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Un despecho por derecho

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 4 de agosto en Erótica



Un despecho por derecho

No podía ordenar mis pensamientos. El cabrón de mi marido me dijo que teníamos que dejarlo, que era lo mejor para los dos. Veinticinco años con él y dos hijos. Me sentía un animal agonizante. Y me dijo eso a la una de la madrugada de un lunes. Sara y Mateos, mis hijos, estaban en otra ciudad estudiando en la universidad. Mi marido se fue de casa sin siquiera decirme adiós. Sabía que me la estaba pegando con unas y otras, pero mi Amor por él hacía perdonarlo. Pero ahora, era disímil, el hijoputa cincuentón se había encaprichado con una chica 24 años más joven que él.

A mis 44, lo tenía decidido. Me miré al espejo y, aunque mis pechos estaban un poco caídos, soy lo que dice mi hija: una corpórea; nalgas ajustadas, sin celulitis, alzadas y redondos pechos, 1,73 de estatura y media melena por mi rostro anguloso porque me gusto más. Esa noche me pinté los labios de un carmín rojo chilló, me puse un vestido negro ajustado, quince centímetros por encima de las rodillas. Y como decidí mostrarme  como puta, salí a la calle sin bragas ni sujetador. Iba a por todas.

Crucé media ciudad con el coche. Eran las dos de la madrugada de un lunes. Vi un pequeño garito que aún tenía luz, aparqué enfrente. Me bajé y con un taconeo sonoro entré en el establecimiento. El camarero estaba barriendo, a la vez que hablaba con uno, ataviado de chándal rojo, zapatillas deportivas, y gorra de colores fosforescentes. En el cuello llevaba un collar, anillos en todos los dedos de las manos y tres pulseras en cada muñeca. El camarero era un vejete calvo que llevaba un delantal y tenía los ojos estrábicos. Me senté en un taburete de la barra, y…“¡hostia!”, escuché ese taco a mi espalda. Me giraba, a la vez que mi vestido se subía.

—Ya es tarde, pero sólo quería un whisky doble sin hielo ni agua, por favor.
—Claro, señora, veo que le gusta a usted las cosas fuerte. Enseguida se lo sirvo.

Pasó tras la barra y miró al chico, que estaba sentado. Me sirvió el whisky y se fue a hablar con él. Me ladeé y, abrí la piernas, de modo que mi sexo quedó a la vista se los dos. Cuchicheaban entre ellos. Pude escuchar como el chico le decía: “¡no lleva bragas!”. Su mirada hacia mí era de atacarme de un momento a otro. Me volví con la mirada clavada en las botellas que tenía enfrente. Tras mía, oía pasos ligeros y veía que las persianas del local las bajaban. Al darme la vuelta, el chico estaba delante de mí; era más bajo que yo, y su porte era achulado. Se alzó la gorra me subió más el vestido. Sentada en el taburete sentía mi clítoris palpitar.

—¡Eres una puta zorra sin bragas! —me dijo el chico.
—¡Y qué, chulo de mierda! -respondí. No es ese mi lenguaje, pero no podía dejarme intimidar.

Sin más dilación, me cogió del vestido y me sacó los pechos. El camarero sólo miraba. Dio una patada al taburete y yo caí al suelo. Con los tacones altos no podía levantarme. Al intentarlo, tenía su pene a la altura de mi boca. Quise decir algo, pero su pene estaba ya en mi garganta.

Me tenía atenazada la nuca. Literalmente le estaba haciendo el Amor con la boca. No podía respirar, escuchaba el tintineo de los collares y las pulseras. Se detuvo un momento y, por fin, pude coger una bocanada de aire, pero no me dio tregua, otra vez me la metió en la boca y empezó a meterla y a sacarla vertiginosamente, hasta descargar dentro.

—¡Trágate todo el semen, zorra! -decía.

