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No rechaces los sueños por ser sueños.
Todos los sueños pueden ser realidad,
si el sueño no se acaba.
La realidad es un sueño.
Si soñamos que la piedra es la piedra,
eso es la piedra.
Lo que corre en los ríos no es un agua,
es un soñar, el agua, cristalino.
La realidad disfraza su propio sueño, y dice:
«Yo soy el sol, los cielos, el amor.»
Pero nunca se va, nunca se pasa
si fingimos creer que es más que un sueño.
Y vivimos soñándola.
Soñar es el modo que el alma tiene
para que nunca se le escape lo que se escaparía
si dejamos de soñar que es verdad lo que no existe.
Sólo muere un amor que ha dejado de soñarse
hecho materia y que se busca en tierra.
Duermes. Mi mano toca sueño. Duermes.
Gozo de tu inocencia confiada,
de tu implícita forma en esa noche
que hace tan suya con amor la mano.
Te siento dormir sin verte,
serenísima, sagrada,
nunca imagen de la muerte,
y oponiéndote a la nada
triunfar como piedra inerte.
La delicada masa de tu sueño
se espesa junto a mí, sin paz nocturna,
que así convive con la invulnerable,
cuyo retorno al despertar es siempre
la súbita inmersión en nuestra dicha.
Sumido en un calor de dos, el sueño
relaja su clausura, casi abierta
dulcemente hacia el día aún isleño.
Calor, amor.
La historia tras la puerta.
La tempestad ha comenzado a grabar su nombre sobre el polvo.
Tengo hambre, tengo dolor, tengo tristeza,
tengo un deseo profundo de confundirme con el mar,
de integrarme a la piedra,
de perderme en el aire podrido de la ciudad.
Quiero tocar la fuente del rayo.
He visto la luz postrada.
He visto sonrisas para estrangular.
He visto una flor roja en la sien del Enemigo.
Sé bien que la Mujer, viendo hacia atrás,
alcanza a ver más lejos hacia adelante.
Lo sé bien: una mujer desnuda
hace brotar un dios en cualquier miserable.
Al pie de un cerro cruel
hay una piel colgando de un árbol espinoso:
alguien sube a ofrendarse para glorificar tu nombre, oh Diosa.
Un día me dio por escuchar los ruidos de la noche.
Por eso estoy aquí.
Miradme: desolado.
Una ele nomás y heme aquí: desollado.
He soñado.
Sueño que una soberbia estrella de diamante quema mi corazón.
Sueño en caer.
Sueño una lenta noche precipitándose conmigo
hasta la boca del Infierno.
Hasta la última roca desolada.
Soñé que mi corazón era mi Madre.
Soñé que mi cerebro era mi Padre.
Soñé que mi mujer era la Noche.
Mi hermana era la Muerte.
Mi corazón oscuro era el Viento del Sur.
Por eso pude alimentar el día.
Por eso tengo el corazón deshilachado. (Altura, Madre, Altura!)
Por eso arrojo estos poemas al crepúsculo:
trozos de sol,
como monedas sucias.
Hoy la primavera hace que los institutos estén ebrios.
Mi vestido negro es un pequeño funeral:
muestra que estoy seria.
Los libros que llevo se clavan en mi costado.
Tuve una vez una vieja herida, pero ya ha cicatrizado.
Soñé con una isla, una isla roja de gritos.
Era un sueño, y no
significaba.
La tempestad ha comenzado a grabar su nombre sobre el polvo.
Tengo hambre, tengo dolor, tengo tristeza,
tengo un deseo profundo de confundirme con el mar,
de integrarme a la piedra,
de perderme en el aire podrido de la ciudad.
Quiero tocar la fuente del rayo.
He visto la luz postrada.
He visto sonrisas para estrangular.
He visto una flor roja en la sien del Enemigo.
Sé bien que la Mujer, viendo hacia atrás,
alcanza a ver más lejos hacia adelante.
Lo sé bien: una mujer desnuda
hace brotar un dios en cualquier miserable.
Al pie de un cerro cruel
hay una piel colgando de un árbol espinoso:
alguien sube a ofrendarse para glorificar tu nombre, oh Diosa.
Un día me dio por escuchar los ruidos de la noche.
Por eso estoy aquí.
Miradme: desolado.
Una ele nomás y heme aquí: desollado.
He soñado.
Sueño que una soberbia estrella de diamante quema mi corazón.
Sueño en caer.
