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La Celda
Me pierdo entre incoloras nubes. Asciendo hasta una terraza gris donde otros seres retozan corriendo en círculos, trato de ver hacia arriba pero un tupido cúmulo opaco me lo impide cual infranqueable muro. Mis acompañantes parecen contentos en su pequeña burbuja de estupidez. Camino entre ellos solo para darme cuenta que su perdida mirada no nota mi presencia. Algunos se corretean entre sí en un trote lento con la boca abierta. Es imposible no sentir un poco de envidia.
Cruzo la habitación percatándome de que misteriosas figuras en uniformes blancos vigilan estáticos a los allí presentes. Parecen tampoco tomar interés alguno en mi.
Al final de la estancia explota una deslumbrante luz a la que llamar celestial no haría justicia. Un inmenso magnetismo me jala hacia ella como si estuviera atado por la cintura con un arnés invisible. Mientras mas me acerco pierdo la noción de los personajes que juegan a mis espaldas hasta que desaparecen en una aurora de dorados destellos. La luz me ha rodeado plenamente ahora. Tal vez el que desaparecí fui yo.
Una línea negra se dibuja en el horizonte partiendo la claridad por el medio. Sutil. Me susurra con la suavidad que suele tener el destino que debo caminar por los umbrales que me abrirá. Mis pasos no resuenan ya que no parece haber suelo alguno bajo ellos. Aún así floto sin miedo, como quien muchas veces ya lo ha hecho, pero no por ello con idea mínima de la desembocadura de mis acciones.
El misterio se revela como una escalera de apariencia interminable. A pesar de montar en ella con extrema naturalidad, creo estar consciente de que el punto de partida de mi viaje no es necesariamente el inicio de la escalera. Sé que la inclinada pendiente, que no parece estar sujeta a pared alguna, es un ser en si misma, y tiene omnipotencia y superioridad sobre minucias como nosotros.
La gama de colores resurge, aunque de manera limitada, conforme continuo mi ascenso. Los grises se hacen mas variados y alcanzo a distinguir óvalos amarillos empañando mi vista, aunque no hay ningún sol en este espacio vació. Una puerta obscura pareciera sugerirse entre las sombras del sucio vapor que se forma cerca de la cima. Colgado de los metálicos barrotes compruebo el destino de mi viaje al ver mi escalera transformarse de nuevo en línea en la lejanía para terminar dentro del lúgubre hueco.
Podría haber subido kilómetros en segundo sin importarme mas que la voz llamándome de las tinieblas de esa nube. Juro que esa escalera era infinita y que solo una fuerza mayor, demasiado grande para resumir en cuatro vulgares letras, pudo hacer de mi éxodo un pasaje tan indoloro que fue totalmente olvidable. Todo rastro de el fue borrado al llegar a la puerta y empezar a percibir voces alegres mezclándose con cantos de aves que jamás he oído.
En esta nueva terraza redescubro la vida. Nínfas de rubios cabellos saltan la cuerda o hacen collares de flores silvestres. Salgo de la catacumba de vapor que me cubre para ser recibido con sonrisas. Duendes juegan con mucha mas viveza que los grotescos atolondrados de mi anterior estancia. Todos notan y cobijan mi llegada aunque no parece haber otro humano en vista. No uno que pudiera llamarse por completo humano, con todos los defectos y limitaciones implicadas.; había cuerpos humanos, si, pero desprendían extrema santidad y aunque caminaran uno sabía que de proponérselo volarían.
Ahora sé que nadie es infalible. Lo he pensado largamente y concluido que mi bienvenida se debió a que nunca habían visto alguien de mi clase. Asumieron mi pertenencia al grupo sin cuestionamientos solo porque nadie de mi condición había jamás llegado al paraíso que yo atestiguaba. Una paloma azul con cresta verde voló sin titubeos hacia mi hombro y, por la razón que fuere, supe que desde ese momento me tomaban por suyo. Y bello fue el tiempo que caminé entre aquellas delicadas bellezas surgidas de las mas perfectas y elevadas ambrosías. Fulgurante irradiación plasmada en paisaje de ensueño que solo se acrecentó al aproximarse el atardecer, cuando se celebraría me ceremonia de bienvenida, de acuerdo a las palabras de la inenarrable voz de una ninfa. Felicidad inaudita acudía a mi conciencia, quien profirió ingenuamente:
-Hincha tu pecho y suspira tus pesares lejos; que para pasar en este sitio solo te queda la eternidad entera.
