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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII

Me llamo Alejandra y nací en la ciudad de Sevilla, pero vivo en la capital de España, Madrid.
Lo que les voy a contar a continuación ha sucedido en realidad, pero altero intencionadamente algunos datos personales, con la idea de respetar la privacidad de los dos protagonistas.
Me era urgente cambiar de pareja
Todos tenemos un lado oculto; una parte secreta y oscura que nadie conoce, pero cuya existencia tenemos que admitir. Mi lado oculto se llama Mario, un chico sevillano guapísimo de 33 años, tres más que yo.
Ejercía yo de ginecóloga en Madrid y él de ginecólogo en Sevilla. A pesar de lo que pueda parecer, nuestro punto de contacto no era la Ginecología; lo conocí a través de un videojuego, al que mi novio, con el que tenía una larga relación, llena a tope de altibajos, se había aficionado cuando comenzamos a vivir juntos, tres años ya. Y nuestras casi permanentes discusiones eran que yo ansiaba tener, al menos un hijo, a lo que él se negaba.
Una noche me pedía mi novio que telefonease a Mario, que era uno de los jugadores con los que jugaba, para decirle que no se podía conectar porque teníamos problemas con el Internet.
Mario sabía quién era yo; y, tras breves mensajes, le decía que podía llamarme cuando quisiera: “por si necesitaba algo de mí”. Pero decía eso sin imaginarme que era en ese momento cuando comenzaba a caer en una vorágine de dulce perversión, de la que no tenía posibilidad de volverme atrás ni quería volverme atrás, pero no sabía si me iba a arrepentir.
Días después de eso, una madrugada del mes julio, que, como venía siendo normal, no podía dormir, tenía las puertas de la ventana de mi dormitorio abiertas de par en par, y la luz de la Luna llena arrancaba un destello plateado al sudor que perlaba mi cuerpo, completamente desnudo. Hacía un calor sofocante. Y a mi lado, en nuestra cama, mi novio impasible roncaba y, para no variar de los último años, ni siquiera me había mirado. Cogía mi móvil, sin saber qué hacer para vencer mi insomnio, y lo que hacía era releer unos mensajes que había mantenido, vía correo electrónico, con el director de mi hospital.
Pero en ese momento se oía un clic. Alguien hablaba por mensajería. Un escueto: “¿qué haces todavía despierta?”, de Mario, por supuesto. Él sabía que no dormía bien y también sabía (ignoraba quien se lo había dicho) que hacía dos años que mi novio no me echaba cuenta y sin darme ninguna explicación. Me levantaba de la cama e intentaba no hacer ruido y sin responder aún a Mario. Tamborileaban quedamente mis pies descalzos sobre el parqué mientras caminaba hacia el salón.
Me tumbaba en el sofá y tecleaba; “ya ves, sigo sin poder dormir; hace mucho calor y tengo cosas en las que pensar”. Empezamos a cambiar futilidades, pero cuando el Cu-Cu del salón cantaba las tres me hacía la pregunta que despertaba al animal que hay en mí. “¿Puedo preguntarte algo indiscreto?”. Intrigada, respondía que sí, que por supuesto, y entonces largaba: “¿qué harías tú si yo te dijese que pienso que estoy contigo?”. No lo pillaba, y por eso le preguntaba a su vez: “¿quieres decirme con eso que fantaseas conmigo cuando tienes ganas de mujer?”.
Obviamente no podía referirse a otra cosa. Me sentía extraña: “¿Estar conmigo?”. Le agradecía su sinceridad y le decía que por qué me había dicho eso. Y entonces soltaba la segunda bomba: “porque estoy harto de que sólo sea una fantasía; quiero que se haga realidad”. Un súbito rubor pintaba mi cara. Contenía la respiración unos segundos. “¡Joder con Mario, me ha dicho claramente que quiere follar conmigo!”, pensé, en una exclamación.
Iba a responderle que no, que yo no era de esa clase de mujeres. Mi vida sexual había estado regida siempre por una simpleza que rayaba en la mojigatería, y a pesar de mi edad, había mil mundos que aún no conocía. Pero una vocecita en mi interior me decía: “¿y por qué no?”. Me mordía los labios, excitada. La idea me atraía, ¿pero estaba dispuesta a pasar por alto los convencionalismos sociales, los tabúes y las habladurías?
Aún esperaba Mario mi respuesta, y yo sabía ya qué le iba a responder, sólo que mi cabeza era incapaz de asimilarlo. Un ronquido, que sonaba a desdén, procedente de mi dormitorio, precipitaba mi decisión. “¿No merezco yo algo diferente?”. Esa pregunta mía acababa por convencerme. Tragaba saliva y, decidida y convencida, tecleaba:
De acuerdo, cuándo y dónde.

Ya en Sevilla y después de culminar con placer, aunque un poco nerviosa, su cita con Mario, le dijo, desinhibida ya, que su teléfono siempre iba a estar abierto para él por "si de pronto le entraban ganas de repetir".
Al otro día, después de almorzar con Mario, regresó en AVE a Madrid, y, una vez en su casa, con el paso de los días iba viendo que su novió seguía con la misma actitud de los últimos años; es decir; ignorándola y si pedirle sexo.
Pasados tres dos meses de su excitante e inesperada aventura, sentada en una silla de la cafetería de su hospital, se ponía las manos abiertas sobre su vientre palpitante e inquietante. De pronto, la expresión en su rostro empezaba a experimentar una metamorfosis; empezando por una contenida sorpresa, pasando por una leve preocupación, para acabar en una enorme alegría al recordar que, por la urgencia de practicar de nuevo sexo y porque hacía tiempo que no lo usaba, se le había olvidado tomar anticonceptivo. ¡Por fin se había quedado embarazada!
Rompió con su novio y seguidamente habló con el director de su hospital para, si era posible, trasladarse a Sevilla, que allí seguiría ejerciendo de ginecóloga en el hospital que trabajaba Mario. No hubo dificultades para este cambio, puesto que los dos hospitales pertenecían a la misma cadena. No obstante, tuvo que esperar una quincena hasta acabar los trámites; quincena que se fue a vivir con una colega del hospital de Madrid. Y los findes y las fiestas que libraba, AVE o avión rumbo a Sevilla. Tuvo un buen embarazo, sólo las consabidas fatigas y los caprichos; pero, finalmente, parió un bebé varón. Ni que decir el contento de Mario porque también ansiaba ser padre.