Sueño una lenta noche precipitándose conmigo
hasta la boca del Infierno.
Hasta la última roca desolada.
Soñé que mi corazón era mi Madre.
Soñé que mi cerebro era mi Padre.
Soñé que mi mujer era la Noche.
Mi hermana era la Muerte.
Mi corazón oscuro era el Viento del Sur.
Por eso pude alimentar el día.
Por eso tengo el corazón deshilachado. (Altura, Madre, Altura!)
Por eso arrojo estos poemas al crepúsculo:
trozos de sol,
como monedas sucias.
Me ha gustado soñar mucho, de día, despierta y sin cerrar los ojos...
y es que no sueño de noche.
No pasa nada ahí cuando cierro los ojos.
Sueño tantas cosas sobre las cosas
que hago mal dicen
(así me dicen los desalmados)
cuando me pongo a llorar, apoyada en las rodillas
ya lejos de mis sueños,
ya lejos,
con la carita contra la realidad
(que siempre es contraria).
Las palabras no son cosas,
los sueños
¿qué son?
¿o no son acaso?
Y ¿qué es lo que es?
¿Qué es lo que asiste?
¿Sólo la mano que dice adiós?
¿Sólo la palabra Alma, ese nombre que le pongo a esa parte que me duele y no está en ninguna parte?
Y luego digo Vacío como dijiste Amor
y a ninguna de las dos las encuentro en esta colección de balazos...
¿Dónde está lo que me falta?
¿Y lo que tengo está?
Están estas dos piernas, esta espalda de tormentas, estos ojos que caen agudos sobre sus cuencas, dos brazos delgados, débiles sin duda.
Una cadera con fuerza,
unas manitas de niño... y mi pelo largo y enredado que no cambia con el tiempo.
Y si eso se va, se va conmigo.
Y lo que se fue, ¿estuvo acaso?
Si usted sabe debe decirlo,
no se haga el loco ni tenga piedad.
Si usted vive de decir cosas, habla tanto de tanto vacío, y vacío habla, vacías cosas.
Eso que calla no explica, nada explica...,
ni esta rabia que tiene forma,
forma de pez espada, dispuesto a atravesar trenes que descansan en sus rieles,
dispuesto a romper soles inflados y lunas de colores,
rabia que embiste toda su dulzura,
y retira el pez su espada, sin sangre en el cuchillo.
Mi pez de palabras miente
y no mata pues no existe.
A mí me mata soñarlo
porque sueño siempre de día.
Sebastiana escribe en tiempodelefantes.blogspot.com
.
.
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Por error repetí el mismo poema dos veces seguidas. Copié y pegué el que no era el otro día -( Disculpar mi despiste
Sophie soñaba Sophie pintaba Sophie danzaba
Soñabas con estrellas aladas,
con flores que miman a flores
en los labios del infinito,
con fuentes de luz que se abren,
con eclosiones simétricas,
con sedas que respiran,
con ciencias serenas,
lejos de las casas de los mil dardos
de las prosternaciones de desiertos ingenuos,
entre mil milagros desordenados.
Soñabas con lo que reposa en la inmutable morada
de la claridad.
Pintabas una rosa desvelada,
un ramo de ondas,
un cristal vivo.
Pintabas las conchas
que recogías a la orilla del mar
y que colocabas en la mesa de dibujo
en torno a una concha grande
como un rebaño en torno a su pastor.
pintabas una lágrima entre el rocío,
una lágrima entre perlas.
Pintabas la claridad que hace latir el corazón,
la dulzura que hace mover los labios.
Pintabas la noche que tiende las estrellas,
el sueño claro,
el buen placer de las flores.
Danzabas la aurora que desborda a la tierra.
Danzabas el jardín estremecido al alba.
Danzabas en el paisaje enguantado de la luna
con los gnomos traviesos de la sombra.
Danzabas el desnudo que pierde su juguete de aire,
el placer que solloza desposeído.
Danzabas las seis butacas bermejas
más perspicaz que seis cerebros de filósofos,
mientras el patíbulo de marfil sombreaba en la lava
de lo oscuro,
la risa del polvo,
la noche del mediodía y sus canciones de grillos.
Danzabas el adiós.
[OCULTAR]Eres Sutil Candil de la Poesía :-D [/OCULTAR]
Sofía 2
¿Cuál era tu sueño
cuando dejaste esta orilla?
¿Soñabas con una balsa de estrellas a la deriva,
soñabas con abismos de candor?
