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Depravación del sádico Marqués No

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


  • Depravación del sádico Marqués No

    Escondido detrás de una mugrienta cortina de plástico de un herrumbroso y abandonado matadero, Aníbal fue testigo ocular de la despiadada violación a una adolescente de una apariencia gazmoña y remilgada. 

    Lloraba a mares, mientras cinco mastodónticos seres la encadenaban a un desconchado pilar y profanaban la flor inexplorada de su inmaculada virginidad.
     
    Cuando daban fin a la escabrosa atrocidad inhumana que inventaban para vehicular su voracidad vesánica, se desprendían del mefistofélico halo para investirse de ínfulas de falsas y ufanas respetabilidad farisea
     
    Sola quedada tendida como pingajo, incapaz de moverse y proferir palabra, como si con el ultraje a su carne los matones se hubieran quedado con su voz desgañitada.
     
    Aníbal miraba durante las dos horas que permanecía en el sórdido matadero, sollozando, con su semblante mundano y trivial, anegado por las lágrimas.
     
    Su enjuto cuerpo temblaba como junco mecido por brisa. Eso había ocurrido en la Sierra Norte de Sevilla, hacía más de 35 años.
     
    Aníbal no la socorría; era un pusilánime sobrecogido por el turbión de la ferocidad asoladora de aquellos cinco seres humanos, por llamarles de algún modo, que estaban plantados en sus facetas más monstruosa y degradada.
     
    Aún recordaba su cabello rubio veteado de finas hebras ondulando su humedecida faz, distorsionada por el espanto. Su pelo era un velo que cubría una desnudez no agraciada que se ocultaba por pudor.
     
    Desde ese día era succionado por la intensidad de ese macabro instante, reteniéndolo, cautivo, reviviéndolo con mezcolanza de fascinación y repugnancia. Se sentía hechizado, adicto a la obsesión de un mirador alienado; esclavo del recuerdo, evocando la desdicha de aquella plañidera colegiala Marta devastada por cinco energúmenos encapuchados y hercúleos como titanes.
     
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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    • En Marta había encontrado su reverso perfecto; la mitad pútrida de la manzana que le ensamblaba. La muchacha gozaba del mercadeo que la denigraba a la nefanda condición de baratija intercambiable en manos de machos rijosos, sin escrúpulos ni moral.
       
      Marta le permitía mirar, espiarla clandestinamente mientras se retorcía desbocada, o gemía convertida en marioneta contorsionista, o cuando se convertía en piel fustigada y en carne expositora profanada y vejada.
       
      Escondido detrás de los murales de salón, oculto como un espectro en el interior de un armario, invisible tras puerta contigua de un cuarto, Aníbal volvía a ser el chico medroso que fuese testigo de tan brutal violación.
       
      Marta rozaba el éxtasis con vergas de identidades anónimas, sabiendo que Aníbal estaba cerca como un mirón apadrinado, convertido en lascivia reprimida y pasión coagulada, prisionera en la mazmorra del deseo. Su relación consensuada se gobernaba por dogmas y preceptos inquebrantables:

      Aníbal jamás podría participar en las sesiones de doma y masoquismo, a las que ella se daba con diligente docilidad, como una sierva sumisa que pretendía ser para sus amos; dueños de su cuerpo, de su mente, y hasta de su vida.
       
      Tampoco lo pretendía, porque su naturaleza era apocada. Su fruición emanaba de la estática observación, cual centinela de barro apostado en rincón, que sólo pudiese ver con vidriosos ojos inertes.
       
      Los privados ocasos sicalípticos de pletórica voluptuosidad lo mantenían proyectado en un pasado encendido como un faro de noche, excitado, vibrátil cual antena receptora de estímulos lujuriantes.
       
      El Marqués No entraba a zancadas a esa sórdida sala de tortura, rebufando encolerizado. Su aspecto torvo y despiadado le confería un halo tenebroso de un verdugo medieval que goza con la execrable misión de infligir dolor.

      Tenía torso acolchado, como almohadilla revenida. Su envergadura se asemejaba a la de un rinoceronte. Sus piernas eran achaparradas, y la testa, calva y ovoide se arrellanaba indolente sobre el pecho, frente a la ausencia de un cuello robusto que la sustentase.
       
      El remozado y maloliente habitáculo del garaje, como un calabozo medieval, no estaba muy iluminado, sólo por un fluorescente parpadeante que pendía de un techo sucio cual tarántula mutante. En el suelo había charcos de aceite, que a Aníbal se le antojaban regueros de sangre de una reyerta entre clanes enemigos.

