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Fui a nuestra discoteca

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Fui a nuestra discoteca

 Hola, me llamo Alfonso y tengo ahora 37 años. Soy alto, moreno y más o menos agraciados de cara y cuerpo.

Después de enviudar, cuatro años ya, sólo salía de casa para acudir a mi trabajo, ir al súper una vez a la semana, pasarme por mi banco o a otro lugar a resolver algo que tenía que ser en persona, por lo que prácticamente estaba enclaustrado. Hasta que una noche de un viernes de mayo, decidía salir a tomar una copa.

Estaba siendo una noche animada en la discoteca El Loro Alegre, de los pocos sitios donde aún se podía disfrutar de merengues y salsas. El local no era grande, pero el buen ojo del dueño hacía que el poco espacio fuese distribuido de modo que los beodos y los bailones pudiesen gozar de sus vicios sin estorbarse. A un lado estaba la barra, atestada de gente joven, donde tres guapas camareras con unas hechuras de vértigo, servían sin parar copas. Justo enfrente, la puerta de entrada/salida, la cabina del DJ y los aseos masculinos y femeninos. En el centro, en forma circular, rodeada por focos con luces de colores, la pista de baile, que, por cierto, no estaba en ese momento muy concurrida.

Después de un empalagoso merengue, el DJ pinchaba una pieza de salsa. Cambiaban el tempo y el compás. Era muy atrevida e incitaba a bailar, aunque sin experiencia en mover armoniosamente los pies. Pronto se ponía la pista a tope. Decenas de gentes rompían sus esqueletos, despreocupadas. Quizás por esto, nadie se percataba de que una pareja bailaba espectacularmente al fondo de la pista. Ella llevaba minifalda y sandalias de tacón bajo; tenía el pelo oscuro y liso, el cual le colgaba hasta el coxis. Era delgada y no muy alta. Lucía una figura muy femenina. Mostraba una sonrisa pícara, y sus ojos estaban fijos en los de él, que se entregaba al juego de la seducción, y lo disfrutaban. Él vestía pantalón rojo a juego con la camisa y las botas. Ancho de espaldas, más alto que ella, pero con una complexión próxima a la delgadez. La miraba con deseo.

Con el mimos deseo te miraba yo a ti el primer día que te vi aparecer por la oficina.

El chico se mordía los labios mirando el contoneo de la chica. Y su mano izquierda sujetaba con firmeza la cintura de avispa de la bella bailarina, como un anticipo de lo que seguramente vendría más tarde. Y para que la cosa no decayera, en todo momento jugaban con miradas seductoras, sincronizando los movimientos. Se veía que se sentían muy a gusto.

No dejaba de pensar en la noche en que te besé en los labios, tras una feliz cena de empresa; y después te propuse otra noche y tú aceptabas. Era la primera vez que rozábamos nuestros cuerpos al compás de la música, y como sospechabas, yo era tu pareja ideal de baile. Dábamos vueltas y te cogía entre mis brazos; te volvía a alzar y nos estirábamos en un ejercicio que era aplaudido por las camareras, que, con risas forzadas, no hacían sino ocultar la envidia, pero no por no bailar como tú, sino por las perfectas dimensiones de tu anatomía, y eso que las camareras eran despampanantes.

Ella se arrimaba mucho a su pecho, y él se giraba; un paso atrás, dos adelante y un giro de trescientos sesenta grados, quedando pegadas las espalda. Justo cuando el número concluía, volvían a enfrentarse con vaivenes suaves. Ella le acariciaba el rostro, y él besaba la boca de ella con los labios semi cerrados.

Viendo esa cupida escena, ahora recuerdo nuestro primer beso, mi amor.

Luchando contra la nostalgia, decidía ir a la barra para pedirme una copa.

 —¿Qué bebes, guapo? –me preguntaba melosa una de las camareras.
—Un whisky con hielo y sin agua –pedía y pagaba.

Calmado el fuego en mi entrepierna que la cara, los muslos y las tetas de la camarera que me sirvió me causaron, me giré y seguí deleitándome con aquella espectacular pareja de baile, que tan buenos recuerdos me hacían rememorar.

Ahora pienso en nosotros por lo bien que nos movíamos marcándonos unos pasos, y el público de entonces de esta discoteca disfrutaba a rabiar con nuestros movimientos y nuestras sincronizaciones. Descansa en paz, mi amor.

No dejaba de mirar a aquella pareja en todo el tiempo que duraba una nueva pieza, incapaz de abandonar la nostalgia.

Y hasta el loro alegre, pintado en la pared del fondo del local, se contagió de mi nostalgia. Así que, como no pintaba nada allí, me levanté y me fui de la discoteca.

La misma en la que tú y yo bailamos por primera vez, hace ahora, exactamente, tres años, once meses, seis días y... ¡Espera un momento, mi amor, que voy a mirar mi reloj-cronómetro! …quince horas, catorce minutos y seis… siete… ocho… nueve… diez… once… doce… trece… catorce… quince… segundos…


A Chávez López
Sevilla may 2026

 :)
 
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