El reaparecido sol, que parecía ser uno muy diferente al terrenal, se movía lentamente haciéndome contar sus pasos sobre su intocable firmamento. Camino girando sobre mi eje tratando de admirara cada rincón de tan exquisita gloria. Embebido en la grandiosidad provista, topo de pronto con un arroyo cristalino con peces siendo empujados corriente abajo sacudiéndose torpemente entre las rocas. Una joven albina reposa en una roca de la rivera dándome la espalda. Me pregunto si esta pescando.
-No puede pescarse en este lugar.
Sentí su voz resonar dentro de mi cabeza mas como un pensamiento que como palabra hablada en sí. ¿Cómo me oyó? Estoy seguro de no haber pronunciado sílaba.
-Eres obvio y predecible. Todavía tienes algo de mortal en ti, todo estará mejor tras la ceremonia.
A pesar de un rayo sacudiendo mi columna, decido entregarme a tan perturbador fenómeno y dirigir mis pensamientos a esta figura, ya que mi curiosidad puede mas que me miedo. ¿Dónde estoy?
-No tengo que explicarlo. Tu ya lo sabes.
¿He muerto entonces?-Noto que la idea de morir apenas me altera- Empiezo a confundirme.
-Sería un gran inconveniente que estuvieras vivo -remarcó- Podrías ser un gran daño.
¿Cómo podría y ser de efecto alguno en un lugar como este, vasto como es magnifico, y habitado de seres tan superiores?
-¿Ves eso?-dijo llevando su mano a los peces- Son las contrapartes de los peces de la tierra, sus almas.
No comprendo.
-La muerte no mata sino que la vida muere. Solo los vivos pueden matar. Nosotros no podemos tocar a los animales que aquí habitan, si un vivo los tocara, alteraría su esencia y mataría su alma y cuerpo. Pronto ya comprenderás, tal vez quieras ir a prepararte para la ceremonia.
La idea de alejarme de mi ubicación no me entra en la cabeza. La confusión me paraliza. Entonces advierto que no sé a donde deba dirigirme para ser iniciado en las vías de tan intrigante sitio.
-Ve al horizonte. Donde veas las nubes rojizas, trépalas, en realidad son arena y ceniza. Lo que verás del otro lado no puedo ya narrarlo; palabras no bastan para describir los campos sagrados.
Permanezco hincado sobre el esponjoso suelo, pero mi ansiedad crece. Mis párpados vibran incrédulos de la negación de todo lo antes conocido. Mi cuerpo convulsiona entero por dentro incandescente por la sobrecarga simultanea de una infinita gloria con un horror subyacente. Horror. Por que veo esos peces de ojos de ojos desproporcionados e inmóviles que parecen notar mi inexplicable presencia antes de perderse en los reflejos del agua mensajera de su escalofriante viaje.
Hundo mis dedos en esta extraña tierra y me llevo a rastras hasta la orilla. Debo comprobarlo. Tal vez pueda escapar esta sentencia que mi escepticismo hace parecer apelable. A cada centímetro tiemblo ante el prospecto de imágenes igualmente angustiosas como son estas almas visibles tendidas hacía mi ingrata persona, y el hecho de la muerte de esta misma, que si bien no puedo llamar trágica, de piedra estaría hecho si no indujera en mi cierta nostalgia. Con incierta dirección lanzo mi mano en dirección del agua; que me parece helada, raro que un anima pueda notar todavía cosas tan terrenas como la temperatura.
Mis desesperados movimientos debieron despertar en la joven una inquietud vacilante que solo le permitió voltear la cabeza hacia mi sin lograr hacer gesto para detener los eventos. La rapidez de su reacción dejaba ver una vaga premonición de la relevancia de los sucesos próximos, y la inexistencia de todo intento de obstaculizarme mostraba a su vez un nulo entendimiento de la situación.
