Cuando al fin llegamos a nuestro destino, la noche ya invadía al día. Nos detuvimos ante un misterioso edificio que tenía dos grandes entradas de largas hojas, parecían pesadas y brillaban en todo su esplendor. Ambos portones se distinguían en la forma de las hojas y en sus distintas tonalidades. La puerta de la Noche era toda de hierro con pequeños huecos de plata, en cambio, la puerta del Día era toda de oro y bronce, arriba, en el gran arco curvado de piedra que sostenía ambos portones, se podía distinguir la figura de un halcón que iba a emprender el vuelo. En cuanto se paró el carruaje ocurrió algo sorprendente, el halcón que parecía ser un elemento decorativo, se prendió fuego y apareció ante nosotros transformado en una temible doncella. Las Helíades la miraron con respeto y se inclinaron ante ella. La doncella juzgó su actitud y después me miró a mí, al principio sorprendida, después más que furiosa. Al ver su reacción, las Helíades se levantaron y comenzaron a susurrarle astutas y alentadoras palabras.
Le explicaron todo lo que sucedía y como habían vivido el viaje. Pensé que aquella inquietante doncella parecía una especie de juez al que debías obedecer si querías entrar a ver a la diosa. En aquel momento nada me importaba más que solucionar mi problema, un conflicto que podía costarme la cordura, y por este motivo pude reunir el valor suficiente para levantar los ojos y enfrentarme a la Justicia, sin ser consciente en aquel momento de que aquel simple gesto que yo había realizado en segundos, a la mayoría de los hombres les había costado años hacerlo. Me adelanté unos pasos hacia aquella inquietante doncella, ella me devolvió la mirada furiosa de un depredador en su cacería, quizá se sentía frustrada por saber que no podría castigarme por ninguna de mis acciones ya que no desobedecían ninguna de las leyes dictadas.
La Justicia no se quedó indiferente ya que avanzó también y levantó la cabeza, comenzó a evaluarme con la mirada bien alta y tras dictar su propio veredicto dijo con voz suave y dulce, como el tintineante vuelo de una mariposa:
_ No sé los motivos de tu inesperada llegada, pero si sé de las órdenes que he de cumplir, así que bienvenido al Monte Ida, monte de las musas. Espero que la Diosa clarifique tu destino que parece que en estos momentos se encuentra tan confuso como tus impresiones, que probablemente estén equivocadas. No tengo más recado que contigo esté relacionado salvo decirte que en el pórtico de las dos caras las cosas siempre por algo son.
Tras decir esto me dio la espalda, un gesto que consideré descortés ya que acababa de darme la bienvenida. Pero después, cuando volví a mirarla no encontré a la doncella, encontré a aquel halcón en el arco de las puertas.
Me dirigí a las Helíades que estaban relajadas mirando el infinito, ambas sumidas en sus propias reflexiones. No se inmutaron cuando me acerqué a ellas, tampoco dijeron nada, simplemente comenzaron a caminar en dirección a ambos portones. Al ver que yo permanecía inmóvil se encogieron de hombros y tras hacer una reverencia ante la Justicia cada una de ellas entro por una puerta completamente distinta. No pude evitarlo, me sorprendí tanto que empecé a reír a carcajadas, al principio fueron discretas, pero poco a poco empezaron a tornarse exageradas, hasta que caí al suelo con lágrimas en los ojos. Comencé a sollozar y a llorar de verdad, y a preguntarme porque me encontraba allí, porque debía ser castigado. Por un segundo lo olvidé todo, me tranquilicé y reuní las fuerzas necesarias para levantarme y comprender que me estaban obligando a elegir qué puerta cruzar.
Intenté serenarme tanto como pude, pero no podía evitar que en mis ojos se reflejara perfectamente mi confusión. Estaba entre ambos portones, pensando en lo que debía de hacer. Sin saber las consecuencias de entrar en una puerta o en otra me resultaba muy difícil decidir.
Cuando me decanté de una vez por una de aquellas dos puertas fue cuando amaneció, sólo entonces me atreví a abrir la puerta del Día ya que la luz me aportaba seguridad.
Al acercarme para abrirla, vi como el cielo se cubría de una nube negra que además de oscurecer el cielo apagó todas mis esperanzas. Me sentí desdichado, intenté cerrar la puerta de nuevo, pero fue imposible. Surgieron varios sollozos de su interior y el corazón se me encogió de miedo. Sentí como si hubiera encogido en edad, una sensación de inseguridad increíble e irremediable. Antes de poder reaccionar del todo, una mano tomó la mía casi con violencia y me arrojó dentro de aquel desolado lugar, logré diferenciar el rostro de una de las doncellas Helíades. Me pregunté si había tomado la decisión correcta, pero antes de adivinar una respuesta ella me hizo entrar más adentro, la puerta se cerró.
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