Hola amigos. Os dejo un relato policíaco pero como no cabe entero os dejo la dirección donde lo podréis leer completo.
Asesinato en la niebla, por Héctor Castro
http://hectorcastro-elreportero74.blogspot.com/2011/04/asesinato-en-la-niebla-por-hector.html
Hacía mucho frío y el ambiente era gélido. Había nevado toda la noche. El inspector Frago se dirigió hacia el hostal. El pueblo estaba desierto. Desde que había aparecido el cadáver nadie se atrevía a salir a no ser que fuera completamente de día.
El inspector se llamaba Ramón Frago Perat. Era oriundo de la zona pero hacía muchos años que había sido destinado a Madrid, donde estaba considerado como uno de los mejores detectives de homicidios. Le quedaban pocos meses para jubilarse y tenía la intención de retirarse en algún pueblo de La Litera. La noticia de este caso le sorprendió; un asesinato tan extraño en esa comarca tan pacífica y olvidada donde había visto la luz hacía sesenta y cuatro años. El inspector Frago era de constitución normal, aunque algo recia; tenía los cabellos blancos canosos y fumaba en pipa. Era viudo desde hacía cuatro años y tenía tres hijos, dos chicos y una chica. El hijo mayor vivía en Madrid y también era policía. Su hija era periodista y estaba casada con un profesor de Zaragoza. El hijo pequeño trabajaba como guarda forestal en un pueblo del Pirineo de Huesca.
Al entrar en el hostal pidió su habitación y, una vez instalado, se fue a hacer un recorrido por el pueblo. El pueblo no llegaba a las dos mil almas. Allí, ni Frago conocía a nadie ni nadie conocía a Frago sino por los diarios. Eran demasiados años fuera de la comarca y un pueblo demasiado lejos del suyo. La aparición de un cadáver en los alrededores del pantano una madrugada de niebla había alterado la vida de los vecinos de esa localidad. De este hecho solo hacía dosdías pero para la gente parecía una eternidad. Caminó un par de horas, recorrió todas las calles, observando todos los detalles, hasta los más insignificantes. Llegó al lugar donde había aparecido el cuerpo. Era un sitio tétrico, al lado del gran pantano. La zona ya había sido limpiada, pero aún así Frago tenía la esperanza de encontrar alguna pista. La víctima se llamaba Paco, Paco Salat. Era un vecino del pueblo, vivía en una torre. No estaba casado y no tenía familia. Era un hombre afable, aunque un poco reservado y con aires de misterio. No tenía grandes propiedades, así que el móvil económico del crimen se descartaba. Además, en el testamento lo dejaba todo a unas monjas de un convento. Paco Salat hacía sesenta años el día que se encontró el cuerpo. El inspector Frago observó cuidadosamente el lugar y le llamó la atención unas marcas profundas que aún quedaban y que conducían hacia el pantano. Las siguió. Al llegar al lado del pantano las pisadas acababan en dos rastros alargados, como si hubiesen arrastrado algo pesado. Eran ya las nueve de la mañana y Frago se volvió chino chano hacia el pueblo. Lo primero que hizo fue irse a comer algo al café de Mulet, en la plaza Mayor del pueblo. Desayunó oportunamente y, pronto, algunos hombres que había en el café lo invitaron a jugar al guiñote. Frago aceptó gustosamente la invitación. En la mesa había cuatro jugando por parejas. Cuando ya había trasncurrido algo de tiempo y la confianza se hacía más grande, el policía empezó a hacer preguntas sobre el incidente de la otra jornada. Los compañeros de partida de Frago hablaron sin tapujos del tema. Paco Salat era un buen hombre, pero las malas lenguas decían que se llevaba algo sucio entre manos, nadie sabía qué era, pero lo habían visto muchas noches cerca del pantano con algunos forasteros. Nadie había visto de cerca a los acompañantes de Paco, pero sí que habían visto que llegaban y se marchaban del pantano en unas barquitas, muy simples, sin motor. En la mente del inspector enseguida se le aparecieron esas marcas que había visto en la orilla del pantano y rápidamente el agente las relacionó con las barquitas, o con la barquita. Eran marcas recientes, por lo cual posiblemente la noche del crimen esos forasteros también estuvieron allí. Siguieron jugando a casrtas hasta las diez y media aproximadamente. A las doce el inspector Frago se fue a misa. El cura era de un pueblo de la comarca. Cuando acabó la celebración el comisario se quedó en la plaza de la iglesia charlando con la gente. Toto el mundo hacía grupitos, corros. Frago se puso en el primer corrillo que se formó. A la una pasada la plaza se quedó vacía y la gente se fue a hacer el vermut a los bares del pueblo. La localidad tenía dos bares aparte del hostal. El policía se fue a hacer el vermut al hostal con el grupito con el que había estado a la salida de la iglesia. En el hostal no fue Frago quien sacó el tema del asesinato, sino que uno de los hombres con quien hablaba introdujo el asunto.