Temerosos, mis dedos lograron su cometido garfeando toscamente a uno de los descerebrados peces. Extraje mi mano del agua viendo fuera de mis sentidos las convulsiones del moribundo animal. De pronto un golpe de pánico me sacudió y solté el alma, que en el suelo expiró su vida tanto aquí como en la Tierra.
Acto seguido levanté la vista para encontrarme con las pupilas rojas de mi compañera, mas aterrorizadas que las mías, por su evidente infamiliaridad con emociones desfavorables. Encontráronse nuestras miradas por segundos que contar me es imposible y finalmente emergió de ella un grito mas agudo y alarmante que cualquier otro sonido mortal pudiera imitar. Oigo los pasos de todos los otros corriendo hacia acá mientras, con la mirada enclavada en el suelo, veo como el pasto que otrora rodeara al cadáver se volvía gris y se desintegraba.
Solo entonces caigo en la terrible natura de mi crimen. Lo hago demasiado tarde, como siempre hacen los idiotas. No puedo mover un músculo bajo la pesadez de la loza que la vida me a dejado caer desde sus azoteas. La vida. Cuantos tormentos no me habría ahorrado de haber mi mano atravesado al desgraciado animal como la incompatible alma muerta que debió ser. Pero solo lo vivo mata. Y un intruso vivo llegó aquí para causar destrucción, como tantas veces lo han hecho entre ellos mismos. Burlando las dimensiones, alguien había derruido la perfección de este radiante reino sin usar nada mas que su humanidad, esa incendiaria de todas las cosas buenas, esa incorregible necia que en toda ocasión jala la cuerda en la dirección equivocada. No se si en verdad merezcamos el derecho a la voluntad que el universo nos ha otorgado pues nuestra obstinación en usarla para mal parece ser ilimitada. Tal vez ese fue el error de quien haya decidido ponernos aquí.
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En algún momento que jamás pude definir me levanté de las calcinadas plantas y inicié una caminata sin rumbo alguno y con la indecisión de un péndulo. Me encontré pronto en la nada recomendable compañía de tallos muertos carbonizados y gritos encimándose entre sí a la distancia. Con el peor odio propio rondándome cual enardecido cóndor retando a su presa, mi nublada mente no logra encender su luz para iluminar la escena que se acaba de producir. Siento como si de un golpe en la mandíbula lo hubiera olvidado todo.
El suelo esta tan manchado de muerte que ya no proyecta mi sombra, si acaso lo hizo antes, nunca reparé en ello. Al advertir que mis contradictorios pasos me habían llevado hasta el valle previo a la bronceada cordillera, una pequeña chispa derrite el marasmo de confusión por un momento para dar paso a la única clase de redención a la que seres como nosotros podemos acudir en estas situaciones. Todos han escalado hacía el lado contrario y seguramente esperan desconsolados una explicación; una mucho mejor que la que yo puedo ofrecerles, pero si me dejaran hablarles honestamente y después marcharme creo mi desamparo se solazaría. Si se me concediera ver los campos sagrados y después partir, pienso sería elixir de paz antes de olvidarlo todo.
Compruebo que la vegetación desértica de las colinas no ha sido afectada por mi espantoso atentado. Los saguaros reposan sobre la perfumada arena, serenos testigos de mi imperdonable falta, que parecen condenar con sus espinas. Después de empezar mi nuevo ascenso saltando algunos peñascos me detengo atraído por los efectos de mi presencia, me recibe en mi vistazo una horripilante cicatriz negra demoliendo el alguna vez irresistible rostro del paraíso. Quisiera llorar pero algo me dice que la desgracia acaecerá si me atrevo a parpadear siquiera, así que me conformo con arrojar una roca con furia antes de continuar mi senda.
