Los Cíclopes
Siempre habían tenido especial cuidado durante sus contactos amorosos, un accidente los mantuvo inquietos durante algunos días y dos rayas en el test alteraron la mañana.
No se encontraba dentro de sus planes perder la figura ni dedicar tiempo a una crianza.
Era un momento en el que todas sus energías se concentraban en la propia realización social y profesional. El amor no tenía lugar en su vida, solo el buen sexo y el placer sin compromiso.
Su pareja pensaba de igual forma, tenían muchos proyectos económicos y metas claras de superación social. El vástago no era esperado y mucho menos deseado.
Muchas charlas sobre la posible interrupción del embarazo los mantuvo despiertos varias noches y siempre la misma conclusión. ¡Todavía no nació y ya está jodiendo!.
La consulta médica determinó la imposibilidad de interrupción, un aborto era muy peligroso para la vida de la mujer.
Los vómitos matinales, la pérdida del apetito sexual y el engrosamiento de la cintura iban haciendo cada vez más espaciados los encuentros íntimos y desarrollando un profundo rencor hacia el hijo que encaprichado continuaba creciendo dentro de ella.
Solo una ventaja tenía en cuenta, luego del cuarto mes le cedían el asiento en el subte.
El hombre, resignado ante la situación, pasaba horas haciendo cálculos del presupuesto familiar, lamentando la imposibilidad de cambiar el auto y añorando el cuerpo esbelto de su mujer.
Asi fueron pasando los meses hasta que el niño vio la luz, lloró y comenzó a alimentarse succionando los senos de la mujer en forma descarada y sin contemplaciones frente al hombre que cada vez se sentía más apartado.
Un juego de fantasías comenzó a ocupar su mente y la necesidad de recuperar lo perdido ante el advenedizo usurpador.
Aparentando una amorosa relación filial, ambos progenitores fueron cumpliendo las sociales obligaciones, demostrando orgullo por su prole ante amistades y familiares, pero íntimamente cada uno y por diferentes motivos fueron alimentando un secreto encono hacia el niño.
Los meses fueron pasando y las obligaciones cotidianas hicieron de distracción aunque no de olvido.
Llegaron las fiestas de fin de año y con ellas el tiempo de planificar el descanso veraniego.
- ¿Qué te gustaría hacer estas vacaciones? –. Preguntó a su mujer.
- Podríamos alquilar una quinta. No, mejor una casa en el Tigre -.
Por algunos días se dedicó a la búsqueda del lugar accesible a su presupuesto alquilando una isla alejada pero aparentemente con comodidades que cumplieran sus necesidades primarias.
Emprendieron el viaje llegando a la ultima parada de la lancha colectiva, desde allí un lugareño con su bote remontó el riacho sin nombre hasta la isla que solo contaba con una ruinosa casa de chapa.
- ¡La semana que viene paso!. Les gritaba el botero mientras se alejaba ante las miradas de la sorprendida pareja.
La sensación de abandono los invadió por unos minutos pero el llanto del bebe nuevamente los llevó a la realidad y mientras la mujer lo amamantaba, el hombre cargó los bolsos dirigiéndose hacia la casa.
Esa noche cenaron parte de las provisiones que llevaban y acondicionaron el lugar como para estar lo más cómodo posible.
Una precaria lampara de kerosene les brindó una romántica ambientación y dentro de la precariedad comenzaron a disfrutar la tranquila atmósfera.
A la mañana realizaron un listado de productos a adquirir a la lancha almacén, que según el propietario debería pasar diariamente a las diez. En vano esperaron el primer día, el segundo y el tercero.
La situación iba tornándose problemática, no eran los mosquitos y alimañas. El problema era la falta de alimentos y el llanto del niño que no paraba de devorar los pechos de la mujer.
Durante todo el día recorrió la isla en busca de cualquier cosa que pudiera mitigar el hambre. Intentó infructuosamente cazar y pescar, probó todo tipo de hojas y algunas raíces comprobando su incapacidad y escasez de conocimiento.
Llegó a la casa con solo una rama de laurel y algunas ideas en su mente.
El silencio era interrumpido por el chisporroteo del fuego, el aroma a laurel y carne a la parrilla invadía la isla.
- Esto es exquisito -. Dijo la mujer mientras acercaba el plato a su pareja con claro gesto de repetir la porción.
- Te sirvo otro trozo -. Expresó sonriente el hombre mientras trozaba un cuarto trasero.
Esa noche tuvieron una relación sexual frenética bajo las estrellas del Delta. No hubo interrupciones ni llantos de niño, tampoco precauciones para evitar un posible embarazo.
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yandrac