-¡Qué barbaridad, un asesinato en el pueblo! -exclamó.
-¡Qué desgracia! -contestó otro-. ¡Quién lo iba a decir! Pobre Paco
-No sé por qué demonios os sorprendéis tanto. Todo el mundo sabe que Paco Salat no sé qué trapicheos se llevaba entre manos, pero no era trigo limpio -añadió un tercero-. Paco era un buen hombre, pero estaba metido en algún lío.
La conversación se fue animando. Parece que la presencia del famoso policía ya no impresionaba a los vecinos, y eso que tan solo habían pasado unas cuantas horas desde que había llegado al pueblo. Poco a poco se fue haciendo la hora de comer y la gente fue despejando el local y se fue a su casa. El inspector comió en el hostal. Después de comer vio un ratito la tele, el tiempo justo del telediario y, al acabar, se fue a hacer un ratito de siesta. La siesta era una costumbre sagrada para Ramón Frago, una costumbre que había heredado desde su infancia en La Litera.
Eran las cinco de la tarde cuando Frago salía del hostal. Al ser pleno invierno el día era muy corto, por lo que no le quedaba mucho rato de luz. Frago volvió al pantano y siguió husmeando por allí. Continuaban esas huellas profundas que horas antes había visto. Las volvió a examinar y llegó a la conclusión de que las pisadas tenían que ser de esa misma madrugada porque había nevado toda la noche pasada hasta los primeros claros del día, por lo que si las pisadas fuesen anteriores la nieve las habría borrado. También los dos rastros alargados tenían que ser de la pasada madrugada por la misma razón. Frago era apodado “El Sabueso” por parte de sus compañeros. No hace falta aclarar el porqué de este mote. Observando atentamente y buscando el más mínimo indicio de algo vio una cosa que brillaba semienterrada por la nieve en una de las líneas que acababan en el pantano. Se acercó y cogió un trozo de papel brillante. Había una dirección. Estaba escrita con lápiz y se leía muy mal. El oficial se la apuntó en su agenda y se guardó el papelito. La dirección hacía referencia a la ciudad de Barbastro. Siguió examinando las pisadas y los rastros y comprobó que las marcas pertenecían a dos personas, posiblemente hombres, por el tamaño de las mismas. Eran pisadas de botas o similares. Después, siguiendo y observando cuidadosamente los dos rastros de línea que llegabal al agua, pudo percatarse de que había una astillita de color azul enganchada en una piedra. Posiblemente, al arrastrar lo que fuera –Frago tenía claro que allí habían arrastrado dos barcas- habían rascado en la piedra y un trocito de madera se había soltado. El famoso policía sacó su pipa, la encendió y, entre calada y calada, reflexionaba tranquilamente. ¿Por qué habían vuelto al lugar del crimen? Y, realmente, ¿era aquello el lugar del asesinato? A la mañana siguiente iría a hacer una visita a la dirección que había encontrado. Eran ya casi las siete de la tarde cuando Frago se encaminó hacia el pueblo. Una espesa niebla volvía a bajar y no se veía nada. El inspector Frago estaba cansado del viaje de la noche pasada, así que comió algo y se fue a dormir. Al día siguiente tenía que madrugar y hacer muchas cosas.
