Acto I. El pasado y el presente; un ápice del futuro. Esta noche decidí escabullirme de mi cuarto e irme al parque frente a mi casa, era de noche, ya lo dije, o es todavía, usted decida, de verdad. Usted sí puede elegir. Yo tuve esa posibilidad hace un ratito nada más, o ayer: el tema es que ya es parte del pasado y lo único que puedo hacer es seguir esperando, de la esperanza, de esperar con positivismo, según tengo entendido que significa la palabra… es que no sea parte de mi futuro.
Pasó más de una semana desde que recobré la voluntad de salir a la noche madrugadora, porque hasta hace una semana las noches eran más breves que los días, y separar este concepto no me era fácil, mucho menos poco aterrador. No creía en milagros hasta que pude visualizarlo: que los días y las noches se la pasan peleando por dominar el firmamento en todos los hemisferios en una lucha ya milenaria, pero nunca tan agotadora como lo eterno que significa aquello. Después empecé a rezarle al cielo, no al Cielo, sino al cielo solamente, que estuviera en paz con su pelea, porque desde abajo presenciaba a miles que no estaban en paz con la suya.
El futuro. El futuro y el pasado nunca están divididos por el presente. Cuando salí esta noche a la plaza, tuve esa duda de que si ya había dado el paso que acaba de dar, o daría el próximo paso que siendo futuro en un momento, se convertiría en pasado apenas lo concluyese. Nunca estaría ocurriendo en ese mismo momento, en un instante (los instantes no existen). Nunca había suficientes estrellas en la oscuridad como para poder darme cuenta cuáles habían estado ahí la semana anterior, y cuántas a millones de años luz ya se habían extinguido: mi memoria fallaba, y las constelaciones nunca me ayudaban a superar eso.
Acto II. El pasado. Sólo cuando oí el grito que traía el viento me fijé claramente en un instante y un presente que se solidificaron en esa maniobra. No sé quién más pudo haberlo oído, si tengo que ser sincero. El tiempo lo había llevado hasta a mí, en su corriente perenne y subliminal, y sólo pude responder a él con la misma actitud: subliminalmente sugiriéndome que el ahogo de ese llanto, el silencio que le precedió, dejó un eco en el tiempo que debía seguir; y así lo hice, con la agudeza de quien predice los porvenires más próximos.
El parque era lo suficientemente lúgubre como para ocultar en cualquiera de sus sombras la fuente de tales clamores, ya insuficientes para ser recordados, pero tan tangibles para sentirse impactado… Seguía el sendero poco empedrado que me llevaba al otro extremo de la plaza, pasando los sube y bajas, hamacas chirriantes y todo lo que podía agregar a un escenario post-destrucción local: césped reseco, arbustos de invierno difunto y el vaivén de mutismos y silbidos frívolos entre todos estos objetos. Empecé a rezar para mis adentros, consultando varias plegarias, observando de reojo el gemido entre las ramas acuosas cercanas a mi posición. Alguien trataba de levantarse, jadeante, de entre sus ruinas.
No me acerqué de inmediato hacia la criatura, que resultó ser femenina; esto lo deduje no por mirada sino por su contorno contra las ramitas que se le clavaban en la piel, desnuda y en ciertas partes casi desgarrada, y el gemido no placentero de su estado. Usted sabrá a qué me refiero con gemidos no placenteros, ya sabe, nada que ver con sentidos voluntariamente sexuales, o sensuales, si a eso se redujeran. Aunque sí, pudo haber sido algo fálico que la invadiera. Creo que así fue.
Mi aroma a hombre la habrá espantado momentáneamente o algo, porque se estremeció más y quiso escapar de su prisión más deprisa de lo que su estado le permitía. “No voy a hacerte nada”, le dije distanciadamente, como hablando con una pared o un piso, aunque el pánico traumático la tenía en la huída, “No voy a hacerte nada” podía tomar cualquier matiz de significado para alguien que ya no captaba confianzas en las palabras, usted entenderá. Sin embargo usé el poder específico de mi hombría para tomarla por el tobillo y arrastrarla hacia mí en el frenesí casi eléctrico de chillidos y convulsiones. La capturé, la silencié; hasta con los glúteos expuestos pataleándome contra el rostro no podía disimular su debilidad física mientras la cargaba al hombro hasta mi casa.
Acto III. El pasado, y el pasado. La casa, la casa de esas que parecen llenas de anécdotas bizarramente inmaculadas contra las paredes en formas de fotos, sobretodo fotos, imágenes que ni la consciencia podía retener por su cuenta y por eso, para darle una importancia a esas instantáneas, se estampan contra la solidez de una estructura que la mente no tiene. La casa. Había dejado la puerta sin seguro, aunque ya para nuestro paso hacia los adentros la chica ya se había vuelto un ser silente, más liviano incluso. Con la sigilosa maniobra de mis escapadas nocturnas, la llevé al baño que casi quedaba integrado a la cocina, de lo mal ubicado que se encontraba. Nos encerramos ahí, recíprocamente. Ella había aprendido a no hacer ningún sonido, ni afirmativo ni negativo ni agradecido ni de peligro, sólo a responder a mis intenciones a son de titeretadas. Mantuve la luz apagada; las veces que me había ocultado en aquél cuartito, de mis papás sobre todo, me habían enseñado a ver más allá de la poca luminosidad que se filtraba. El tiempo no modificaba nada de las cosas que yo tocaba; tal vez solamente ahí creaba un presente digno de llamarse como tal, cuando me encerraba en los confines poco atractivos de cañerías y duchas frías.
