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Lo siento: ni siquiera tengo título

NinaNina Pedro Abad s.XII
editado julio 2009 en Narrativa
Flores en un jarrón

Una mañana igual a cualquier otra, la Sra. Rodríguez se asomó con una vaga sensación de optimismo al balcón de su apartamente y, de repente, al verla, se agarró con fuerza a la barandilla incandescente, sin reparar en lo que hacía. En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle. La Sra. Rodríguez la miró aterrorizada y reprimió un grito de advertencia por miedo a asustarla y a ser ella quien precipitara la tragedia. Nada podía hacer y se quedó allí, paralizada y sin aliento, sin querer ver y sin poder apartar los ojos.

Un eterno segundo después, una mujer se asomó a la puerta de la terraza, y la Sra. Rodríguez intuyó, más que vió, el gesto de pavor, la mano ahogando un grito, los pasos rápidos, de puntillas, para no hacer ruido. Al fin, la mujer alcanzó a la niña, la agarró por la cintura, y corrió hacia el interior, cerrando la puerta con fuerza.

La Sra. Rodríguez suspiró primero aliviada, llenó después los pulmones del aire cálido de mediodía y volvió a entrar en su salón con el corazón todavía retumbando y la sensación de no haber respirado durante horas.

Era un mes de mayo extraordinariamente cálido y la luz iluminaba toda la habitación. Sobre una mesa de rincón, el cenicero de cristal tallado refulgía como un diamante. A su lado, un bonito jarrón con forma de copa y filos dorados. La Sra. Rodríguez lo había comprado hacía años en un anticuario por una cantidad ridícula, y nunca supo si había encontrado una bicoca o la habían engañado. Pero le daba igual, pues el jarrón, aun vacío, era bonito de de verdad y resultaba elegante y muy decorativo. Tiempo atrás, a veces, al volver a casa, solía parar en una floristería para llevarse un ramillete: pensaba que esos detalles eran los que la hacían acogedora. Flores en un jarrón. Olor a pan tostado. Un hogar.


Sobre la mesa, su marido había olvidado las llaves. La noche anterior, discutiendo por una tontería, de repente y sin venir a cuento, comenzó a mascullar entre dientes algo que ella no consiguió entender. Pero sí distinguió claramente la palabra “estúpida”. “Se ha tomado un cubalibre” -pensó- pues había aprendido a relacionar unas cosas con otras y sabía que, aunque él podía ser encantador y cariñoso habitualmente, aquella mezcla de alcohol y cafeína le provocaba extraños accesos de furia sin sentido.


Al principio ella levantaba también la voz, indignada, para replicarle. Pero con el tiempo, y porque no quería que sus hijos presenciaran escenas, terminó por refugiarse tras cada uno de aquellos episodios en un silencio despectivo cada vez más largo. Primero fueron días, luego semanas; y llegó a pasar más de un mes sin dirigirle la palabra salvo en caso de urgencia o necesidad. Aquellos accesos tampoco eran frecuentes y, finalmente, la situación acababa por suavizarse. Pero, por entonces, la Reina de las Nieves les había clavado en el corazón su alfiler de plata y todos andaban por la casa perdidos y encerrados en sí mismos, como extraviados en un país del que se desconoce el idioma.

Comentarios

  • franjamaresfranjamares Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Flores en un jarrón.

    Hola Nina. Bien escrito; lo trágico y lo cotidiano, como la vida misma.
    me permito sugerirte, aunque no hace falta que lo lleve, el título de arriba.
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    franjamares escribió : »
    Flores en un jarrón.

    Hola Nina. Bien escrito; lo trágico y lo cotidiano, como la vida misma.
    me permito sugerirte, aunque no hace falta que lo lleve, el título de arriba.