El autobús que bajaba a Barbastro salía a las ocho y media de la mañana. Allí estaba nuestro hombre esperando el coche de línea. A las nueve y media estaba ya en Barbastro. Se encaminó hacia la dirección que ponía en el papelito que había encontrado. Le indicaron hacia el polígono industrial de la ciudad. Brabastro era una ciudad pequeña o un pueblo grande, depende como se mire. Había crecido mucho en los últimos años. Tendría entre unos veinte y unos veinticinco mil habitantes. Hacía más bueno que en La Litera, aunque el frío calaba hondo. Frago llegó a la dirección que indicaba el papelito. Era una empresa de construcción de tubos de hormigón. Era una fábrica pequeña, con pocos trabajadores. El director de la fábrica lo reconoció en seguida. Barbastro ya era una población importante. Frago pudo hablar con todos y cada uno de los empleados, ese día estaban todos. No sacó nada enclaro ni nada que pudiera relacionar con el asunto que a él le ocupaba. Después de comer cogió otro autobús pero, esta vez, con destino a Huesca. Allí se tenía que ver con el forense que había hecho la autopsia al cadáver de Paco Salat.
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El forense era un tipo alto y fuerte, de presencia seria,pero una vez entablabas conversación con él adoptaba una actitud agradable y distendida. Frago había leído ya el informe del forense, pero tenía algunas preguntas que hacerle. El cuerpo había sido encontrado el viernes, hacía tres días. El forense dictaminó que la muerte se había producido el mismo viernes entre las cuatro y las cinco de la madrugada. También había dictaminado que la causa de la muerte había sido el ahogamiento en el pantano (en las muestras de agua se había podido dictaminar sin duda que se había ahogado en el pantano). Frago interrogó al forense sobre unas marcas que tenía el muerto en las muñecas y en la espalda. Roberto Palacín, que era como se llamaba el forense, le dijo al inspector que esas marcas habían sido provocadas, sin duda alguna, por algún tipo de lucha, ya que la marca más fuerte, que estaba en la espalda, estaba hecha con un hierro y tenía también algunos moratones por el cuerpo que confirmaban la hipótesis. Además, en el cuello de la víctima se habían podido registrar marcas de manos; probablemente las mismas manos que lo habían hundido y ahogado en el pantano. Frago se pasó toda la tarde con el forense y, a última hora, cogió el último autobús que lo volvería a subir al pueblo. Llegó a las diez de la noche y se fue directamente hacia el hostal a cenar algo. Después de cenar se fue al bar de la plaza Mayor a hacer la partida y a conversar con algunos hombres.
El Café de Mulet era el más antiguo delpueblo. Cuando llegó el inspector los hombres ya estaban jugando a las cartas, pero el policía se sentó en una mesa donde faltaba uno para hacer la partida. En esa mesa empezaron la partida el farmacéutico, Miquelet de Casa el Patués, Andrés y el propio Ramón Frago. Jugaban a la butifarra, pero también charraban. Esta vez tampoco hubo ningún problema en hablar del tema del crimen. Frago pidió por la torre de la víctima, pues al día siguiente pensaba ir a investigar. A las once y media la partida se acabó y cada cual tiró para su casa. El oficial, lógicamente, se encaminó hacia el hostal.
