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Muertes en cadena y fuego en el bosque

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII



Muertes en cadena y fuego en el bosque

El frío asolaba el bosque. El Sol se ocultaba y teñía de rojo sangre las nubes. Parecía que el Cielo se había incendiado con las llamas del infierno. El silencio hablaba y el frío iba a más por segundo. La noche iba cayendo. La ropa estaba pegajosa por el tibio sudor. La sangre y el vómito empezaban a emitir un olor nauseabundo e insoportable.

Aquel joven seguía tan perdido como antes; deambulaba sin fuerza por el bosque, sin rumbo y sin saber cómo había llegado hasta allí, perdido en la nada, y con un loco asesino suelto que lo buscaban y que, probablemente, conociese todos aquellos parajes mejor que él. Y aquel cuerpo muerto en el coche, horrible imagen que no se le iba a borrar de la cabeza en su vida. Increíble podría ser que una carne humana no se distinguiese de esas otras carnes que se compran en las carnicerías.

Si después de la horrible visión sobrevivía a todo eso, se haría vegetariano. Solo con recordarlo le hacía sentir náuseas. La violencia de las mutilaciones, la carne humana desperdigada, las desfiguraciones de los rostros y los pedazos que faltaban, solo Dios sabía qué harían con ellos. Enseguida empezarían los llantos, no bien comenzaran a recordarlo.

A lo lejos oía un ruido de motor de un vehículo. ¿Sería el asesino que cogido el coche y tirado el cuerpo? Aquel vehículo, a mucha velocidad, se iba acercando. Por un momento, no sabía qué hacer, si pararlo y pedirle ayuda, o huir. Sin detenerse en las dudas, decidía esconderse. Finalmente, el vehículo hacía su aparición al final del camino, en donde él se encontraba, y se aproximaba velozmente, derrapando al coger una curva sobre la grava y la arena del camino.

Estando el vehículo como a unos doscientos metros de la posición del joven, veía que no era el mismo que el que había visto con anterioridad, además de que este provenía de una dirección contraria de la que había dejado el otro.

Inquieto y tambaleante salía de su escondite y alzaba los brazos, con la idea de llamar su atención. Sus piernas flaqueaban y se movían y perdían el equilibrio, como un borracho. De pronto, los faros del vehículo iluminaban sus temblorosas piernas y su ropa mugrienta de sangre y vómito.

Se ponía en la mitad del camino, pero el vehículo no aminoraba la marcha; de hecho, aceleraba más. Trataba de esquivarlo saltando a un lado, pero era tarde para eso y era lanzado por encima del capó. Con un enorme crujido, caía sobre la tierra, y, quedando a oscuras y terriblemente dolorido, aullaba hasta casi romperse las cuerdas vocales.

La angustia era indescriptible. Sus piernas le ardían. Un dolor punzante le subía por la columna. Al retorcerse del dolor, éste se intensificaba. A pesar del frío, comenzaba a sudar, tanteando en la oscuridad sus piernas. Se clavaba algo en los dedos, a la vez que el dolor le daba otra punzada. Iba a vomitar de nuevo y a desmayarse, pero se reponía. El sudor le empapaba. El fémur de una pierna estaba partido en dos. Al partirse el fémur, se abría paso entre los músculos y los tejidos con su filo hasta salir por la piel.

Quien conducía ese vehículo era una mujer, que estaba en un estado de histeria. Lloraba desconsolada mientras sujetaba el volante y pisaba el acelerador. Reía entre sus lágrimas, pero sus risas se convertían en gritos de angustia y terror. Una niña pequeña, de unos seis años, que iba en asiento estirado de atrás, despertaba asustada.

- ¿Qué ha sido ese ruido, mami?
- Nada, hijita -trataba de disimular.
- Vuelve a dormirte, hijita -añadía.
- ¿Qué te pasa, mami?
- Nada, hijita. Todo está bien, todo está bien...
- No, no está bien. A ti te pasa algo, mami.
- ¡No me pasa nada! –se enfurecía.
- ¿Por qué entonces estás llorando, mami?
- ¡No es nada, hijita!
- ¿Es por mí?
- ¡Por favor, hijita, cállate ya y duérmete ya!

-sigue y termina en página siguiente-


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Pero como veía que la niña no se quedaba conforme con sus explicaciones, se daba la vuelta en redondo y, muy alterada, le decía a su pequeña.