    ¡Eh! ¡Que está sin terminar! (y hoy ya no puedo hacerlo: aunque está todo escrito en mi cabeza, al pasarlo al papel me apetece cambiarlo casi todo). Me quedo con el título... Gracias. :)
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Flores en un jarrón

    Una mañana igual a cualquier otra, la Sra. Rodríguez se asomó con una vaga sensación de optimismo al balcón de su apartamente y, de repente, al verla, se agarró con fuerza a la barandilla incandescente, sin reparar en lo que hacía. En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle. La Sra. Rodríguez la miró aterrorizada y reprimió un grito de advertencia por miedo a asustarla y a ser ella quien precipitara la tragedia. Nada podía hacer y se quedó allí, paralizada y sin aliento, sin querer ver y sin poder apartar los ojos.
    Un eterno segundo después, una mujer se asomó a la puerta de la terraza, y la Sra. Rodríguez intuyó, más que vió, el gesto de pavor, la mano ahogando un grito, los pasos rápidos, de puntillas, para no hacer ruido. Al fin, la mujer alcanzó a la niña, la agarró por la cintura, y corrió hacia el interior, cerrando la puerta con fuerza.
    La Sra. Rodríguez suspiró primero aliviada, llenó después los pulmones del aire cálido de mediodía y volvió a entrar en su salón con el corazón todavía retumbando y la sensación de no haber respirado durante horas.
    Era un mes de mayo extraordinariamente cálido y la luz iluminaba toda la habitación. Sobre una mesa de rincón, el cenicero de cristal tallado refulgía como un diamante. A su lado, un bonito jarrón con forma de copa y filos dorados. La Sra. Rodríguez lo había comprado hacía años en un anticuario por una cantidad ridícula, y nunca supo si había encontrado una bicoca o la habían engañado. Pero le daba igual, pues el jarrón, aun vacío, era bonito de de verdad y resultaba elegante y muy decorativo. Tiempo atrás, a veces, al volver a casa, solía parar en una floristería para llevarse un ramillete: pensaba que esos detalles eran los que la hacían acogedora. Flores en un jarrón. Olor a pan tostado. Un hogar.
    Sobre la mesa, su marido había olvidado las llaves. La noche anterior, discutiendo por una tontería, de repente y sin venir a cuento, comenzó a mascullar entre dientes algo que ella no consiguió entender. Pero sí distinguió claramente la palabra “estúpida”. “Se ha tomado un cubalibre” -pensó- pues había aprendido a relacionar unas cosas con otras y sabía que, aunque él podía ser encantador y cariñoso habitualmente, aquella mezcla de alcohol y cafeína le provocaba extraños accesos de furia sin sentido.
    Al principio ella levantaba también la voz, indignada, para replicarle. Pero con el tiempo, y porque no quería que sus hijos presenciaran escenas, terminó por refugiarse tras cada uno de aquellos episodios en un silencio despectivo cada vez más largo. Primero fueron días, luego semanas; y llegó a pasar más de un mes sin dirigirle la palabra, salvo en caso de urgencia o necesidad. Aquellos accesos tampoco eran tan frecuentes y, finalmente, la situación acababa por suavizarse. Pero, por entonces, la Reina de las Nieves les había clavado en el corazón su alfiler de plata y todos andaban por la casa perdidos y encerrados en sí mismos, como extraviados en un país del que se desconoce el idioma.

    La Sra. Rodríguez comprendió que había terminado por sentirse como un enfermo catatónico que no se atreve a hablar ni a hacer un gesto por miedo a que su mundo se derrumbe. Se había juzgado a sí misma y se había hallado culpable de incapacidad para encontrar un camino intermedio entre los gritos y el silencio que amenazaba con tragarse a su familia. Aquella sensación de amor y acogimiento, de poseer un refugio que te protege del resto del mundo, había desaparecido de sus vidas como las flores del jarrón.



    (.........)
  • franjamaresfranjamares Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Aquella sensación de amor y acogimiento, de poseer un refugio que te protege del resto del mundo, había desaparecido de sus vidas como las flores del jarrón.

    ... Ya está acabado, muy bien, y además con el final como título.
  • AnandamojiAnandamoji Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Me gusta lo que he leído, pero no veo la relación de la niña con el resto del relato. Veo dos historias: la de una niña a punto de caerse y la de una señora que se está hundiendo, pero en el relato no se ve ninguna relación entre las dos. En un relato no debe haber elementos sin relación entre sí.
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    franjamares escribió : »
    Aquella sensación de amor y acogimiento, de poseer un refugio que te protege del resto del mundo, había desaparecido de sus vidas como las flores del jarrón.

