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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII

Todos los días iré a comprar un libro
Después de una dura jornada laboral de diez horas, llegué a mi casa a las cuatro. Me pegué una siesta de dos horas, y a eso de las seis y media me fui al baño y me bañé con agua tibia, pero antes eché en la bañera sales de baño de algas marinas Bleu & Marine.
Me salí del espumoso saneamiento al cabo de media hora, cogí una toalla grande y me sequé todo el cuerpo, deteniéndome premeditadamente en mis intimidades más íntimas.
Seguidamente me perfumé todos los rincones de mi siluetada anatomía con mi perfume favorito de los Tres Quizás, de Loewe. Pero, pese a mi esmero con sales y perfume, mi sexo seguía oliendo a sexo. Me salí del baño y me fui a mi dormitorio, metí mis hermosos pechos en un generoso sujetador rojo, y me puse mi tanga rojo.
Después de recrearme un buen rato mirando en el espejo vertical mi rellenito pero esbelto palmito, me embutí en un vestido rojo, ceñido y corto, y finalmente me calcé mis sandalias rojas de tacón. Cogí mi bolso rojo, y muy equipada salí de mi casa.
Crucé, puta, mi calle. Llegué a la librería de mi pueblo. Mi amiga Curra (que aún no había catado macho y ya tenía 25 tacos) cumplía años ese viernes, y yo quería regalarle un libro; sí, de esos eróticos libros que incitan a buscar urgentemente un pene.
La campanilla de la puerta de la librería sonó varias veces, pero, al igual que siempre, Pepe, el maduro, propietario del negocio, que, por cierto, es guapísimo y está buenísimo, ni siquiera me miró.
Caminé despacio entre los pasillos del local mirando títulos, pero sin pajolera idea de cuál elegir. Miré a un lado y otro para ver si había alguien a quién preguntar. Nadie había, salvo Pepe, que me percataba que estaba observando todos mis movimientos.
Al fin, vi uno con un título sugerente: Ya probé, que sobresalía de lo más alto de una estantería. Pepe, que no me quitaba ojo de encima, me indicó con los ojos que cogiese la escalerilla de aluminio que estaba ala lado. Le sonreí en la distancia, y empecé a subir peldaños.
Mis caderas se iban cimbreando, provocativas, mis pechos rebotaban y el olor de mi sexo viajó hasta Pepe, que leí de su cara que su pene se llenó de deseo.
¿Pensaría en mi lujuriosa cueva, en mis duras nalgas y en mis puntiagudos pechos queriéndose fugar de la prisión de la tela del sujetador?
Pienso que sí, porque, peldaño a peldaño, mi mirada en el libro, una mano tibia se aferró a uno de mis muslos, erizándolo. Otra mano se alargó y abarcó un pecho, cuyo pezón se ponía firme. Mi cabeza se giró hacia abajo y mi vista expectante. Y allí estaba Pepe, detrás de mí subiendo.
En el siguiente peldaño, nuestros olores se entremezclaban. El temor a caernos hacía que al uno al otro nos sostuviésemos. Mi afiebrada entrepierna no podía más. Mi cerebro ordenó a una de mis manos que se aferrase a la bragueta del macho que me seguía; y, de pronto, un jadeo liberador rompía el silencio.
Pepe tiraba de mí y me llevaba a la trastienda de la tienda; donde, entre caricias escrutadoras y besos enroscados y más jadeos y hasta rugidos, nos revolcamos. ¡Y al libro, ni caso!
Finalmente, aquel macizo cuarentón me hacía mujer ¡Y hasta tres veces mujer! Hecho que requería un cavilar: "se veía que Pepe estaba tan famélico de vagina inexperta como yo de pene experto".
A Chávez López
Sevilla ago 2026
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