Agonía de amor
Una agonía que le quemaba el alma por dentro. Él la contemplaba desde la ventana que daba a la sala de terapia intensiva, inmóvil. Ella parecía dormir apaciblemente. Varias agujas le atravesaban los brazos, infinidad de líquidos diferentes se entremezclaban con su sangre. Sin embargo, cada día que pasaba, su situación empeoraba. Su aspecto demacrado hacía difícil creer que ella fuera la hermosa mujer que él conoció hace algunos años atrás. La bella Rosa Negra que atrapaba a los hombres con su voz dulce y sensual. Todas las noches su show era la atracción más aclamada del bar “Crystal”. Pero fueron sus ojos almendrados los que atraparon la mente y el corazón de Julián. Más que su gran actuación en el escenario, lo que le atraía de ella era la tristeza que intentaban ocultar esos ojos.
Empezó a frecuentarla, tratando de convertirse en su amigo. Poco a poco fue ganándose su confianza. Tal vez después, con el correr del tiempo, podría confesarle lo locamente enamorado que estaba de ella.
Las tardes soleadas fueron testigos de sus encuentros furtivos, fugaces en distintos cafés y parques de la ciudad de Buenos Aires. De día Rosa Negra era Anabel. Tenía su misma edad y un cabello ensortijado negrísimo, que resaltaba aún más su bella mirada. Una mirada que, a pesar de la conversación animada de Julián, siempre estaba perdida, lejana.
Una noche, mientras él iba al camerino a saludarla, escuchó la discusión entre Anabel y un hombre.
-¡Yo te amo!… no podés dejarme, por favor… - le imploraba desesperada, con la voz marcada por el llanto.
- Entendélo... ¡yo no te quiero! La pasamos bien, pero ya se terminó... ¡grabátelo en la cabeza de una vez! - le gritó esa voz grave y fría.
Al salir, un hombre alto y rubio chocó con Julián y se marchó. Anabel, la Rosa Negra que jugaba con los hombres, estaba echada en el suelo, con los ojos almendrados llenos de lágrimas.
Su amigo, su fiel servidor se acercó a ella y la abrazó con ternura. Pero la rabia lo invadía por dentro. El saber que la mujer que amaba nunca sería suya; que estaba presa del tormento de una pasión sin sentido, lo hería en lo más profundo.
Los días que transcurrieron desde esa noche nefasta no fueron iguales. Anabel no resistió el dolor insoportable del desamor. Tomó la decisión sin pensarlo dos veces. Así, su cuerpo voló por sólo una fracción de segundo desde lo alto del edificio.
Después de dos años de estar en coma, mientras Julián le acariciaba la mano, ella abrió los ojos finalmente. Lo miró fijamente.
-Doc... doctor, ¡venga rápido! -gritó él, precipitándose hacia la puerta, como un loco.
5 años después…
Abrió el sobre rápidamente y leyó las líneas escritas con tinta azul.
“Esta tarjeta es para alguien muy especial… un gran amigo que me rescató en todas las formas posibles. La nieve lo está cubriendo todo a mi alrededor, pero el sol está saliendo de a poquito. Te espero, impaciente… no tardes mucho Julián. Te prometo que esta cena de año nuevo va a ser diferente; hay algo muy importante que tengo que decirte.
Tu amiga incondicional,
Anabel”
El sol brillaba intensamente, al mismo tiempo que una sonrisa se escapó de los labios de Julián.
Comentarios
No se... quien agonizaba más si Anabel o Julián..
Pero como todo..se termina.., en este relato con un final feliz para nuestros protagonistas.
He comenzado leyendo el relato con gran tristeza y lo he terminado con enormes gotas de optimismo..
Gracias, Sami..por compartir este cuento..
un abrazo,
me alegra que te haya llegado la historia, con todas sus sensaciones y sentimientos...
besos!!!
sami
... El amor es dar sin que esto signifique un sacrificio, el amor es paciente como Julián.
Sin embargo Samy: ¿qué crees que haya sido de Julián y Anabel años más tarde?
¿por qué no nos cuentas?
Saludos,
Viannka
http://estilomx.blogspot.com/
besos!!!
sami
que bueno que te haya gustado este pequeño relato....
besos!!!en cuanto a la continuacion..veremos...jeje
sami