    ... Ya está acabado, muy bien, y además con el final como título.



    No está acabado todavía :( :( :(
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Anandamoji escribió : »
    Me gusta lo que he leído, pero no veo la relación de la niña con el resto del relato. Veo dos historias: la de una niña a punto de caerse y la de una señora que se está hundiendo, pero en el relato no se ve ninguna relación entre las dos. En un relato no debe haber elementos sin relación entre sí.



    Podría ser porque no está acabado, pero esto me da muy mala espina; a estas alturas, ya debería intuirse algo de esa relación entre las dos historias. Me temo que esto no va a salir bien :( :(
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Flores en un jarrón


    Una mañana igual a cualquier otra, la Sra. Rodríguez se asomó con una vaga sensación de optimismo al balcón de su apartamente y, de repente, al verla, se agarró con fuerza a la barandilla incandescente, sin reparar en lo que hacía. En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle. La Sra. Rodríguez la miró aterrorizada y reprimió un grito de advertencia por miedo a asustarla y a ser ella quien precipitara la tragedia. Nada podía hacer y se quedó allí, paralizada y sin aliento, sin querer ver y sin poder apartar los ojos.
    Un eterno segundo después, una mujer se asomó a la puerta de la terraza, y la Sra. Rodríguez intuyó, más que vió, el gesto de pavor, la mano ahogando un grito, los pasos rápidos, de puntillas, para no hacer ruido. Al fin, la mujer alcanzó a la niña, la agarró por la cintura, y corrió hacia el interior, cerrando la puerta con fuerza.
    La Sra. Rodríguez suspiró primero aliviada, llenó después los pulmones del aire cálido de mediodía y volvió a entrar en su salón con el corazón todavía retumbando y la sensación de no haber respirado durante horas.
    Era un mes de mayo extraordinariamente cálido y la luz iluminaba toda la habitación. Sobre una mesa de rincón, el cenicero de cristal tallado refulgía como un diamante. A su lado, un bonito jarrón con forma de copa y filos dorados. La Sra. Rodríguez lo había comprado hacía años en un anticuario por una cantidad ridícula, y nunca supo si había encontrado una bicoca o la habían engañado. Pero le daba igual, pues el jarrón, aun vacío, era bonito de de verdad y resultaba elegante y muy decorativo. Tiempo atrás, a veces, al volver a casa, solía parar en una floristería para llevarse un ramillete: pensaba que esos detalles eran los que la hacían acogedora. Flores en un jarrón. Olor a pan tostado. Un hogar.
    Sobre la mesa, su marido había olvidado las llaves. La noche anterior, discutiendo por una tontería, de repente y sin venir a cuento, comenzó a mascullar entre dientes algo que ella no consiguió entender. Pero sí distinguió claramente la palabra “estúpida”. “Se ha tomado un cubalibre” -pensó- pues había aprendido a relacionar unas cosas con otras y sabía que, aunque él podía ser encantador y cariñoso habitualmente, aquella mezcla de alcohol y cafeína le provocaba extraños accesos de furia sin sentido.
    Al principio ella levantaba también la voz, indignada, para replicarle. Pero con el tiempo, y porque no quería que sus hijos presenciaran escenas, terminó por refugiarse tras cada uno de aquellos episodios en un silencio despectivo cada vez más largo. Primero fueron días, luego semanas; y llegó a pasar más de un mes sin dirigirle la palabra, salvo en caso de urgencia o necesidad. Aquellos accesos tampoco eran tan frecuentes y, finalmente, la situación acababa por suavizarse. Pero, por entonces, la Reina de las Nieves les había clavado en el corazón su alfiler de plata y todos andaban por la casa perdidos y encerrados en sí mismos, como extraviados en un país del que se desconoce el idioma.
    Nada grave había ocurrido realmente, pero la Sra. Rodríguez contemplaba todo aquello desolada, intuyendo, sin confesárselo jamás, que su vida, y su felicidad, estaban construídas sobre un pantano, que cualquier movimiento podría acabar con su familia, y que ya no sabía qué hacer para evitarlo. Frustrada por el silencio que encubría las cosas importantes, rehuía también, cada vez más, las conversaciones banales, y se sentía incapaz, incluso, de decirles durante la cena que había caído una funda de almohada en su tendedor y que, si algún vecino preguntaba por ella, estaba guardada en el armario del pasillo.

