6 de la mañana. Me da por ahí escribir un diario aún sin creer que la tontería me vaya a durar más de un día. Decido que en lugar de hacer un resumen de las cosas que me ocurrieron ayer voy a jugar a adivinar las luces y sombras que hoy me esperan. Comienzo pues a tantear con las yemas de mis dedos las posibles formas de las horas que me van llegando. Hoy va a ser un día en el que no voy a follar, no voy a ver a ningún amigo o familiar ni a conocer a nadie nuevo. Tampoco creo que vaya al cine, mejor ir descartando posibilidades.
Hoy es un día en el que, si tuviese dinero, joder, me gustaría entrar en esa librería y comprar todos los libros. No lo tengo, o, mejor dicho, poseo lo justo para que la nevera nunca esté vacía. Casualmente hoy lo está, aunque se debe más bien a la sempiterna pereza que, jugando con mi pelo y enseñándome su cuerpo, me mece con suavidad en un movimiento pendular en torno a un centro, en mi ombligo o en mi pecho. Sus ojos me gritan canciones de cuna y la idea de escapar de ese cuerpo, manto de piel mate, clara, fricciónceroizada, es sencillamente algo difícil de contemplar.
La inacción es un tema importante, recurrente, en mi día a día. Cabe la posibilidad de que con este diario esté intentando romper el maleficio erótico que me encadena a mi cuerpo y a mi cuerpo al Cuerpo con "C" mayúscula. Cuerpo surgido de las cenizas de miradas y frases y palmadas en la espalda o apretones de manos.
Vaticino, vaticino: hoy será un gran día con su gran normalidad. Con sus psicóticas revelaciones de rugoso tacto en la pared o extraños bailes de piernas, acompañamiento de notas inaudibles para el hombre enfermo, infectado por el virus de la buenasaludmentalnormalización. Las palomas se posarán, como cada día, en la ventana que mantengo abierta en la sala de estar los meses de verano. Los edificios asomaran sus torsos también en la estampa y sé que sabré apreciar la belleza del bloque sin mayor pretensión de forma. No sólo hay belleza en la naturaleza. Es mi intención reivindicar nuestra pertenencia a lo bello.
Esos bloques simétricos y desnudos albergan vidas, laten, miran y, a menudo, en mi descuido me pillan desnudo en una soledad frenética o soy yo el que agazapado, semioculto tras la cortina, aprovecho los descuidos. Los otros edificios, de formas más complejas, complementados con adornos de piedra escavada en canteras solitarias, horneados en hornos de vacío, pensados como excusa ante el mortal desenlace al final de la escapada, son despreciables pues distraen a los ojos de la gente que hay en su interior. La resaca de las olas del mar de dudas sangrantes, con mareas de lunas diurnas, deja en mí una espuma champañosa, pujante por salir de mí a lomos de un grito: ¡Viva la Bauhaus! pero siempre topa en la garganta con un dique con "C" mayúscula, las aguas vuelven a su cauce y no me queda más que agachar la cabeza y seguir adelante, un paso tras otro, los zapatos bien ataditos.
En este punto, tiemblo de nostalgia ficticia de otras vidas que no he vivido pero sé que de haberlo hecho, la nostalgia de sus momentos sería como la que ahora me invento, y lo único que me apetece hacer ahora, es tumbarme a revivir esos dulces acontecimientos fuera de la línea del tiempo. Y no volver a escribir un diario nunca más.