A la mañana siguiente y, después de haber desayunado, Frago fue a visitar la torre del difunto. Iba en un Panda, en un Seat Panda. La noche de antes el farmacéutico le había ofrecido el coche para los desplazamientos del policía. La torre ya había sido inspeccionada por el oficial de turno sin haber encontrado nada, pero Frago prefería registrarla personalmente. La torre era muy majeta, no muy grande per sí bien arreglada. Tenía alrededor unas cuantas hectáreas de sembrado. En la vivienda no le llamó nada la atención, así que decidió darse una vuelta por el terreno. Caminó mucho rato; el andar lo relajaba y le ayudaba a reflexionar. Antes de volverse haría una pipada. Al ir a encender la pipa se le cayó al suelo y al ir a cogerla vio una brillantez en el suelo. ¿Qué era eso? Removió un poco la arena y todo estaba lleno de una substancia o, mejor dicho, de unos trocitos de color azul que parecían una mezcla de cristal y piedra. Frago cogió unos pocos y se volvió hacia la torre. Volvió a entrar y esta vez le llamaron la atención unas figuritas azules cristalinas que estaban por todos lados. Parecía un material muy delicado, y la verdad, esas figuritas eran muy bonitas. Se llevó una. En su Panda provisional se encaminó sin pensárselo directamente hacia Zaragoza. Llevó los trocitis de piedra (o cristal) y la figurita a los laboratorios policiales de la capital aragonesa y los hizo analizar. Por la tarde tenía ya los resultados. Los pedazos azules y cristalinos que Frago había recogido de la tierra de Salat eran un mineral muy preciado y muy poco abundante. No hacía muchos años que se había encontrado por primera vez y se lo denominaba zusa. Había minas de zusa en Asturias, León y, desde hacía cuatro años, también habían descubierto una en Aragón. Concretamente, el Estado, a través de la D. G. A. –Diputación General de Aragón-, estaba explotando una mina de zusa en el Prepirineo oscense. En ese yacimiento había unas grandes medidas de seguridad. La figurita también se analizó y estaba hecha de zusa, pero de un zusa puro al 100%. Era increíble. A nivel mundial también existían muy pocos yacimientos de zusa. Este material se empleaba en aeronáutica por sus particulares propiedades pero cualquier país belicoso pagaría grandes cantidades de dinero, en el mercado negro, por este material debido a la posible e impresionante aplicación en el campo de la armamentística, algo que desde la ONU ya se había prohibido y denunciado. Corrían voces de que algunos países tercermundistas, pero armamentísticamente hablando muy potentes, estaban detrás de conseguir zusa fuese como fuese. ¿Cómo era posible que la torre de Salat estuviera llena de zusa? Hasta que Frago no resolviera el caso no enviaría a la policía científica al lugar, no convenía movimientos espectaculares hasta cerrar el asunto. Ya era de noche cuando Frago volvió a aparecer por el pueblo y se fue directamente al hostal a cenar y a dormir. Por la mañana continuaría con sus pesquisas.