La despojé de sus restos de ropas (a usted no se le ocurra sobrentender que deseaba tocarla entre las piernas, pero cuando lo hice, no fue nada de lo que yo pude haber pensado) y dejé correr agua más gélida que cálida, pobre de ella, aunque no estaba entre mis intenciones. Eran las cañerías, o el tiempo frío, quizás.
(La baña con suavidad, como a los niños, le suaviza la piel con la esponja en aquellas zonas estropeadas o sangrantes de su piel, entre ellos la zona pélvica). Y sólo ahí fue que llegué a acariciarla como usted supondrá (equivocadamente, aseguro) que lo habré hecho: con cuartas intenciones y una erección de por medio. Pero en toda la zona pélvica era donde más flujo sanguíneo, sanguinario, percibía. Y no tuve más elección que bañarla e identificar qué clase de etapa del tiempo nos definía: opté por el pasado, aunque se lo estaba lavando de su cuerpo, yo constaba de la taladrante sensación de que el pasado más próximo se encontraba helado en mis manos, en ella. Sus leves gemidos por ser tocada en todos sus dolores me llegaban como de un sueño.
(Opta por el pasado, la primera cara de mis multi-dimensiones).
Le terminé de sacar las hojas y ramitas del pelo cortito y ondulado y la envolví con una toalla muy extensa para su cuerpo, cosa que no me hizo evitar compararla con algún tipo de cachorro recién rescatado de una marejada. Bajo la toalla parecía clavarme la mirada soñolienta en mi misma vista que no le reciprocaba la acción, atisbaba el abismo sólido de las paredes, o el de su piel. Suponía que aún faltaban horas para que el amanecer le ganase aquella vez a la noche.
(Se oye un “Yo te llevo” de parte del salvador, como para evitarle un esfuerzo al otro cuerpo; la carga en brazos, esta vez hacia su cuarto). En el breve camino de un cuartito a otro repetí mis rezos, esta vez susurrándolos más que imaginándolos, dirigidos religiosa y específicamente hacia el amanecer. Ella se reposó en mis brazos justo antes de apoyarla contra el colchón, donde me imaginé cayéndose dormida para su reparación biológica más que existencial, y mucho menos espiritual. Aún no le había preguntado su nombre, ni ella el mío. Pero ya todo había pasado. Eso creía, trataba de convencerme, ya que la misma pieza del añejo dormía en mi cama, inmovible. Pieza de su pasado, interviniendo mi futuro próximo, similar a una noche que eclipsa un día para siempre, o viceversa. Un eclipse. Modos de revertir temporalmente al tiempo mismo, y su curso constante. Me mordí las uñas un rato, esperando a que llegase el alba, me mordí las uñas concluyendo que no podía esperar ese futuro con un pasado tirado cerca de mí de por medio. Mi serenidad no podía quedarse en el Cronos personal, sino en el de ella, otras de las víctimas del vórtice fluyente del tiempo, de sus actos imparables. Opté por el pasado, cuando pude haberlo hecho por el futuro.
(Inhala profundamente, uno de esos suspiros que viene con las decisiones. Se oye una especie de “gracias”, aunque pudo haberse tratado una tos llena de erres y ces, alguno que otro silbido de i, y hubiera parecido la misma cosa). Definitivamente había sido un gracias, pensé, y no llegué a maquinar más el tema.
Acto IV. Presente y futuro. Amaneció, sí, y le pregunté su nombre. Usted ya sabe el resto:
(Entra la madre con intención de despertar al hijo, despertando a nadie realmente; repercute contra el padre al haber criado a un hijo maníaco y lleno de deseos sodomitas o sadomasoquistas, conductas necrofiliacas, robando cuerpos de tumbas, raptándolos, entre otras acusaciones). No sabía explicar con menos ímpetu del que usé que la había salvado, que la chica estaba viva, por más que una morgue declarase con rotundez de una deidad todo lo contrario, que incluso el cuerpo había caducado hacía horas, antes de haber quedado limpia a causa mía, o algo así dijeron (usted tendrá esos récords, supongo).
(Continúa comiéndose las uñas, frunce un poco el ceño). Pienso que la próxima vez debería optar por momentos más futuros que pasados, pero dígame usted si puedo elegir todavía, o que me obligaría usted a hacer; futuro, pasado, pasado imperfecto y futuro pluscuamperfecto. Cosas locas. La chica estaba viva. Y esta noche ya casi no tengo uñas.
http://marulombardo.wordpress.com/2012/06/24/tiempo/
Comentarios
Cualquier cosa que comente quedaría como vaguedad, en todo caso innecesaria. Solamente diré que me parece un cuento-ensayo muy bien elaborado y estructurado. Notable.
Saludos.