Separaste las esferas intransigentes
para tomar una flor.
Eras el eco de un mundo de luz.
Las mariposas representan una escena de tu vida
que muestra el despertar de la aurora en tus labios.
Una estrella se forma siguiendo tu diseño.
La cortina del día cae para ocultar los sueños.
Eres una estrella que se transforma en flor
La luz se desliza bajo tus pies
y alas radiantes te rodean como un cerco.
La flor se balancea en sus alas.
Ostenta una joya de rocío.
Sueña con una lágrima de sutileza.
Sus besos son perlas.
Ella desaparece, desaparece
en su propia luz.
Ella desaparece, desaparece
en su pureza, en su dulzura.
Soñaste sobre el índice del cielo
entre los últimos copos de la noche.
La tierra se cubrió de lágrimas de gozo.
El día se despertó en una mano de cristal.
Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.
Mi soledad va hacia ninguna parte
manoseada por máscaras y gestos
mi soledad es mi madre impresa en un puñal
su cuerpo desnudo en un pasillo
la sien desbaratada de mi hermano
y el arma letal contra su locura
mi amigo lanzándose desde una torre
su cuerpo que pesa desplomado en tierra
sus zapatos rotos por el viento
y escarbados de dolor.
Mi soledad es la espalda de mis amigos
cuando busqué partir hacia otra orilla
las jeringas en mis brazos sobre una helada camilla
los parches sobre mi ojo morado
mis ojos vacíos y perdidos en un taxi
a las cinco de la madrugada
la cerveza que dejó alguien a medio beber
y la mano enterrada en su blanco sepulcro
¿Te acordás Misael?
A mi soledad la perforan voces
y ruidos de huesos masticados por un niño
mi soledad es una lágrima cayendo al abismo
la cara de horror duplicada de alguien
alguien que me ve llorar en un sueño.
Sueño con el que escribe,
desenvuelto de sí, desarropado,
incómodo en su falta de lugar,
lo sueño escuchando un habla
y como un eco, proliferar
entre las fuerzas que bien conoce
y de las que da constancia.
Sueño con sus sencillos
movimientos domésticos,
danzas que no alteran
el escenario desnudo
ni la vaga sombra, lo grave
que se esfuma al acercarse él
a la mesa, la pluma, los papeles.
Al despertar, una tristeza
perturbará mi vida, no como si
se perdiera esa escritura, sino peor,
como si fuera yo un niño
que espera fuegos de artificio y ve,
de a poco, en ese cielo,
apagarse toda luz.
No ovejas bajando la colina
ni las grietas del techo:
cuenta a los que amaste,
a los antiguos inquilinos
de los sueños que te mantenían despierta,
a los que una vez fueron tu mundo,
a los que te acunaban en sus brazos,
a los que te amaron...
Caerás, entonces, dormida al amanecer. Llorando.
Anhelábamos poner una boca más pequeña dentro de la nuestra
Pronunciar las palabras mágicas
—muy buenas tardes bienvenido a Mac Donalds
puedo tomar su orden—
a nadie absolutamente a nadie le presumíamos nuestra felicidad
éramos capaces de tener veintinueve o treinta sueños
en el trayecto de la escuela a la casa.
Hoy los sueños son años.
Armando Alanís Pulido (Monterrey, Nuevo León, 1969-).
Oh, si las flores duermen,
que dulcísimo sueño
Bécquer (naturalmente)
La espalda de esta luz
son esos sueños tuyos, amada,
que duelen al soñarse
y que hacen florecer las prímulas
y azahares en tus flancos.
Y caen del lecho moras
de grueso jugo, cuando sueñas;
y zarzarrosas crecen
bajo el cojín de pluma;
y tiernos gansos pican,
bajo el tálamo, hierbas prodigiosas
del sueño enternecido.
Despiertas luego: me miras,
descubres en mis ojos la muerte;
ves en mi mano flores
arrancadas al sueño que soñabas
y se deshacen lentas,
como el mundo del sueño
que pasa a la vigilia,
como el flotante polen del jardín distraído
hacia los muladares.
Los pelos de la burra
en esta mano
que ha de cortar tu vida.
Vuelve a dormir, te digo,
en un dormir sin sueño
y sin campánulas.
Las flores se diluyen plenamente;
vuelven a ser remate de las telas.
Los gansos vuelan torpes hacia el azul del techo.