    - ¡Deja a mami conducir!

    En ese momento se oía un estruendo y el vehículo se detenía en seco. La mujer pegaba un tirón a su cinturón de seguridad, y la niña estaba tumbada sin cinturón en el asiento trasero y acababa de incorporarse al ser despertada en el instante en que su madre atropellaba a un chico. Volaba milésimas de segundo entre los asientos de la parte delantera. Mientras la madre de la niña separaba la cabeza del airbag, veía a su hijita, inerte e incrustada en la luna del coche.

    Aterrorizada y angustiada, preguntaba repetido con un hilito de voz...

    - ¿Susanita?

    La niña movía débilmente su brazo y sus dedos, sin contestar. Su madre no estaba segura de si la había oído o era un acto reflejo de los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estrellarse contra el cristal del coche. El suave cabello rubio de la niña se tornaba ahora caoba. La sangre manaba bajo su cuerpo retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda y la columna rotas.

    No, no la había escuchado, y mejor así porque ya no quedaba consciencia ni vida en aquel pequeño cuerpo.

    La madre empezaba a reírse a carcajadas como una loca. ¿A cuántas personas había matado en cuestión de minutos?

    Desde que se se había desviado de la autopista, un río de vidas se había llevado por delante. Algunas de ellas en defensa propia. ¿Pero y la de su pobre hija de tan sólo seis añitos?

    Se bajaba del coche en medio de la oscuridad y veía que había chocado con un coche, en cuyo interior había el cadáver ensangrentado de un hombre. Lloraba y reía, y gritaba histérica, todo a la vez, mientras miraba entre el humo del hundido capó el cuerpo de su pequeña, sobre el salpicadero inmóvil, y la sangre y la sustancia gris empezaba a gotear.

    El depósito del combustible se había destrozado. Un reguero corría por la arena bajo el coche. La mujer lo veía y, riendo con el rímel corriéndole por las mejillas, cogía su bolso del suelo del asiento del copiloto. Al hacerlo, movía el cuerpo de la niña, que caía hacia atrás al resbalar y dejando un rastro de sangre y de sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del coche.

    Seguía riendo y llorando mientras, y temblando encendía un cigarrillo en el asiento del conductor y le daba varias chupadas seguidas. Luego bajaba la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltaba, cayendo en el reguero de combustible. Y... ¡horror!

    No hace falta meterse en más detalles de lo que iba a ocurrir segundos después.

    Aquel joven, agonizante, había perdido el conocimiento cuando le sobresaltaba una llamarada y un rugido que resonaba de forma estruendosa en todo el bosque.

    Una bola de fuego se alzaba en el aire por encima de los árboles, y un humo negro tóxico empezaba a formar una columna hacia las estrellas, cuando el fuego disminuía. Había sido una impresionante explosión.

    Aquella oleada de muerte irracional no cesaba, y aquel joven iba a terminar muerto también si no conseguía pronto ayuda médica. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. La sangre estaba caliente; tenía un gusto enfermizo en tocar su sangre que, al menos, le hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y le dolían mucho las piernas. Con cada tiritón, se movía la herida y el dolor volvía más intenso y punzante, produciéndole un estremecimiento que le estaba causaba todavía más dolor.

    Lo mejor era aguantar el dolor y mantenerse lo más quieto posible. Pero era una tortura. Le resultaba imposible permanecer quieto. Imposible ignorar las heridas. Le resultaba imposible calmarse.

    Pensaba que iba a desfallecer de un momento a otro. También sentía un calor intenso en los muslos y en la cintura, pero el líquido y el sólido que le proporcionaba ese calor no era sangre, sino orín y excremento, que no había podido evitar que se les saliese. Al menos, aunque repugnantes, le daban algo de calor.

    Las estrellas no brillaban en la negra noche. Solo la Luna iluminaba con sus luz plateada los alrededores, y la blancura del terreno se llenaba de miles y miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como hielo, el líquido del que estaba bañado el joven, también se empezaba a congelar en su cuerpo.

    Sin ninguna posibilidad de salvación por falta de auxilio y de ayuda médica, su vida, poco a poco, se iba apagando, pero consciente hasta el final.


