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¡Es la galerna!

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 12 de mayo en Narrativa

¡Es la galerna!

Soplaba con furia el viento. Me iba tambaleando mientras caminaba. Las ráfagas me llevaban en volandas en esa calle, que en una inclinación rápida descendía hasta la fábrica de atún. Sobre el alborotado mar se agolpaban oscuros nubarrones, cuales caballos negros salvajes. Saltaban encabritadas las olas, y un descomunal alud de espuma blanca barría de lado a lado todo el malecón.

Las gaviotas revoloteaban emitiendo un penetrante y prolongado sonido metálico. Se estaba mascando, con dientes de ogro, la tragedia, tragedia que no tardaría en llegar.

En el trayecto hacia mi trabajo en la fábrica de atún del pueblo veía a dos ancianos que, espantados y clavados los pies en el suelo, como estatuas, habían sido testigos directos de otras catástrofes de similares calibres.

“¡Es la galerna, es la galerna!”.

Repetidamente exclamaban horrorizados aquellas dos personas mayores, y el terror que encerraba esas tres palabras, me ponían los pelos de punta.

Entré en la fábrica con la cabellera desaliñada y muerto de frío y miedo. Nadie daba golpe esa tarde. Todos los obreros que allí trabajábamos teníamos algún deudo en el mar.

Desde la cristalera de la fábrica podía verse el malecón, que hacía las veces de puerto y en el que se depositaba el pescado en un estero maloliente

Cuando nos apiñábamos tras la cristalera, me abría paso con los ojos entre las piernas de un compañero que, por añadidura, no paraba de moverse, podía ver un expectante grupo de pescadores.

Y allá, a lo lejos próximo a la línea del horizonte, el mar, provocador y rebelde, se encontraba cubierto de crestas coronadas de espumas blancas.

A las cinco se suspendía el trabajo en la fábrica. Escampaba, pero el gris era cada vez más negro, y el viento alcanzaba una velocidad de vértigo. Abandonábamos la fábrica en un tropel correntón.

Acompañado de mis dos primas, que habían venido a buscarme, nos fuimos hacia el malecón. Con un ruido ensordecedor, unas enormes olas golpeaban y hacían levantar surtidores de diez metros de altura. La mayor de mis primas empezaba a llorar de pronto.

—No va a pasar nada -le decía, con la idea de tranquilizarla, por más que no lo conseguía, debido a lo que estaba viendo y a mi tono de voz, poco tranquilizador.

También yo tenía miedo. Pero había en mis adentros una morbosa curiosidad: a la vez me complacía y me defraudaba que ocurriese la tragedia…

Caminábamos los tres de la mano hacia un bosque de pinos, que se inclinaba por la furia del viento que silbaba desapacible entre las copas.

En la playa, la resaca parecía enrollar el agua del Cantábrico, cual gigantesca alfombra. Mar adentro, se agitaban, continuas y violentas, las olas, como caldo espeso. Dantesco.

Ancianas y ancianos y mujeres y hombres, y mi tía al frente, gimoteaban, maldecían. Mi tía emitía chillidos histéricos, que parecían cómicos:

—¡Mis dos hijos y mi marido van en un mismo barco!

A las seis se veía venir el primer barco. Era de noche ya, y los otros no tardaban en aparecer. Ocho en total. Bailaban sobre el agua como trozos de corcho. El mar los acogía, pero volvía a sacarlos en la cresta de una ola, cual juego de prestidigitación. Aguardando junto a la barra, uno a uno, danzando en el lomo de una goliat ola, iban anclándose en la parte más alejada del malecón, y ya allí se quedaban cabeceando, pero a salvo.

La tragedia ocurría de pronto, quizá un fallo del patrón, quizá los nervios; esto es algo que nunca se sabrá. Lo cierto es que uno de los barcos se quedaba rezagado, esperando el momento propicio para comenzar su salvación. Parecía recibir en mis músculos la tensión de los marineros que lo tripulaban, y pensaba que, de un momento a otro, iba a escuchar entre la furia del viento al patrón decir: ¡avante! Pero veía que un golpe de mar lo inclinaba de banda y que antes que pudiese recobrar su horizontalidad, una ola lo derrumbaba y pasaba por encima de él, dejando blanco su frente de espuma pulverizada.

En el mar, en el malecón y en el pueblo resonaba un alarido que se alzaba hacia el cielo plomizo cual torrente de angustia. Junto al siniestrado, se veían bultos indefensos que a cada envite el iracundo mar los barría y se quedaban muñequeando. Sacando fuerzas de flaqueza, volvían a emerger, pero de nuevo eran sumergidos.

Algunos marineros nadaban con dificultad hasta la orilla. Las mujeres presentes, y mi tía al mando, en una escena patética pero llena de valor se arrancaban las faldas con los dedos atrofiados de ansiedad, las anudaban en un cordón que flameaba en el aire, esparciendo un olor doméstico. Se metían en el agua hasta el pecho, llorosas, agarrándose unas a otras, para no ser presas de la resaca. Pero ese cordón se empapaba y no había forma de manejarlo. Una de las mujeres lo dejaba escapar ingenuamente, y mi tía, voz en grito, le decía que los hombres no abandonan sus resabios en los momentos graves. Otra de las mujeres quería recuperar las faldas, pero de nuevo intervenía mi tía y la insultaba ferozmente. Finalmente, esas prendas desaparecían mar adentro. ¡Pues no era nadie mi tía para intimidar!. 

El macabro resultado de la tragedia era treinta y seis marineros fallecidos y diecisiete desaparecidos, y ocho embarcaciones completamente destrozadas.


A Chávez López
Sevilla may 2026

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