6:00 A.M. El inspector tiene una corazonada. Se levanta, se ducha, hace un desayuno rápido y coge su Panda y se encamina hacia el pantano. Se acerca a la piedra donde había encontrado días antes una astilla azul y se da cuenta de que no es madera, ¡es zusa! Frago se encamina entonces hacia la finca de Paco Salat, la corazonada continúa. Una vez en la finca, empieza a caminar buscando quién sabe qué por todos los sitios. Son las ocho de la mañana, la insistencia del “Sabueso” es infinita, pero no encuentra nada. Después de rodar por todo el terreno se arrima hasta la casa y la registra de arriba abajo, incluyendo el sótano. No encuentra lo que busca, así que vuelve a buscar por las hectáreas de alrededor. Nada. Cuando ya estaba a punto de tocar retirada observa unas marcas en el suelo que le llaman la atención. Parecen las ruedas de un tractor, pero… ¿qué ha de hacer un tractor por allí estos días? Las observa bien, las toca… Son las huellas de un vehículo, posiblemente de un 4x4. Son relativamente recientes, no tendrán más de un día. Pero, ¿quién querría rondar por allí? Las sigue, hay un momento que se pierden en un barrizal pero… ¡Hay unas pisadas! Primero hay dos, pero después localiza dos más. Las examina bien y le vienen a la memoria las pisadas que había visto en la zona del pantano, el tamaño es similar y también son pisadas de bota. Intenta seguir las huellas del 4x4 pero las pierde. El sol ha deshecho toda la nieve. Todo son charcos, agujeros y barrizales. La cabeza del policía se va iluminando y trabaja al 200%. Recorre toda la zona, no encuentra nada. Solo destaca otra marca por el suelo. Nota como si una masa sólida hubiera allanado parte del terreno. Examina mejor el lugar y descubre que por el suelo se puede ver algunas menudencias de algo parecido a zusa o incluso del propio mineral. Pero en algún sector hay algo más, algo grisáceo. Recoge un pedazo azul y uno grisáceo y hacia los laboratorios de la capital aragonesa, eso sí, esta vez por correo policial desde Barbastro. El resto del día Frago lo dedicó a descansar, pasear y cavilar. Pensaba que se acercaba al final del enigma. Esa noche la pasaría vigilando la finca de Salat desde el Seat Panda. Pasó toda la noche en vela, pero nada de nada. Allí no apareció nadie. Desilusionado se volvió hacia el hostal, que ya eran las ocho de la mañana, y directo a la cama, estaba muerto. No eran aún las diez cuando el ruido del teléfono al sonar lo sobresaltó. Eran del laboratorio policial de Zaragoza, habían analizado el material. Los pedazos azules eran efectivamente zusa, pero los grisáceos eran hormigón normal y corriente; hormigón… Sin tiempo casi ni de despedirse, el inspector encara Barbastro con el coche del farmacéutico y se planta en la fábrica que días antes había visitado. Esta vez no quería hablar con ningún trabajador, sino que se encaminó directamente hacia la zona de aparcamiento. Una vez allí empezó a buscar 4x4, había varios. A todos les miraba las ruedas, uno por uno. Finalmente encontró su objetivo, había un Galloper con las ruedas un poco tintadas de una especie de color azulón. Desde el laboratorio habían comentado que el zusa se pegaba y teñía parcialmente los materiales plásticos. Ahora todo le iba cuadrando al inspector, pero no lo tenía todo hecho, así que se fue sin arrestar a nadie, sin interrogar al dueño del vehículo y sin llamar la atención.
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- ¡Alto, policía! ¡No se muevan!
Uno de los hombres se dirigió apresuradamente hacia el silo, el otro salió corriendo hacia el coche. De dentro del silo saltó el tercer policía cerrándole el paso al individuo que intentaba huir. Los presuntos delincuentes no opusieron, entonces, resistencia alguna. Una vez esposados se encaminaron todos hacia el pantano. Allí estaba la barquita que anteriormente ya había visto el oficial. Esa misma madrugada policías y sospechosos se dirigieron a Zaragoza. Allí los dos hombres detenidos ya pasaron a disposición judicial.
