Carmen, Kitty y yo: un buen interventor
(Relatos de verano)
Habría Que decir que las mejores amistades son las peligrosas, no porque sean las más beneficiosas en el haber de tu existencia, sino porque son las más adrenalíticas y seductoras. A los niños les atrae el peligro y muchas veces lo buscan maquinalmente. Yo ya no soy un niño y sigo teniendo imán para las situaciones de riesgo, o simplemente éstas logran abducirme. Y lo más jodido es que uno trata de evitarlas llevando una vida anodina y conformista, una existencia de medio pelo, y cuando menos te los esperas, de entre los flecos de este mundo maqueado de rosa, te sorprendes felizmente embaucado por una amistad de estas.
Mi ex mujer llevaba razón: “no te apuntes a esas clases de tenis”… Aunque ella lo decía porque veía absurdo que tratara de impresionarla ganándole las partidas en el Club cuando nos citábamos una vez al mes para hablar de las cosas que aún teníamos en común: la hipoteca del chalé donde ella vive con su novio, un seguro de vida a mi nombre para liquidar la hipoteca y otro al suyo para evitar discriminaciones, una niña en el Ejército y un niño peluquero al que ayudábamos a pagar el alquiler del salón de belleza. Sí, mi ex llevaba razón porque esas dos horas a la semana de tenis con mi monitora iban a ser mi “perdición” en sólo dos meses.
Tenía que haber adivinado su peligro cuando me dijo el primer día de clase, apenas cogía yo mi raqueta y tanteaba las pelotas, que le gustaban los zurdos. Al segundo día me dijo que mi revés era como el suyo. A la semana siguiente, llevándome a un aparte, me regaló unas muñequeras sin usar que habían sido de su antigua pareja; las mías estaban asquerosas. Otro día me guiñó un ojo y no fue por el sudor. Otro llevó mi mano con la suya rodeándome con sus brazos para enseñarme el golpe de bolea paso al frente incluido, como en el tango.
Tenía que haberme dado cuenta de sus propósitos conmigo, que aunque parecían ir por meros derroteros erótico-tenísticos, nada tenían que ver con eso. Aquella monitora de faldita blanca llamada Carmen, llevaba una doble vida. Aquel regocijo del tenis, peloteo relajante en el club más in del barrio, sólo era el descanso de una mente de maquinación y riesgo.
A la tercera semana preparó su arte de cerco: “Juan Francisco, espérame a la salida de duchas, tengo que hablar contigo”. “Llámame Juanfra”, le dije sin imaginar aún sus intenciones.
Recién duchada, con los ojos brillantes y un olor a suavizante capilar de coco, me dijo que fuéramos a la cafetera y allí me lo contaría todo.
–He visto que eres un tipo mañoso. Y preciso de alguien como tú. Tengo un negocio entre manos y necesito un socio, podrías ganarte un buen pellizco en muy poco tiempo. Nada peligroso, no te alarmes…
–Nada peligroso, júu, Tú eres la peligrosa. ¿Dime de qué se trata?
–Primero quiero saber si cuento contigo. Y para eso podemos cenar esta noche. Algo íntimo. Por ejemplo, en un búrguer.
–No fastidies, Carmen, te llevaré al mejor restaurante de la ciudad. Y por supuesto pago yo: a mi propia casa.
–Vale, en tu casa –Dijo sin más. Y no puso gesto de pensar: “este gachón me quiere meter en su cama”; más bien su cara bonita quería decir: “o este tío es un miseria o está fatal de pasta”. Y quizá incluyera en su pensamiento: “si es lo segundo: estupendo, me conviene”
–Vivo ahora como los buenos clientes de mi banco –dije para justificarme–: acumulando deuda. Digamos que trabajo para otros… y para mi perro.
–Ah, tienes perro.
–Sí, pero no te alarmes, es un pequeño Shih Tzu del Tibet y apenas deja olor en la casa.
–Qué gracioso un perro tibetano, ¿no pedirás comida china?
Me bastó aquella noche con una ensalada preparada del súper, unos canelones congelados al horno, dos botellas de tinto de reserva y una caja de bombones helados en oferta. La segunda botella la abrimos en el sofá y ahí encontré su mirada perdedora, sus muslos de tintorera, su perfume de canela en rama… y sus intenciones, que ya parecían las mías teniéndola tan cerquita. Sacó de su bolso el tabaco y un móvil de generación futura que abrió como computadora y conectó a Internet para enseñarme sus trucos. Creo que ya sabía que me tenía en sus redes.
–Mira, Juanfra. Esta es mi criatura, se llama Kitty, como la dueña del salón
Kitty, es un programa espía, para sacar desde el teclado de los clientes de entidades bancarias, las claves de sus cuentas mientras teclean para hacer cualquier transferencia, igual que la vieja alemana prostituta hacía con políticos, militares y empresarios en época nazi, sacando datos que usaba luego en su beneficio, hará mi kitty poniéndonos en bandeja las claves de cientos de cuentas cebadas de dinero sonante y corriente. Cientos de miles y hasta millones con suerte que irán a parar, sin billete de retorno, a una cuenta cifrada en un paraíso: el nuestro, que aguarda tranquilo su momento de oro. Sólo necesitamos las direcciones electrónicas de estos suculentos clientes y ahí entras tú, Juanfra. ¿Me oyes?