Las moras son tranquilas manchas
de sangre remolida
que el tigre deja ahora
al balancear su hocico.
Y ya no existe el sueño.
La muerte soñó con Chuang Tse
y se olvidó quién era en el sueño
vagaba por el inconsciente con las rodillas rotas
y a veces se arrojaba al vacío para no llorar
Chuang Tse soñó con la muerte
y vio a lo lejos los campos de exterminio
los esqueletos que vagaban por las alambradas
las cenizas amontonadas en los jardines de Auschwitz
Ambos soñaron con la misma mariposa
y dejaron de tener pesadillas
pero la pobre mariposa ya no regresó del sueño
había quedado atrapada en el ombligo de Dios
*Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Chuang Tzu (Chuang Tse).
Soñé que me soñabas,
que tu voz como estela de naufragios
amanecía en mi aliento.
Que era mío el silencio
de cada madrugada cómplice
en tus párpados cerrados,
el secreto
que rindes a tu almohada,
el pensamiento
que traicionas en mis brazos.
De ese sueño sin fin
ya no despiertes:
que el alba nos encuentre suspendidos,
sin voz, sin figura, sin recuerdos,
habitantes
de un sueño en fuga
hacia su propia muerte.
Comentarios
.
.
No rechaces los sueños por ser sueños.
Todos los sueños pueden ser realidad,
si el sueño no se acaba.
La realidad es un sueño.
Si soñamos que la piedra es la piedra,
eso es la piedra.
Lo que corre en los ríos no es un agua,
es un soñar, el agua, cristalino.
La realidad disfraza su propio sueño, y dice:
«Yo soy el sol, los cielos, el amor.»
Pero nunca se va, nunca se pasa
si fingimos creer que es más que un sueño.
Y vivimos soñándola.
Soñar es el modo que el alma tiene
para que nunca se le escape lo que se escaparía
si dejamos de soñar que es verdad lo que no existe.
Sólo muere un amor que ha dejado de soñarse
hecho materia y que se busca en tierra.
Pedro Salinas
.
.
.
Duermes. Mi mano toca sueño. Duermes.
Gozo de tu inocencia confiada,
de tu implícita forma en esa noche
que hace tan suya con amor la mano.
Te siento dormir sin verte,
serenísima, sagrada,
nunca imagen de la muerte,
y oponiéndote a la nada
triunfar como piedra inerte.
La delicada masa de tu sueño
se espesa junto a mí, sin paz nocturna,
que así convive con la invulnerable,
cuyo retorno al despertar es siempre
la súbita inmersión en nuestra dicha.
Sumido en un calor de dos, el sueño
relaja su clausura, casi abierta
dulcemente hacia el día aún isleño.
Calor, amor.
La historia tras la puerta.
Jorge Guillén
La tempestad ha comenzado a grabar su nombre sobre el polvo.
Tengo hambre, tengo dolor, tengo tristeza,
tengo un deseo profundo de confundirme con el mar,
de integrarme a la piedra,
de perderme en el aire podrido de la ciudad.
Quiero tocar la fuente del rayo.
He visto la luz postrada.
He visto sonrisas para estrangular.
He visto una flor roja en la sien del Enemigo.
Sé bien que la Mujer, viendo hacia atrás,
alcanza a ver más lejos hacia adelante.
Lo sé bien: una mujer desnuda
hace brotar un dios en cualquier miserable.
Al pie de un cerro cruel
hay una piel colgando de un árbol espinoso:
alguien sube a ofrendarse para glorificar tu nombre, oh Diosa.
Un día me dio por escuchar los ruidos de la noche.
Por eso estoy aquí.
Miradme: desolado.
Una ele nomás y heme aquí: desollado.
He soñado.
Sueño que una soberbia estrella de diamante quema mi corazón.
Sueño en caer.
Sueño una lenta noche precipitándose conmigo
hasta la boca del Infierno.
Hasta la última roca desolada.
Soñé que mi corazón era mi Madre.
Soñé que mi cerebro era mi Padre.
Soñé que mi mujer era la Noche.
Mi hermana era la Muerte.
Mi corazón oscuro era el Viento del Sur.
Por eso pude alimentar el día.
Por eso tengo el corazón deshilachado. (Altura, Madre, Altura!)
Por eso arrojo estos poemas al crepúsculo:
trozos de sol,
como monedas sucias.
Efraín Bartolome (México, 1950)
Hoy la primavera hace que los institutos estén ebrios.
