Efectos gástricos del turismo aventura
Allí está él, como cada tarde, desde hace una semana: carpa número treinta y ocho. Gordo, pelado, fanfarrón, aburrido. Es el primer año que lo veo en esta playa; está con su mujer, otra vieja estirada de las muchas que pueblan este balneario con pretensiones de fineza. Son los ricos moderados que tiene el país: no les da el cuero para irse a Punta del Este o Miami, pero tampoco se rebajarían a veranear en algunos de los pueblitos de más al norte, donde pulula la clase media y últimamente hasta algún que otro pobre, con sus chicos y sus perros. La ostentación es un deporte nacional, y ellos hacen lo que pueden.
Yo soy un vendedor ambulante que desde hace veinte años vengo a hacer la temporada. He vendido de todo, este año me han dado churros, y la verdad es que se venden bien. El problema soy yo: el cansancio acumulado en el cuerpo, el no tomarme vacaciones para mí aunque sea una semana... Siento que se me aflojan las piernas, cada año me cuesta más caminar la arena espesa o remontar un médano para llegar hasta un cliente que me llama desde la sombra de un tamarisco.
Y nunca faltan estos personajes que se creen que uno está vestido de blanco y va y viene bajo el sol por deporte, porque es divertido ser vendedor ambulante... Avanzo pregonando y de reojo ya lo veo haciéndome aspavientos desde su reposera, la barriga a la intemperie de una redondez descomunal. Nada se parece más a un elefante marino tomando sol. “¡Roberto, Roberto!” grita y me sonríe a la distancia. Agita los brazos y repite el mismo teatro desde hace una semana, como si yo fuera un amigo al que ha encontrado veraneando por azar. Yo no puedo hacer un rodeo ni ignorarlo. Pero hoy en mi canasta, entre el papel de manteca, hay un churro que es sólo para él. Para esa panza que lo antecede en la reposera como perro guardián. Será una fracción de la media docena que siempre me compra, a cambio de tener durante un rato a alguien con quien charlar. Su mujer fuma y lee historietas dentro de la carpa. Levanta apenas la vista para saludarme con una media sonrisa y un cabeceo, luego se desentiende de las excentricidades de su marido, al que le gusta socializar con un negro que vende churros.
“Es una venta segura”, me consuelo diciéndome cada vez que, llegando casi al final del recorrido y antes de volver hacia las playas del centro, me acerco al sector de las carpas. En el resto del día solamente me saluda desde lejos cuando paso a la distancia. Tal vez su mujer le habrá dicho “dejá a ese hombre trabajar tranquilo”. Camino despacito, atento a las chistidos de los veraneantes que toman sol echados, charlan en las reposeras o juegan al tejo o al voley, pero no puedo dejar de relojear al gordo (el primer día se me presentó, pero ya no recuerdo su nombre) que desde la entrada de su carpa alquilada sigue mis movimientos.
Y hoy le he preparado especialmente una pieza de esta golosina que tanto le gusta. Lo hice en el cuartito que alquilo para la temporada, antes de salir a trabajar. Luego lo puse en la canasta apartándolo del resto con cuidado. Y bueno, lo que he contado: me llamó, lo saludé y le pregunté “¿lo de siempre, don?”. Él me respondió “media docena de churritos con dulce de leche, Tito. Qué sería de mi desayuno sin vos...”. Yo tuve que sonreír. Fui metiendo con las pinzas de metal seis piezas de la factura dentro de una bolsa de papel blanco. La última fue la estrella. Y después que me pagó me hizo el pedido inevitable: “¿Cuándo me vas a dejar hacer un recorrido, eh?”. Desde el primer día yo le había respondido “no puedo, don, me compromete: me están controlando”. Esta mañana, en cambio, le he dicho “paso a eso de las seis, la última vuelta la da usté, ¿le parece?”. El gordo se entusiasmó como un chico. Giró la cabeza y le dijo a la vieja “escuchaste Martita: esta tarde tengo un laburito.” La mujer sonrió sin sacar la vista de las páginas y movió la cabeza de un lado a otro queriendo decir “que loco que sos”. La gente de plata es así: se reconforta tratando con un pobre; ni qué decir si le dejan ocupar su lugar por un rato. Como el turismo aventura: pagan mucho para experimentar qué se siente vivir incómodos. Lo saludé y seguí con mi recorrido. Cuando me alejé unos metros volteé la cabeza un momento y vi que el gordo atacaba el paquete con voracidad. Temí que el churro estrella se lo comiera su mujer, pero no, esas viejas viven obsesionadas por la gordura y seguramente se devoraría los seis él solo.
Enseguida me olvidé de la carpa treinta y ocho. Seguí la rutina con otras sorpresas leves que dejan este oficio al aire libre. Pasé a eso de las seis por el lugar, es un sector del balneario donde la playa se angosta por la doble fila de carpas naranjas e idénticas, alineadas contra los tamariscos que marcan el límite con la avenida costanera. Ni me acordé del número treinta y ocho. Tuve que ir y volver dos veces más para caer en la cuenta de que me había dejado trabajar tranquilo. Me paré de golpe y me quedé mirando hacia las carpas. Remonté un poco la playa para ver mejor y comprobé que la del gordo estaba vacía. ¿Estarían los dos en el mar? Imposible: esta gente tiene mucho miedo de que le roben y nunca dejarían sus cosas descuidadas. Me demoré por ahí, me detuve a tomar un poco de agua, secarme el sudor y rociarme con disimulo las axilas con un desodorante en aerosol que traigo en el bolso. Pero no: no había nadie. Mientras regresaba hacia el centro para rendir cuentas de lo vendido, imaginé al gordo desangrándose sobre un inodoro. Haría unas largas cuentas, mientras la cara se le retorcería por el esfuerzo y el dolor, tratando de averiguar qué podría haber comido para terminar sus vacaciones así, como dice el tango, aferrado a un dolor.
Comentarios
Pues me ha gustado...
Es curioso que hasta el menor de los
oficios puede presentar un gran
interés.
Saludos
Emilio
PD...
De todas maneras muy fácil de localizar al culpable
Yo no estaría tan seguro, quien mucho come tiene una larga lista de proveedores sospechosos...
Saludos y hasta pronto