Ese sábado Frago no apareció por La Litera. Eso llamó la atención de los habitantes del pueblecito protagonista de esta aventura. No fue hasta el domingo cuando la gente volvió a ver a Frago en la iglesia. Esa misma tarde hubo un pleno extraordinario en el ayuntamiento donde el agente explicó los hechos y agradeció a todo el mundo su colaboración. La víctima, Paco Salat, había agrandado su silo, con permiso del ayuntamiento, ocupando algo de término municipal y, en una de las paredes rocosas, descubrió zusa, aunque él no sabía ni lo que era. Como era muy mañoso enseguida empezó a esculpir y a hacer figuritas con ese material. Tiempo atrás Salat había estado envuelto con gente del hampa, gente que de cuando en cuando aún le habían hecho alguna visita a la torre intentando extorisonarlo. En una de las visitas descubrieron las figuritas y rápidamente vieron que era zusa. Esa gente obligó a Salat a guardar silencio y poco a poco fueron ampliando y explotando ese silo millonario. A Salat le tocaba una mínima parte de los beneficios, la cual aceptaba para no levantar las sospechas de los delincuentes. Pero Paco tenía la idea de decir la verdad algún día; se lo privaban las amenazas de los criminales. No solo él estaba amenazado, amenazaban también de asesinar a gente del propio pueblo como descubrieran que se había ido de la lengua. La noche del crimen Paco Salat les había dicho que ya estaba harto, había discutido fuertemente con los dos hombres detenidos. Después de esa discusión, los dos hombres sospecharon que Salat tenía intención de delatarlos a la policía, así que cuando esa madrugada fueron al terreno de Salat para sacar zusa del silo como otras noches, ya tenían pensado eliminar a Paco. Una vez cargado el zusa en el todoterreno, cogieron a Salat y se lo llevaron hacia el pantano con la excusa de que tenía que ayudar a uno de los hombres a llevar la carga esa madrugada, cosa que nunca había hecho. Una vez en la barca, Salat empezó a sospechar al comprobar que eran los dos hombres los que también subían a la misma. Una vez estaban algunos metros adentrados en el pantano Salat intentó tirarse al agua y escapar pero uno de los malhechores lo agarró del cuello y se entabló una dura pelea. Finalmente el otro hombre le dio un fuerte golpe con una barra de hierro en la espalda y Salat cayó al agua muy tocado. Allí fueron los delincuentes los que lo hundieron hasta que lo ahogaron. Después lo llevaron hasta la ribera y lo dejaron allí. Los trocitos de hormigón encontrados alrededor del silo de Salat pertenecían a un tubo hormigonado de gran diámetro utilizado, a modo de rodillo por los acusados, para romper trozos excesivamente grandes de zusa y, los restos del propio zusa que Frago había encontrado en la tierra de cultivo de Salat, eran menudencias que no se podían aprovechar y que los delincuentes mezclaban con la tierra para esconderlos. Aparte de los dos hombres detenidos la policía había desmantelado en Zaragoza y Huesca una red mafiosa que comercializaba este zusa con países asiáticos.
Ramón Frago había llevado el caso con una gran profesionalidad e intuición. La única cosa de la que había tenido dudas y de la que finalmente comprobó que era tal cual se había dicho desde un primer momento fue la que hacía referencia al lugar del crimen.
Frago se quedó un par de días más en el pueblo. Le devolvió el Panda al farmacéutico. Hizo aún unas cuantas partidas al guiñote y a la butifarra. En unos meses volvería a rondar por la comarca, por lo que prometió volver a hacer alguna partida. Antes de regresar a Madrid se fue al Pirineo a visitar a su hijo pequeño y, después, se estuvo unos días también en Zaragoza en casa de su hija. Era ya finales de mes cuando Frago, con la pipa encendida y fumando un tabaco aromático, se fue encaminando hacia la estación de El Portillo.
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Un estilo muy escueto, ritmo rápido, casi me parece un guión.
Te iré leyendo.
Muchas gracias. La verdad es que ahora estoy publicando en el blog otro relato, en este caso de aventuras, y más o menos el patrón narrativo es como en este jeje. Gracias por tus palabras.
Muchas gracias, Amparo. Por cierto, me he pasado por tu blog y he visto cosas muy interesantes. Ah, lo que me ha encantado es la cabecera del blog.
Os dejo un enlace a otro de mis relatos por si os apetece leerlo. Saludos a todos.
http://hectorcastro-elreportero74.blogspot.com/2011/06/por-hector-castro-arino-la-verdadera.html
Por cierto, mis blogs son:
Blog principal: http://hectorcastro-elreportero74.blogspot.com/
Bog secundario de ensayo: http://hectorcastroblogcomplementario.blogspot.com/
Acabo de ver tu nueva cabecera, también está chula. pero de vez en cuando pon la antigua, que llamaba mucho la atención!