Esto nació mientras estaba yo sentado en un café del centro de mi ciudad Córdoba, en Argentina, con un cuaderno de anotaciones en la mano, y los últimos milímetros de mina en el portaminas, la cual debió ser sustituida por la presión de mi mano con la punta vacía de éste. Hecho muy curioso que me haya salido, ya que no había dormido la noche anterior y venía de un examen... Espero les guste.-
ETHIOPÍA. 21/03/11
¿Dónde se ha sabido de alguien que pretenda que le paguen un café con un poema? Sería inconcebible pensarlo, ¿verdad? Imaginarse a uno llegar, ocupar una mesa, pedir el desayuno de la casa, coquetear con las meseras, cual de ellas la más simpática. Luego concentrarse, mirar fijamente a los demás clientes, buscar las conexiones, tejer hilos en el aire, a través y a lo largo del local, interactuando sin interactuar.
Aquel cliente que habla en voz alta por su teléfono móvil y consulta su computadora. El grupo de jóvenes que conversan alegremente y esperan su pedido. La señora con rostro azul y expresión distinguida, ojos abiertos y mirada fija, sus pestañas eternas y sus cejas delineadas, perfectas. Las oficinistas, rectas, espléndidas, redacción de papeleo y conversación amena. El estudiante que consulta su block de notas y lee su libro sin leerlo, siguiendo con la vista a la señora que acaba de ocupar la mesa de al lado, con expresión de fatiga en el rostro. Y la señora de la última mesa, allí en la esquina, aparentemente ajena a todos a su alrededor, pero observándonos de manera detenida, pensativamente. Por último, los transeúntes, los seres externos, esas imágenes que se exhiben en nuestro escaparate, porque desde aquí el mundo cobra sentido opuesto, nosotros somos quienes observan, ellos están en nuestra vidriera, esa fila interminable de patos policromos que parece dar vueltas alrededor nuestro. Algunos nos miran, otros no. Todos nos vemos en realidad, todos somos parte, esto es el curso infinito de las diagonales de un rectángulo áureo, el despreciable hilo no se detiene y se teje alrededor nuestro, nos envuelve y nos levanta, nos oprime el aliento y nos obliga a contener la respiración, mirar fijamente nuestra taza y esconder la mirada.
Tantas cosas pueden nacer en un café, tanto mundo puede hilarse alrededor nuestro y tejer tanta poesía.
Claro, por supuesto, estaría yo más que satisfecho si un cliente tuviera la intención de abonar su café con un poema, pero sería inconcebible pensarlo, ¿verdad?...
Comentarios
Hagase la gracia de salirle al dueño de alguna cafeteria con eso y por poquito lo ponen a fregar los platos:D:D:):):p:p
Ahh un consejo; de ahora en más lleva siempre dos lápices para que no se escapen las ideas!
saludos!
Amparo, no se, como dirían mis abuelos: siempre hay un roto para un descosido...
Mave, mis neuronas venían de una especie de descompensación que no viene al caso relatar en este momento, y al entrar al café fue como un desprendimiento de endorfinas... como si hubiera vuelto en mí con ese lugar, creo que fue eso lo que me estimuló a escribir lo que escribí, y fue por eso también que me vi motivado a hacerlo a pesar del límite de mi portaminas...
Lara, gracias por haber captado lo de los transeúntes, para mi era una de las imágenes más importantes... y sí, Ethiopía es el nombre del bar, je, gracias por darse cuenta de ello...
Un gran abrazo!...
Jorge.-;)