-sigue y termina en página siguiente-

 

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Mis ojos estaban llorosos, me venían arcadas y babeaba. Por fin, me soltó. Me levantó del tirón y me llevó a una de las mesas, me abrió las piernas y, otra vez bombeó semen hasta descargar en mi vagina. De pronto, apareció el camarero, se pajeó y soltó el semen, dejándome la cara embadurnada.

    —¡Esta tía ha tenido ya tres o cuatro orgasmos! —dijo el chico.
    —¡Venía por un pene y ha encontrado dos! —dijo el camarero, riéndose.

    Me arreglé un poco la ropa y el pelo, el camarero levantó la persiana y yo me fui a todo gas y sin pagar el whisky.

    A la mañana siguiente no me reconocía. Había sido un impulso alocado. Pero, la verdad es que disfruté de lo lindo. Y sí, tuve tres orgasmos casi seguidos, como en una escena de ópera bufa. Parecía algo irreal.

    Pasaban los días y me sentía sola. Aún no había informado de nuestra situación matrimonial a mis hijos. Decidía salir otra vez, sentía ansia de aventuras. Por un lado, me atemorizaba, pero por el otro me sentía atraída como imán. Aproveché para darme una vuelta por la playa. Pese a que todavía no era verano, hacía calor. Me alojé en un hostal. Salí por la noche. Esta vez con unos vaqueros ajustados y una blusa con generoso escote, y también sin bragas ni sujetador.

    Recalé en un local fiestero poco concurrido, pese a que corría la sangría a un precio barato. Bebí sangría y entonces me percaté de que me sentía observada por un macarra mulato, que llevaba unos pendientes y unos vaqueros destartalados que le marcaban un hermoso paquete- Unos botines rojos estridentes y una camiseta blanca sin mangas. Era fortachón, con cara guapa, rapado, nariz gruesa y ojos negros y grandes.

    Me miraba escrutadoramente. Hice que se me cayera el bolso y me agaché de modo que me pudiera ver los muslos. Su mirada se hacía más radioactiva a través de sus grandes ojos. Vino hacía mí. Se presentó como Samy, defensor de los derechos humanos; de hecho, era un sin papeles. Rodeó mi cintura con el brazo y me invitó a beber sangría, como si me conociese de toda la vida. Me pidió que diésemos un paseo por la orilla de la playa. Bajamos hasta el malecón. No tardó en cogerme el culo  y en besarme en los labios. Me sacó los pechos. Se desabrochó la bragueta y sus vaqueros hasta los tobillos. Se sacó el pene, que era enorme. Se tumbó en una hamaca, empinado su pene.  Yo empecé a lamerlo. En un movimiento atlético, cambiamos de posición, me alzó las piernas y me succionó el clítoris, que ya estaba a cien. Se puso en posición de ataque, empujó y bombeó, y, sin avisarme,  después me clavó el pene en el ano y yo solté un alarido, pero me gustó. Sacó el pene de mi ano y volvió a la vagina, empezando un galope.  Gozaba yo como nunca de un sexo de hombre. Estreché mis piernas en su cintura.

    —¿Te gusta lo que te estoy haciendo?
    —¡Me chifla, sigue sin parar! -le dije.

    Entonces, unas embestidas profundas me hacían estar en el paraíso

    —¡Toma pene, para que disfrutes a tope! -me decía.

    Descargué como una regadera. Él se levantó y me puso el pene en la boca, atenazándome la nuca. Noté viscosidad en mi garganta, lo mantuve en la boca y respiraba por la nariz. Pero me hizo una pinza en la nariz y no podía respirar y tuve que tragar. Me quedé exhausta. Al recuperarme, vi que se iba, sin siquiera abrocharse la cremallera de la bragueta.

    Había pasado sólo tres días de mi separación y ya había intimado con dos tíos.

    No sé qué me va a deparar el futuro. Quizá vaya para puta. Sólo sé que me siento puta y me gusta mostrarme puta. ¡Y al carajo mi dinero, mis dos empresas, mi reputación, mi exmarido y su puta amante veinteañera!


    A Chávez López
    Sevilla ago 2026

     :)

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