Desde luego que la oía y ahora sabía perfectamente que mi atracción por esa dama no era ni por asomo un llamamiento erótico, sino todo un encoñamiento delictivo. Aquella Hacker con raqueta de pega, sacaba de mis entresijos todo el desagravio y la venganza contenidas durante lustros; el odio de un tipo gris y endeudado, interventor de sucursal, que ve la oportunidad de arremeter contra el banco, sacando como contrapartida de su desquite lo que más le duele al sistema financiero: el dinero; y no ese dinero virtual con el que especulan a diario los de la central, sino la pasta fresca y efectiva depositada por los clientes de primera en sus cuentas corrientes o libretas de ahorro: la viuda adinerada, el médico en racha o el promotor del ladrillazo…
Aquello fue emocionante, una excitación comparable al mejor de los orgasmos. Sobre todo cuando por fin me hice con la lista de direcciones de la central y juntos, en el apartamento de ella, con dos cervezas frías, lanzamos a kitty a la caza de claves. A la semana siguiente, para el viernes, ya teníamos una buena ensalada de números dispuestos a ser usados. Pero el golpe final lo haría Carmen sola desde un cíber, vaciando escalonadamente las cuentas en las últimas horas de oficina del sábado. Los cálculos eran muy prometedores, había más pasta en juego de la que en principio se estimó. Quiso llevarse a mi perro y quedamos para el domingo por la mañana temprano; la recogería en su casa, y haríamos una excursión a Lisboa para desde allí, el lunes, volar camino del paraíso. Tanto y tan peligroso placer no podía ser cierto.
Me quedé con el dedo pegado al pulsador del piso de mi monitora mientras los churros se helaban, esperé dos horas frente a su portal y la desilusión fue pudiendo conmigo al oír por el móvil, una y otra vez, el numero marcado está fuera de servicio. El lunes por la mañana en la oficina me llamó el director. Me dirigía a su despacho cuando vi tras las cristaleras el coche de la guardia civil. Inevitablemente venían a por mí.
Ahora el peligro, con el recuerdo de los ojos de Carmen, queda detrás de estos muros. Pero tengo esperanza.
Con seguridad me estará esperando sobre las arenas blancas de una playa de palmeras, o jugando al tenis bajo un sol de melocotón en algún paraíso, tal vez el nuestro. Seguro que tendrá guardada para mí mi parte, el treinta por ciento de todo, y paseará a mi perro como si fuera suyo, porque es nuestro, como el dinero, quizá por eso insistió en llevárselo…
Otra posibilidad prefiero desecharla, hay que seguir soñando. Y al menos me he quitado las trampas.
Blog: De Orilla a Orilla - Franjamares:
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Comentarios
Creo que no entendí ese comemtario tuyo, pues no creo que escribieras así si no cuidaras ciertas "reglas" a la hora de escribir. Reglas que podemos aprender espontáneamente cuando queremos que se nos entienda, pero que están ahí.
La únicas reglas (y con excepciones) de la literatura son las derivadas de la gramática y la sintasis, el resto es completamente libre; la aparición de los personajes y su relación o simbolismo dentro de la historia no está sujeta a ninguna norma. Cada autor usa sus propios giros y sus adornos literarios que sirven para hacer el relato apetecible, pero dentro de todo ello está la mente y el alma del autor@; y cuando estos afloran en el trance del escritor, todo lo que salga ahí, personajes, acciones, reflexiones... ocupa su lugar en la historia, aunque a veces nos parezca que no guarden relación.
Gracias por tus comentarios.
Saludos.
Franjamares.
(... ) Esta es mi criatura, se llama Kitty, como la dueña del salón
Kitty, es un programa espía, para sacar desde el teclado de los clientes de entidades bancarias, las claves de sus cuentas mientras teclean para hacer cualquier transferencia, igual que la vieja alemana prostituta hacía con políticos, militares y empresarios en época nazi, sacando datos que usaba luego en su beneficio, hará mi kitty poniéndonos en bandeja las claves de cientos de cuentas cebadas de dinero sonante y corriente.
Te faltan puntos: cuesta un poco entender qué quieres decir. Yo creo que quedaría más claro: "Ésta es mi criatura: se llama Kitty, como la dueña del salón Kitty. Es un programa espía, para sacar (...) las claves de sus cuentas (...). Igual que la vieja alemana hacía (...), hará mi kitty (...)"
También resulta muy gracioso lo del "encoñamiento delictivo". Deberías cambiar ese "me estará esperando" después del "Pero tengo esperanza" de la frase anterior. Y muy bien ese "sol de melocotón"
Siempre hay cosas que a uno se le escapan y es positivo que te las recuerden.
Saludos.
Franjamares.