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El amor sin palabras

Gerardoe52Gerardoe52 Anónimo s.XI
editado octubre 2009 en Romántica
El principio del final comenzó cuando una joven pareja bailaba un vals dentro de un salón vacío y abandonado. Felices, absortos. Dejando atrás muchos años de rencor y de discordia que los afligió mientras pretendian amar a quienes no lo merecían. Pero no más, nada de eso importaba. No, nada importaba ahí, en ese momento. Felices, absortos. Sus cuerpos se desenvolvían a medida que se relajaban y se íban sumergiendo en los ojos de cada uno. No era un baile común. No era una secuencia de pasos memorizados y practicados. Llegaba más allá de una simple flama de aventura disfrazada de amor. Era un movimiento inconsciente, una fuerza que estaba fuera de lo normal. Ella y él. El y ella. Se podían sentir, se podían oler, se podían ver. Tenían los sentidos más agudos que nunca, y a la vez, se encontraban sordos, mudos, ciegos. Incapaces de percibir cualquier otra cosa que no fueran ellos mismos. Ella y él. El y ella. Felices, absortos. Dos almas danzando en un salón vacío y decadente, que por mucho tiempo fue el alma del pueblo y el lugar que presenció la mayoría de los acontecimientos importantes de la región. Inclusive aquel incidente grotesco que causó la clausuración del salón y marcó el inicio de una era de incertidumbre y pánico en el pueblo crédulo. Pero no todos olvidan, no todos callan y dejan ir, no todos perdonan.

Cegados por la paz y la armonía de su unión, la pareja feliz, absorta, ignoró la presencia de otro amor existente. Un amor corrupto e infectado con el virus del resentimiento, un amor de una sóla persona llena de rabia, el esposo. El era un hombre sano, un hombre que tenía dinero suficiente para comprar un país pequeño y que deseaba más, más, más. Obsesionado con su propio afán y viviendo a base de una felicidad disimulada, este hombre aún sentía, aún amaba a aquella mujer que perdió años atrás mientras recostada a su lado, añoraba la idea de salir volando de la habitación para nunca regresar. Este hombre afligido, descubrió el engaño de su mujer esa noche. Vió al hombre que le arrebataba a su vida de las manos, al hombre que ella tanto amaba, y que, sin titubear, la dirigía de la mano por el sendero que llegaba al salón abandonado. Fue entonces, al ver la felicidad geniuna de su esposa, cuando este hombre perdió la cordura y recogió su revólver momentos antes de seguir a la joven pareja por el camino que marcaría el final.

Esperó detrás de un árbol, en donde se podía observar el interior del salón desde el otro lado del vitral central. Esperó y esperó, tratando de razonar desde varios puntos de vista, utilizando todo su poder para concentrarse y convencerse a sí mismo de dejarlo ir, de ir a casa; pero cuando se asomaba por el vitral y los veía bailando, él podía admirar esa conexión, podía afirmar el amor que sentían ella y él. El y ella. Los podía ver felices, absortos. Y así se dió cuenta de que todos los puntos de partida llegaban al mismo lugar. –Tiene que terminar aquí, ahora– susurró, como para concluir con la discusión incierta dentro de su mente impaciente. Al quebrarse su cordura, salió corriendo de su escondite y sintió el aire helado de la noche rozar contra su cara y contra su pecho, sintió el frío metal del revólver quemándole la mano. No sabía si corría por rabia, o por miedo, pero estaba seguro de que no se iba a detener.

La joven pareja sólo pudo escuchar el estrepitoso e inevitable sonido de la puerta principal abriéndose para dar paso al hombre con el revólver en la mano y la furia en el corazón. El esposo se detuvo al abrir la puerta y dentro de su mente asustada, todo se nubló. Respirando entrecortadamente, se indignó al darse cuenta de que la joven pareja, conscientes de la presencia del esposo, seguía bailando el vals en un movimiento armónico y perfecto. Felices, absortos. Entonces, sus ojos se llenaron de lágrimas y su respiración incrementó violentamente. Caminó lentamente hacia la joven pareja y levantó la mano del revólver al mismo tiempo que juntaba todo su rencor, todo su amor y toda su discordia en el dedo índice de su mano izquierda, que apretaba una y otra vez el gatillo del revólver. La joven pareja no parecía tener miedo, dentro de ellos existía el deseo de estar juntos. En sus ojos se veía la felicidad de haberse encontrado, aunque fuera sólo por unos cuantos días. Se vieron fijamente el uno al otro por última vez y sonríeron al mismo tiempo que sentían el dolor helado y la sangre tibia que se despilfarraba por los suelos en un desfile rojo de pasión. Y de esa manera, la joven pareja cayó al suelo, con los ojos abiertos y fijos en los del otro, con una mueca indicando sonrisa, y el olor a plomo que poco a poco fue absorbido por el salón decadente. Muertos. Pero felices, absortos.

“El amor de una mujer es el amor verdadero” solían decir. Y ahora puedo comprender el significado del amor verdadero que ella sintió por él; mas en este momento estoy parado frente a cinco hombres que me ordenan dar la vuelta. Que quieren avergonzar mis años de desdicha y de soledad. Sin embargo, no lo haré, moriré mirándolos fijamente, escuchando atentamente cada resonancia en el aire y dentro de mi cuerpo, intentando imaginar que dentro de sus miradas viles y frías puedo ver la tuya, para así, sentir un poco del amor que tuviste hacia él y no morir vacío. “El amor de una mujer es el amor verdadero” el amor verdadero... un amor como el que tú le tuviste a él y que él te tuvo a ti, y que nunca se extinguirá. Persistirá por siempre dentro de ese salón triste. Donde baila la joven pareja. Felices, absortos. Y yo, me quedaré por siempre detrás del árbol, observándolos, envidiándolos. Triste, sólo.





Por Gerardo Escamilla, 23/03/09

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