    SLO ESCRITOS DE TERROR Terror10

    Antonio Chávez López
    Sevilla enero 2023

     :( 
  • SarasvatiSarasvati Fernando de Rojas s.XV
    editado enero 2023
    Ya sabes que soy contraria a la truculencia y esta historia es una vorágine de caos, sangre y destrucción 🙈
    Me ha divertido por tremebunda. 
    Pero me he despistado bastante respecto a la trama, la relación entre el joven, el asesino del principio y la mujer. 
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    Sarasvati dijo:
    Ya sabes que soy contraria a la truculencia y esta historia es una vorágine de caos, sangre y destrucción 🙈
    Me ha divertido por tremebunda. 
    Pero me he despistado bastante respecto a la trama, la relación entre el joven, el asesino del principio y la mujer. 

    Ese fue un ácido texto que escribí hace algunos años, aunque al pie del mismo haya puesto fecha actual. También yo soy poco dado a historias de ese tipo, que algunas son desagradables, rozando incluso lo hiriente.

    En cuanto a esa relación de la que hablas, ni yo mismo la sé, puesto que el borrador lo tenía dividido en diferentes archivos y no tuve la precaución de unificar todo, de ahí lo inconexo de algunos párrafos; tanto, que estoy por la labor de ponerle un privado a la moderadora Amparo Bonilla para que elimine ese relato. Lo siento.

    "Año nuevo, vida nueva"

    Saludos
  • SarasvatiSarasvati Fernando de Rojas s.XV
    editado enero 2023
    Sarasvati dijo:
    Ya sabes que soy contraria a la truculencia y esta historia es una vorágine de caos, sangre y destrucción 🙈
    Me ha divertido por tremebunda. 
    Pero me he despistado bastante respecto a la trama, la relación entre el joven, el asesino del principio y la mujer. 

    Ese fue un ácido texto que escribí hace algunos años, aunque al pie del mismo haya puesto fecha actual. También yo soy poco dado a historias de ese tipo, que algunas son desagradables, rozando incluso lo hiriente.

    En cuanto a esa relación de la que hablas, ni yo mismo la sé, puesto que el borrador lo tenía dividido en diferentes archivos y no tuve la precaución de unificar todo, de ahí lo inconexo de algunos párrafos; tanto, que estoy por la labor de ponerle un privado a la moderadora Amparo Bonilla para que elimine ese relato. Lo siento.

    "Año nuevo, vida nueva"

    Saludos

    He de decirte que tampoco es la Matanza de Texas :) y de hecho le encontré un punto divertido, porque sé que tienes mucho sentido del humor.
    El gore no te pega, pero no está mal atreverse a escribir de todo.

    Unos textos más que otros, pero siempre te leo con gusto e interés. 
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado enero 2023
    Sarasvati dijo:

    He de decirte que tampoco es la Matanza de Texas :) y de hecho le encontré un punto divertido, porque sé que tienes mucho sentido del humor.
    El gore no te pega, pero no está mal atreverse a escribir de todo.

    Unos textos más que otros, pero siempre te leo con gusto e interés. 

    Es verdad, tengo muy desarrollado el sentido del humor, pero desde siempre, y a mi edad es de lo poco que me va quedando, pero ese poco me da vida. Mi decidido propósito es no perderlo nunca, o nunca jamás, que es más rotundo.

    También es verdad que nunca se me ha dado bien escribir sobre temas sangrientos, precisamente porque el humor se lleva como el perro y el gato con los derrames de sangre y además violentos.

    No hace falta que me digas que me lees con gusto e interés porque lo intuyo, lo leo, casi lo veo y lo palpo.

    Gracias, siempre tan amable conmigo.

    "Año nuevo, vida nueva"

     :)
     

  • Es curioso que te hayas atrevido a hacer daño a una niña pequeña en el relato, pocos escritores se atreven a tocar el tema, es casi un tabú del que huyen espantados. Los fantasmas de infantes sí son bastante recurrentes, pero sus cadáveres no tanto.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    mrplas dijo:
    Es curioso que te hayas atrevido a hacer daño a una niña pequeña en el relato, pocos escritores se atreven a tocar el tema, es casi un tabú del que huyen espantados. Los fantasmas de infantes sí son bastante recurrentes, pero sus cadáveres no tanto.

    Me horrorizo sólo con pensar eso que comentas de hacer daño a una niña, pero esto es simplemente un relato de terror u horror; no se caracteriza mi péñola precisamente por este tipo de historias, pero de todo escribe y en todo se atreve.

    Gracias por leerme y por colaborar

    Saludos

     :)
     
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