Tras caminar sin obstáculo por un tiempo indefinido, acogido solo por el silbido de un viento cuasi-polar entre las escasas espigas doradas que se erguían de huecos entre las rocas, mis piernas comenzaron a pesar de una forma sobrenatural; estoy vivo después de todo, así que lo atribuyo al cansancio, pero mi presunción es echada por tierra al notar que cada paso acrecienta dicha carga. Nunca fui un ser fuerte, pero en ese momento mi convicción logró romper momentáneamente la barrera y seguí mi viaje, aunque notablemente disminuido, casi arrastrándome por la superficie. Proseguí lentamente con una felicidad efímera como único contrapeso a mi tortuoso castigo. Las colinas recriminaban mis actos con anguladas pendientes haciéndome contorsionar de forma monstruosa para subir. La ceniza a la que debo asirme se escapa entre mis dedos, como si los rechazara.
Mas adelante aún, toda roca firme desaparece. La arena de diminutas partículas se adueña por completo del inclemente monte. Trato de seguir avanzando mas en mas de una ocasión caigo de bruces ante la dificultad del tramo y me ahogo con el caliente polvo mezquino. Me doy cuenta de la imposibilidad de seguir reptando y trato de incorporarme con esfuerzo sobrehumano, incluso consiguiéndolo por un momento, doy 2 dolorosos pasos.
Aquí es donde la justicia me alcanza. El trecho bajo mis piernas cede y me hundo hasta la cintura sin poder oponer la menor resistencia. Mas que arenas movedizas parecieran unas cadenas escondidas bajo la anaranjada sábana. Me inunda la sensación de que esto es el fin, la fuerza se me ha ido y solo acierto a dirigir una mirada desesperanzada a la cima. Como quien mira a el verdugo que habrá de decapitarlo. Entonces decido cerrar los ojos un segundo. Una mano se aferra a mi hombro.
Apenas siento mis piernas bajo la hirviente prisión. Tal como un águila a una liebre, el solo toque de este ser atropella mis impulsos y hace ver insignificantes mis esfuerzos. Sin poder siquiera abrir la boca, me gira sin dar muestras de dificultad y me libera del asfixiante suplicio solo para llevarme cargado por un camino oscuro hacia la derecha que estoy convencido apareció de la nada.
Me acarrea de una forma extraña, mirándome de frente pero apartándome de su figura como quien lleva una peste. Drenando la fuerza de mis hombros con su poder, me aleja de ese ultimo anhelo de perdón. Veo los matices de las colinas y del violáceo cielo sin nubes desvanecerse en la sombra que se derrama de la espalda de su persona. Incluso mi conciencia es borrada de golpe y reemplazada por un ser sin mas energía que una roca, quien mira los ojos del carcelero tratando vanamente de entender.
Resolví bajar la vista y resignarme a lo que tuviera que ser y fue entonces cuando reconocí en sus ropas el uniforme blanco de los guardias de mi estancia primera. Viendo a los lados descubro que mi captor viene escoltado por otros dos personajes exactamente iguales que dirigen la cara al frente sin dirigirme la menor atención. La caravana se detiene de tajo. Por un momento puedo sentir que estamos en una infinita sala de aspecto milenario, parados en un precipicio de mármol que se forma en medio de su forma cilíndrica. Parecen haber seres encerrados y dormidos dentro de cápsulas, pero mi mareo no me permite concluir mas. Tengo tantas preguntas, debo hablar ahora. Pero apenas abro mis labios el carcelero blanco me da un empujón al vacío, en el que a pesar de su fuerza, percibo un cierto afecto paternal hacía una criatura que no sabe lo que hace. En su cara se grava una pena similar a la de quien mitiga la vida de una mascota en sufrimiento. Después se voltea y parte mientras caigo lentamente ahogándome entre las tinieblas.
El impulso fue tan fuerte que en algún punto del abismo me reencontré conmigo mismo. Ahora el temor del vertiginoso descenso me invade de desesperación mortal, pero ni así se extinguen las dudas por lo presenciado ya. ¿Cómo es que pude liberarme? ¿Por qué nadie me detuvo? Creo notar una tenue luz de escaso brillo al final del foso. Eso es lo que me pertenece, mi único lugar. Mi segura celda. La luz de una vulgar estrella me alerta a mi como a toda alimaña viviente del inicio de un nuevo día, todavía me resisto un poco. Mas me traiciono y vuelvo a cerrar los ojos para emprender la jornada de regreso. Alguien cierra un candado a mis espaldas. Maldiciendo mi suerte, despierto de nuevo en este mundo.