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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Mi amiga vino a visitarme a mi pueblo
Veníamos planeando este viaje desde nueve meses atrás. Mi amiga no venía nunca a visitarme, porque era de un pueblo muy distante del mío, aunque de tanto insistir accedió. La invité a pasar un finde. En casa tenemos suficiente espacio, y cuando mi hermana se casó y se mudó, empleamos su cuarto para estos casos, de modo que no había problema por falta de camas. Mi amiga le dijo a su madre que se venía a mi pueblo y a mi casa tres días y dos noches.
Su visita fue lo más novedoso para mí en mucho tiempo. Mi amiga es una mujer clásica, pero tiene un toque sensual que no sabría definir; quizás su culo redondo, que parece decir “tócame”, o quizás sus tetas empinadas, o quizás su exótica cara. Claro que hasta ahora no sabía que es bisexual, pero con una experiencia como esta es cuando te percatas, porque aun teniendo amigas en común con la misma tendencia sexual, jamás pensé que mi amiga acabaría siendo bisexual.
Apenas entró a casa se duchó y se cambió de ropa. Se puso una camiseta negra ajustada, un mini vaqueros y una sudadera gris, lo que la hacía estar frita de calor, y más teniendo en cuenta el trajín del largo viaje en autobús.
Mi padre nos trajo una caja de botellines de cervezas, y enseguida nos tomamos uno cada una. El resto lo dejamos para una mejor oportunidad. Habían dicho en la tele que la temperatura durante las noches de ese finde iba a subir, así que ya teníamos con qué sofocar nuestros calores nocturnos.
El primer día pasó con normalidad; botellín en mano hablábamos de nuestras cosas íntimas, como buenas amigas que somos, nos poníamos al tanto de los chismes, habitual vía móvil. Me contó que había tenido una relación con un chico un año menor que ella, pero que lo habían dejado para estar con una mujer madura de 42 años. A él le escoció la separación, pero enseguida se recuperó. Mi amiga tiene 25 años y yo 23.
El segundo día, en cambio, fue al principio desconcertante. Y no sabía por qué todo el tiempo me sentía excitada. Extraño en mí porque no era mi etapa hormonal y faltaba diez días para que me bajase la regla. A pesar de esto, sentía un extraño palpitar en mi clítoris, y más todavía cuando veía a mi amiga ligerita de ropa, sin yo entender porqué…
Aquella noche era la segunda y última que se quedaba a solas conmigo Al día siguiente, debía cumplir con una visita a mi familia, a la que había prometido acudir, de modo que una vez que cenamos, nos atrincheramos en el dormitorio de mi hermana, y tomamos cervezas y hablamos. Nos bebimos cinco botellines cada una, y como era de prever, hacían su efecto. Estábamos alegres, no beodas. Tumbadas en un colchón sobre el suelo y viendo tele, pasamos unas horas. Vestía yo mini pantalón y blusa; y ella, minifalda y blusa fina, pero su escote era atrevido, insinuante. Y las dos, descalzas y desinhibidas, hablábamos y nos reíamos del mundo...
De pronto cogió otro botellín y se lo llevó a la boca. Me quedaba mirando cómo bebía y cómo caía cerveza en su canalillo. Y ahí empezó todo. En un arrebato y sintiendo un insistente palpitar en mi coño, del canalillo me puse a lamer gota a gota. Me miró a los ojos, pero desvié los míos y los llevé a sus tetas, cuyos pezones se transparentaban en la blusa mojada de cerveza; estaban de punta y parecían duros…
—No tiene perdón quien desperdicie, aunque una sola gota de cerveza -dije, disimulando.
Sonrió, y después se volcó adrede cerveza sobre sus pezones, loca volviéndome. Pronto se les remarcaron en su blusa Tiré de ella, la tendí sobre el colchón y busqué su boca con la mía. Me la ofreció y nos besamos con una pasión . Lamía su lengua la mía enloquecedoramente. “¡Te cogí!”, se diría, a la vez que rasgaba mi blusa, alzando los brazos en línea recta para que sacase mis pechos. Gran sorpresa en sus ojos cuando veía que eran más grandes de lo que imaginaba. No llevaba sujetador y los pezones los tenía rabiosos, como pidiendo guerra...
Después de devorarme a su antojo los pezones, su boca bajó despacio hasta mi sexo, al cual lamió desesperadamente por todos lados, deteniéndose especialmente en el clítoris. Pero mis manos no quedaban quietas: una le acariciaba los muslos, y la otra tocaba su redondo culo. Y ahora me apetece decir que mientras su fogosa lengua lamía mi clítoris, los rugidos que salían de mi boca eran más placenteros que los que había tenido con mi exnovio y con otra relación masculina que me había surgido para hacer el Amor.
Nos explayábamos a la carta, soltando rugidos de lobo. La miraba entre feliz y pasmada. No sabía qué era lo que me había puesto así ni que ella hubiese planeado todo esto, pero lejos de rechazarlo, me gustó. Lamí su sexo todas las veces que me venían en ganas y con disposición por parte de ella, que veía que estaba disfrutando hasta la extenuación.
—¡Me pone cachonda verte disfrutes de mi desnudez! -exclamó, como un agradecimiento.
Como su sexo estaba completamente abierto y empapado, me decía mi amiga que continuase y que no parase. Cerraba los ojos y se entregaba a nuevas sensaciones, que sabíamos que llegarían. Con vaivenes rápidos, alternados con suaves, hice mío su sexo con succiones que ni yo sabía que supiese hacer. Mis manos se iban a sus duros y erectos pezones, a la vez que ella chupaba los míos. Después de haberle causado no sé cuántos climax, se incorporó y, besándome me dejé desnudar. Yo estaba más caliente que una chimenea. Hizo ella la misma maniobra que yo con ella, pero con más maña, con una sabiduría lésbica, arrancándome aullidos inhumanos.
Y así nos mantuvimos hasta las tantas de la madrugada, y después de un orgasmo más cada una, el cansancio y el sueño hicieron su aparición y las dos nos quedamos rendidas y profundamente dormidas.
A las seis de la tarde del día siguiente, fui a acompañarla a la parada del autobús. Mientras nos despedíamos, cambiábamos una sonrisa y una mirada cómplice. Entristecida pero feliz caminaba de regreso a mi casa, y en el trayecto iba pensando:
“Para salir un poco de la monotonía fastidiosa y agobiante que hay en este retrógrado pueblo, donde se critica todo, incluso sin motivo, por lo que sería mal visto follar con un hombre no estando casada con él, a veces se hace necesario y casi obligado follar con una mujer, y mejor si ésta es una amiga, para así no levantar sospecha”.
