecían un porte sofisticado, importante. Le cubrían media pantorrilla y tenían un gran broche de hierro. Arrimando un poco la nariz la nariz al cuero, aún podían oler olían a vaca. Aunque tampoco era ajeno el hecho de podría haber pisado alguna que otra boñiga.
Tanto da, que también pisan mierda los señores.
Si se embozaba en su raída capa, sólo quedaría a la vista su sombrero de ala ancha y las botas. Casi podrían tomarlo por un hidalgo caballero. Lástima de mugriento jubón que llevaba debajo, pues el punto que estaba libre de agujeros y remendones, se encontraba cubierto de manchas… Con tal atuendo tapando sus pellejos sería mucho más difícil cortejar a una dama. Pero a fin y al cabo, lo importante es el porte.
De toro bravo.
Silbando alegremente, y con una distorsionada imagen de sí mismo, caminaba con unas muy altas expectativas. “Tanto importa si es doncella o moza a secas, que un galán como yo, y a estas alturas; no estamos como para hacer ascos” decíase para sus adentros.
Era una mañana soleada y los rayos de sol se derramaban entre las rendijas de los toldos que intentaban sofocar el calor. Aún se estaba despertando la ciudad y ya el Sol castigaba las cabezas de los que tuviesen el poco cuidado de no calarse un sombrero o anudarse un pañuelo a la testa.
Sorteando la inmundicia que bañaba las estrechas calles para no echar a perder su nuevo calzado; se aproximó discretamente a su objetivo. La chica aguardaba con aspecto cansado detrás del tenderete que había a las puertas de su casa, mientras su progenitora se afanaba con una mueca de esfuerzo en ablandar la masa, lo cual era una tarea harto complicada, de la que cualquier otro con menos tórax sería incapaz.
Silbando distraídamente se acercó a la hija de la panadera. Una mujer grande cual tonel, con un delantal enorme cubierto de harina seca y unas facciones demasiado poco femeninas. Casi temibles, acentuadas por el sudor y el engrudo reseco. Y lo que es peor, manejaba su rodillo con la misma destreza contra los lomos de cualquiera que merodease a su hija, que sobre la sucia, maloliente y fermentada masa con que hacía su pan. Que no era poco decir.
-¡Válgame Dios que no es normal que el cielo mande a un ángel a hacer pan!- Piropeó a la chica, haciendo una exagerada floritura con el sombrero, mientras con la otra mano, que quedaba oculta; introducía expertamente una barra de pan debajo de la capa.
La muchacha se limitó a sonreír tímidamente, dejándose halagar. Envalentonado por la idea de que no hubieran dibujado en su mejilla el contorno de una mano abierta, decidió seguir con su perorata. Aún sin saber muy bien hacia dónde quería llegar.
-Será para que las hostias salgan sacramentadas sin pasar por mano del cura- Insistió- porque por todos es sabido que las manos de un ángel…
-¡Largo de aquí gandul! ¡Vago! ¡Maleante!–Voceó una potente y grave voz- ¡Si no quieres que te sacramente yo la cara a ostias! ¡Fuera! ¡O ya estoy llamando a los alguaciles!–
A la mera mención de los alguaciles se le mezclaron los humores del cuerpo al punto, provocándole un mareo que por seguro no era cosa buena; pues ya pasó una temporada a la sombra en un lugar muy cercano de dónde se encontraba. En la Cárcel Real de la Plaza de San Francisco. Así que haciendo rechinar los engranajes de su cerebro, y ante la disyuntiva de intentar mantener el tipo o mantener la barra de pan, decidió que era más prudente tomar las de Villadiego; y calándose el sombrero, echó a correr como alma que lleva el diablo. Y con unas muy poco hidalgas maneras.
Tenía aprendidas aquellas calles como el padrenuestro. Podía caminar por ellas con los ojos cerrados, y por poco recomendable que fuera; perderse por aquel laberinto de oscuros callejones de noche era casi como ir con los ojos vendados. Y no le gustaban mucho ni la oscuridad ni las vendas. Sin ningún género de dudas, si por él fuera, habría nacido menos cobarde. No le había quedado más remedio que vivir en las calles.
No era una cuestión de vocación, sino de circunstancias.
Cada bache y agujero que con las lluvias se llenaba de agua y porquería; era tan conocido para él como las líneas de sus manos. Y las tenía en gran estima.
Tiempo atrás, estando una tarde bien calzado de zumo de uvas a la sombra de uno de los naranjos que había al pie de la Iglesia Mayor; una gitana le confirmó al mirar la palma de sus manos que moriría muy de viejo, con oro como para hacerse varios pares de escudillas, cucharones y orinales. Y con cuatro esclavos, tres negros y una mulata. ¡Pardiez, cómo para no tenerles aprecio a las manos de uno!
Presumía de no ser supersticioso, y sin menospreciar las dotes adivinatorias de la longeva gitana; decidió que alguien que hablara con tal seriedad y convicción, no podía estar mintiendo.