Mi vestido negro es un pequeño funeral:
muestra que estoy seria.
Los libros que llevo se clavan en mi costado.
Tuve una vez una vieja herida, pero ya ha cicatrizado.
Soñé con una isla, una isla roja de gritos.
Era un sueño, y no
significaba.
Sylvia Plath
La tempestad ha comenzado a grabar su nombre sobre el polvo.
Tengo hambre, tengo dolor, tengo tristeza,
tengo un deseo profundo de confundirme con el mar,
de integrarme a la piedra,
de perderme en el aire podrido de la ciudad.
Quiero tocar la fuente del rayo.
He visto la luz postrada.
He visto sonrisas para estrangular.
He visto una flor roja en la sien del Enemigo.
Sé bien que la Mujer, viendo hacia atrás,
alcanza a ver más lejos hacia adelante.
Lo sé bien: una mujer desnuda
hace brotar un dios en cualquier miserable.
Al pie de un cerro cruel
hay una piel colgando de un árbol espinoso:
alguien sube a ofrendarse para glorificar tu nombre, oh Diosa.
Un día me dio por escuchar los ruidos de la noche.
Por eso estoy aquí.
Miradme: desolado.
Una ele nomás y heme aquí: desollado.
He soñado.
Sueño que una soberbia estrella de diamante quema mi corazón.
Sueño en caer.
Sueño una lenta noche precipitándose conmigo
hasta la boca del Infierno.
Hasta la última roca desolada.
Soñé que mi corazón era mi Madre.
Soñé que mi cerebro era mi Padre.
Soñé que mi mujer era la Noche.
Mi hermana era la Muerte.
Mi corazón oscuro era el Viento del Sur.
Por eso pude alimentar el día.
Por eso tengo el corazón deshilachado. (Altura, Madre, Altura!)
Por eso arrojo estos poemas al crepúsculo:
trozos de sol,
como monedas sucias.
Efraín Bartolomé (México, 1950)
Me ha gustado soñar mucho, de día, despierta y sin cerrar los ojos...
y es que no sueño de noche.
No pasa nada ahí cuando cierro los ojos.
Sueño tantas cosas sobre las cosas
que hago mal dicen
(así me dicen los desalmados)
cuando me pongo a llorar, apoyada en las rodillas
ya lejos de mis sueños,
ya lejos,
con la carita contra la realidad
(que siempre es contraria).
Las palabras no son cosas,
los sueños
¿qué son?
¿o no son acaso?
Y ¿qué es lo que es?
¿Qué es lo que asiste?
¿Sólo la mano que dice adiós?
¿Sólo la palabra Alma, ese nombre que le pongo a esa parte que me duele y no está en ninguna parte?
Y luego digo Vacío como dijiste Amor
y a ninguna de las dos las encuentro en esta colección de balazos...
¿Dónde está lo que me falta?
¿Y lo que tengo está?
Están estas dos piernas, esta espalda de tormentas, estos ojos que caen agudos sobre sus cuencas, dos brazos delgados, débiles sin duda.
Una cadera con fuerza,
unas manitas de niño... y mi pelo largo y enredado que no cambia con el tiempo.
Y si eso se va, se va conmigo.
Y lo que se fue, ¿estuvo acaso?
Si usted sabe debe decirlo,
no se haga el loco ni tenga piedad.
Si usted vive de decir cosas, habla tanto de tanto vacío, y vacío habla, vacías cosas.
Eso que calla no explica, nada explica...,
ni esta rabia que tiene forma,
forma de pez espada, dispuesto a atravesar trenes que descansan en sus rieles,
dispuesto a romper soles inflados y lunas de colores,
rabia que embiste toda su dulzura,
y retira el pez su espada, sin sangre en el cuchillo.
Mi pez de palabras miente
y no mata pues no existe.
A mí me mata soñarlo
porque sueño siempre de día.
Sebastiana escribe en tiempodelefantes.blogspot.com
.
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Sophie soñaba Sophie pintaba Sophie danzaba
Soñabas con estrellas aladas,
con flores que miman a flores
en los labios del infinito,
con fuentes de luz que se abren,
con eclosiones simétricas,
con sedas que respiran,
con ciencias serenas,
lejos de las casas de los mil dardos
de las prosternaciones de desiertos ingenuos,
entre mil milagros desordenados.
Soñabas con lo que reposa en la inmutable morada
de la claridad.
