La noche se propaga sobre Mataderos y la Feria Popular de Artesanías comienza a desmantelarse poco a poco. Hay un grupo de obreros que desarma los puestos con bastante apuro. Es una montaña de hierro, de madera y de lona que dormirá en un galpón hasta la semana que viene. Su actividad es frenética. Se nota que están apurados. La gente, mientras tanto, se retira caminando despacio y ya casi no quedan turistas con la mirada asombrada detrás de una cámara de fotos.
Desde una fonda oscura resuena la voz del cantor criollo y de las guitarras que lo acompañaban.
Ayer, en un banco de la vieja plaza Que adorna mi pueblo donde yo nací, Comprobé con pena que la vida pasa, Que la vida pasa, llevándome a mí…
Hay un olor agridulce a vino que proviene del interior del local y que se mezcla con el aroma de las comidas regionales y el humo de la carne asada. Desde el escenario un locutor arenga a las pocas parejas que aún bailan y yo desando mis pasos en soledad entre la gente y el ocaso de la tarde de un domingo imperdonable.
Un luminoso y gastado colectivo 126, mientras tanto, atraviesa veloz el sector de la Feria que ya fue liberado y en la calle Tandil, detrás de la enredadera de una tapia bastante arruinada resalta el color azul de las glicinas y el rosa de dalias.
Yo regreso a la fonda, como un autómata para darme cuenta de que he estado caminando en círculos, girando de calle en calle. El cantor criollo continúa con su canto:
Y he quedado solo, con mis pensamientos, En la vieja plaza que me vio crecer, Que escuchó en silencio tantos juramentos Mentiras piadosas de aquella mujer.
Entonces decido entrar a beber algo. El lugar es sórdido y bastante húmedo y el piso es de tierra apisonada. Me siento en una mesa lateral y espero al mozo. Adentro hay unas treinta personas, atentas en general a las inflexiones de voz del cantante. Cuatro mujeres solas, sin embargo, no reparan en el espectáculo. Conversan entre ellas, en voz baja, para no importunar ni a la concurrencia ni al artista. Y un par de borrachos vencidos duermen con la cabeza apoyada en los brazos sobre la vieja mesa de madera. Afuera, un grupo de Testigos de Jehová reparte volantes acerca del fin del mundo.
Cuántos sueños locos, forjó mi embeleso Cuando en su regazo su voz me arrulló. Ave pasajera que ansiosa de besos Se posó en mi boca, me besó y partió.
El cantante criollo va in-crescendo en su voz. La tonalidad de sus frases adquiere ahora un tinte más dramático. Es un hombre bastante mayor, con el pelo mota y canoso que por momentos invita a pensar que lleva en su cuerpo algo de sangre africana. Canta bien y conoce su oficio. Los parroquianos siguen con atención la intensidad de la letra y él los va llevando al desenlace poco a poco.
Ni yo ni mi soledad le otorgamos demasiada importancia.
Tengo como un dolor impreciso en el alma por el abandono y por la pérdida. Y el mozo ni siquiera se acerca a mi mesa para que pueda ordenar algo. Entonces me voy del local como quien no se va a ninguna parte. Desde la vereda escucho el final del tango con algo de incredulidad. Mañana será otro día, me digo. El tiempo siempre pasa y se va.
Ella era una diosa que llegó a mi pueblo A olvidar su hastío, vencida tal vez, Se arrulló en mi canto, divina y tirana, Y una gris mañana me besó y se fue.
Pues es impresionante tu forma de escribir, apenas e leído dos relatos tuyos y mi atención se volteo hacía usted, es un texto que en lo personal me gusto, pero me llevo el poema o el cantar del criollo.
Hubiera estado bien iniciar con un fragmento del poema, en vez de poner en situación al lector, no lo sé, ésto son sólo gustos míos, en general muy triste y con la soledad expresada de manera clara, todo obtenido a través del abandono.
No soy un aduladora, así que si alabo uno de tus textos es porque de verdad me gustan y me emocionan. Me has llevado de peso contigo: he dolido, tocado y escuchado en ese paseo.
Me parece genial que hayas entreverados esa canción criolla.
No soy un aduladora, así que si alabo uno de tus textos es porque de verdad me gustan y me emocionan. Me has llevado de peso contigo: he dolido, tocado y escuchado en ese paseo.
Me parece genial que hayas entreverados esa canción criolla.
¡Ahí está Bar Imperio fusionado vida y canciones como sólo él sabe hacerlo!, y sin querer queriendo escucho la canción que presta el acento de su tierra a todo el texto. Con un relato localista de acentuado tono popular, Nestor nos acerca a su plaza, a su esquina, al galpón con olor de vino agridulce y de la carne asada, y parece que estemos dentro de la escena, escuchando, oliendo, y sobre todo sintiendo lo que nos cuenta. Somos el barrio y la plaza, el color azul, y el color rosa; somos el canto criollo, u hasta el beso y el adiós, somos.
Comentarios
Hubiera estado bien iniciar con un fragmento del poema, en vez de poner en situación al lector, no lo sé, ésto son sólo gustos míos, en general muy triste y con la soledad expresada de manera clara, todo obtenido a través del abandono.
Me parece genial que hayas entreverados esa canción criolla.
Con razón te echo de menos cuando no estás.
Gracias Francesca:
Aquí tienes algo de la feria.
https://www.youtube.com/watch?v=p4d79m1D35o
Con un relato localista de acentuado tono popular, Nestor nos acerca a su plaza, a su esquina, al galpón con olor de vino agridulce y de la carne asada, y parece que estemos dentro de la escena, escuchando, oliendo, y sobre todo sintiendo lo que nos cuenta.
Somos el barrio y la plaza, el color azul, y el color rosa; somos el canto criollo, u hasta el beso y el adiós, somos.