Serpenteando a través de las callejuelas, entre empujones, patadas y “aguavás” no paró de correr aunque el ánima se le escapase por la boca. La gente que lo veía agarraba con más fuerza aún sus bultos, y los tenderos vigilaban atentamente sus mercancías. “Si corre, es porque huye. Si huye, es un ladrón”. Pero no era éste asunto que le trastornase en demasía. Pues no es menester darse la vuelta para mirar el paisaje, y encontrarse cara a cara con un alguacil y; por Cristo, que para el asunto, casi peor era la panadera que acababa de esquivar.
Por todos era sabido que en aquellos lugares la percepción de una calle ancha, con buenas vistas y un ameno pasear, no estaba delimitada del todo. Por un lado estaban los conservadores que afirmaban que qué mejor vista que una marabunta humana dándose de porrazos para no quedarse trabada en una calleja. Como se había hecho toda la vida. Era mucho más entretenido para los aficionados a observar por la ventana y además era una costumbre de gran arraigo.
En el bando contrario se encontraban los que creían que lo correcto era que fueran holgadas, con objeto de que los efluvios enemigos de las pituitarias pudieran marcharse ordenadamente y sin altercados. También influyó que al promotor de ésta idea le robaron las macetas que tenía colocadas en la puerta de su casa y no alcanzó a ver quién había sido.
De los dos métodos conocidos que podían luchar ferozmente contra el mal olor; tener las calles limpias, asearse habitualmente y ser escrupuloso en temas relacionados con la higiene; y atiborrar las casas con toda clase de plantas y flores; por pura comodidad se usaba el de las flores. Ahorraba tiempo para usarlo en otros quehaceres.
Afortunadamente ganó el bando conservador. Cruzar la calle se convirtió en una aventura digna de relatar a nietos y descendientes, y el contrabando de macetas de geranios generó un mercado negro sonado.
[CONTINUA]
Comentarios
El puerto era un lugar bullicioso y transitado, y por todos es bien sabido que el estiércol atrae a las moscas, y en el puerto hay demasiado estiércol y más moscas aún. Y no sólo estiércol metafórico. No hacía mucho tiempo que se había colgado un bando del Cabildo, que en resumen decía:
“Limpien vuestras mercedes las calles que da lástima verlas. Que esto ya es de vergüenza, se llena uno de mierda hasta las rodillas. Después se me queja la señora de que le ensucio el hogar. Al próximo que sea visto arrojando porquerías a la calle, le caerá multa de 1000 maravedíes”
Tenía intención de disimularse entre los espadachines, desalmados y forajidos que crecían como setas en aquel lugar bullicioso. Y si no estaban estos elementos, al menos parecer uno de ellos. Cosa poco complicada, porque para distinguir a un espadachín de un forajido o un desalmado, era necesario un comité de entendidos. Pero el proceso de simularse uno de ellos sin poner sobre la mesa su integridad, le resultó menos difícil de lo que esperaba.
Gonzalo el Trabuco, ya le había advertido días antes de lo que estaba por llegar al puerto. Haciéndose pasar por sordo y cojo, nadie creó nuestro señor mejor que Gonzalo para deslizarse por las peores tabernas de truhanes. Y siempre con intención de arrimar la oreja. O de ser invitado. Era un tipo de mundo que incluso había pasado un par de veces por el confesionario. Vendía cara la información, y la mitad de esta era falsa, pero con el mosto no tenía reparos en regalarla al primero que se cruzase.
Y de esta guisa estaba informado de los barcos que estaban por venir de las Américas. Pero no pudo sino maravillarse ante las decenas de carabelas que había atracadas una tras otra en los muelles, unos barcos enormes como montañas que flotaban por las aguas, poblados por puñados de marineros tostados por el sol y el viento salado, y con una lengua razonablemente sucia, que maldecían y se lanzaban aparejos. Quedó asombrado por el intenso ajetreo que reinaba en el ambiente.
Los maestros armadores buscando grietas en los cascos.
Los gritos y blasfemias de los galeotes.
Los soldados obligando a indios encadenados desnudos, con la piel cubierta de extraños dibujos, a bajar por la rampa.
Los holgazanes tragando vino mientras miraban cómo los otros trabajaban.
Y es que en el amanecer del siglo XVI tras la muerte de nuestro señor, Sevilla era la puerta de América.
Te molesto..si..? me encantaria que cambies las letras por mas grandes..
mira si puedes? sino le imprimire tu post..ya que leyendo en la pantalla me marean las letras pequeñas..:)
un abrazo,
Lo he puesto un poco más grande
Continua.. que quiero seguir leyendo..
un abrazo,
El relato es ameno, se lee bien y no es literatura de niños. Que complicado equilibrio. Frases brillantes, momentos divertidos como el robo del pan, muy buena la carpintería y el dibujo de las calles.
No te puedo criticar. Tal como está me gusta.
No soy capaz de hacerlo totalmente "en serio", ni totalmente humorístico sin caer en lo vulgar.
Bueno aún así todavía queda mucho que repasar y retocar.
Si os gusta podría colgar algún que otro capítulo más.
Creo reticente la petición pero me sumo a lo dicho con beneplácito.Un abrazo y muchas gracias Doktorfaustus,espero que no sea tarde dada la fecha.