Pintabas una rosa desvelada,
un ramo de ondas,
un cristal vivo.
Pintabas las conchas
que recogías a la orilla del mar
y que colocabas en la mesa de dibujo
en torno a una concha grande
como un rebaño en torno a su pastor.
pintabas una lágrima entre el rocío,
una lágrima entre perlas.
Pintabas la claridad que hace latir el corazón,
la dulzura que hace mover los labios.
Pintabas la noche que tiende las estrellas,
el sueño claro,
el buen placer de las flores.
Danzabas la aurora que desborda a la tierra.
Danzabas el jardín estremecido al alba.
Danzabas en el paisaje enguantado de la luna
con los gnomos traviesos de la sombra.
Danzabas el desnudo que pierde su juguete de aire,
el placer que solloza desposeído.
Danzabas las seis butacas bermejas
más perspicaz que seis cerebros de filósofos,
mientras el patíbulo de marfil sombreaba en la lava
de lo oscuro,
la risa del polvo,
la noche del mediodía y sus canciones de grillos.
Danzabas el adiós.
Jean Arp (Francia, 1886-1966)
Ay ay ay, repetir poema. Por favor.
Los hay que por menos ya están muertos.:rolleyes:
Y alguno vivo. O incluso conmigo.
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Sofía 2
¿Cuál era tu sueño
cuando dejaste esta orilla?
¿Soñabas con una balsa de estrellas a la deriva,
soñabas con abismos de candor?
Separaste las esferas intransigentes
para tomar una flor.
Eras el eco de un mundo de luz.
Las mariposas representan una escena de tu vida
que muestra el despertar de la aurora en tus labios.
Una estrella se forma siguiendo tu diseño.
La cortina del día cae para ocultar los sueños.
Eres una estrella que se transforma en flor
La luz se desliza bajo tus pies
y alas radiantes te rodean como un cerco.
La flor se balancea en sus alas.
Ostenta una joya de rocío.
Sueña con una lágrima de sutileza.
Sus besos son perlas.
Ella desaparece, desaparece
en su propia luz.
Ella desaparece, desaparece
en su pureza, en su dulzura.
Soñaste sobre el índice del cielo
entre los últimos copos de la noche.
La tierra se cubrió de lágrimas de gozo.
El día se despertó en una mano de cristal.
(Versión de Aldo Pellegrini)
Jean Arp (Francia, 1886-1996)
Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.
Juana Bignozzi (Argentina, 1937)
de Sir John de Mandeville)
[/OCULTAR]
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El colesterol que se agolpaba en la podredumbre de su ira/
La migraña de su deseo/Noli esse incredulus sed fidelis/
De noche parecía dulcemente/
Bajo el tilo los demonios del temblor se desmenuzan
El amor es una herida sin dolor donde se crece
Nada parece este corazón donde el temor anida/
Nada suavemente parecía el espacio de obscenas oquedades
Que me mecen/Su sueño velo/Humea mi corazón
De puro hielo/
Amo los ojos que se incendian dentro/Amo su llanto/
Celos
Nada revelará nuestra insumisa/
El frío acontecer del deleznable
El cieno que oblicúa su rostro perfumado/
La forma que ensombrece la sordidez tan mía/
En las almenas de los sueños mato/
Sombra del Emperador en Lalibela
alto vuela el neblí/
el guante aguarda/el breve alado cuerpo/
entierran hoy al Negus/
canta el rasta/
José Maria de Montells es poeta madrileño (1949-)
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Mi soledad va hacia ninguna parte
manoseada por máscaras y gestos
mi soledad es mi madre impresa en un puñal
su cuerpo desnudo en un pasillo
la sien desbaratada de mi hermano
y el arma letal contra su locura
mi amigo lanzándose desde una torre
su cuerpo que pesa desplomado en tierra
sus zapatos rotos por el viento
y escarbados de dolor.
Mi soledad es la espalda de mis amigos
cuando busqué partir hacia otra orilla
las jeringas en mis brazos sobre una helada camilla
los parches sobre mi ojo morado
mis ojos vacíos y perdidos en un taxi
a las cinco de la madrugada
la cerveza que dejó alguien a medio beber
y la mano enterrada en su blanco sepulcro
¿Te acordás Misael?
A mi soledad la perforan voces
y ruidos de huesos masticados por un niño
mi soledad es una lágrima cayendo al abismo
la cara de horror duplicada de alguien
alguien que me ve llorar en un sueño.