    La Sra. Rodríguez comprendió que había terminado por sentirse como un enfermo catatónico que no se atreve a hablar ni a hacer un gesto, por miedo a que el mundo se derrumbe a su alrededor. Se había juzgado a sí misma y se había hallado culpable de incapacidad para encontrar un camino intermedio entre los gritos y el silencio que amenazaba con tragarse a su familia. Aquella sensación de amor y acogimiento, de poseer un refugio que te protege del resto del mundo, había desaparecido de sus vidas como las flores del jarrón.

    ¿Mejor así? (Sigue sin estar terminado).
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Flores en un jarrón



    Una mañana igual a cualquier otra, la Sra. Rodríguez se asomó con una vaga sensación de optimismo al balcón de su apartamente y, de repente, al verla, se agarró con fuerza a la barandilla incandescente, sin reparar en lo que hacía. En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle. La Sra. Rodríguez la miró aterrorizada y reprimió un grito de advertencia por miedo a asustarla y a ser ella quien precipitara la tragedia. Nada podía hacer y se quedó allí, paralizada y sin aliento, sin querer ver y sin poder apartar los ojos.
    Un eterno segundo después, una mujer se asomó a la puerta de la terraza, y la Sra. Rodríguez intuyó, más que vió, el gesto de pavor, la mano ahogando un grito, los pasos rápidos, de puntillas, para no hacer ruido. Al fin, la mujer alcanzó a la niña, la agarró por la cintura, y corrió hacia el interior, cerrando la puerta con fuerza.
    La Sra. Rodríguez suspiró primero aliviada, llenó después los pulmones del aire cálido de mediodía y volvió a entrar en su salón con el corazón todavía retumbando y la sensación de no haber respirado durante horas.
    Era un mes de mayo extraordinariamente cálido y la luz iluminaba toda la habitación. Sobre una mesa de rincón, el cenicero de cristal tallado refulgía como un diamante. A su lado, un bonito jarrón con forma de copa y filos dorados. La Sra. Rodríguez lo había comprado hacía años en un anticuario por una cantidad ridícula, y nunca supo si había encontrado una bicoca o la habían engañado. Pero le daba igual, pues el jarrón, aun vacío, era bonito de de verdad y resultaba elegante y muy decorativo. Tiempo atrás, a veces, al volver a casa, solía parar en una floristería para llevarse un ramillete: pensaba que esos detalles eran los que la hacían acogedora. Flores en un jarrón. Olor a pan tostado. Un hogar.
    Sobre la mesa, su marido había olvidado las llaves. La noche anterior, discutiendo por una tontería, de repente y sin venir a cuento, comenzó a mascullar entre dientes algo que ella no consiguió entender. Pero sí distinguió claramente la palabra “estúpida”. “Se ha tomado un cubalibre” -pensó- pues había aprendido a relacionar unas cosas con otras y sabía que, aunque él podía ser encantador y cariñoso habitualmente, aquella mezcla de alcohol y cafeína le provocaba extraños accesos de furia sin sentido.
    Al principio ella levantaba también la voz, indignada, para replicarle. Pero con el tiempo, y porque no quería que sus hijos presenciaran escenas, terminó por refugiarse tras cada uno de aquellos episodios en un silencio despectivo cada vez más largo. Primero fueron días, luego semanas; y llegó a pasar más de un mes sin dirigirle la palabra, salvo en caso de urgencia o necesidad. Aquellos accesos tampoco eran tan frecuentes y, finalmente, la situación acababa por suavizarse. Pero, para entonces, la Reina de las Nieves les había clavado en el corazón su alfiler de plata y todos andaban por la casa perdidos y encerrados en sí mismos, como extraviados en un país del que se desconoce el idioma.
    Nada grave había ocurrido realmente, pero la Sra. Rodríguez contemplaba todo aquello desolada, intuyendo, sin confesárselo jamás, que su vida, y su felicidad, estaban construídas sobre un pantano, que cualquier movimiento podría hundir en él a su familia, y que ya no sabía qué hacer para evitarlo. Porque, las pocas veces que intentó hablar con su marido de aquellos incidentes, buscando la forma de que no se repitieran, él siempre la acusaba de rencorosa y terminaba diciéndole, una y otra vez: "Agua pasada, no mueve molino". Y si ella insistía, la conversación iba subiendo y subiendo de tono, amenazando con acabar igual que la anterior. Frustrada por el silencio que encubría las cosas importantes, rehuía también, cada vez más, las conversaciones banales, y se sentía incapaz, incluso, de decirles durante la cena que había caído una funda de almohada en su tendedor y que, si algún vecino preguntaba por ella, estaba guardada en el armario del pasillo.
    La Sra. Rodríguez comprendió que había terminado por sentirse como un enfermo catatónico que no se atreve a hablar ni a hacer un gesto, por miedo a que el mundo se derrumbe a su alrededor. Se había juzgado a sí misma y se había hallado culpable de incapacidad para encontrar un camino intermedio entre los gritos y el silencio que amenazaba con tragarse a su familia. Aquella sensación de amor y acogimiento, de poseer un refugio que te protege del resto del mundo, había desaparecido de sus vidas como las flores del jarrón.



