La pastilla letal
Estuve tres meses ingresado en el hospital, alternando alucinaciones y exaltación con el más compungido lamento sin que lo hubiese podido impedir ningún tratamiento del doctor Gabriel. Intensas pesadillas agobiaban con tormentos mis sueños, recreando la visión de mi compañero Joaquín, desesperado, suplicando mi ayuda poco antes de su muerte. Imágenes distorsionadas hasta el horror, sufriendo grandes sobresaltos al despertar. Era una intensa agonía que no parecía remitir.
Sentía que mi existencia estaba próxima a su fin, en declive inexorable, vacía de todo propósito. Había llegado al final, al pulverulento limo de los fondos abisales, dispuesto a aceptar que mi cuerpo y mi alma se pudrieran como desechos. Si por fatal accidente, al cruzar una calle en obras, me pillase una apisonadora el cordón del zapato y a pesar de mis gritos de dolor ésta siguiese avanzando aplastándome la pierna, pensaría que esto es poca cosa; una pequeñez o suceso intrascendente.
—Enfermera por favor, inyécteme por piedad un veneno mortal que no quiero vivir más en este mundo desabrido y cruel.
La enfermera no me contestaba. Me miraba sin inmutarse sentada en la cama de al lado. Vestía con una bata a cuadros bastante raída y zapatillas de dormir. Tendría unos ochenta años. Ante mis insistentes súplicas me dio una pastilla gigante de color rojo transparente que engullí con un poco de agua. Sufrí al momento un gran dolor y ahogo en la garganta, al que siguieron unas fiebres muy altas con intensos delirios, pero no pudo el veneno terminar conmigo, supongo que gracias a una intervención divina.
Fragmento de "El enigma de la cacatúa"
Puedes descargarte “El enigma de la cacatúa”, en:
http://www.yoescribo.com/publica/comunidad/autor.aspx?cod=81989
Comentarios
Lo dicho, el relato conserva una tensión in crecendo, que hace atrapar al lector. Eso sí, esto se merece un final digno de la trama planteada, que lo sepas jejeje
Aquí en el foro he dejado otros fragmentos y también el primer capítulo de la novela. Creo que enseguida que empieces a leer "El enigma de la cacatúa" entenderás qué pasa con el caramelo.
Fragmento de la novela de Rafael Homar "El enigma de la cacatúa"
En los profundos abismos de las tinieblas existe una luz; esta luz alumbra la faz serena del Obispo Juana Mari dentro del confesionario, esperando el alma sincera a la que liberar con su apabullante poder redentor de la pesada carga del pecado. En su presencia se siente una influencia contagiosa que irradia de su cuerpo con tal evidencia que el alma se humilla y el cuerpo se arrodilla con una genuflexión inevitable. En sus facciones se perciben rasgos de pasión, dolor y fe, en una mirada repleta de misericordia y comprensión. Con el sonido de su voz el sufrimiento remite inmediatamente y da lugar a un descanso y bienestar donde todo remordimiento desaparece.
Con la ayuda del doctor Gabriel encontré fácilmente el interruptor de la luz que alumbraba el confesionario del Obispo Juana Mari. Nada más verle, mi cuerpo se hinchó de admiración y sorpresa, como si estuviera contemplando una aparición celestial. Moisés, al ver que le hablaba un matorral en llamas allá en el acantilado, no quedó tan admirado como yo ante la presencia del Obispo Juana Mari. El bebé famélico que entre los brazos de su madre encuentra por fin el pezón por donde saciar su hambre, no siente mayor bienestar y regocijo que yo al postrarme ante la insigne presencia del Obispo Juana Mari Pio Pio.
El Obispo Juana Mari depositando su firme mano sobre mi cabeza, quedó mirándome fijamente, sin rasgo o gesto que mudara la inmovilidad absoluta de su mirada celestial, hasta el momento que me dijo:
—Yo te perdono, tu arrepentimiento te hace digno de perdón.
En ese momento la paz espiritual se transfirió a todo mi cuerpo, invadiéndome con una inconmensurable sensación de bienestar. Cuando cerré los ojos dejándome llevar por un éxtasis divino que empapaba mi cuerpo con una sensación de ingravidez, alzando mis brazos hacía el cielo, me desmayé. Sentí como si hubiera recibido un contundente golpe en la cabeza y estuve inconsciente una semana. Mi cuerpo quedó inerte, pero en mi cabeza comenzaba un saludable descanso y emprendí un viaje de placidas ensoñaciones que apenas recuerdo, surcando en forma etérea un mundo en donde reinaba una alegría sin igual. Desperté con un enorme chichón en la cabeza y un cierto dolor, pero también, con una renovada ambición y ganas de vivir. Considero fue uno más de los muchos milagros que he visto obrarse con la mediación del Obispo Juana Mari.
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Así como el náufrago, que sobre unas maderas descompuestas a vagado semanas enteras en alta mar y al ser embestido por la olas se encuentra sin darse cuenta a salvo en la costa, tal es su alegría al poner un pie sobre la tierra como la que sentí yo al despertar. Lagrimas de felicidad salieron de mis ojos al sentir en mi interior una agradable sensación de salud y de descanso. Me dirigí a la ventana y al recibir la luz del sol pude ver la maravilla del mundo que había ante mí. Desde aquel día cesaron casi completamente las pesadillas y al poder dormir tranquilo mejoró la salud de mis pensamientos y fui encaminando mi vida por una senda que encontraba inusitadamente ancha y despejada. Encaucé así mi vida hacía un objetivo que por primera vez veía claro, animado por la determinación de una nueva conciencia, y con un irrefrenable deseo de ayudar a mis semejantes.
Una vez más el doctor Gabriel demostró el respeto que le debo y permitió que me quedase en el hospital, proporcionándome diferentes trabajos. Con la esperanza de olvidar y de dejar atrás el pasado, acompañé al doctor Gabriel en la tarea de ofrecer ayuda y consuelo a aquellos que sufrían las enfermedades de la mente y dieron comienzo así años de plenitud y realización personal. Ocho años después de mi ingreso en el hospital el doctor Laurencio Puerco presentaba al gabinete mi candidatura para el puesto de comisario.