Sevilla dic 2025
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Otoño sevillano en mi bar de siempre
Pelea el aire, fuertecillo y juguetón, contra las hojas de los árboles, hasta ir tirándolas al suelo.
Son las ocho de la mañana, pero podrían ser las diez o las once, una hora cualquiera de una mañana repetida. Dentro de mi bar, no pasa el tiempo y tampoco entra el Sol, que ha huido del humo del tabaco y del olor a café torrefacto. Fuera, en la calle y en las aceras, fluye la vida disfrazada de cuerpos animados, y de ruidos del tráfago diario.
En una mesa con tapa de mármol blanco, un café frío espera un libro sin terminar. Y una mosca, cansada de que nadie le eche cuenta, quiere salir y topa una y otra vez contra el cristal de una de las ventanas.
Entran los que tienen trabajo. Se quedan sólo los que pagaron su cuota de años y sudores al capital desconocido.
La viuda Pepa entra vestida de un negro riguroso arrastrando las zapatillas; es una mujer pequeña y delgada. Pide algo por pedir, pero su destino es la tragaperras, que le roba diariamente veinte euros en un pispás. Su hijo, que era drogadicto, fallecido, parece regañarla desde una pequeña fotografía que lleva prendida al cuello en una fina cadena de oro. Esta ludópata mujer sale del bar con menos dinero que ayer.
Entran puntuales los tres cuerpos de cien kilos cada uno. Se apoderan de las noticias del papel mientras engullen café y tostada. Es un matrimonio y la cuñada de él, que saldrán después al mediodía para ir a almorzar de la mano del colesterol.
Mi amigo Alés, el de la Caja Rural, entra con traje y corbata y con un caminar nervioso. Pero se para, y como siempre me cuenta la aventura de los capitales mundiales, sus estrategias y sus riesgos, y también sus beneficios.
Por la acera del bar, algunas personas dejan paso delicadamente a los zapatos de rebajas, y una osada paloma, en vuelo rasante, sortea a los viandantes.
Pasan féminas hermosas, ceñidas de ropa, y de todas las edades. El verano de la vida, que dijera Borges. Ruidos de arrastrar cajas de madera en la pescadería de mi buen amigo, el pescadero lepero Jofito, que almacena cajas vacías de un género vendido por la mañana temprano. Su estrafalario hablar en castellano lo adorna con el marcado acento de su Lepe natal. A veces, al regreso de su viaje a la costa, viene al bat y nos canta fandangos.
Mi vecina Pura entra arrastrando sus muletas. Está de luto. Ayer ingresó en el taller reparador de huesos de la Seguridad Social, con la carga y la pena de haber enterrado a su marido el lunes de esta semana.
Pocos jóvenes quedan en mi barrio. La Parca, que se ha quedado a residir en los descansillos oscuros de las escaleras, hace de las suyas un día sí y el otro también.
Entra también “El Pelo”, paseando y al acecho mirando con gafas negras, y su caniche abrigado, haga frío o calor. Su perrito le da vida, tapadera y unión de un negocio seguro.
Barra adentro “El Juli”, un antiguo churrero y un forofo empedernido del Villamarín, seca vasos desde la altura de su chata nariz.
El ambiente huele a mañana pasada por humedad, y a orín de un váter plano, al fondo a la izquierda.
Entra “El Ronchas” con su negocio con ruedas. Es un veterano estraperlista de la Ceuta tabaquera. Pero tuvo que dimitir y ahora no coge el Ferris de Algeciras, porque nos llamó la U.E. para inscribirnos en el Club del Euro. Cada día lleva un género diferente, y siempre lo ofrece, pero nunca insiste.
Se habla mucho de bar para fuera, pero más se habla de barra para dentro, incluidos miradas y pesares.
El jolgorio se deja para los sábados por la noche, cuando el alcohol garrafón reparte felicidad a tutiplén.

Comentarios
Felicidad para tu Sevilla.
Gracias, Juan Manuel. Cosas que se me ocurren. Mi inspiración casi no descansa si se trata de inventar cosas, a pesar de mis 84 primaveras. Pero a veces se atranca. Mucha edad ya para ponerla a trabajar permanentemente.
Un saludo y felices Navidades.
También para ti y los tuyos Felices Navidades, jefa. Mi bar de siempre es como mi divino santuario.
Saludos para ti y para tu Sevilla colombiana