    ¿Mejor así? (Sigue sin estar terminado).
  • franjamaresfranjamares Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Anandamoji escribió : »
    Me gusta lo que he leído, pero no veo la relación de la niña con el resto del relato. Veo dos historias: la de una niña a punto de caerse y la de una señora que se está hundiendo, pero en el relato no se ve ninguna relación entre las dos. En un relato no debe haber elementos sin relación entre sí.

    Creo que la relación entre las dos historias es evidente: una niña al borde del abismo, una mujer que también; además, en un relato nada debe de ser de ninguna manera prefijada, si esto fuese así, no existiría la literatura.
  • AnandamojiAnandamoji Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    La relación "se ve", pero no en el relato. Si no está acabado, espero.
    Yo creo que cuando no hay literatura es cuando escribimos pensando que basta que esté escrito para que esté bien.
    Pero no hay ninguna obligación de estar de acuerdo.
    Nina tiene la suerte de poder elegir entre las dos posturas.
  • franjamaresfranjamares Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Anandamoji escribió : »
    La relación "se ve", pero no en el relato. Si no está acabado, espero.
    Yo creo que cuando no hay literatura es cuando escribimos pensando que basta que esté escrito para que esté bien.
    Pero no hay ninguna obligación de estar de acuerdo.
    Nina tiene la suerte de poder elegir entre las dos posturas.


    Ciertamente el trabajo de corrección es importante, pero no más que la impronta de la primera escritura que es donde reside el espíritu del relato.
    para mí el relato estaba acabado desde el principio.
    Saludos.
    Franjamares.
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Anandamoji escribió : »
    La relación "se ve", pero no en el relato. Si no está acabado, espero.
    Yo creo que cuando no hay literatura es cuando escribimos pensando que basta que esté escrito para que esté bien.
    Pero no hay ninguna obligación de estar de acuerdo.
    Nina tiene la suerte de poder elegir entre las dos posturas.



    Me explico en el siguiente mensaje.
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    franjamares escribió : »
    Ciertamente el trabajo de corrección es importante, pero no más que la impronta de la primera escritura que es donde reside el espíritu del relato.
    para mí el relato estaba acabado desde el principio.
    Saludos.
    Franjamares.


    (Quería haber citado los dos mensajes pero no me aparecía la opción de citas múltiples).

    Bueno, pues ahora sí que me habéis hecho dudar. Por un lado, veo que no he podido expresar lo que quería y, por otro, estoy empezando a sospechar que si continúo intentándolo, si doy más información para redondearlo, es muy posible que acabe estropeándolo del todo. Estaba tentada de explicar qué es exactamente lo que quiero contar, pero me fastidia un montón, por si alguien más lo está leyendo. Así que, si no os importa, os lo digo a vosotros dos por privado, a ver si podéis hacerme alguna sugerencia para salir de este berenjenal en el que me he metido.



