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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Cada loco a su bola
Eloy llegaba al cementerio de su ciudad. Visitaba diariamente a su esposa y
cuidaba su tumba. Pero un día miraba indignado la tumba y veía un movimiento de
tierra y que el ataúd no estaba dentro.
—Ayer se lo llevó un chico con melena -le informaba el sepulturero, que se daba
cuenta del nerviosismo de Eloy
—¡¿Por qué y para qué?! –le preguntaba, más indignado aún.
Y sin esperar respuesta, perdía los nervios y cogía del cuello al sepulturero,
de quien lograba la dirección del joven melenudo. Ya informado, lo miraba a los
ojos y le decía, incluso con énfasis:
—¡Nadie sabe el sagrado valor de un Amor hasta que no lo pierde!
Corriendo se iba hacia la dirección indicada. Al llegar, tocaba varias veces el
timbre; y, alarmado, abría la puerta un joven con una melena revuelta, portando
en su mano derecha un Tratado de psiquiatría. Estaba preparándose el examen
final de su carrera de siquiatría. No decía nada a Eloy, pero Eloy,
excesivamente nervioso, le preguntaba:
—¡¿Dónde está mi esposa?!
El joven sabía a quién se refería. Lo llevaba a su cuarto, y ya en él, Eloy posaba
la mirada sobre un esqueleto, que sobresalía de un rincón, donde también había
un escritorio en el que tenía el chico melenudo sus libros y sus apuntes,
desordenadamente. Eloy se arrodillaba frente al esqueleto y pronunciaba las
siguientes palabras:
—Amor, si tú has escogido este lugar para tu eternidad, lo respeto. Pero déjame
que venga a visitarte todos los días.
Por supuesto, el chico no se oponía a la decisión de Eloy, y cada día limpiaba su
cuarto porque sabía que Eloy vendría. Esos días eran vividos con intensidad por
los dos. Intensidad, no obstante, era un sentimiento pequeño para el viudo Eloy
Y llegaba el día siguiente...
—Amor, te he traído tu vestido de novia, tu peluca pelirroja y tu ramos de
flores. Yo te voy poner todas estas prendas. Seguro que las vas a lucir tan
bien como aquel maravilloso día de nuestra boda.
Y seguidamente, con mucha delicadeza, le ponía el vestido de novia, la peluca
en la cabeza del cadáver y el ramos de flores entre las manos huesudas.
—¡¿Ves, Amor?, estás guapísima!
Y llegaba el tercer día...
Eloy traía en la mano un vaso con leche caliente con Cola Cao.
—Amor. Aquí tienes tu desayuno. Yo te doy a beber la leche. No he
podido traerte tus galletas favoritas porque no las había, pero confía en que
mañana las buscaré y te las traeré.
Acercaba la mano a la boca del cadáver e inclinaba el vaso que contenía la
dulce bebida, no percatándose de que el líquido se iba filtrando por las
costillas, salpicando libros y apuntes del estudiante, el cual se enfadaba, pero sobre todo por ver "su esqueleto" manchado de un líquido amarronado.
Y llegaba el cuarto día...
—Amor. Te traje hoy tu carmín, tu colorete y tu rímel, y tu espejito para que
te veas. Yo te maquillo.
Y así, día tras día, pasaba el tiempo con la misma cantinela de un Amor
delirante.
Hasta que al estudiante le llegaba la hora de presentar su tesis
en la universidad. Había basado todo el texto en las impresiones recogidas de Eloy.
En la tesis se contemplaban los delirios del viudo. Y el resultado final fue un
sobresaliente alto, un “10”.
Antes de los preparativos de la fiesta de graduación, el jefe del departamento
de psicología le preguntaba al estudiante:
—¿Quién te va a entregar el título?
—El esqueleto que tengo en mi casa –respondía.
Ese misma mañana internaban a Eloy en un psiquiátrico. Y el rector de la universidad
se lamentaba de haber entregado el título de psiquiatría a un enfermo mental,
al que, un día después, también ingresaban en el mismo psiquiátrico.

A Chávez López
Sevilla dic 2025
Comentarios
Pobre Eloy, y también pobre estudiante.
Saludos, jefa