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Marta oscilaba en el techo, suspendida boca abajo como una res sacrificada. Si bien, de su semblante dimanaba expresión de beatitud estática, como si estuviese en medio de un trance de trasvase espiritual. Su desnudo era como un pergamino de moratones y tumefacta piel bermeja supurante. Sólo su rostro permanecía incólume al sádico castigo del troglodita torturador.
     
    Aníbal se removía inquieto, tras un bastión de bidones al apercibirse del sufrimiento que soportaba su aliada exhibicionista. Eran evidentes las rajas que habían dejado en su piel los infinitos latigazos que el inmisericorde le infligía con sátira bestialidad. Marta aullaba de dolor a cada zurriagazo con varas de metal, de madera o de plástico inflexible.
     
    Pero no mutaba su expresión de sumisión. Su cuerpo temblaba, oscilaba sostenida por una gruesa cuerda que laceraba los tobillos y las muñecas de la pobre muchacha.

    Sus piernas estaban separadas en un ángulo forzado que parecía que se fuesen a romper en cualquier momento.
     
    El Marqués No la miraba feliz. Se relamía los labios, como si viese humeantes platos de gran buqué, dispuesto sobre la mesa de un refectorio.
     
    Se aproximaba a una mesa, sobre la que reposaba un arsenal de cachivaches eróticos, de dimensiones inconcebibles y formas de lo más extravagantes. Dejaba una ristra de bolas de plástico duro engarzadas a una alineación mediante un cordel, cogía un raro artilugio mecánico con tentáculos metálicos que al juntarse producían sobrecogedores chispazos.
     
    Aníbal temía lo peor, sentía como el gaznate se le constreñía, rea de pavor y placer. El marqués No manipulaba con dedos carnicero la tórrida cavidad pélvica de su abnegada sierva, que se retorcía de placer, a la vez que recibía una descarga en su entrepierna.
     
    Los elongados brazos metálicos picoteaban su piel causándole chasquidos de tormenta, creando chispas azulesverdosas como avispones eléctricos. Donde el cuerpo adolescente se mostraba rebosante, proyectaba el artefacto su ira, aguijoneándolo, atormentándolo, mortificándolo con incisivas dentelladas. Donde las descargas eléctricas desencadenaban sufrimiento, la piel quedaba tumefacta, carmesí como un sanguinolento coágulo.
     
    Marta empezaba a balbucear sollozos terribles; lloraba como cuando adolescente era vejada en un matadero abandonado.
     
    Aníbal no podía más, tenía que ayudar a su amiga. El sadismo extremo estaba yendo demasiado lejos. No podía permitir que la matara. Marta sufría terriblemente. Salía de su cueva vociferando mandatos imperativos, cual implacable jefe. El marqués No lo miraba, socarrón y presuntuoso, con lástima. Le dejaba avanzar, le permitía que representase su papel de héroe al rescate de su princesita arrebatada.
     
    Aníbal podía vislumbrar la cara de Marta. Lo que descubría en sus ojos, sin embargo, no era agradecimiento, sino enojo, vergüenza y decepción. No lo entendía. El Marqués No quería desgarrarla cual si fuese una becerra sacrificable, y ella, por algún motivo, parecía satisfecha y anhelosa por seguir con su martirio voluntario.
     
    Esos instantes de vacilación los aprovechaba el torturador para atenazarle con sus poderosas manos y propinarle un puñetazo espantoso en el estómago. Aníbal quedaba en el suelo arracimado, cual ovillo de lana tosiendo, resollando con dificultad. Intentaba levantarse, escapar de aquel santuario de depravación y dolor, pero el Marqués No volvía a inmovilizarlo con brazos duchos en liza.
     
    Pero, de pronto, los tentáculos eléctricos le reventaban la espalda con una sola descarga, aunque portentosa. Cuando abría los ojos, mareado, exhausto, se apercibía horrorizado de que pendía de un gancho bocabajo y desnudo, a merced del despiadado carnicero.
     
    Marta lo espiaba tras la barricada de bidones, expectante y orgullosa de su amo.
     
    El Marqués No hacía restallar en el suelo un pavoroso látigo de cuero, se relamía los labios y descargaba el primer correazo, y así hasta diez seguidos. Pero en Marta podía más la valentía y arrojo de su defensor de siempre que el gusto que le daba su supuesto amo. Le estaba cogiendo cariño.

    Con fuerza inusitada, salida de lo más hondo de su ser, se quitaba como mejor podía los correajes, le daba un empujón al Marques No, que caía en un hondo agujero. Desataba a Aníbal de sus ataduras, y juntos y corriendo huían sin rumbo.

    LA CAJA DE MSICA 4 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR  - Pgina 13 A_depr10

    A Chávez López
    Sevilla ago 2026

     

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