    P.S.: Tienes mucha razón en lo que dices sobre la primera escritura.
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Bueno, ahora sí lo termino, para bien o para mal. Perdón por el retraso, pero apenas tengo tiempo estos días. Además, creo que este subforo debe de ser sólo para publicar relatos ya terminados y yo he estado haciéndolo por entregas, así que gracias por vuestra paciencia (y por no haberme mandado a hacer gárgaras). Que conste que no acaba de convencerme el último párrafo pero, o acabo ya, o podría tardar una o dos semanas más. Y ya está bien.
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Flores en un jarrón

    Una mañana igual a cualquier otra, la Sra. Rodríguez se asomó con una vaga sensación de optimismo al balcón de su apartamente y, de repente, al verla, se agarró con fuerza a la barandilla incandescente, sin reparar en lo que hacía. En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle. La Sra. Rodríguez la miró aterrorizada y reprimió un grito de advertencia por miedo a asustarla y a ser ella quien precipitara la tragedia. Nada podía hacer y se quedó allí, paralizada y sin aliento, sin querer ver y sin poder apartar los ojos.
    Un eterno segundo después, una mujer se asomó a la puerta de la terraza, y la Sra. Rodríguez intuyó, más que vió, el gesto de pavor, la mano ahogando un grito, los pasos rápidos, de puntillas, para no hacer ruido. Al fin, la mujer alcanzó a la niña, la agarró por la cintura, y corrió hacia el interior, cerrando la puerta con fuerza.
    La Sra. Rodríguez suspiró primero aliviada, llenó después los pulmones del aire cálido de mediodía y volvió a entrar en su salón con el corazón todavía retumbando y la sensación de no haber respirado durante horas.
    Era un mes de mayo extraordinariamente cálido y la luz iluminaba toda la habitación. Sobre una mesa de rincón, el cenicero de cristal tallado refulgía como un diamante. A su lado, un bonito jarrón con forma de copa y filos dorados. La Sra. Rodríguez lo había comprado hacía años en un anticuario por una cantidad ridícula, y nunca supo si había encontrado una bicoca o la habían engañado. Pero le daba igual, pues el jarrón, aun vacío, era bonito de de verdad y resultaba elegante y muy decorativo. Tiempo atrás, a veces, al volver a casa, solía parar en una floristería para llevarse un ramillete: pensaba que esos detalles eran los que la hacían acogedora. Flores en un jarrón. Olor a pan tostado. Un hogar.
    Sobre la mesa, su marido había olvidado las llaves. La noche anterior, discutiendo por una tontería, de repente y sin venir a cuento, comenzó a mascullar entre dientes algo que ella no consiguió entender. Pero sí distinguió claramente la palabra “estúpida”. “Se ha tomado un cubalibre” -pensó- pues había aprendido a relacionar unas cosas con otras y sabía que, aunque él podía ser encantador y cariñoso habitualmente, aquella mezcla de alcohol y cafeína le provocaba extraños accesos de furia sin sentido.
    Al principio ella levantaba también la voz, indignada, para replicarle. Pero con el tiempo, y porque no quería que sus hijos presenciaran escenas, terminó por refugiarse tras cada uno de aquellos episodios en un silencio despectivo cada vez más largo. Primero fueron días, luego semanas; y llegó a pasar más de un mes sin dirigirle la palabra, salvo en caso de urgencia o necesidad. Aquellos accesos tampoco eran tan frecuentes y, finalmente, la situación acababa por suavizarse. Pero, para entonces, la Reina de las Nieves les había clavado en el corazón su alfiler de plata y todos andaban por la casa perdidos y encerrados en sí mismos, como extraviados en un país del que se desconoce el idioma.
    Nada grave había ocurrido realmente, pero la Sra. Rodríguez contemplaba todo aquello desolada, intuyendo, sin confesárselo jamás, que su vida, y su felicidad, estaban construídas sobre un pantano, que cualquier movimiento podría hundir en él a su familia, y que ya no sabía qué hacer para evitarlo. Porque, las pocas veces que intentó hablar con su marido de aquellos incidentes, buscando la forma de que no se repitieran, él siempre la acusaba de rencorosa y terminaba diciéndole, una y otra vez: "Agua pasada, no mueve molino". Y si ella insistía, la conversación iba subiendo y subiendo de tono, amenazando con acabar igual que la anterior. Frustrada por el silencio que encubría las cosas importantes, rehuía también, cada vez más, las conversaciones banales, y se sentía incapaz, incluso, de decirles durante la cena que había caído una funda de almohada en su tendedor y que, si algún vecino preguntaba por ella, estaba guardada en el armario del pasillo.
    La Sra. Rodríguez comprendió que había terminado por sentirse como un enfermo catatónico que no se atreve a hablar ni a hacer un gesto, por miedo a que el mundo se derrumbe a su alrededor. Se había juzgado a sí misma y se había hallado culpable de incapacidad para encontrar un camino intermedio entre los gritos y el silencio que amenazaba con tragarse a su familia. Aquella sensación de amor y acogimiento, de poseer un refugio que te protege del resto del mundo, había desaparecido de sus vidas como las flores del jarrón.
    Se imaginó, de pronto, saliendo de su casa, cerrando la puerta sin molestarse en echar la llave, y bajando a saltos la escalera con una maleta pequeña y ligera. Y comprendió, asombrada, que aquella era una fantasía recurrente, tan real ya, y tan elaborada, que incluía detalles como la precaución que pondría para no resbalar en el suelo de mármol pulido al dar la vuelta en los descansillos, el cálido golpe de aire en su cara al abrir el portal, las hojas de los árboles dibujando sus sombras en la acera, la sensación de libertad y de alivio... pero también su desconcierto al no saber qué camino tomar, la desolación al dejar atrás algo precioso, perdido para siempre como una fotografía antigua de la que nadie tiene copia y, por lo tanto, imposible de reemplazar.

