Depravación del sádico Marqués No
Escondido detrás de una mugrienta cortina de plástico de un herrumbroso y abandonado matadero, Aníbal fue testigo ocular de la despiadada violación a una adolescente de una apariencia gazmoña y remilgada.
Lloraba a mares, mientras cinco mastodónticos seres la encadenaban a un desconchado pilar y profanaban la flor inexplorada de su inmaculada virginidad.
Cuando daban fin a la escabrosa atrocidad inhumana que inventaban para vehicular su voracidad vesánica, se desprendían del mefistofélico halo para investirse de ínfulas de falsas y ufanas respetabilidad farisea
Sola quedada tendida como pingajo, incapaz de moverse y proferir palabra, como si con el ultraje a su carne los matones se hubieran quedado con su voz desgañitada.
Aníbal miraba durante las dos horas que permanecía en el sórdido matadero, sollozando, con su semblante mundano y trivial, anegado por las lágrimas.
Su enjuto cuerpo temblaba como junco mecido por brisa. Eso había ocurrido en la Sierra Norte de Sevilla, hacía más de 35 años.
Aníbal no la socorría; era un pusilánime sobrecogido por el turbión de la ferocidad asoladora de aquellos cinco seres humanos, por llamarles de algún modo, que estaban plantados en sus facetas más monstruosa y degradada.
Aún recordaba su cabello rubio veteado de finas hebras ondulando su humedecida faz, distorsionada por el espanto. Su pelo era un velo que cubría una desnudez no agraciada que se ocultaba por pudor.
Desde ese día era succionado por la intensidad de ese macabro instante, reteniéndolo, cautivo, reviviéndolo con mezcolanza de fascinación y repugnancia. Se sentía hechizado, adicto a la obsesión de un mirador alienado; esclavo del recuerdo, evocando la desdicha de aquella plañidera colegiala Marta devastada por cinco energúmenos encapuchados y hercúleos como titanes.
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Aníbal jamás podría participar en las sesiones de doma y masoquismo, a las que ella se daba con diligente docilidad, como una sierva sumisa que pretendía ser para sus amos; dueños de su cuerpo, de su mente, y hasta de su vida.
Tenía torso acolchado, como almohadilla revenida. Su envergadura se asemejaba a la de un rinoceronte. Sus piernas eran achaparradas, y la testa, calva y ovoide se arrellanaba indolente sobre el pecho, frente a la ausencia de un cuello robusto que la sustentase.
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Marta oscilaba en el techo, suspendida boca abajo como una res sacrificada. Si bien, de su semblante dimanaba expresión de beatitud estática, como si estuviese en medio de un trance de trasvase espiritual. Su desnudo era como un pergamino de moratones y tumefacta piel bermeja supurante. Sólo su rostro permanecía incólume al sádico castigo del troglodita torturador.
Sus piernas estaban separadas en un ángulo forzado que parecía que se fuesen a romper en cualquier momento.
Con fuerza inusitada, salida de lo más hondo de su ser, se quitaba como mejor podía los correajes, le daba un empujón al Marques No, que caía en un hondo agujero. Desataba a Aníbal de sus ataduras, y juntos y corriendo huían sin rumbo.
A Chávez López
Sevilla ago 2026