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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Miedo y chasco en un aparcamiento público
Cuando una noche iba bajando por las escaleras de aquel parking subterráneo, sentía una aprensión que iba convirtiéndose en miedo a medida que iba descendiendo por sus escalones poco iluminados y desiertos. El miedo iba subiendo progresivamente, no bien me iba aproximando al lugar en el que estaba estacionado mi utilitario.
Y no era para menos, porque desde que una banda de cultos satánicos merodeaba por la zona y que en una furgoneta aparcada habían encontrado restos humanos, nadie bajaba por allí de noche, y si lo hacía de día, iba acompañado.
Un intento de violación a una pequeña de 9 años, que se libró merced a sus ágiles piernas, hacía que aquel parking fuese temido por las mujeres e incluso por los hombres que a diario tenían que acudir a recoger sus vehículos.
Aquel parking estaba prácticamente abandonado; tres plantas bajo tierra, con capacidad para cientos de coches, cero vigilancia y poca iluminación, hacían de él un agujero siniestro.
Automóviles dormidos como cuerpos alineados en una formación lúgubre se sucedían a mi paso, y mi sombra, distorsionada en los azulejos de las paredes, se movía ajena a mis movimientos, formando extrañas y amenazantes siluetas.
De pronto, un sonido atronaba en el silencio del lugar. Me quedé firme, rígida e inhiesta, y a la expectativa de alguna inesperada aparición. Pero no, era un gato negro y tuerto que había aterrizado de un felino salto en el capó de un coche y que me miraba al pasar con su único ojo brillante amenazador.
Llegué hasta el fondo del local, justo frente a mi utilitario, y sin ganas de limpiar el parabrisas, deseando estaba de salir a escape de aquella ratonera, cuando un ruido llegaba de lejos, que se hacía más sonoro a medida que me iba acercando a la hilera de los coches del otro extremo.
“¿Qué ha sido eso?” me pregunté. El ruido provenía del interior de uno de los coches aparcados en la semi oscuridad.
Me aproximé con sigilo y con miedo, y con espanto pude ver una cabeza que se movía y unos brazos que parecían agredir a un cuerpo, oculto a mi visión.
Gemidos femeninos y respiraciones agitadas, palmariamente me llegaban.
¡Estaban agrediendo a una mujer! Si era un violador había que salvarla de las garras de ese malvado. Con un valor desconocido por mí, pero sin dudar, aporreé la puerta del lado del conductor y hasta hice un intento de abrirla. Gritando amenacé.
Se resistía la puerta, y el tumulto del interior del coche había desparecido.
“¿La habrá matado?”, me pregunté de nuevo.
Pero, de pronto, el negro cristal de la ventanilla del conductor se bajó a medias y apareció una cabeza despeinada de un tipo que parecía joven y que me dijo con cara de cachondeo:
“¡Pasa tía! ¡¿Es que uno no puede echar aquí un polvo con tranquilidad!”.
Me di media vuelta y, cambiando mi pánico por una risa nerviosa y persistente y apresurando mis pasos, me fui presurosa hacia el estacionamiento en el que, plácidamente, dormía mi utilitario.

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