    La Sra. Rodríguez se volvió para entrar en la cocina. Necesitaba un vaso de agua helada: el calor se estaba haciendo insoportable, y la pena que se enredaba en su garganta comenzaba a asfixiarla. Pero ¿por qué? Se sentía razonablemente feliz, hasta que vió a esa niña a punto de caerse. Unos segundos más, y habría contemplado su cabeza rota sobre el asfalto en un charco de sangre. Pero no había ocurrido nada: la niña estaba a salvo en brazos de su madre y ella saldría inmediatamente de casa, bajaría deprisa la escalera, abriría el portal, y correría, correría sin detenerse, a comprar flores para poner en su jarrón.
  • IncongruenteIncongruente Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado noviembre 2008
    Opino, con vuestro permiso, que, habiendo accedido al relato cuando su autora ya lo había terminado, me han surgido con su lectura dos problemas. El primero es el que crea la autora al lector al permitirle leer algo que aun no se ha terminado. Solo está terminado, literariamente hablando, aquello que "YA" fue editado, sin que al final se incluya una nota: (seguirá), o, ...., o similares formas de indicar al lector que aquello sigue.
    Pero aquí hay un segundo problema y es que, la autora, ha propuesto para su lectura, un relato que en su cabeza aun no estaba acabado y los comentarios constructivos de sus lectores, se nota perfectamente que, le han influido.
    Algo que pudo ser bueno, en mi opinión, se quedó en "uno más". Lo siento, pero me expreso tal y como lo entiendo. Gracias
  • KuXXoKuXXo Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Igual yo pero entiendo al contrario, para mí es admirable el hecho de proponerse escribir, delante de un público, algo inconcluso en la propia mente de la autora. Eso, a primera vista nada más, es sacar provecho de la conectividad (que es precisamente de lo que se trata este foro). No veo mayor problema allí, ya el texto, como texto (como cualquier texto que tiene un autor detrás -o un par de autores, o un centenar de autores- pero que vive por sí solo) tendrá que ser juzgado en vida y, si el caso lo amerita, decretársele la muerte. No comparto que literariamente hablando esté terminado lo que no dice que seguirá, literariamente hablando, y hablando literalmente, está terminado el caracter al levantarse la pluma, aunque siempre esté sujeto a modificaciones; una O puede convertirse en A con dos rayones, y no por esto la A es menos O que la O misma. ¿Acaso no está terminada una obra que se edita veinticinco años después, como fue el caso de Cien años de soledad y su edición de aniversario y como es el caso de muchas otras?
  • KuXXoKuXXo Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Aunque no es el cuento que más me ha sorprendido en la vida, no me desagrada para nada. Además, como ya dije, me gusta la forma en que lo escribió, y le agradezco a Nina por atreverse a lo que muchos no se atreven (muchos no nos atrevemos), a compartir abiertamente una parte tan importante (se ve de lejos que es importante) de su producción literaria. El esmero y la delicadeza con que fue escrito, el hecho de haberse tomado varios días para terminarlo, para pensarlo, para repensarlo y editarlo, justifican su existencia.
    Señalo una sola parte que me molesta a la hora de leer. En esta parte el nivel de detalle me parece falso, metido a la fuerza: "En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle."
  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    KuXXo escribió : »
    Aunque no es el cuento que más me ha sorprendido en la vida, no me desagrada para nada. Además, como ya dije, me gusta la forma en que lo escribió, y le agradezco a Nina por atreverse a lo que muchos no se atreven (muchos no nos atrevemos), a compartir abiertamente una parte tan importante (se ve de lejos que es importante) de su producción literaria. El esmero y la delicadeza con que fue escrito, el hecho de haberse tomado varios días para terminarlo, para pensarlo, para repensarlo y editarlo, justifican su existencia.
    Señalo una sola parte que me molesta a la hora de leer. En esta parte el nivel de detalle me parece falso, metido a la fuerza: "En el último piso de la casa de enfrente, un edificio de los años cincuenta, en una terraza grande y cuadrada, separada de la calle por una balaustrada de dos palmos de anchura, con todo su cuerpo apoyado sobre ella, una niña de unos cuatro o cinco años se inclinaba hacia la calle."