Francisco Ruiz Udiel
Sueño con el que escribe,
desenvuelto de sí, desarropado,
incómodo en su falta de lugar,
lo sueño escuchando un habla
y como un eco, proliferar
entre las fuerzas que bien conoce
y de las que da constancia.
Sueño con sus sencillos
movimientos domésticos,
danzas que no alteran
el escenario desnudo
ni la vaga sombra, lo grave
que se esfuma al acercarse él
a la mesa, la pluma, los papeles.
Al despertar, una tristeza
perturbará mi vida, no como si
se perdiera esa escritura, sino peor,
como si fuera yo un niño
que espera fuegos de artificio y ve,
de a poco, en ese cielo,
apagarse toda luz.
Liliana Lukin (Argentina, 1951)
No ovejas bajando la colina
ni las grietas del techo:
cuenta a los que amaste,
a los antiguos inquilinos
de los sueños que te mantenían despierta,
a los que una vez fueron tu mundo,
a los que te acunaban en sus brazos,
a los que te amaron...
Caerás, entonces, dormida al amanecer. Llorando.
Vera Pavlova (Moscú, Rusia, 1963)
Anhelábamos poner una boca más pequeña dentro de la nuestra
Pronunciar las palabras mágicas
—muy buenas tardes bienvenido a Mac Donalds
puedo tomar su orden—
a nadie absolutamente a nadie le presumíamos nuestra felicidad
éramos capaces de tener veintinueve o treinta sueños
en el trayecto de la escuela a la casa.
Hoy los sueños son años.
Armando Alanís Pulido (Monterrey, Nuevo León, 1969-).
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.
que dulcísimo sueño
Bécquer (naturalmente)
La espalda de esta luz
son esos sueños tuyos, amada,
que duelen al soñarse
y que hacen florecer las prímulas
y azahares en tus flancos.
Y caen del lecho moras
de grueso jugo, cuando sueñas;
y zarzarrosas crecen
bajo el cojín de pluma;
y tiernos gansos pican,
bajo el tálamo, hierbas prodigiosas
del sueño enternecido.
Despiertas luego: me miras,
descubres en mis ojos la muerte;
ves en mi mano flores
arrancadas al sueño que soñabas
y se deshacen lentas,
como el mundo del sueño
que pasa a la vigilia,
como el flotante polen del jardín distraído
hacia los muladares.
Los pelos de la burra
en esta mano
que ha de cortar tu vida.
Vuelve a dormir, te digo,
en un dormir sin sueño
y sin campánulas.
Las flores se diluyen plenamente;
vuelven a ser remate de las telas.
Los gansos vuelan torpes hacia el azul del techo.
Las moras son tranquilas manchas
de sangre remolida
que el tigre deja ahora
al balancear su hocico.
Y ya no existe el sueño.
Eduardo Lizalde
(Ciudad de México, 1929)
Hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer.
Kavafis
.
La muerte soñó con Chuang Tse
y se olvidó quién era en el sueño
vagaba por el inconsciente con las rodillas rotas
y a veces se arrojaba al vacío para no llorar
Chuang Tse soñó con la muerte
y vio a lo lejos los campos de exterminio
los esqueletos que vagaban por las alambradas
las cenizas amontonadas en los jardines de Auschwitz
Ambos soñaron con la misma mariposa
y dejaron de tener pesadillas
pero la pobre mariposa ya no regresó del sueño
había quedado atrapada en el ombligo de Dios
*Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Chuang Tzu (Chuang Tse).
Mario Meléndez
Sueño en fuga
Soñé que me soñabas,
que tu voz como estela de naufragios
amanecía en mi aliento.
Que era mío el silencio
de cada madrugada cómplice
en tus párpados cerrados,
el secreto
que rindes a tu almohada,
el pensamiento
que traicionas en mis brazos.
De ese sueño sin fin
ya no despiertes:
que el alba nos encuentre suspendidos,
sin voz, sin figura, sin recuerdos,
habitantes
de un sueño en fuga
hacia su propia muerte.
Blanca Luz Pulido
(Ciudad de México, 1956)
Y fueron muriendo
todos los soldados de la guardia del rey
y mi corazón seguía temblando.
Leopoldo María Panero
en el asombro de una inquietud ajena
que me mantiene viva
(otros mundos o cuerpos)
lumínica textura
placer
agonizante
Ana Franco Ortuño nació en la Ciudad de México, en 1969