No podía soportar su ausenciaDos gaditanos (chico y chica), estaban muy enamorados, y se casaron. Pero no disponían de recursos monetarios, por lo que no realizaron su Luna de Miel.
Y para tratar de salvar su hogar, el chico se enroló en una embarcación de pesca, uno de esas embarcaciones que sólo regresan al puerto de partida una vez al año.
Mientras andaba forastero, como un marinero más, se escribían; las cartas iban y venían, cupidas. El estilo de ella era inconfundible: adornado, barroco, florido..., pero bajo la hojarasca podía pulsarse la arteria de una conmovedora ternura. Por contra, él escribía de una forma vulgar, encabezando cada línea de igual modo: “querida, también te diré que…”. Y ella no atinaba a poner en pie qué singular encanto primitivo le causaba ésa frase que la entusiasmaba.
El chico le contaba trivialidades de su vida en el mar, los turnos que hacía y los que tenía que hacer, y también del Amor que sentía por ella, que en las cartas de ella era el tema principal.
Se veía palmariamente que él hacía esfuerzo por copiar el mismo tono pomposo de su esposa, pero hacia el final de cada misiva, la pasión lo desbordaba y salían de su péñola palabras desgarradas que encendían de rubores y ansiedades a su esposa, a juzgar por el estado en el que quedaba después de leerlas.
A Chávez LópezSevilla may 2026