    Estimado KuXXO: Os agradezco a todos vuestras críticas y quiero leerlas despacio, entenderlas bien y haceros alguna pregunta sobre ellas. Pero hay una que no puedo puedo aplazar, porque me intriga mucho. Esta parte del cuento que citas, es estrictamente real: la niña soy yo, lo que cuento ocurrió, incluyendo a la vecina, que le dijo a mi madre: "Ay, esa niña... qué mal rato he pasado: iba a gritarle para que se retirara de la barandilla, pero pensé que podía asustarla y hacer que se cayera". La descripción del edificio y la terraza es exacta, salvo un detalle: no había balaustrada, sino una pared... de dos palmos de anchura. ¿Qué crees que he hecho mal para que suene falso y metido a la fuerza? ¿Es demasiado larga esa descripción y debería haberla separado en varias frases?
  • KuXXoKuXXo Pedro Abad s.XII
    editado diciembre 2008
    Exactamente eso. No digo que no se ajuste a la realidad del cuento, sino que no se ajusta a la fonética que hasta entonces (y después), lo dominaba. Si uno cambia el estilo de escritura (y esto se lo parafraseo a García Márquez) despierta al lector, si despierta al lector se acaba la magia, o por lo menos se atrofia. Es eso: que es una descripción hecha de un conjunto de descripciones demasiado gruesa para la forma que el cuento tiene, por más verídico que sea.
  • SuinaSuina Garcilaso de la Vega XVI
    editado julio 2009
    Nina, es la primera vez que te leo, y me ha encantado tu relato inconcluso, iniciado, esbozado o ...no sé en que etapa de tu pensamiento literarioestaba cuando decidiste compartirlo.
    Solo agradecerte tu generosidad por enseñarlo.
    Me gusta mucho como escribes. Mucho.
    Una grata sorpresa el leerte.
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado julio 2009
    Hola Nina,
    me gusta mucho tu relato. Personalmente prefiero la versión que has puesto en el post n. 9. De ahí puedes sacar la relación entre la visión de la niña a punto de caer como reflejo y toma de conciencia de la protagonista que se encuentra al borde del vacío existencial. En ambos casos opta por el silencio y minimiza el drama.
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