Llegué. De Juan Nougués
Al alcanzar su hogar tras una hermosa velada con Diana, su amada, Dimas tomaba su celular para informar su arribo. “Llegué” escribía en el mensaje de texto, luego dos botones, y listo.
Ya llevaban nueve meses de relación, y todo era espléndido. Nunca faltaba el detalle de una rosa, una carta, o un simple “Te amo”.
En fin, todos los días que la visitaba era lo mismo: un mensaje de texto al llegar a casa. “Dale, es sólo un mensaje” le insistió ella las primeras veces, luego se volvió algo automático para él.
Sería la noche del décimo mes cumplido una noche especial. Una hermosa cena en casa de ella, ya que sus padres tenían una fiesta; luego hicieron el amor entre caricias, besos, y miradas; se amaron por otros ratos y finalmente llegó la hora de su partida.
-Prométeme que vas a cuidarte.- le pidió ella, un tanto en súplicas.
-Por favor Diana, no va a pasarme nada. No te preocupes, yo te aviso al llegar.- la intentó tranquilizar él.
-Bueno.- respondió con una tristeza juguetona pero real.
Él la besó con pasión, la abrazó con ternura, y la miró enamorado. Ella lo acompañó a la planta baja y abrió la puerta principal.
-Llámame mañana.- pidió ella.
-Ni bien me levante. Te amo Diana, demasiado.- expresó él.
-Yo también te amo Dimas. Cuídate.
Encaró la calle y se dirigió a la parada del colectivo. Como siempre, los días que hacía el amor con ella, miraba todo con fascinación: una pareja pasaba a su lado, sin sonreír, “pero felices” aseguraba Dimas; un grupo de muchachos tomando alcohol, “claramente mejores amigos” siguió inventando; taxis; el viento acariciando las hojas de un viejo árbol; un gato blanco con manchas marrones; la senda peatonal, con baldosas destruidas o sucias. De algún modo, todo era hermoso.
-Ey, vos.- dijo una voz delante de él.
Bajó la vista y por más que quiso, no pudo hacer de ello algo precioso. Permaneció callado.
-Dame todo la plata.- ordenó el sucio hombre apuntándole con un arma.
Asustado, Dimas obedeció. “No intentes nada estúpido” se advirtió a sí mismo. Debía cumplir con Diana y avisarle de su llegada. Tenía que llegar.
El ladrón dio media vuelta y encaró la huída. Dudó un instante y se volteó.
-¿Catorce pesos?- se burló, -Mocoso.
Buscó su blanco nuevamente y accionó el gatillo sin vacilar.
“Diana” pensó mientras la bala se acercaba a una inconcebible velocidad.
Un muchacho caminaba hablando por celular cuando lo vio allí: Dimas expulsaba sangre por la nariz, orejas y boca; una herida en el vientre; gemidos de lamento. El asustadizo joven cortó la llamada y marcó unos números en su teléfono móvil.
-¡Una ambulancia, de inmediato!- pidió mientras se arrodillaba cerca del herido, informó la calle del suceso, y una lágrima asomó por sus ojos.
Una luz, ahora sombras; un doctor, y luego nada; las últimas palabras que en vida escucharía, y luego, silenciosas, las suyas.
-Hora de muerte: veintitrés horas, cincuenta minutos (23:50).
-D…Diana.
La dulce muchacha lloraba insaciablemente, ¿qué estaría pasando allí dentro?
Una puerta se abrió y el doctor Suárez cruzó por ella.
-¿Diana Gómez?- preguntó con un papel en mano.
Ella levantó la mano y el profesional se acercó.
-Hicimos todo lo posible por salvarlo, lo lamento.- informó tristemente Suárez.
Las lágrimas formaron un río, comenzando en los ojos, muriendo cerca del mentón.
No más que un minuto pasó cuando su celular vibró y sonó en su bolsillo. Era un mensaje de texto.
“Llegué. Hora de envío: 23: 51”.
Para Pablo, mi hermano.
Gracias.
Juan Nougués
Comentarios
Como critica, creo que faltan algunas comas por ahí.
También anoto esta frase que me suena algo confusa:
"luego fue se volvió algo automático para él."
Tal ves le falte una coma o sobre el "fue".
Muy bien.